Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Siento las manos frías. Después de tanto tiempo, tengo mi objetivo tan cerca que casi puedo tocarlo.

Y todo depende de lo que decida hacer un traficante ruso un tanto ególatra.

¿Cederá a mis provocaciones o hará lo más sensato y me ignorará?

Las palabras que aparecen en la pantalla me dan la respuesta.

D

Dentro de una hora. No te muevas de ahí si no quieres que los tuyos mueran.

Leo una y otra vez el mensaje, intentando encontrar algún significado que se me escape, pero no hay más de lo que mis ojos ven, y Dmitri ya no aparece en línea.

—Lo has hecho, hermano —dice finalmente Perote—. ¡Ha picao !

—No lo sabemos todavía —respondo—, no hasta dentro de una hora.

—Hay que hablar con Enrique —dice Blanca—. Tenemos tiempo para que nos mande ayuda.

—No —contesto, tajante—. Sé que no es lo más inteligente, pero ¿qué pasa si viene y encuentra la casa rodeada de coches o con la policía patrullando?

—Lo entiendo —responde ella, mordiéndose el labio superior—. Sin embargo, ni siquiera tienes la seguridad de que sea él quien vaya a venir. Puede que mande solo a sus secuaces.

—Lo dudo —afirmo—. Querrá acabar conmigo personalmente, así que vendrá, aunque sí tienes razón en lo otro. Seguro que viene acompañado.

—¿No le habías convencido para luchar mano a mano, como hiciste con el alemán? —pregunta Perote.

—Ojalá fuera así —digo, levantándome—. Sería mucho más sencillo, pero a estas alturas Lukov no estará interesado en ser caballeroso. Quiere vengarse y cuanto más ruidoso sea, más le gustará .

—Muy bien. —Blanca se planta frente a mí—. Si no avisamos a Enrique, ¿qué piensas hacer? ¿Enfrentarte solo a él?

—Ese era mi plan desde el principio.

—Olvídalo —contesta—. Yo me quedaré contigo.

—¡Y yo también! —dice Perote, saltando desde el sofá—. ¡Tú y yo contra el mundo, hermano!

—Os lo agradezco, pero no puedo pediros que os sacrifiquéis por mí.

—Tú no has pedido nada, soy yo el que lo ofrece, Julián.

—Nunca pensé que fuera a coincidir en algo con él, pero digo lo mismo. —dice Blanca, sonriendo—. No te enfrentarás solo a lo que venga.

Me quedo sin palabras. Es cierto que no podía pedirles que se sacrificaran conmigo, como también lo es que no puedo rechazar su ofrecimiento. Abro los brazos. Perote se funde conmigo en un abrazo sin dudarlo. Blanca, más dubitativa, se une unos momentos después.

Creo que por primera vez desde La Gomera, siento de verdad que no estoy solo.

Al final, terminamos deshaciendo el abrazo. Perote se sorbe la nariz, mientras que Blanca mantiene una sonrisa inescrutable, sin dejar de mirarme.

—Gracias, de verdad —digo con la voz ronca, así que toso para aclararme—. No sabéis cuánto significa esto para mí.

—Olvídalo, hermano, para eso estamos.

—Yo usaría otras palabras —dice Blanca—, pero comparto el sentimiento.

Asiento con la cabeza y miro la hora.

—Muy bien. Vamos a trabajar, nos quedan menos de 60 minutos. Démosle a Lukov un recibimiento que nunca olvidará.

Cuando tienes que proteger un espacio cerrado, es vital tener controlados todos los accesos.

Cuantos más haya, más difícil será de defender y más gente necesitarás para poder cubrirlos.

En el caso de mi casa de Collado Mediano, la planta baja del edificio cuenta con una puerta principal, la puerta del garaje, y un patio trasero vallado en el que hay otra puerta que lleva a la cocina.

Además de esos accesos principales, hay cinco ventanas en las diferentes habitaciones por las que alguien podría acceder al interior de la vivienda.

No cuento el ventanuco del cuarto de baño; aunque sigue siendo un punto débil y podrían lanzar algún objeto por él, mientras no quepa una persona no me preocupa.

Nuestra primera prioridad, pues, es limitar los posibles accesos, poniendo barricadas y sellándolos en la medida de nuestras capacidades.

En el garaje tengo herramientas que pueden servirnos para ello.

Tras las instrucciones pertinentes, Perote se lleva el maletín, con la intención de desmontar -o destrozar, lo que sea más efectivo- los armarios y otros muebles de la casa para conseguir maderas con las que tapiar las ventanas.

Eso nos deja a mí y a Blanca con la responsabilidad de preparar las armas que tengamos disponibles, comenzando por hacer un recuento.

Por mi parte cuento con el P90 y la Glock, además de la navaja táctica, que usaré solo como último recurso, y Blanca tiene otra Glock.

Ese es todo el arsenal del que disponemos para enfrentarnos a una fuerza desconocida.

Al menos, no tendremos que preocuparnos de la munición: Cosme podía ser un hijo de puta, pero me dejó bien pertrechado.

Sobre la mesa del comedor, coloco los cargadores que voy sacando de una mochila de deporte.

Al finalizar, son treinta y seis los que tenemos, la mitad del subfusil y la mitad de la pistola.

Muerdo una manzana cuando terminamos, el jugo salpicando mis labios, satisfecho.

—Podíamos estar peor —afirma Blanca—. ¿Cómo los repartimos?

—Déjame uno y quédate el resto —contesto, masticando—. Yo utilizaré el P90.

En ese momento, Perote baja las escaleras cargando con media docena de tablas de diferentes longitudes.

—Ya he terminao con uno de los armarios de arriba, Julián. Ahora… ¿oye, a quién vais a matar? —dice, al posar su vista en las armas y la munición.

—Eso dependerá de las intenciones que traigan nuestros visitantes —respondo al tiempo que compruebo el P90.

—¿Tan seguro estás de que Lukov no va a venir solo? —Blanca hace lo mismo con su pistola—. No sabemos si tiene recursos para costearse unos matones que le acompañen.

—Exacto, no lo sabemos, y siempre es mejor prepararse para lo peor y perder el tiempo, que no haberlo hecho y encontrar luego que ya no tienes tiempo para prepararte.

—¿De dónde has sacado eso? —dice Blanca, sonriendo—. ¿De una galleta de la fortuna?

—¿A mí no me vas a dar ningún arma, hermano? —interrumpe Perote.

—No —le contesto con toda seriedad—. ¿Has usado alguna vez una pistola?

—Qué va, pero no puede ser tan difícil.

—Y por eso precisamente no te la puedo dar. Se trata de algo muy serio. Podemos encontrarnos en una situación de vida y muerte; lo último que necesitamos es un novato con un arma .

Al ver su gesto, me apresuro a añadir:

—Sin ofender, amigo, es mejor no correr riesgos.

—Está bien, colega —contesta él, mirando hacia otro lado—. Me dedicaré a las ventanas, eso sí puedo hacerlo.