Capítulo 26 #2
Blanca me mira con gesto serio, pero al final termina sonriendo y encogiéndose de hombros.
—En eso tienes toda la razón, Julián. No sé si servirá de algo, pero yo sí que te lo agradezco. Madrid es muchas veces una ciudad insufrible, pero no la cambiaría por ningún otro sitio del mundo, y no me haría ninguna gracia que un distrito fuera radioactivo.
Al tiempo que habla, Blanca ha cogido la botella de whisky y ha venido hasta la cocina, donde ha tomado tres vasos en los que está sirviendo la bebida.
Me quedo mirando cómo cae el chorro de líquido dorado en el cristal y luego sus insondables ojos verdes al ofrecerme uno, y siento cómo la furia de mi interior se retira.
—No hay de qué —digo, tomando el vaso.
—Hagamos un brindis. —Lleva el otro hacia Perote, que lo toma relamiéndose, y se queda con el último—. Por Julián Pizarro y todo lo que ha hecho por nosotros, aunque nadie lo pueda saber jamás.
El olorcillo del whisky me hace retroceder a otro tiempo, cuando era más joven y me bebía la noche a grandes tragos.
De esa época me quedan los recuerdos y un alto grado de tolerancia al alcohol, conseguido después de beber más de lo que me convenía.
Solo cambié de opinión tras la muerte de mi padre, por razones evidentes.
Desde entonces, han sido contadas las ocasiones en que he bebido un líquido de alta graduación, y ya hace mucho de la última.
Agito el vaso, y los cubos de hielo tintinean.
Después, me encojo de hombros y lo alzo hacia ellos.
—Arriba, abajo, al centro ¡y pa dentro!
Perote recita el antiguo ritual, moviendo el vaso en dichas direcciones antes de beber su contenido; Blanca y yo somos más comedidos y simplemente nos lo llevamos a la boca para ingerir el líquido.
Noto como baja ardiendo por la garganta y calienta mi estómago.
Está bueno, demasiado. Por eso, lo dejo a medias sobre la mesa y me dirijo a Blanca con gesto serio.
—No habéis atrapado a Lukov.
Blanca pasa la lengua por su labio superior, un gesto fugaz que, en otras circunstancias, podría tomar por una invitación. Pero ahora no es el momento, ni quiero dedicar mis pensamientos a ello.
—No puedo decírtelo, y lo sabes —responde ella.
Perote se adelanta y habla antes de que yo pueda decir nada.
—A otro perro con ese hueso, morena —dice, al tiempo que se levanta y camina a servirse otro vaso de whisky—. Has venido por algo, y no creo que sea para emborracharnos.
—¿Nunca te han dicho que calladito estás más guapo? —responde Blanca con un punto de fastidio—. De hecho, no sé qué haces aquí todavía y no has vuelto a Marbella a seguir trapicheando.
—Fernando es mi invitado y se queda aquí conmigo—interrumpo—. Además, tiene razón. ¿A qué has venido de verdad, Blanca?
Ella no me contesta, aunque hay señales sutiles en su lenguaje corporal que me revelan el conflicto por el que está pasando: parpadeos más seguidos de lo habitual, traslado de su peso de un pie a otro, y una cierta rigidez que denota cómo intenta controlarse.
Solo necesita un empujón, pero debo tener cuidado: si no digo lo que quiere oír es posible que se marche, para no volver nunca más.
Pero ¿qué digo, qué palabras pueden ser las correctas?
No lo sé. Sin embargo, cada vez que he pensado demasiado las cosas en mi vida, me ha ido mal, así que hablo sin pensar.
—Puedes estar tranquila. Si está en mi mano, no permitiré que ese asesino se vaya sin recibir su merecido.
—Sus ojos brillan de una manera especial, y sé que he dado en el clavo, así que continúo—.
Por mi familia, y por todas las familias que ha destrozado antes y que pueda destrozar en el futuro, me aseguraré de que haya justicia. Eso te lo juro.
Blanca sonríe levemente, inclinando la cabeza. Suspira antes de empezar a hablar.
—No han logrado encontrarle aún, pero no tardarán en hacerlo, y hay gente por encima de Furiase que está dispuesta a volver a hacer un trato con él.
—¿Qué? —digo, incrédulo.
—Y lo peor de todo es que Enrique está valorando la idea. —Blanca se acerca y toma mi mano entre las suyas, más cálidas—. Tranquilo, es un buen hombre y creo que solo está intentando ganar tiempo, pero mi reacción fue igual que la tuya .
—No entiendo como siquiera pueden planteárselo.
—Hay mucho miedo en las altas esferas —contesta ella—. Gracias a ti, han podido encontrar el artefacto del Teatro Real y han montado una charada para ocultarlo a la opinión pública. Aun así, están acojonados, no hay otra palabra, y están dispuestos a lo que sea para evitar que vuelva a ocurrir.
—Así no. —Niego con la cabeza—. ¿Qué pasará cuando aparezca el siguiente monstruo?
—Lo mismo pienso yo, Julián. —Aprieta mi mano entre las suyas—. No entré en esto para negociar con asesinos.
—Lo sé.
—Con todo, me temo que no hay nada que podamos hacer. Las órdenes vienen directamente desde arriba.
—¿Y qué opciones tenemos?
—No lo sé. —Traga saliva—. Pero en todo este asunto, tú has sido el único capaz de conseguir algo. Tienes que hacerlo de nuevo, o Lukov terminará cerrando un trato, y todo el sufrimiento habrá sido por nada.
Aprieto los dientes y respiro despacio. La sola idea de que esa rata pueda negociar su detención me repugna, pero recuerdo que no sería la primera vez que lo hace. Y si arriba están tan asustados como dice Blanca, le darán lo que sea a Lukov antes de arriesgarse a una masacre.
No. Cueste lo que cueste, atraparé a ese cabrón y entonces no habrá pacto que valga.