Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

No veo a Lukov ni a Blanca. ¿Dónde están? El P90 sigue los movimientos de mis ojos mientras los busco, hasta que me fijo en la esquina del fondo, donde está la escalera a la primera planta. Al pie de esta se encuentra Lukov, apuntando una pistola a la cabeza de Blanca, a la que sujeta con fuerza.

—¡No, Julián! —grita ella, herida; su brazo derecho está cubierto de sangre—. ¡Acaba con él!

—Suéltala, Lukov —digo, caminando hacia ellos—. Es a mí a quien quieres.

—¡No me digas lo que quiero! ¡Tú no sabes nada!

Cuidado, Julián. Está desquiciado y puede explotar en cualquier momento. Mantenlo entretenido. Que fije la atención en ti y se olvide de Blanca.

—Sé que querías mostrar que estás de vuelta con un gran golpe de efecto. —Avanzo con pasos muy lentos, a pesar de que lo que quiero es correr y acabar con este demonio—. Sé que querías vengarte de mí y dar ejemplo conmigo. Sé más de lo que crees.

—¡Cállate!

—Todo ha terminado, Lukov. ¿Crees que este tiroteo ha pasado desapercibido? En cualquier momento, llegará la Policía y te pudrirás el resto de tus días en la cárcel.

El pronunciado mentón del ruso se mueve como si masticara, y termina sonriendo de forma macabra.

—Eso no es lo que pasará. Tengo un aliado muy poderoso que no dejará a su proveedor de lado. Él me necesita para lo que quiere hacer. —Lukov presiona el cañón de su pistola en la mejilla de Blanca—. Seré libre para beber y follar mientras tú estás bajo tierra. ¡Y esta puta también!

A medida que mis ojos se acostumbran a la semioscuridad de la esquina en la que están, los distingo mejor a ambos. Solo necesito acercarme un poco más.

—No creo que tu amigo esté contento después de la que has liado en Madrid. —Sigue dándole conversación, que se centre en ti—. Entre el Teatro Real y esto, creo que vas a ser un lastre para él.

—Como se nota que no sabes nada, svoloch . Si tuvieran la más mínima idea de lo que está por venir, todos tus preciosos agentes de inteligencia se cagarían de miedo. Ahora deja de apuntarme o mato a la puta.

—Hemos jugado antes a este juego, y ya sabes cómo acabó —contesto.

—Pero este juego es nuevo y no voy a perder esta vez. Si no bajas tu arma en este instante, despídete de la mujer.

Es curioso lo que hace la adrenalina; juraría que puedo apreciar la saliva cayendo por las comisuras de los labios del ruso.

Pero también veo la resolución en sus ojos.

No voy a arriesgar la vida de Blanca. Bajo el P90 y lo dejo mirando al suelo, pero mantengo mi dedo cerca del gatillo. Por si acaso.

—Eso está mejor… ¿Qué voy a hacer contigo, Julián Pizarro? Te mereces un trato especial por todo lo que me has costado, y yo soy de los que siempre pagan sus deudas.

—Puedes empezar dejándola libre. Yo tomaré su lugar —ofrezco sin dudarlo.

—Nada de eso —responde, alzando las cejas—. Va a quedarse conmigo por la sencilla razón de que te importa. Puedo hacerte daño a través de ella .

—¿No has tenido bastante, desgraciado? Mataste a mi familia, ¿qué más quieres?

—¡Lo quiero todo! —Lukov tiene la voz desencajada; no soy el único con rabia—. Y vamos a empezar por tu arma, ¡ponla a mis pies ahora mismo!

Resoplo, intentando contener mi ira. En el exterior, un pajarillo gorjea despreocupado, sin saber lo que ocurre dentro de la casa.

Las maderas del piso de arriba crujen. No me queda otra que mantener su atención fija sobre mí.

Lentamente, me acerco al borde de la escalera.

Como si fuera una delicada criatura, dejo el subfusil en el suelo, frente a Lukov.

—No me puedo creer que lo hayas hecho de verdad —dice, con los ojos abiertos.

Acto seguido, lanza a Blanca al suelo. Me arrodillo junto a ella.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo un rasguño en el antebrazo —dice, apretándose en la herida—. Pude encargarme de todos los que entraron por la puerta, pero alguien dejó escapar a uno de los suyos. En el momento que me giré para acabar con él, Lukov me atrapó.

