Capítulo 27
CAPÍTULO
VEINTISIETE
Collado Mediano, Madrid.
Cuando quiero darme cuenta, llevo varios segundos en silencio, con mi mano entre las de Blanca. La suelto de forma reluctante. Su perfume a vainilla permanece unos instantes en mi olfato.
—Has hecho bien en venir. Atraparé a Lukov y me encargaré de que esa sanguijuela no vuelva a hacer daño a nadie. Sin tratos.
La sonrisa de Blanca ilumina su cara, y no puedo evitar sonreír yo también. Esto es lo correcto, no me cabe duda.
Ahora solo tengo que averiguar cómo llevarlo a cabo.
—Necesito saber qué ha pasado desde que Furiase me echó. Cuéntamelo todo —apremio a Blanca—. Puede que haya algo que se os haya pasado por alto.
—Está bien —dice ella, ordenando sus pensamientos—.
Hay mucho que no sé, porque no estuve acompañando a Enrique en el centro de mando todo el tiempo, pero mientras estuve en la sala de control, pude ver cómo movilizaban a los artificieros especialistas dentro de nuestro departamento, así como a los TEDAX y los SEDEX.
—¿Eso qué son, pokemones?
La risa de Perote no se ve perturbada por el gesto de pocos amigos con el que contesta Blanca.
—¿Es necesario tener a este tipo aquí, Julián? De verdad, no sé qué ves en él.
—A veces, yo tampoco —contesto, masajeando el puente de mi nariz—. Son las unidades especialistas en desactivación de artefactos explosivos de Policía Nacional y Guardia Civil, y te agradecería que no interrumpieras si no es para aportar algo constructivo.
Ahora sí que muda la expresión en el rostro de Perote, pasando a una de tristeza. Me encojo levemente de hombros y le miro; si le he ofendido, le pediré disculpas más tarde. Ahora, me interesa conocer todo lo que pueda contarme Blanca, a la que animo a continuar con un gesto.
—Aparte de poner en alerta a todos esos especialistas y mandarlos al Teatro Real, se puso en marcha de urgencia un operativo con cuatro docenas de agentes, prácticamente todos los que estaban disponibles en la capital.
El objetivo era revisar todos los hoteles en las cercanías del Teatro Real, siguiendo la pista que obtuviste de Cosme.
Si es cierto que Lukov se alojaba en uno de ellos para poder accionar el detonador, la orden era encontrarlo esa misma noche.
—Sigue —la animo.
—Poco te puedo decir de la operación, solo de la parte que me toca.
—Blanca se apoya en la encimera—. Junto con otro agente, nos asignaron cuatro hoteles en la calle de San Bernardo, no muy lejos del Real: el Hotel Santo Domingo, el Petit Palace, el Generator y el Hotel Emperador.
Estuvimos trabajando en ellos toda la noche, convenciendo a los directores de que nos mostraran todos sus registros y examinándolos y cotejándolos con los datos de la central.
—¿Así por las buenas? —pregunto—. ¿No os pidieron orden judicial?
—Sí, pero por suerte ya disponíamos de una.
Dmitri Lukov sigue entre los más buscados por Interpol, así que existe una orden internacional vigente de busca y captura.
Para agilizar el proceso, se nos asignó también un agente de la Policía Judicial, que nos ayudó a convencer a los más reticentes.
—Interrumpe sus palabras para ahogar un bostezo—.
De todas formas, fue un horror tedioso y aburrido: hablar con los directores del turno de noche, revisar los huéspedes de cada hotel y cotejarlos con las bases de datos policiales.
Más de cuatrocientos clientes, y solo dos hicieron saltar algún tipo de alarma.
Uno era un traficante de poca monta al que pillamos durmiendo y pudimos detener sin problema, pero ya nos hizo perder más tiempo con el papeleo; el otro era un maltratador que por el mero hecho de estar en Madrid ya estaba incumpliendo la orden de alejamiento.
No sabes cuánto me alegró que opusiera resistencia —dice, haciendo crujir sus nudillos.
—No me gustaría estar en su lugar —aseguro—. Por lo que has dicho, anoche se revisaron casi cincuenta hoteles.
—Seguramente más de cincuenta; asignaban por la cercanía, así que los equipos asignados a zonas con mayor concentración hotelera, tenían más establecimientos que revisar.
—Sin éxito.
—Hasta donde yo sé, así es —afirma Blanca, asintiendo con la cabeza—. No creo que Enrique fuera capaz de ocultármelo si le hubieran atrapado.
—¿Se te ocurre dónde puede estar Lukov? —pregunto, llevándome la mano a la barbilla—. Cosme fue bastante explícito. Dijo que «estaba en un hotel» y «cerca del Teatro Real».
—No sé si fiarme mucho de lo que te dice alguien tras reventarle la rodilla a balazos.
—Si en ese momento no dices la verdad, no se me ocurre cuándo —respondo—. Aunque… siempre asumí que era la misma frase, entrecortada… ¿y si son dos frases distintas?
—¿Qué quieres decir?
—Aceptamos que Lukov está en un hotel, sí. —Camino por la cocina, reflexionando en voz alta—. Pero ¿y si no está cerca del Teatro Real? ¿Y si se refería a otra cosa?
—Por ahí no llegamos a ningún sitio —señala Blanca—. Las posibilidades son infinitas, tienes que acotar de alguna manera.
—Tienes razón —digo, señalándola con el índice—. ¿Dónde está Cosme? ¡Tenemos que hablar con él y sacarle la verdad!
