Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO

VEINTICUATRO

Estación de Atocha. Madrid.

Paso por el control de seguridad y sigo las indicaciones para ir rápidamente hacia el andén cuatro, desde donde sale el AVE con destino Barcelona, que parte en cinco minutos.

Me apresuro bajando las escaleras mecánicas de dos en dos, a pesar del riesgo, y salto antes de llegar al final, para sorpresa de la gente a mi alrededor. Ya no es momento para la discreción.

El tren de alta velocidad aguarda en la vía a que los últimos viajeros rezagados terminen de entrar en su interior.

En cuanto voy pasando los vagones, compruebo que la fortuna nos ha concedido un pequeño favor: la numeración de los coches es descendente, de forma que el número uno es el más alejado de la escalera.

Solo tengo que pasar tres vagones para llegar al número nueve, y meterme dentro.

Me tomo unos segundos para que mi corazón se calme, y comprobar con discreción mi pistola en su funda.

Cosme ya debe estar dentro del vagón, tengo que buscar la forma de sacarlo sin montar una escena.

El reloj encima de la puerta indica que me quedan tres minutos antes de que el tren se ponga en marcha.

¿Y si ha decidido ir a la cafetería y no está en su sitio? ¿Y si el tren arranca conmigo dentro?

Respiro hondo y recuerdo que hay muchas vidas que dependen de mí.

Atrapar a Cosme puede ser la clave para parar a Lukov, así que me centro en lo que tengo que hacer: encontrar a ese cabrón y sacarlo del tren a patadas si es necesario.

Con esa idea en mi cabeza, entro en el vagón.

A primera vista, no distingo ninguna cabeza calva entre los pasajeros, pero puede que Cosme esté recostado, así que camino por el pasillo central buscando a mi presa.

Aunque el tiempo apremia, soy minucioso y compruebo cada sitio a izquierda y derecha, como si fuera un pasajero despistado que busca dónde está su asiento.

Mis peores temores se cumplen y, alarmado, llego al final del vagón sin que Cosme haya aparecido.

Cruzo la puerta acristalada que separa la zona de pasajeros del espacio entre vagones donde hay baño y unos estantes especiales para las maletas.

El indicador luminoso sobre la puerta dice que el tren sale en dos minutos.

¿Qué puedo hacer? Saco el móvil y llamo a Blanca, que me coge casi al instante.

—No está en el vagón —suelto en voz baja, a bocajarro.

—Mierda —contesta ella—. Tiene que estar en ese tren. ¿Te da tiempo a comprobar otros vagones?

—No creo. —Me asomo por la puerta de este lado del vagón y miro a ambos lados; ya no queda nadie en el andén—. ¿Puedes hacer que detengan el tren ?

—Aquí ya sería imposible, tendría que ser en la siguiente estación, en Calatayud.

—Jooder… —Calatayud está en Zaragoza, como a 250 kilómetros. No me hace ninguna gracia, pero no veo otra opción—. Hazlo. Seguiré buscando a Cosme y te mantendré informada.

—De acuerdo. Ten mucho cuidado, Julián.

—Lo haré.

Cuelgo y guardo el teléfono en el bolsillo. 18:05: en un minuto arrancará el tren, con un pasajero inesperado. Si mal no recuerdo, cubre la distancia entre Madrid y Calatayud en algo más de una hora. Ese es el tiempo que tengo para encontrar a Cosme.

La puerta del baño se abre hacia un lado y un hombre un poco más alto que yo sale, secándose las manos contra su sudadera. Lleva la capucha subida, así que no puedo ver su cara o si es calvo, pero en cuanto se gira, le reconozco. La cara de asombro de Cosme al verme no tiene precio.

No puedo perder el tiempo. Tengo que hacerle salir por la puerta como sea en un minuto.

Me abalanzo contra él antes de que tenga oportunidad de reaccionar.

Con el impulso, choca con el canto de la puerta.

Bien, espero que le duela. Intenta zafarse de mí entre gruñidos.

Logra poner su mano en mi cara. Me empuja hacia atrás.

No tengo más remedio que soltarle. Nos encaramos sin decir nada y nos ponemos en guardia.

Ahora no es el momento de jugar limpio. Lanzo un derechazo a su costado, justo debajo de las costillas.

Lo bloquea con el brazo. Trata de tirarme un directo a la mandíbula.

Lo esquivo. El tiempo juega a su favor. Vuelvo a lanzarme contra él, para agarrarlo por la cintura.

Lo consigo. Eso deja mi espalda expuesta y comienza a golpearme. Pega duro el cabrón .

Aguanto como puedo mientras lo arrastro hacia la puerta, centímetro a centímetro. Me parece escuchar los pitidos del tren. Afianzo los pies y giro mi cintura. Con un esfuerzo supremo, logro que pierda el equilibrio. En el mismo movimiento, nos empujo a ambos hacia la puerta.

