Capítulo 26
CAPÍTULO
VEINTISÉIS
Collado Mediano, Madrid.
… y seguimos pendientes de la noticia del día: el accidente sin víctimas en el Teatro Real que ha provocado un traslado de urgencia para el sorteo del Gordo de Navidad. Vamos a la Plaza de Isabel II donde se encuentra nuestra compañera Vanesa Nogales. ¿Cuál es la última hora, Vanesa?
—Efectivamente, Joaquín, el tradicional sorteo del Gordo de Navidad no podrá celebrarse en este Teatro Real que ven a mis espaldas, que ha sido su sede desde el año 2012.
Según nos han explicado los técnicos del Teatro, el sistema de plataformas superpuestas que hay debajo del escenario, y que permite trabajar diferentes escenografías según la obra que se represente, ha sufrido problemas técnicos que podrían impedir la normal celebración del sorteo de mañana.
Desde Loterías y Apuestas del Estado se ha trabajado para conseguir una alternativa en tiempo récord y nos lo va a contar su representante, Agustín García. ¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente?
—Se trata de un fallo humano; por desgracia, en la última revisión del sistema hubo algunos componentes que no terminaron de instalarse correctamente, provocando que el escenario principal no sea seguro. Por suerte, se ha detectado el problema a tiempo y eso ha evitado mayores problemas.
—El sorteo lleva días preparándose. ¿No lo podían haber detectado antes?
—Ojalá, y así habríamos podido actuar con más tiempo, pues la reparación está llevando más de lo previsto.
Dado el poco margen existente y los riesgos que puede acarrear para el sorteo, al final se ha decidido no celebrarlo en el Teatro Real y buscar una ubicación alternativa en las instalaciones de IFEMA, al ser un lugar que cumple con las condiciones necesarias para montar todo con tan poca antelación…
La reportera lo corta antes de que termine.
—Perfecto, gracias Agustín. Otra pregunta: El Pulso ha publicado hoy una noticia sobre licitaciones irregulares en Hacienda relacionadas con las obras del Teatro. ¿Tiene esto alguna relación con…
—Bueno, eso será para otro día, ahora mismo la historia es el sorteo— interviene el presentador desde el estudio.
—Claro, claro, disculpad. Seguimos con…
Pierdo la paciencia y apago la tele. Perote me mira con gesto resignado desde el sillón.
En la mesita enfrente de nosotros, quedan los escasos restos de la comida china que hemos encargado para hoy.
Me levanto, incapaz de contenerme, señalando a la pantalla ahora oscura.
Abro la boca con la intención de quejarme, pero las palabras no salen y termino mordiéndome el puño.
—Tranquilízate, Julián. No es el fin del mundo .
—¿Eso es lo mejor que se podían inventar? —pregunto agitado—. ¿Fallos en el escenario?
—No podían decir la verdad, hombre, ya lo sabes. Y tampoco es tan mala la historia, ¿o se te ocurre alguna mejor?
Contemplo seriamente a Perote, que me devuelve la mirada con gesto divertido. Al final, me encojo de hombros y me dirijo a la cocina para servirme un café.
—Lo que no entiendo es por qué si ese Furiase es tan capo como lo pintan, no ha encontrao ya al Lukov y se ha puesto la medalla delante de todos. ¿No sería una noticia buena para el telediario?
El aroma del café al echarlo en la taza inunda mis fosas nasales, mientras pienso en lo que acaba de decir mi amigo.
Me detengo a pensar la respuesta y entonces me doy cuenta de que el arrebato de hace un momento ha desaparecido.
¿Por qué me enfadó tanto lo que vi en la televisión?
Fácil, sabía que era una farsa que escondía algo.
Y cuanto más lo pienso, más veo que Perote tiene razón: si Furiase y su gente hubieran encontrado a Lukov, algo habría aparecido en los medios, aunque fuese una mención casual.
—¿Sabes que eres un cabrón muy listo, Fernando? —digo, refiriéndome a Perote por su verdadero nombre—. Puede que ni siquiera le hayan atrapado.
—¿Qué pasa, que no hay personal para revisar los hoteles cerca del teatro, joé ?
—Seguro que sí. —Doy un sorbo de café—. Pero, pensándolo fríamente, ni siquiera podemos estar seguros de lo que dijo Cosme. Quizás Lukov le contase lo del hotel solo para confundirle.
—¿Tan maquiavélico es el ruso?
—Si me lo hubieras preguntado hace unos días, te diría que no, pero después de todo lo que hemos descubierto, ya no sé qué decirte.
—Bueno, algo se te ocurrirá, jefe. No nos vamos a quedar aquí de brazos cruzaos, ¿verdad?
—¿Y qué vamos a hacer? —digo, gesticulando con mi taza—. Ya escuchaste a Furiase ayer.
—Menudo malaje… si lo sé, no me subo al camión.
Ojalá yo tampoco lo hubiera hecho.
Anoche cuando Furiase me dijo que estaba fuera de la operación, me quedé bloqueado.
No podía creerme que fuera a hacerme eso, sobre todo cuando había sido yo el que había conseguido toda la inteligencia que tenía sobre Lukov, además de descubrir al topo en su organización.
