Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

CAPÍTULO

VEINTIOCHO

Collado Mediano, Madrid.

Los pocos segundos que transcurren hasta que empiezan a sonar los tonos se me hacen eternos. Suena una vez, luego otra y una tercera, hasta que establece la llamada y escucho una voz con marcado acento extranjero.

—¿Gunter?

Un escalofrío recorre mi espalda al reconocer la voz del bastardo que mató a mi familia. Aprieto los dientes, tratando de contener la furia que inunda todo mi ser, y me concentro en la que es ahora mi misión: provocar a este cabrón y conseguir que baje la guardia.

—Hola, Dmitri, cuanto tiempo.

—¿Quién eres? —contesta al cabo de unos segundos—. ¿Dónde está Gunter ?

—Me temo que no puede atenderte en estos momentos, y tampoco lo hará nunca.

— Svoloch , no sabes con quién estás hablando.

Me doy cuenta de que no sabe quién soy, algo que puede jugar a mi favor.

—Sí que lo sé, Dmitri. Sé perfectamente quién eres, y también que tu pequeño plan para convertir el Teatro Real en una exhibición nuclear para tus clientes se ha ido a la mierda.

— Grebanyy ublyudok … ¿Quién eres?

—Te mentiría si te dijera que me siento decepcionado de que no me recuerdes. Aunque yo no pueda olvidar lo que me hiciste.

Blanca me hace señas, moviendo las manos delante de mí, para animarme a seguir por ese camino. Debo mantenerle intrigado, al tiempo que sigo provocándole.

—Tengo ese efecto en la gente, svoloch . Pero soy un hombre ocupado y me estoy aburriendo de esta conversación…

—Así que te da igual saber quién se ha cargado a Gunter y a Kretowickz.

A ver si dándole más carnaza termina picando.

—¿Qué has hecho con Hans?

—Ah, no, sabes que no es tan sencillo, Dmitri.

—Julián Pizarro —termina diciendo el ruso, tras unos instantes.

—Te ha costado reconocerme, bastardo.

—Tengo muchas cosas en la cabeza. —Su tono ha cambiado, maldita sea, antes se le notaba desconcertado, pero ahora suena frío y seguro—. Así que tú eres el responsable de que haya perdido a dos de mis mejores hombres.

—No te olvides del Teatro Real. Estoy seguro de que pusiste mucho esfuerzo y dinero en ese… proyecto. Me alegra poder decirte que no ha servido para nada .

—Todo tiene una razón de ser, svoloch . Hay un gran plan, y yo solo soy un instrumento.

—¿Qué quieres decir? No te hacía del tipo religioso.

—Y no lo soy, pero sí soy un hombre de negocios, y no me gusta dejar cabos sueltos. Tenías que estar muerto, Julián Pizarro.

—Lo intentaste y fallaste, cabrón. No hay segundas oportunidades.

—Ahí te equivocas —contesta—. Mientras hay vida, hay esperanza, así que no pierdo la esperanza de matarte con mis propias manos.

—Te invito a intentarlo. Dime dónde estás y me acerco ahora mismo. Podemos solucionarlo como hombres, mano a mano.

—¡Jajajaja! —La risa de Lukov resuena por el altavoz del teléfono—. ¿Crees que va a ser así de simple? Nada de eso, svoloch .

—O sea, que tienes miedo.

—El miedo no tiene nada que ver con esto, desgraciado. Cuando acabe contigo, lo haré en mis propios términos, en el momento y lugar que yo elija.

—Eso no te funcionó la primera vez, imbécil —contesto, elevando el tono—. Y es un error que vas a pagar muy caro.

—Lo dudo… y por mucho que me divierta esta conversación, tengo asuntos más importantes que atender.

Debería preocuparme, pero ahora soy yo quien me río a carcajadas. Ya sé cómo hacer que caiga en la trampa.

—¡Qué equivocado estás, Lukov! Será mucho más satisfactorio para mí saber que no tienes idea de lo que te cae encima.

—Cobarde patético, no puedes hacer nada.

—Puedo hacer mucho más de lo que te imaginas, Lukov — contesto—. No necesito tenerte cerca para dejar tu reputación por los suelos y mostrarte como el traficante de mierda que eres.

—Mientes, svoloch .

Bien. Le he golpeado en su punto débil. Ahora, a seguir machacando.

—¿Eso piensas? Entonces no tendrás ningún problema en que contemos al resto de servicios de inteligencia la chapuza que has montado en el Teatro Real.

—Eso era una obra de arte, un artefacto de última generación como nadie más en el mundo puede conseguir, ¡solo yo!

—Bla bla bla… Da igual lo que hicieras, la verdad es la que nosotros contaremos y la que nadie puede contradecir: un aparato explosivo montado de manera deficiente, con materiales baratos…

la suerte es que no le estallara en la cara al inepto que lo construyó.

¿Cuánto tiempo tardará la historia en llegar a tus clientes potenciales? A mí no me parece mucho.

Al otro lado del auricular, Lukov ha perdido los nervios y está hablando en ruso a voz en grito. Lo tengo. Ignoro sus gritos y alzo la voz para que me escuche.

—Y no nos olvidemos de la parte más jugosa de la historia.

El idiota de Dmitri Lukov quiso dar un ejemplo con un agente del GEO, pero fue tan inútil que ni siquiera pudo acabar con él.

De hecho, cuentan que sigue vivo y a punto de atrapar a Lukov.