Las duras baldosas del andén frenan nuestra caída. Intento caer encima de él, pero el giro hace que el impacto se reparta entre los dos. Aprieto los dientes para sofocar un quejido de dolor.

La puerta del tren se cierra de forma automática. He conseguido sacarle a tiempo. Ahora tengo que reducirlo. Me apoyo en una rodilla para ponerme en pie.

¿Dónde está? En ese momento, siento un impacto directo en la mandíbula. Sabor a sangre en mi boca. Vuelvo a caer al suelo, desde donde veo a Cosme flexionando sus dedos.

—Muy mal, Michael Knight —dice, sonriendo—. ¿Tienes idea lo que me costó el billete? No sé a ti, pero a mí no me los regalan.

Intento levantarme, y él se acerca y me lanza una patada al estómago. En el último instante, logro moverme con el golpe, que no llega a darme de lleno. Aun así, me deja sin aliento, y de nuevo en el suelo. El tren acelera y abandona la vía, ignorando nuestra pelea.

—No sé cómo coño me has encontrado, pero no me hace ninguna gracia. Ahora tengo que buscar otro modo de salir de la capital, y ya no queda tanto tiempo.

—Lukov… —pronuncio con voz ronca, tratando de incorporarme.

—¿Qué pasa con él? ¿No lo has encontrado?

—Trabajas… para él. —Voy recuperando el aliento poco a poco. Sigue hablando, dame tiempo .

—Así que me has descubierto… para lo que te va a servir.

El tren se ha marchado y puedo ver en el andén opuesto como varias personas nos señalan.

Cosme se acerca a mí, preparado para tirarme una nueva patada.

Estoy arrodillado con las manos apoyadas en el suelo, aparentemente indefenso.

Pero esta vez estoy preparado y cuando flexiona la pierna ruedo hacia el lado.

Él me sigue, justo como yo quería. Sigo rodando y, mientras lo hago, meto la mano bajo la chaqueta.

Cuando dejo de rodar, apunto desde el suelo con mi pistola a Cosme, que se detiene en seco.

—Se acabó. —Esta vez sí puedo levantarme sin que me golpee, así que lo hago lentamente y sin dejar de apuntarle—. Ahora vas a contarme qué va a pasar el día 22.

—Es el sorteo de Navidad —contesta el muy estúpido—. ¿Por qué, quieres compartir un décimo?

—Basta de bromas. —Camino hacia él, apuntando directamente a su pecho—. Sé lo que hay montado en el Teatro Real, y los niños de San Ildefonso no tienen nada que ver. ¿Dónde está Lukov?

Su expresión no cambia ni un ápice. No sé si es un profesional o un loco.

—Ni idea… por lo que sé, puede estar en Zambia, tirándose a una negra. ¿Por qué me preguntas?

—Eres el topo de Lukov, Cosme. Dímelo tú.

—Tonterías.

Ni con esas deja de sonreír el desgraciado.

—No es ninguna tontería, hijo de puta. Cuando hablé contigo para que cotejaras los teléfonos de Schmidt y Kretowickz, no te dije de quién era cada uno, pero tú ya sabías a cuál de los dos correspondía cada número.

El imbécil me aplaude .

—¡Qué astuto eres! Reconozco que ni me había dado cuenta de eso.

—Y todo lo de ese Alberto Blanch era una patraña para entretenerme.

—Ni siquiera existe —dice, encogiéndose de hombros—. Me lo inventé combinando a mis dos escritores indies favoritos.

—Vuelvo a preguntártelo y más te vale que tengas una respuesta. —Doy unos pasos hacia delante, colocándome a metro y medio de él—. ¿Dónde está Lukov?

—¡Y yo qué sé! —dice, riéndose—. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?

—Fuiste tú quien le dijo que estaba en La Gomera. Y también que había sobrevivido.

—No tiene sentido negarlo ahora, ¿verdad? —Ahora me saca la lengua mientras contesta—. Espero que no me guardes rencor…

De pronto, mi campo de visión se encoge, y lo único que queda en su interior es la figura del bastardo que me delató.

Siento el latido de mi corazón, con las pulsaciones disparándose.

Puedo percibir el leve temblor en las manos de Cosme, que mantiene alzadas a los lados de su cabeza.

También soy capaz de distinguir las gotas de sudor reluciendo en su calva; podría hasta contarlas si quisiera.

Él sigue hablando, pero no lo escucho, como si estuviera a una distancia infinita.

El índice de mi mano derecha, el que tengo en el gatillo, me pica. Solo tengo que ejercer una leve presión y una bala saldrá disparada de la Glock a más de 100 metros por segundo. No hay forma de que Cosme pueda impedirlo; está muerto, aunque no lo sepa.

Sin embargo, sigo necesitándole .