Imagino que mi estupor le vino bien para no tener que justificarse, porque se retiró hacia la mesa de despacho, donde empezó a hablar por teléfono.
Blanca se quedó al margen, dejándome solo con mis pensamientos, que en ese momento eran un torbellino.
Me senté en una de las sillas, cerré los ojos e hice ejercicios de respiración durante un buen rato, hasta que logré controlarme.
En el momento que me pude calmar, noté que el camión frenaba lentamente, hasta que terminó deteniéndose.
A los pocos instantes, la puerta de la sala se abrió y Perote pasó al interior, empujado por alguien que cerró detrás de él.
—¡Eh! ¡ Cuidao con el género!
—¿Estás bien, Perote? —dije, acercándome a él.
—Claro que sí, hermano —contestó, ajustándose su chaqueta de cuero—. En peores plazas he toreao .
—Estoy seguro de ello. —La voz de Furiase sonó a nuestras espaldas—. Julián, no comprendo qué haces con un camello de poca monta como él .
—Pues resulta que me fío de él mucho más que de ti. Creí que me considerabas de los tuyos, ya veo que no.
—Una cosa es distinguir lo que está bien de lo que está mal, y otra muy distinta es no ser capaz de controlarse —dijo Furiase, levantándose y apoyando ambas manos sobre la mesa—.
Te agradezco todo lo que has hecho, de verdad.
Sin ti, es posible que no hubiéramos descubierto nada, pero tengo un problema que resolver y no puedo hacerlo contigo creando nuevos problemas a cada paso. Adiós, Julián.
Para su honra, debo reconocer que pronunció esas palabras con la tristeza reflejada en su rostro.
Blanca me tomó del brazo y nos acompañó a ambos fuera. Pasamos por la sala de control, en la que los técnicos seguían pendientes de sus pantallas, como si no hubiera nada más importante en el mundo, y salimos al exterior.
No reconocí dónde estábamos. Se trataba de un parking subterráneo como cualquier otro, pero aquel estaba vacío a excepción del camión en el que habíamos llegado y un coche que reconocí pronto como mi Astra.
Cómo había llegado allí no me importaba, solo que gracias a ello, Perote y yo podríamos marcharnos a casa.
Busqué las llaves del coche en mi bolsillo y abrí las puertas a distancia con el mando.
Las luces parpadearon como si me estuvieran guiñando el ojo. Me giré, haciéndole un gesto a Perote para que subiera al Astra, y me quedé mirando a Blanca. Después de todo lo que había pasado, ninguno sabía qué decir, así que me monté en el coche.
En el camino a casa, Perote y yo apenas intercambiamos palabra.
Creo que el cansancio y la tensión estaban haciendo mella en nosotros pues fue llegar a Collado Mediano, aparcar el coche y prácticamente caer fritos los dos.
Al día siguiente, nos levantamos tarde, pero recuperados, pedimos algo de comer y cometimos el error de querer ver las noticias.
No solo porque eso nos hizo caer de bruces en la realidad, sino porque nos obligaba a procesar lo que había pasado el día anterior.
Y ahí me encontraba, pensando en qué podía hacer para actuar a pesar de lo que había ordenado Furiase, cuando escucho un sonido inesperado: el de unas llaves abriendo la puerta de la casa.
Instantáneamente, intercambio miradas con Perote.
No sabemos quién puede ser, pero tenemos que estar preparados para todo.
Mi amigo agarra un cuchillo de encima de la mesa y yo me dirijo a la cocina, en una de cuyas sillas está colgada mi pistolera.
Estoy a punto de sacar el arma de la funda cuando la puerta se abre y reconozco a la persona que entra por ella.
—Menudo recibimiento —dice Blanca, con vaqueros y una camiseta mientras contempla con gesto divertido a Perote—. Menos mal que no soy un ladrón o igual me habrías hecho daño con ese cuchillo de untar.
—En las manos adecuadas, esto es un arma mortal —afirma él.
—¿Qué haces aquí, Blanca? —pregunto, poniéndome la pistolera.
—Vengo en son de paz —contesta ella, sonriendo y alzando las manos; viene con una bolsa—. Traigo alcohol para disculparme por lo que pasó ayer.
—¿De qué tipo? —dice Perote con interés.
Sin decir nada, Blanca mete la mano en la bolsa y saca una botella de whisky de malta.
—No sabía si sois más de bebida blanca, así que también tengo esto —dice, sacando otra, ahora de vodka.
—¿A qué viene esto? —pregunto fastidiado .
—Me preocupas, cariño —dice, poniendo ambas botellas sobre la mesa—. Con todo lo que has pasado, no creo que te hayas tomado muy bien lo de ayer…
—En efecto, me pareció que estaba fuera de lugar —respondo.
—… pero igualmente era lo correcto —continúa Blanca—. Representabas un riesgo para la operación, Julián. Por mucho que hayas contribuido a ella.
—Creo que todos estáis olvidando quién ha descubierto el plan de Lukov y os ha puesto sobre la pista.
Todavía estoy esperando que alguien me dé las gracias —digo, cruzándome de brazos—.
Si no fuera por mí, mañana Madrid habría sido el escenario de una hecatombe nuclear…
¿Dónde están los servicios de inteligencia cuando se les necesita?