No creo que haya muchos terroristas que quieran trabajar con alguien tan incapaz como tú. Tus días están contados.

Aunque no entiendo nada de ruso, el caudal de palabras que surge del auricular solo pueden ser insultos, más o menos imaginativos. Sonrío, satisfecho. El pez ha mordido el anzuelo.

—¡Te mataré, hijo de puta! —dice Lukov, volviendo al español—. ¡Te encontraré allí donde estés y te sacaré los intestinos con mis propias manos !

—No tienes lo que hay que tener —contesto, manteniendo la calma—. Ni los recursos, ni la inteligencia, ni los huevos.

El grito de rabia del ruso me hace apartar el teléfono de mi oído. Definitivamente, he cumplido con el objetivo de sacarlo de sus casillas. Ahora, viene lo más difícil.

—Atrévete a demostrar que me equivoco, Lukov. Dime dónde y cuándo, y terminemos con esto.

El silencio vuelve a adueñarse de la llamada, pero en esta ocasión puedo escuchar la respiración agitada del ruso. Vamos, desgraciado. Quieres hacerlo y yo también. No te acobardes ahora.

—Muy bien, svoloch . Tú y yo, solos. Si estás con alguien lo sabré, y no solo desapareceré, sino que me aseguraré de que todos los miembros que queden vivos de tu familia mueran de la forma más horrible, estén donde estén.

—No amenaces a los míos, hijo de puta.

En cuanto termino de hablar, comprendo que con ese arrebato he caído en su trampa. Mal, Julián, muy mal. Tenías todo el poder y ahora se lo has dado a él.

—¿Tus padres están vivos? Los desollaré por turnos uno frente al otro, para que no pierdan detalle del sufrimiento. ¿Te quedan hermanos, sobrinos? Muertos. ¿Tíos, primos…? Muertos también, toda tu sangre desaparecerá de la faz de la tierra si me la juegas. ¿Lo entiendes, svoloch ?

Ahora soy yo quien arde de cólera, pero no puedo permitirme ceder y que la furia de mi interior tome el mando. Esto es lo que querías, Julián, así que trágate tu orgullo y síguele el juego.

—Sí —respondo.

—Más te vale asegurarte de hacer todo lo que te digo —contesta con tono de superioridad—. En cuanto acabemos de hablar, me vas a mandar tu ubicación y me vas a esperar allí. Si no lo haces, desapareceré y me encargaré de que todo el que lleve el apellido Pizarro muera. ¿Lo entiendes?

Trago saliva. No me gusta el cariz que ha tomado la conversación y lo que quiere que haga, pero ¿qué opción me queda?

—De acuerdo.

—Hablo en serio, svoloch . Como intentes algo, lo que pasó en Canarias será solo el aperitivo. Esperaré diez minutos, ni uno más. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Tras esas palabras, Lukov corta la llamada.

Aspiro aire hasta llenar por completo mis pulmones, mientras mis compañeros esperan a que les cuente. Sí, he conseguido hablar con Lukov y provocarle para que salga de su escondite. ¿Entonces por qué me siento como si hubiera perdido?

—¿Estás loco? ¡Podría matarte! —No me sorprende la reacción de Blanca cuando le explico rápidamente mi conversación con Lukov, aunque sí su intensidad—. No puedes seguirle el juego a ese asesino.

—A mí me gusta tan poco como a la churri, hermano, pero te apoyaré en lo que decidas —afirma Perote.

—Vuelve a llamarme «churri» y te haré algo peor que lavarte la boca con jabón —dice Blanca, antes de volver a dirigirse a mí—. Piénsalo fríamente. ¿Qué puedes hacer tú solo contra Dmitri Lukov? Hay que hablar con Furiase, necesitamos refuerzos.

—No estoy solo, os tengo a vosotros —contesto—, y puede que esta sea nuestra única oportunidad de acabar con él. ¿Y si llamamos a la caballería y lo que hace es desaparecer, como ha amenazado? Es un riesgo que no me atrevo a correr.

—En eso llevas toda la razón, hermano —dice Perote—. No hemos llegao hasta aquí para que se nos escape en el último momento.

—Tú no le animes más —le regaña Blanca—, que nadie te ha dado vela en este entierro.

—Oye, si estoy aquí es porque me lo he ganao . Además, si no es por mí, vosotros dos todavía estáis discutiendo; serás muy lista, pero ni habías pensao en algo tan sencillo como llamar al ruso.

—Pero serás…

—¡Ya está bien vosotros dos! —termino gritando, impaciente—. Lo que menos necesito es teneros a la greña. No tenemos tiempo para eso.

Con el móvil todavía en la mano, mantengo el chat abierto con Lukov. Los diez minutos casi han pasado y tengo que tomar una decisión: revelar a Lukov dónde estoy o correr el riesgo de que desaparezca para siempre y se encargue de matar a mi familia.

No es una decisión difícil de tomar; no sé por qué la ha pospuesto tanto.

Aprieto el botón y comparto mi ubicación actual. En apenas unos instantes, el teléfono manda mis coordenadas junto con el pantallazo de un mapa.

Está hecho. Me siento en el sofá y taladro con mi vista la pantalla del iPhone. Tras unos segundos, la parte superior del chat cambia y de poner solo «D», pasa a tener una línea debajo indicando «en línea» y, poco después, «escribiendo».

—¿Crees que funcionará? —dice Perote

—Ahora lo vamos a ver.