Capítulo 30
CAPÍTULO
TREINTA
Sierra de las Villuercas, Cáceres
Los paquetes que llevo en el asiento del copiloto se mueven con cada curva y, de vez en cuando, tengo que recolocarlos para que no se caigan.
Había olvidado el frío que hace en las Villuercas a primera hora, cuando el sol aún está bajo y no se alza por encima de las montañas.
Sin embargo, mantengo medio bajada la ventanilla del conductor y aspiro con nostalgia el aroma a monte y jara.
La carretera que lleva a mi pueblo serpentea por el valle, cubierto de árboles y vegetación a uno y otro lado.
«Esto es como la selva del Amazonas», solía decir mi padre.
En algunos lugares de difícil acceso, uno puede creerse de verdad que no han sido hollados por pies humanos.
Regreso a mi hogar, en todos los sentidos.
El viaje desde Madrid hasta aquí ha sido como un viaje en el tiempo.
Hacía tiempo que no cogía el desvío de la carretera de Extremadura en el túnel de Miravete en dirección a mi pueblo.
Demasiado, en realidad. Hasta hace unos meses, siempre era el trabajo lo que me impedía venir.
Aunque ahora veo que nunca fue el motivo, solo la excusa para no afrontar el dolor.
Ahora, después de estos últimos meses, eso es justo lo que necesito.
Agarro con cuidado el volante. Aunque ya están curadas, todavía tengo algo sentidas las manos por las quemaduras. Hay otras heridas que nunca cicatrizarán, pero podemos hacer que ya no duelan.
Miércoles 21 de diciembre, 17:43 horas.
Collado Mediano, Madrid.
Después de acabar con Lukov, todo lo que pasó inmediatamente después se difumina en una extraña mezcolanza.
Recuerdo a Blanca abrazándome y acunándome, mientras lloraba como un niño.
Sé que Perote se encargó después de extinguir el fuego y evitó que saliéramos ardiendo pero, ni aunque mi vida dependiera de ello, tengo memoria de que fuera él quien hablase primero con los policías, o de que los sanitarios del 112 nos atendieran a Blanca y a mí con mis heridas.
Por suerte, el uniforme de combate y los guantes me salvaron de lo peor, por lo que solo tuve quemaduras leves de segundo grado en las manos, que sanarían en un par de semanas como mucho.
Lo que ha quedado fijo en mi mente, no sé por qué, es la imagen de los forenses etiquetando y cerrando bolsas de cadáveres. Cada vez que una de ellas cruzaba el umbral y salía de mi casa, era como si, poco a poco, me estuviera librando de una pesada carga.
Otra de las cosas que puedo rememorar con claridad es la llegada de Furiase, con cara de pocos amigos, y el pensamiento que cruzó en ese momento por mi mente: «Da igual, ya está hecho».
Sé que estuvo hablando durante un largo rato con Blanca y que, seguramente, escuché buena parte de su conversación, aunque nada de ello quedó fijo en mi memoria.
Tan solo me limité a recostarme y mirar el techo con la satisfacción del deber cumplido hasta que un rostro barbado irrumpió en mi campo de visión.
Y lo que siguió, lo recuerdo muy bien.
—Espero que estés satisfecho —dijo Furiase.
—Creo que no lo he estado más en toda mi vida.
—¿Por esta chapuza? ¿Sabes la de civiles que podrían haber muerto?
—Por eso atraje a Lukov aquí, a un escenario que yo pudiera controlar —respondí, notando la rabia que pensaba me había dejado para siempre asomando su feo rostro de nuevo—. En cualquier caso, esa pregunta carece de sentido: no ha muerto ningún civil.
—Eso son excusas para ocultar tu irresponsabilidad, Julián, y lo sabes. Podían haber salido mil cosas mal.
—Pero ninguna lo hizo —dije, levantándome para encararme con él—. De hecho, creo que tendrías que darme las gracias por hacer tu trabajo.
—¿Cómo te atreves…? —empezó a decir con voz fría.
—Menudo solucionador de problemas —interrumpí con sorna—.
Furiase, desde que te conozco, no has dado ni un solo paso válido para poder atrapar a Lukov o desmantelar su red.
Si no fuese por la inteligencia que conseguí de Kretowickz y Cosme, el sorteo del Gordo de Navidad se habría convertido en una masacre ¡y todo eso ocurrió contigo al mando!
¿Dónde estaban todos tus recursos y toda tu gente?
La expresión de Furiase era indescifrable; no creo que alguien de su nivel esté acostumbrado a que le echen la bronca, pero en ese momento me daba igual.
—Ya te respondo yo: seguramente mirándose el ombligo, pensando en la gran escala de las cosas y sin dedicar un solo momento al trabajo práctico y las cosas que importan.
—Señalé a una de las bolsas de cadáveres, que estaban sacando por la puerta— No sé quién era ese, pero si trabajaba con un animal como Lukov está mucho mejor muerto y fuera de las calles. ¡Lo que he hecho hoy ha salvado vidas!
—Y también ha tirado por la borda muchos meses de trabajo…
—¿Ves? ¡Justo a eso me refería! Llevas tanto tiempo metido en las sombras, que te crees que eso es lo real, y no es así.