Quiero matarle. Dios, creo que nunca había deseado tanto algo en mi vida. Pero no puedo.

Como tampoco puedo evitar que mi dedo apriete el gatillo.

Solo puedo decidir dónde.

El sonido del disparo levanta ecos en la estación, y los pasajeros que estaban viéndonos en los otros andenes gritan.

Cosme también lo hace, cayendo al suelo y agarrándose la pierna izquierda, cuya rodilla acabo de reventar de un balazo.

El olor a cordita se desvanece al tiempo que me acerco a él y observo la herida.

El vaquero que lleva está roto, dejando ver una masa sanguinolenta debajo.

Como está medio de lado puedo ver que hay otro agujero, correspondiente a la salida del proyectil.

Ha tenido suerte: cuando las balas se quedan en el interior pueden provocar muchas complicaciones.

—¿Sabes? Con todos los ligamentos, cartílagos y nervios que hay la articulación de la rodilla, por no hablar de los huesos, un balazo en esa zona es siempre sinónimo de problemas.

—El rostro de Cosme parece retorcerse de agonía.

Ahora soy yo el que sonríe—. Espero que el dinero que te haya pagado Lukov mereciera la pena.

Te hará falta si quieres recuperar la rodilla. ¿Dónde está ese cabrón?

—Llévame a… un hospital —dice, con un hilo de voz.

—Respuesta equivocada.

Le disparo en ángulo perpendicular en la misma rodilla y sus gritos son música para mis oídos. Si con el primero podía tener alguna esperanza, con este segundo puede dar su rodilla por perdida. Pase lo que pase, va a sufrir por lo que le hizo a mi familia.

—La primera bala era por mandar a Lukov a La Gomera. —Me acuclillo al lado de su cabeza para que me oiga bien—. Esta ha sido por mi cuñado. Todavía te debo tres más: por mi hermana, por mi sobrino y por los meses que pasé en el hospital. Empieza a hablar antes de que decida cobrármelas.

—…

—¿Qué dices? Habla más alto.

—… stáenunhotel…

—¿Un hotel? ¿Dónde?

—…cerca del Teatro Re..

—¡Julián!

Alzo la vista hacia el origen del grito. Como a cinco metros de distancia, Blanca me contempla. Está flanqueada por dos policías nacionales de uniforme, con su arma levantada y apuntándome. No sé cuánto tiempo llevan ahí o cuánto han visto.

Solo entonces soy consciente de la imagen que ofrezco. Dejo la pistola en el suelo y me levanto, alzando mis manos manchadas de sangre. Blanca se acerca a mí, con la preocupación marcada en su rostro.

—¿Qué has hecho? —dice Blanca, poniéndose a mi lado y mirando a Cosme, que ha perdido el conocimiento.

—Cobrarme parte de lo que me debe —contesto.

—¡Al suelo! —grita uno de los policías.

—¡Tranquilos! Lo tengo controlado —dice Blanca, girándose luego hacia mí—. Esto no es bueno. Nada bueno. Furiase no va a estar nada contento.

—Me importa una mierda lo que piense Furiase —digo, bajando los brazos—. He atrapado a su puto topo, y tengo una pista para encontrar a Lukov. Cosme me dijo que se encontraba en un hotel cerca del Teatro Real.

—Estupendo. Ahora solo tenemos que comprobar unas dos docenas de hoteles que coinciden con esa descripción. —Blanca comienza a masajearse el puente de la nariz con índice y pulgar mientras cierra los ojos.

—Exacto, así que tenemos que empezar cuanto antes.

—Julián… eso no puede repetirse. —Señala el cuerpo inconsciente del topo—. Y no me refiero al problema de taparlo, sino a que así no hacemos las cosas.

—¿Así cómo?

—¡Te he visto, por el amor de Dios! Le has disparado cuando se había rendido y, por si eso fuera poco, lo has vuelto a hacer cuando estaba sangrando en el suelo.

Observo a Blanca durante unos instantes, luego a Cosme y después ella de nuevo. ¿Cómo puedo explicarle mis motivos? ¿Y que lo volvería a hacer, una y mil veces? ¿Que no me arrepiento en absoluto y que, si no lo he matado todavía, es porque quiero que siga sufriendo?

No puedo hacerlo, así que recurro a la mentira.

—Lo siento, Blanca —inclino la cabeza—. Este cabrón me provocó recordándome que por su culpa había muerto mi familia y lo vi todo rojo. La verdad, no sé qué pensaba en ese momento. Menos mal que solo disparé a la rodilla. Te juro que no tenía intención de matarle, no sé qué me ha pasado.

En silencio, ella me examina con sus profundos ojos verdes. No sé si se lo estará tragando o no, pero al menos es algo parecido a lo que necesita oír. O eso espero.

—De acuerdo —dice Blanca—. Te creo.

Me fuerzo a sonreír.

—Gracias.