Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

CAPÍTULO

VEINTICINCO

Estación de Atocha. Madrid.

Después de esa breve conversación con Blanca, me siento en el suelo, rendido. La veo hablar por teléfono, pero no estoy prestando atención. La bestia de mi interior ha probado suficiente sangre para saciarse, pero volverá.

Hasta entonces, disfruto de este raro momento de tranquilidad, observando ausente cómo varios sanitarios del 112 llegan corriendo por el andén y se afanan por estabilizar a Cosme.

Uno de ellos se gira y me mira, pero Blanca se pone delante de mí y habla con él en voz baja durante unos segundos, tras lo cual el sanitario se aleja.

Después, se acuclilla a mi lado y me tiende algo.

—Guárdala. —Es mi Glock, que dejé hace unos minutos en el suelo—. Y que sea la última vez que pierdes de vista tu arma .

Sin decir nada, la tomo y guardo en mi pistolera.

Blanca se levanta de nuevo y se dirige hacia los agentes de policía que llegaron con ella, sacando su teléfono móvil para hacer una llamada.

No sé a quién ni me importa. De hecho, me siento bien.

Parece que toda la tensión que he acumulado durante el día se hubiera liberado.

Si este suelo no fuera tan duro, incluso me tumbaría.

Creo que he cerrado los ojos un momento, pero no sé si ha durado un segundo o unos minutos, porque las cosas han cambiado. El equipo del 112 se está marchando, pero Cosme sigue ahí, tumbado en una camilla y con varias vías entrando por su brazo. ¿Lo van a dejar así, no se lo llevan a un hospital?

Entonces veo la causa. En el andén está entrando otro grupo diferente de sanitarios, escoltado por media docena de oficiales de policía y varios hombres trajeados.

Estos revisan rápidamente el trabajo de sus compañeros y después cogen a Cosme y se lo llevan.

Blanca se acerca a mí y, sin decir palabra, me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie.

Lo hago, pero o ella usa demasiada fuerza o yo estoy tocado, porque casi me caigo y tiene que sujetarme.

Su cara queda frente a la mía y llena todo mi campo de visión.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí, solo necesito un momento para recuperarme. —Sacudo la cabeza para espabilarme—. Debe ser el bajón de la adrenalina.

—Ten cuidado. Si te sientes mal, me lo dices. ¿Entendido?

—Así lo haré.

—Muy bien, ahora sígueme .

Guiado por Blanca, nos colocamos justo detrás de los sanitarios, y los oficiales de policía y los tipos de traje nos rodean, escoltándonos para salir de la estación a paso ligero.

Imito a Blanca y agacho la cabeza. Supongo que es para evitar que alguien pueda distinguir nuestra cara, lo que demuestra ser una precaución necesaria pues, al subir las escaleras mecánicas, llegamos al vestíbulo de la estación, que a estas horas está repleto de viajeros.

Gracias a nuestros escoltas, podemos avanzar sin detenernos en ningún momento y nos dirigimos hacia la salida que pasa por el jardín tropical.

Fuera, al trajín de taxis cogiendo clientes se ha unido un pequeño convoy de vehículos, estacionados en el espacio libre entre la estación y el paso elevado que la separa de la calle adyacente.

El más grande de ellos es un camión tipo tráiler completamente negro, con un semirremolque de unos quince metros de largo del mismo color, sin ningún tipo de distintivo.

Junto a él se encuentran una ambulancia y dos coches de policía.

El equipo de sanitarios se lleva a Cosme a la ambulancia y nosotros nos dirigimos al lateral izquierdo del semirremolque, donde hay una puerta situada en el extremo trasero, junto a una escalerilla para acceder. En cuanto llegamos, Blanca toca en la puerta y al cabo de unos segundos, esta se abre.

Cuando subo, me sorprendo al encontrar una moderna sala de control, con dos paredes cubiertas por pantallas y ordenadores, junto a tres operarios, ataviados con un uniforme gris y cascos con micrófono, que nos ignoran mientras pasamos por entre ellos.

Alguien ha echado ambientador con olor a pino para aromatizar el ambiente.

De pasada, veo varias imágenes satelitales de ciudades que no termino de reconocer.

Blanca me agarra por el brazo y me lleva hasta el extremo de la sala, donde una pared divide el semirremolque en dos.

Cruzamos otra puerta situada en ella y entramos en una sala bien iluminada. Por incongruente que parezca, se trata de un típico despacho con su mesa al fondo, un par de sillas y una mesa auxiliar en un lateral, donde hay varias bandejas con sándwiches, botellas de agua y otras bebidas.

Mi estómago gruñe, protestando porque no lo he alimentado desde el desayuno de esta mañana. Con todo lo que ha pasado hoy, esa ha sido la menor de mis preocupaciones. De hecho, no me había percatado de ello hasta ahora.