En lugar de ayudarme desde el principio para localizar a ese criminal, te dedicabas a mangonear y a quejarte cuando alguien no seguía tus órdenes.
—Veía que mis palabras estaban enfureciéndole; sin embargo, ya no podía parar—.
Tiene cojones que yo, sin medios ni apoyo de ningún tipo, haya podido no solo localizar y acabar con un criminal buscado internacionalmente, sino con dos de sus lugartenientes.
Por no hablar del topo que tenía en vuestra organización.
—Ahí te equivocas —protestó indignado—. No era uno de mis hombres, sino de Baena…
—¿Quién es el que pone excusas ahora? —le espeté, acercándome a pocos centímetros de su cara—. Por lo que a mí respecta, sois lo mismo, y me preocupa saber a cuántos monstruos estáis dejando libres mientras os enzarzáis en vuestros estúpidos juegos de poder.
—¿Estás insinuando algo? —preguntó, sosteniendo mi mirada—. Si tienes algo que decir, este es el momento.
Nos miramos durante varios segundos, pero yo no estaba interesado en una competición de testosterona.
—He dicho todo lo que tenía que decir —afirmé, dando un paso atrás—. Ahora solo quiero ver cómo están mis amigos.
Frente a la entrada, Blanca y Perote me observaban, sonrientes.
—¡No he terminado! —gritó Furiase—. Ahora vas a escucharme tú a mí.
Ignorándole, me dirigí con caminar cansado hacia ellos, fundiéndome en un abrazo.
—¡Vuelve aquí ahora mismo!
Salimos por la puerta bromeando entre nosotros.
—¡Blanca!
Al escuchar su nombre, ella se giró por un momento, para luego volver su vista hacia mí y ofrecerme su brazo para salir de la casa.
Viernes 6 de enero, 07:42 horas
Cerca de Navezuelas, Cáceres
Los últimos kilómetros hasta mi pueblo se me hacen mucho más cortos de lo que esperaba.
Cada curva en el camino me conforta con su familiaridad y el sol, oculto todavía al otro lado de los canchos, ilumina el cielo azul y completamente despejado.
Hoy será un frío y soleado día de invierno, como tantos que he vivido aquí.
Pero este será el más especial de todos.
En esta nueva vida que tengo que construir, no pienso abandonar mis raíces.
Ya he pasado demasiado tiempo lejos de mi familia.
Al fondo del valle, contemplo la cima de las Villuercas, con la base militar abandonada.
Recuerdo verla cada día de pequeño, casi como un mítico Shangri-La al que aspirar.
En cuanto ya me hice un poco mayor, subí a ella y me colé en las instalaciones desiertas, saltando la valla junto al resto de la pandilla, cual rito de iniciación.
Ya de adulto, cada vez que he vuelto a la cima ha sido para observar la belleza de esta región desde su punto más elevado.
Hace mucho que no subo, es hora de remediarlo.
Miércoles 21 de diciembre, 18:21 horas.
Madrid.
Después de la bronca con Furiase, pensaba buscar algún motel para que Perote y yo pudiéramos dormir. Aunque fuera con lo puesto, pues todas nuestras escasas pertenencias estaban en la casa, convertida en un escenario del crimen. Blanca no quiso ni oír hablar de ello.
—Olvidaos del tema —replicó, tajante—. Tengo una habitación de invitados en mi casa que podéis compartir o, si no queréis dormir juntos en la misma cama, en el sofá no se está tan mal.
Tampoco es que nosotros opusiéramos mucha resistencia.
Estábamos cansados física y psicológicamente, y solo queríamos descansar.
Pero en cuanto llegamos a la casa de Blanca, un piso viejo de dos dormitorios en la zona de Chamberí que había sido reformado con muy buen gusto, el problema era que la vivienda solo disponía de un único cuarto de baño.
La sugerencia de Perote de ducharnos en grupo no fue bien recibida ni por mí ni por nuestra anfitriona, por lo que acordamos que Blanca fuera la primera en usarlo, y a mí me tocó ser el último tras perder a pares o nones.
Cuando por fin pude sentir el agua cálida corriendo por mi cuerpo, fue como si toda la tensión acumulada en los últimos meses se fuera por el desagüe.
En los minutos que estuve bajo el chorro de agua, pude recordar por primera vez lo que pasó en La Gomera y que la rabia de mi interior no me revolviera las tripas.
Solo me quedaba la tristeza, y sentía que, por fin, podía iniciar el proceso de duelo.
Este y otros asuntos ocupaban mi mente cuando salí de la ducha, vestido con una camiseta y shorts de hombre prestados por Blanca y de los que no me interesaba saber el origen.
Querría haber hablado con mis amigos y aclarar mis pensamientos, pero lo que me encontré fue una casa vacía y en total silencio.
Perote estaba en la habitación de invitados, tirado sobre la cama y durmiendo como un bendito.
La habitación de Blanca estaba cerrada y no respondió cuando toqué levemente en la puerta.
Encogiéndome de hombros, volví al salón y me asomé por la ventana.