Capítulo 29
CAPÍTULO
VEINTINUEVE
Collado Mediano, Madrid.
—¡Ya vienen!
La voz de Perote nos pone en alerta. Compruebo la hora; parece que Lukov se ha adelantado unos minutos. Mejor. Después de explicar mi plan, nos ocupó menos de quince minutos terminar de asegurar las ventanas, así que llevamos demasiado tiempo esperando y acumulando tensión. Es hora de soltarla.
—¿Cuántos y por dónde? —susurro por el manos libres.
—Dos Audi negros están subiendo la cuesta hacia la casa —contesta Perote, a través del mismo dispositivo que utilizamos en Cascorro.
—¿Estás seguro de que son ellos? —pregunta Blanca.
—Claro que sí. Puedo ver claramente al copiloto del primer Audi y lleva una metralleta igual que la tuya, Julián .
Ahogo en mi boca el reproche que estaba a punto de salir. No tiene sentido explicarle ahora a Perote la diferencia entre un subfusil y una metralleta.
—Perfecto. Eso significa que ni siquiera van a intentar ser discretos. Tendremos que responder de igual manera. ¿Blanca?
—Te oigo alto y claro, Julián. No buscan prisioneros y nosotros tampoco.
—Perfecto. Mucha suerte a todos. Fernando, avísanos cuando estén a punto de entrar y, sobre todo, confirma que Lukov está entre ellos.
—Oído, jefe —responde Perote—. Ya están aparcando frente a la casa.
Respiro hondo y suelto el aire lentamente.
En el exterior, todas las ventanas de la casa en sus dos plantas tienen las persianas bajadas a tope, y las de la planta baja están tapiadas con tablones por fuera.
El patio trasero está expedito, protegido tan solo con una valla de metro veinte, y con vía libre hasta la puerta que lleva a la cocina, donde espero arrodillado con el P90, apuntando a la puerta.
Esperamos que el grueso del ataque venga por ahí, pues hemos dejado la puerta principal ligeramente entreabierta.
Ante la sospecha de una trampa, lo lógico es que manden más gente por atrás, y por eso estoy yo cubriendo ese acceso con el P90.
Blanca se encargará de los que vengan por delante y Perote está en la primera planta, vigilando por la única ventana que no está cerrada del todo y que domina la vía de acceso a la casa.
—Están saliendo de los coches, son cuatro, seis, ocho… diez bigardos armaos con pistolas, metralletas, escopetas…
—¿Ves a Lukov? Eso es lo que importa.
Perote permanece en silencio durante unos instantes .
—¿Fernando? —le apremio.
—Tranquilo, jefe. Estaba asegurándome con la foto que me has mandao antes. El ruso está aquí, arengando a los suyos antes de entrar.
Aprieto los dientes con fuerza. Podría salir y acribillarlos a todos ahora que están juntos. Sería tan fácil… pero también provocaría una carnicería, con daños colaterales imprevisibles. Mejor atenerse al plan.
—Mando el mensaje —informa Blanca.
Como acaba de hacer ella. Si todo va bien y tenemos un poco de suerte, podremos encargarnos de Lukov, pero siempre queda la posibilidad de que nos veamos superados.
Por eso, acordamos mandar un mensaje a Furiase en cuanto tuviéramos confirmación visual de que había venido, informándole de nuestro plan y pidiendo refuerzos lo más rápido posible.
En el caso de que hayamos terminado con él, podrán encargarse de las labores de limpieza.
Si la lucha continúa, pueden salvarnos la vida.
Y si hemos perdido, vengarnos, aunque esa es una posibilidad que me niego a contemplar.
—Han visto la puerta abierta, hermano. Tenías razón, esos malajes no se fían, dos de ellos parecen estar discutiendo delante de Lukov.
—Reviso una vez más mi arma mientras Perote habla—.
Uno es un rubio cachas, que no para de gesticular hacia la parte de atrás.
El otro es un calvo con gafas de sol que se está poniendo mu nervioso.
¡Jajaja! ¡Está apuntando con su pistola al rubio! Así se maten entre ellos, cabrones.
—Limítate a contar lo que pasa, por favor —pide Blanca.
—Vale, vale, qué carácter —dice Perote, resoplando—. El ruso se ha metido en medio para poner paz. Está indicando a cada uno por dónde deben ir… el rubio y otros cuatro se dirigen atrás, hermano .
—Recibido.
—Los demás van a la puerta principal... aunque se han quedao quietos, están esperando.
—Da igual, son míos —dice Blanca.
—Seguramente, van a intentar coordinar su entrada. Quieren sorprendernos, pero la sorpresa se la van a llevar ellos. Todos listos y recordad el plan.
Ojalá estuviera tan animado como indican mis palabras. Nos enfrentamos a un grupo muy experimentado o que le da igual lo que pase, como demuestra el que se paseen con armas de fuego en plena calle. No sé cuál de las dos opciones es peor.
En fin, esta es la mano que tengo y es la hora de jugar el órdago.