Sin decir nada, me acerco hasta la mesa y tomo una lata de refresco. La abro y bebo un largo trago, para después coger un sándwich de algo que parece paté de carne. Cuando me lo acabo, tomo otro y me siento en una de las sillas.

—¿Qué es esto? —pregunto, haciendo un gesto para señalar la habitación.

—Algo que no deberías haber visto —contesta, escribiendo en su teléfono—. Dejémoslo en que es una base de operaciones móvil.

Asiento con la cabeza mientras termino el sándwich.

Puede que sea el bajón de la adrenalina, pero es lo más delicioso que he comido en mucho tiempo.

Me bebo lo que queda del refresco y estrujo la lata.

Como no veo ninguna papelera por aquí, me levanto y la vuelvo a dejar en la mesa.

Creo que, si quisiera, podría acabar con todos los que hay en la bandeja, pero con los dos que he comido basta para seguir tirando.

Ahora toca ponerse con el trabajo más importante.

—¿Y bien? —Me siento de nuevo—. ¿Cuándo empezamos a buscar a Lukov?

Ella apaga su teléfono y lo guarda en la chaqueta, para después sentarse de lado y mirarme directamente. Esa posición realza su figura y sus curvas, y no me cabe duda de que lo sabe. Trago saliva y me concentro en su cara.

—Espero que no lo estés diciendo en serio. Si dependiera de mí, después de la que has montado en Atocha, estarías enfrentándote a una severa reevaluación, y pasaría mucho tiempo hasta que volvieras a pisar la calle.

—Menos mal que no depende de ti.

—Será mejor que no te pongas chulo, Julián —dice, frunciendo el ceño—. En este momento, creo que soy la única aliada que tienes, no te conviene hacerme enfadar.

—Nada más lejos de mi intención. Y por si no queda claro, quiero darte las gracias por todo lo que has hecho por mí hoy. Jamás habría encontrado a Cosme sin tu ayuda, Blanca.

—Por supuesto que no —afirma ella, sonriendo—. Lo has hecho bastante bien hasta el momento, teniendo en cuenta los recursos con los que cuentas, pero llega un momento en que hay que dejar trabajar a los profesionales.

—¿A qué te refieres?

El tono de mi pregunta es quizá un poco más brusco de lo que me gustaría, y la sonrisa desaparece de su rostro.

—Sabes perfectamente a qué me refiero. Ya somos todos mayorcitos, Julián. En cualquier caso, no depende de mí ¿recuerdas?

—No juegues conmigo, Blanca.

—No te equivoques. No es el tipo de juegos que me gustaría practicar contigo —dice, sosteniéndome la mirada—. De todas formas, ahora lo que nos toca es esperar. En cualquier momento llegará Enrique y podrás discutir con él todo lo que quieras.

—Así que Furiase viene hacia aquí.

—Es lo suyo, sobre todo después del espectáculo que has montado. Hay gente en la sección de Medios a la que acabas de fastidiar las Navidades. A saber cuántas horas extra tendrán que echar para tapar lo que ha pasado en la estación.

—¿Eso es lo que te preocupa? —digo, levantándome furioso—. ¿Que algún funcionario llegue tarde a su cena de Navidad?

—Eso es lo menos importante para mí en este momento. Lo que me preocupa de verdad es que puedas perder el control. Como estás haciendo ahora y como te ocurrió el día que nos conocimos.

Me quedo quieto, con los dientes apretados. Me jode, pero Blanca tiene razón. Respiro lentamente y vuelvo a sentarme a su lado.

—Lo siento. Trataré de que no vuelva a ocurrir.

—No es a mí a quien tienes que convencer… y creo que ya está llegando.

En ese momento, la puerta que une esta sala con la anterior se abre de nuevo, y por ella entra Enrique Furiase, vestido con un inmaculado traje de chaqueta y chaleco de color ocre, y con cara de pocos amigos enmarcada en su poblada barba negra.

—Espero que estés contento —dice, señalando afuera—. ¿Sabes el escándalo que has provocado? Todos los medios del país están en la estación de Atocha, preguntándose si estamos ante un nuevo 11-M.

La mención de esa fecha remueve algo muy dentro de mí.

Yo no era miembro en aquella época, ni siquiera había comenzado a preparar las oposiciones a Policía Nacional, pero la operación de Leganés y el compañero del GEO que murió allí son algo que todos los que hemos formado parte de esa unidad tenemos grabado a fuego.

No sé si es por eso o por lo que me ha dicho Blanca, pero cuando hablo, lo hago con una calma que me sorprende hasta a mí .

—No me gusta decir esto, pero la respuesta es que sí. —El rictus de enfado de Furiase parece relajarse un poco, así que continúo—. Si Lukov consigue llevar a cabo lo que tiene planeado, puede que sea mucho peor que el 11-M. Y no son palabras que diga a la ligera.

Con los brazos en jarras, Furiase nos observa durante unos largos segundos.

