Capítulo 28 #3
Aquí estamos, a punto de enfrentarnos a un asesino y sin saber cómo va a atacarnos, y lo que más me preocupa es haber herido los sentimientos de mi amigo.
Muerdo de nuevo la fruta que había dejado apartada, y le observo mientras pasa de largo hacia una de las ventanas del salón, con la intención de tapiarla.
—¡Fernando!
Se gira hacia mí, sujetando varios clavos largos entre sus labios.
—¿Fí? ¿Fé fafa?
—Toma. —Me acerco a él y le doy la navaja táctica—. Con esto podrás defenderte y atacar a cualquiera que se te acerque, si es necesario.
Para mi grata sorpresa, Perote no se pone a hacer poses o tonterías con la navaja.
Simplemente la abre, la sopesa en la mano derecha, girando la hoja, y luego lo vuelve a cerrar, mostrándome después su pulgar extendido en signo de aprobación.
La sonrisa de oreja a oreja de Perote al retomar su labor martilleando las tablas sobre las ventanas es prueba más que suficiente de que se le ha pasado cualquier disgusto que pudiera tener.
—No sé yo si es buena idea darle una hoja de ese tamaño —susurra Blanca cuando regreso a la mesa.
—Peor sería que estuviera desarmado, y pudieran usarlo de rehén. Todavía pueden hacerlo, aunque ahora, al menos, tiene la posibilidad de defenderse.
Blanca me mira y no dice nada, pero no hace falta.
Una vez hecho inventario de las armas y que las hemos asignado, nos pertrechamos.
Blanca tiene en su coche dos chalecos antibalas, una precaución genial que puede salvarnos la vida.
Me visto con ropa de combate, botas, casco y guantes tácticos que compré por internet y que todavía huelen a nuevos.
No es el uniforme de combate del GEO, sin embargo siento que es lo más adecuado.
No estaría cómodo luchando en vaqueros y zapatillas.
Por el contrario, Blanca lo prefiere así para mayor libertad de movimientos; es su decisión. Perote coge un casco también; aunque le queda grande, puede acomodar su coleta en el interior. Contengo la risa cuando se lo pone y nos mira, y levanto el pulgar arriba.
Ya solo nos queda la tarea de controlar los accesos principales.
En el caso de la puerta del garaje, lo tengo claro: basta con dejar aparcado el Astra en perpendicular, lo más pegado posible y bloqueando toda la longitud de la entrada.
En menos de cinco minutos y maniobrando un poco con el coche, la dejamos bien asegurada ante cualquier fuerza agresora que no venga con artillería pesada.
Si Lukov la trae, tendremos que improvisar.
—¿Qué piensas? —pregunta Blanca, señalando la entrada principal—. ¿Cómo podemos defenderla?
Observo la puerta durante unos instantes.
Es una buena puerta de madera, sólida, y la cerradura es de calidad, no es de las que ceden con una patada.
No nos costaría mucho reforzar la puerta para impedir que nadie entre y así limitar los accesos a la casa al patio trasero, que es más complicado de bloquear.
—Creo que no deberíamos hacerlo —contesto finalmente—. No me gusta la idea de cerrarnos una posible ruta de escape si las cosas se complican .
—Entiendo tu razonamiento, aunque puede ser un punto débil.
Blanca tiene razón, y hay algo que no me cuadra. Entonces, varias ideas dispersas hasta ese momento se unen en mi mente.
—Es que no vamos a hacer eso, al contrario.
—¿De qué estás hablando? —pregunta, sorprendida.
—Si hago eso, le estoy siguiendo el juego a Lukov.
Me ha dicho que viene a por mí, sin dar más detalles.
Por lo que pasó en la casa de mi hermana en La Gomera, no me cabe duda de que no vendrá solo y lo lógico es que espere resistencia por mi parte.
Cuanta más, mejor, así alimentaría su ego. Pues no lo voy a hacer.
—Sigo esperando que te expliques, Julián —insiste Blanca.
—No vamos a parapetarnos ni jugárnoslo todo a una defensa inútil.
Al contrario, le voy a abrir la puerta de mi casa y le voy a dar un recibimiento que no se espera.
—A medida que hablo, me doy cuenta de que es lo correcto, y que es la única manera de poder sorprender a Lukov—.
Vamos a dejar todos los accesos bloqueados menos la entrada principal y el patio, de forma que sean los puntos por los que intenten entrar en la casa y acabar conmigo.
La expresión de Blanca cambia sutilmente hasta que termina dándose cuenta de lo que propongo.
—Muy astuto, Julián —dice—. Y cuando pasen por esa puerta nos encargaremos de ellos a tiro limpio.
—Tenemos suficiente munición para acabar con un pequeño ejército, si la usamos bien. —Saco mi Glock de la funda y se la paso—. Con el P90 me es suficiente, pero tú puedes necesitar más potencia de fuego.
—Claaaaro, voy a hacer como en las películas, disparando a dos manos. —Blanca toma el arma, riendo con ganas .
—¿Y yo qué hago, hermano?
La pregunta de Perote nos sorprende a ambos, abstraídos en nuestra conversación.
—Aparte de terminar de bloquear las ventanas, tienes que ser nuestros ojos, Fernando. Nosotros nos encargaremos de lo que venga, y tú nos dirás por dónde lo hace.
Le hago una seña para que se acerque y explico a ambos mi plan. En unos pocos minutos, cada uno sabemos qué tenemos que hacer y de qué preocuparnos, así que nos ponemos con nuestras tareas.
Pase lo que pase, Lukov, uno de los dos no saldrá vivo de esta casa.