—Lo siento. Lo haré mejor la próxima vez.

La risa de Lukov nos hace alzar la vista. Nos apunta con su pistola al tiempo que sostiene el P90 con la otra mano. Entonces dispara y siento que el mundo se detiene a nuestro alrededor.

¿Dónde está la bala?

—¡Eres un idiota, Julián Pizarro! Me había quedado sin balas, podías haber acabado conmigo desde el primer momento. —Tira la pistola y aferra el subfusil con ambas manos—. Ahora moriréis ambos; primero ella y después tú.

Lukov está hablando a voz en grito, lo que impide que se dé cuenta del leve chasquido que suena en la parte superior de las escaleras. Y no debe hacerlo hasta el final.

—Da igual lo que hagas —contesto, alzando yo también la voz—. Seguirás siendo el mismo fracasado.

El gesto de Lukov se rompe por un ligero temblor en el ojo. Sí, ahí es donde le duele.

—No dirás lo mismo cuando tu amiga se desangre en tus brazos —dice, levantando el P90.

—Eso no va a ocurrir. ¡Ahora, Perote!

—¡¡Banzai!!

El grito desde lo alto de las escaleras atrae la atención del ruso, que se gira justo a tiempo para ver el cóctel molotov en llamas que vuela hacia él, fabricado con una de las botellas que trajo Blanca.

Mi plan era utilizarlos como último recurso si las cosas iban mal, o como defensa contra los que intentaran subir a la primera planta. Este uso es mucho más satisfactorio.

La puntería de Fernando es perfecta, y la botella choca con el pecho de Lukov, estallando en mil pedazos y esparciendo el líquido ardiendo por todo su cuerpo.

Soltando el subfusil, mueve los brazos intentando que las llamas no se propaguen, pero solo las extiende.

En apenas un instante, se convierte en una pira llameante y su grito de dolor inunda la casa. ¡Sufre, hijo de puta, arde!

Sin embargo, algo en él le hace aferrarse a la vida y se lanza hacia nosotros.

Solo tengo tiempo de tomar aliento y apartar a Blanca antes de que el ruso caiga sobre mí.

Alzo los brazos para evitar que aproveche su peso para aplastarme y hacerme arder con él.

El hedor a pelo quemado me ahoga y el calor me golpea en todo el cuerpo.

Mantengo la boca cerrada, pero no pude evitar que entrara algo del humo tóxico que desprende el cuerpo en llamas de Lukov.

Su sabor acre hace que me pique la garganta y lo único que quiero es toser.

—Morirás… conmigo.

No sé cómo puede hablar el ruso con la cara envuelta en llamas, pero tengo problemas más acuciantes.

Me estoy quedando sin aire, los guantes que llevo me han protegido hasta ahora, pero siento mis manos arder, y veo humo saliendo de las mangas de mi chaqueta.

Por mucha fuerza que haga, no consigo apartar a Lukov, cuyo rostro desfigurado se acerca cada vez más.

—¡Julián, la navaja!

La voz de Perote hace que gire la cabeza un poco.

No sé cómo ni en qué momento ha ocurrido, pero la navaja táctica que le presté está clavada en el suelo, como a treinta centímetros a mi derecha.

Tengo que cogerla, así que empujo con el brazo izquierdo para separar a Lukov unos pocos centímetros más.

Duele como el demonio, pero me da el espacio que necesito para apartar el brazo derecho, coger la navaja en un rápido movimiento y clavarla en la sien del ruso.

Los ojos de Lukov quedan fijos en mi mientras muere entre espasmos.

No sé cuánto tiempo estoy así. Solo sé que Blanca aparece con un extintor y sofoca con la espuma las llamas sobre nosotros. Después me separa del ruso y me abraza, observando mis heridas. En este momento no noto dolor, aunque sé que llegará.

No me importa. He cumplido con mi misión, Carol. Ya puedes descansar, junto a José Manuel y Adrián.

Escucho unas sirenas de policía que se acercan y mi mente vuelve a un jueves de julio que nunca olvidaré.

Toda la tensión que llevaba acumulada quiere salir a la superficie. Sin poder evitarlo, rompo a llorar en los brazos de Blanca.