—Es lo primero que le pedí anoche a Furiase, antes de embarcarnos en una búsqueda desesperada.
El problema es que alguien —dice, mirando al techo— le provocó tales lesiones que se ha pasado toda la noche en el quirófano.
Esta mañana estaba todavía tocado por la anestesia, no sé si habrá despertado ya.
—¿Y a qué esperamos?
—Piensa un poco, Julián. —Blanca inclina el rostro hacia mí—. ¿Crees de verdad no ya que te vayan a permitir acercarte a él, sino que te digan siquiera donde le tienen preso?
Para mi pesar, está en lo correcto.
—Está bien, igual me he emocionado un poco —concedo—, pero no podemos rendirnos. Es el único hilo que nos une con Lukov. —Entonces se me ocurre—. ¿Y si contactamos con Baena? Quizá él sepa algo, o pueda ayudarnos con Cosme.
Blanca abre desmesuradamente sus ojos verdes y se pone de pie.
—Eso sería todavía peor —afirma, sacudiendo la cabeza—. Hazme caso, no sabes todo lo que hay entre esos dos. Si metemos a Baena en esto, olvídate de contar con el apoyo de Enrique en el futuro.
—Soy muy consciente, pero no tenemos otra opción.
—Claro que la tienes, hermano.
La voz de Perote nos interrumpe y ambos nos giramos hacia él. Tumbado en el sofá, con un vaso de whisky a medias en la mano y gesto serio, él nos devuelve la mirada, impávido.
—Creo que no, «amigo» —dice Blanca, sin poder ocultar el desdén en su voz—. Esto no es algo que se pueda solucionar llamando a un colega.
—Ahí es donde estás equivocá , guapa —contesta Perote, bebiéndose a continuación lo que le queda de bebida—. Eso es precisamente lo que hay que hacé .
—¿Tú eres así de tonto o estás actuando? —dice Blanca, cruzándose de brazos—. Ahora resulta que tú vas a tener más contactos que los servicios secretos.
—Puede que sí. —Veo cómo mi amigo se echa hacia atrás, poniendo los brazos sobre su cabeza y disfrutando del momento—. Porque nosotros tenemos algo que ellos no tienen.
A mi derecha, siento cómo Blanca se pone cada vez más tensa. En esta ocasión, soy yo quien pone una mano sobre su hombro para calmarla. Ella me mira y forma silenciosamente con su boca dos palabras que leo sin problema: «Está loco». No lo creo, pero no se me ocurre a qué se refiere .
—Explícate, Perote, por favor. Y espero que sea una buena idea.
—Pues claro que lo es. La navaja de Ockham corta muy fino, hermano, y lo hace porque es la solución más sencilla.
—Creo que no es así cómo se aplica ese principio —digo, conteniendo la risa—, pero continúa.
—Es lo más simple del mundo. Tú quieres localizá al ruso. ¿Por qué no le llamas?
—No digas gilipolleces —espeta Blanca, claramente enfadada—. Esto no es buscar el teléfono de una pizzería en Google. ¿Qué coño te crees?
—En realidad, no es ninguna gilipollez —digo, poniéndome entre ambos—. Tenemos el móvil de Gunter y hay un contacto que pensamos es Lukov. Puedo llamarle, y provocarle; quizá nos dé alguna pista de su paradero.
—No creo que funcione. ¿Y si no coge el teléfono? A estas alturas, ya debe saber que has matado a su lugarteniente.
—Puede que sí y puede que no —contesto—. Han pasado cuatro días, pero no sabemos cuán a menudo hablaban esos dos.
Blanca se queda inmóvil, mirándome. Casi puedo distinguir los engranajes moviéndose en su cerebro.
—Deberíamos avisar a Enrique —termina diciendo—. En el caso de que termines conectando con Lukov, podríamos rastrear la llamada, asegurarnos de que lo localizamos.
En eso, tiene toda la razón. Con los recursos de Furiase podríamos encontrar la ubicación exacta del móvil de Lukov y caer sobre él en pocos minutos. Sin embargo, veo un problema, y me aterra.
—Puedo seguir tu razonamiento, pero hay un inconveniente —digo—.
Tendríamos que ir a la base móvil o a dónde sea que tengáis la central para montar el dispositivo, y eso requiere un tiempo que creo que ya no tenemos.
Lo acabas de decir hace un momento: Lukov puede estar enterado de la muerte de Gunter o quizás no, pero lo que sí tiene que saber es que su plan para mañana ha sido desmantelado.
—Señalo hacia la televisión—. No se va a creer lo de los problemas técnicos del sistema de plataformas. Pero ¿y si tiene un plan B?
Mis compañeros me miran atónitos, comprendiendo, igual que yo, que es posible que estemos en una situación peor que ayer. El plan del Teatro Real lo había compartido con su gente. Lo que pueda hacer después, solo lo sabe Lukov.
—Eso es mucho suponer…
—¿Y podemos correr el riesgo?
Su silencio es la mejor respuesta, así que me dirijo hacia Perote, que ha recogido el iPhone de Gunter del cajón donde lo teníamos guardado. Busco en la agenda de contactos aquel que está guardado solo como D.
—¿Estás seguro, Julián? —pregunta Blanca.
—No, pero tampoco tenemos nada que perder —contesto.
Tengo la boca seca, así que tomo un vaso de agua fresca. Lo siento como la última cena del condenado a muerte.
Saco el teléfono del modo avión, respiro hondo y hago la llamada.