Finalmente, se acerca a la mesa y coge una botella de agua, que despacha de un trago antes de sentarse en la silla grande tras la mesa de despacho.

En ese momento, noto una vibración en el suelo y escucho el ruido del motor del remolque.

—¿A dónde vamos?

—Fuera de aquí —contesta Furiase—. Cuanto más lejos, mejor. Ahora explícame bien ese plan de Lukov. He escuchado el informe de Blanca. ¿Crees que puede ser cierto?

—Deberías comprobarlo hablando con Kretowickz, pero no me parece que estuviera mintiendo.

—Bajo tortura pueden decirse muchas cosas.

—Ni siquiera tuve que recurrir a eso —aseguro—. De tipo duro solo tenía la fachada, aunque no me extraña; solo es el contable de Lukov. Según su ficha, ni siquiera ha matado a nadie.

—Igualmente necesitamos verificarlo. —Furiase se mesa la barba, más calmado—. La verdad, encaja con la personalidad de Lukov. Siempre ha tenido un punto demasiado teatral.

—Incluso lo que hizo en La Gomera concuerda con ello —apunta Blanca, poniendo la mano sobre mi hombro—.

¿Qué utilidad tenía para él una matanza como esa, más allá de ponerle en la diana de todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado?

Podía haberse vengado de ti de mil maneras.

¿Qué necesidad tenía de volar a las Canarias ?

Carraspeo intentando aclarar mi garganta, y así ganar unos segundos en los que pensar en el día fatídico, aunque mi mente divaga.

La amortiguación y estabilidad del semirremolque son asombrosas; de no ser por el ruido del motor y el ocasional acelerón, ni se me ocurriría pensar que estoy en movimiento.

Céntrate, Julián. Quizá en lo que dijo Lukov esté la clave. Piensa, maldita sea.

—Me dijo que debía muchos favores —recuerdo, después de exprimir mi cerebro—. Que había perdido sus márgenes de ganancia con ciertos clientes y ya no les podía negar sus productos.

—Tiene sentido —dice Furiase, alzándose del asiento y caminando por delante de la mesa de despacho—.

Cuando Lukov se recupera, decide acabar contigo montando un gran espectáculo.

Contacta con algunos de sus clientes, que le ayudan a escapar a cambio de trato preferente.

El ruso te mata, o eso piensa, y reemprende sus negocios.

Pero es peligroso trabajar con él y, quitando aquellos que lo hayan ayudado, el resto de los que antes requerían sus servicios ahora prefieren operar con otros traficantes más discretos, lógicamente.

Siendo Lukov como es, la única solución que se le ocurre para recuperar su prestigio y su clientela es a través de otro golpe de efecto. El mayor hecho nunca.

—Entonces, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo? —protesto.

—Necesitamos confirmar todo, y para ello tienen que estabilizar al hijo de puta que has capturado.

Después, tendremos una amigable charla con él —contesta Furiase, con una sonrisa leonina—.

Por cierto, tengo que darte las gracias por haber atrapado al topo.

Va a tener que dar muchas explicaciones de cómo un agente menor pudo acceder a información de categoría alfa.

Alguien ha tenido que ser muy descuidado con sus claves.

Por ese comentario, creo saber por dónde va.

—Y si resulta que ese alguien es Baena, mejor que mejor ¿no? —pregunto.

—¡Exacto! —dice, dando una sonora palmada—. Reconozco que no es de buen gusto alegrarse en este momento, dada la situación que enfrentamos, pero uno tiene que aprovechar sus momentos de gozo donde y cuando le llegan.

—No creo que haya sido él —digo, con voz seria.

Furiase se detiene en seco.

—Explícate —ordena.

Me incorporo y camino hacia la mesa mientras ordeno mis pensamientos en voz alta.

—Óscar Baena no me pareció descuidado en absoluto cuando vino a mi casa. Todo lo contrario, en realidad. Estaba preparado para cualquier cosa que pudiera pasar y sabía bien a lo que venía. No creo que sea de los que deja sus claves apuntadas en un post-it al lado del ordenador.

—Es bueno que lo que creas no importe para nada. —Furiase se acerca a mí y su rostro se endurece—. Por mucho que el resultado haya sido positivo, lo que has hecho en Atocha es intolerable.

—Eso ahora da igual —contesto, tratando de contener la rabia de mi interior; Furiase no es su objetivo—. Hay que encontrar a Lukov, y hay que ir cuanto antes al Teatro Real para averiguar si es cierto que ha plantado una bomba.

—Ya tengo a profesionales trabajando en eso —dice, con sus ojos fijos en los míos—. Ellos se encargarán de ahora en adelante.

—¿Qué significa eso? —pregunto, apretando la mandíbula .

—Me parece que lo sabes muy bien, Julián —contesta—. Estás demasiado involucrado y eso hace que te comportes de forma descontrolada. Te lo he advertido más de una vez: no podemos permitirnos errores ni gente actuando por libre, así que quedas fuera de esta operación.