Desde donde estoy, veo motas de polvo bailando en la luz que entra por la puerta acristalada de la cocina, que da al exterior.
Hemos apagado todas las luces de la casa, que por dentro se encuentra en un estado de oscura penumbra.
Tuvimos una breve discusión sobre si era más conveniente dejarlo todo encendido o arriesgarnos a perder esos segundos en los que nuestra vista tuviera que adaptarse.
Blanca me apuntó con buen criterio que, en nuestro caso, nos basta con apuntar a todo aquel que entre, y que son ellos los que tienen que encontrarnos primero en la oscuridad.
Además, ellos deberán tener cuidado de no dispararse entre ellos, mientras que nosotros sabemos dónde están los demás, por lo que cualquier otra persona que entre en la casa es un enemigo.
—Los de delante han empezao a moverse —anuncia Perote.
Eso significa que deben estar a punto de entrar, así que afirmo el P90 en el hombro y apunto a la puerta.
La cocina y la encimera están situadas a mi izquierda, extendiéndose por la pared hasta llegar a la puerta, así que aquel que entre, deberá girar a su vez a su izquierda para poder verme.
Si sigue de frente pasará al salón, algo que debo evitar para que no acorralen a Blanca, que también está parapetada para encargarse de los que entren por la puerta principal.
Una sombra se proyecta sobre la pared. Hay alguien frente a la puerta.
Coloco el selector de tiro en modo semiautomático: en un entorno tan cerrado, me interesa más la precisión de los disparos individuales que la capacidad de poder disparar en ráfaga.
Oigo un portazo que proviene de la entrada principal.
Ha comenzado. Controlo mi respiración y me concentro en lo que tengo delante.
Tengo que confiar en que Blanca cumplirá con su parte.
Y yo debo asegurarme de cumplir con la mía.
—¿Hola?
Una voz masculina que no conozco está llamando desde la puerta.
Si esperaban que respondiéramos, van muy mal encaminados.
Noto una gota de sudor resbalando por mi sien.
Escucho la puerta de la cocina deslizarse hacia un costado.
Un hombre entra con cautela, apuntando hacia delante con una pistola.
Sin pensarlo, aprieto el gatillo tres veces, apuntando al tronco.
Sus gritos de dolor rompen el silencio y cae al suelo.
Es entonces cuando se desatan todos los infiernos y oigo varios tiros en el salón, acompañados de flashes de luz.
No tengo tiempo para preocuparme, ya que sigue entrando gente por el acceso que tengo que defender.
Disparo al segundo matón que intenta entrar, que está girándose hacia mí.
Por su aspecto, debe ser el rubio musculoso que decía Perote.
Otros tres balazos en el centro de su masa corporal aseguran que quede fuera de combate.
Sin embargo, antes de caer, le da tiempo a usar la pistola que lleva, disparando en mi dirección.
El tiro pasa por encima de mí; he tenido suerte.
Pero puede que no tenga tanta con el siguiente, que aprovecha el resquicio de la puerta para apuntar en mi dirección con lo que reconozco como el cañón de una escopeta Beretta 1301 táctica.
Ruedo por el suelo para parapetarme en la isla central que hay en la zona de la cocina.
El estallido del disparo donde yo estaba ahoga el tiroteo que se está produciendo en el salón.
Mis oídos zumban. Tengo que reaccionar rápido o me abrumarán con su superioridad numérica.
Cambio el selector a modo automático y me levanto, lanzando una ráfaga a la entrada de la cocina.
La nevera y la pared se llenan de agujeros, al igual que el tipo de la escopeta y otro que está a su lado.
El último de este grupo, que viene por detrás, se tira al suelo para salvar la vida.
Me agacho de nuevo. No sé cuántas balas quedan en el cargador.
Lo saco y lo cambio con rapidez. El familiar clic me indica que el arma está lista de nuevo.
¿Dónde está el que se me ha escapado? Me muevo en cuclillas, apuntando hacia delante con el P90.
La luz que entra por la puerta exterior me permite ver los cuerpos de las personas que acabo de matar.
Ellos lo eligieron. Concéntrate en el aquí y ahora, Julián.
No es el momento para reprocharse nada. Me doy cuenta de que los disparos en el salón han cesado.
¿Cuántos segundos hace? No creo que haya pasado más de uno o dos minutos desde que todo empezó, pero parece mucho más.
Llego hasta el borde de la barra que separa la zona de la cocina del salón.
Me asomo con precaución. La puerta abierta al exterior permite que entre la luz, y gracias a ello contemplo un panorama que me corta el aliento.
Los sofás están destrozados y el suelo está cubierto de cadáveres.
Con alivio, compruebo que todos son hombres. Pero ¿dónde está Blanca?
—Sal a la luz, svoloch , quiero verte.
Escucho a Lukov y cierro los ojos. El cabrón sigue vivo y la desesperación se mezcla con la furia. Sacudo la cabeza brevemente y me pongo de pie. Mantengo el P90 apuntando delante de mí y paso a lo que fue mi salón, pero ahora parece una zona de guerra entre cuerpos y muebles destrozados.