Capítulo 23 #2
En este último tramo, tenemos la ventaja de que vamos cuesta abajo, por lo que además de esquivar a la gente, debemos preocuparnos por controlar nuestra velocidad para no caer.
Llegamos a una plaza amplia, en la que destacan dos ascensores acristalados pegados a un edificio.
Las banderolas que cuelgan anunciando una exposición de arte moderno me indican que estamos frente al Museo Reina Sofía, así que ya estamos cerca de Atocha.
En efecto, en cuanto llegamos a la salida de la plaza, reconozco la característica fachada de la nave que alberga el jardín tropical, que tanto me sorprendió la primera vez que vine a la capital.
Paramos en el semáforo, que se encuentra rojo, y trotamos sin movernos del sitio para no enfriarnos. En cuanto crucemos esta amplia avenida de cinco carriles por sentido, llegaremos a la estación.
—El tren sale en once minutos —dice Blanca, mirando su reloj—. Estamos cerca, pero no podemos bajar el ritmo. Ahora escúchame bien. No podemos cometer ningún error.
—Coincido. —El semáforo se abre y trotamos despacio para cruzar—. Lo que no entiendo es por qué ha decidido irse en tren. ¿No es más fácil coger un coche e ir cualquier otro lugar? ¿O un avión y salir del país?
—Pregúntaselo cuando lo atrapemos —contesta, encogiéndose de hombros—. Igual tiene puntos por ser viajero frecuente, yo que sé.
—Ya veo. ¿Tienes algún plan?
—Tenemos a la policía en alerta, así que habrá varios agentes desplegados en la estación. Lo importante es llegar al control del AVE sin llamar la atención.
—Entiendo, podemos levantar sospechas si vamos corriendo como locos.
—Premio para el caballero. —Descendemos por las escaleras que dirigen hacia la entrada principal sin bajar el ritmo—.
No sería un problema porque tengo una identificación, y conozco los códigos necesarios para que se pongan a nuestras órdenes, pero nos harían perder tiempo.
Así que sigamos así, como si llegáramos con el tiempo justo para coger el tren; en el control yo hablaré con los de seguridad y tú seguirás para atrapar a ese tipo.
No conozco su cara, así que te toca a ti atraparlo.
Esto último me pilla un poco de sorpresa, pero Blanca tiene toda la razón.
De los dos, soy el único que ha visto a Cosme y puede encontrarlo en medio de la multitud.
Levanto mi pulgar afirmativamente y el resto del camino lo hacemos en silencio, alternando entre carrera y un andar apresurado esquivando a la gente que abarrota la estación.
Viniendo del frescor exterior, el calor y la humanidad presente asalta nuestra nariz sin piedad.
En cuanto llegamos al control de seguridad del AVE, nos saltamos la fila para dirigirnos al guardia de seguridad que está en un lateral.
Blanca se adelanta y muestra un carnet que saca de su cartera, comenzando a hablar con autoridad.
A nuestro lado, los pasajeros que estaban a punto de pasar el control, una pareja de jubilados con un perro pequeño dentro de un canasto, nos miran sin dejar de cuchichear.
La mujer está tirando del codo del hombre, que traga saliva y se acerca hacia mí con cara de pocos amigos.
—Joven, no puede saltarse la cola de esta manera. Nos tocaba a nosotros.
—Vuelva a la fila, por favor, caballero —replico en el tono firme pero educado desarrollado en muchos años de labores de control policial—. Es un asunto rutinario, solo necesitamos un momento y después podrán continuar con su viaje.
—¿Qué asunto, qué es lo que pasa? —dice la mujer, apareciendo por sorpresa tras el que supongo es su marido. El perrillo que lleva en el canasto me gruñe en cuanto me ve.
—No puedo dar ningún detalle, señora. Vuelva a la fila, por favor.
Avanzo un paso hacia ellos con los brazos abiertos, para incitarlos a regresar a su puesto. Los siguientes pasajeros de la cola están pendientes de lo que hablamos; si cualquiera de ellos decide unirse a estos jubilados, será imposible de controlar.
—No puede obligarnos —contesta el hombre, cruzándose de brazos—. Así que me colocaré donde me dé la gana, y no pienso moverme hasta que me dé una explicación. ¡Usted no sabe con quién está hablando!
Por el rabillo del ojo, veo a Blanca con el de seguridad, que está con el móvil en la oreja. No puede ayudarme en este momento, así que me toca a mí neutralizar esta situación .
—Caballero, le ruego que colabore con nosotros para mantener el orden…
—¿Cuál es ese asunto rutinario del que me habla, joven? ¿Qué es tan importante para hacernos esperar a todos?
Sonrío mientras miro a este viejo que está empezando a cabrearme de verdad.
—Nada por lo que deba preocuparse —digo, manteniendo la calma—. Solo necesitamos un poco de colaboración y habremos terminado antes de que se den cuenta.
—Mariano, no dejes que te toree —dice la mujer, dando un codazo al hombre.
—¡Déjame tranquilo, Pepa! —protesta él—. Estoy hablando yo, y para que conste, no me está toreando.
Ya no sé si enfurecerme más o sonreír ante la escena que se desarrolla ante mis ojos. Por suerte, en ese momento siento una mano en mi hombro. Me giro, y Blanca está mirándome.
—¿Ocurre algo, agente? —pregunta ella con voz autoritaria.
—Nada que destacar, señora —contesto, siguiendo el juego—. Solo estaba hablando con este amable caballero.
—¿Y usted es…? —dice el viejo, con un súbito brillo en los ojos.
—Inspectora Fernández —Blanca me hace un gesto para que avance—. Yo me encargo de esto, Pizarro. Usted pase, ya he hablado con seguridad. Encontrará a nuestro amigo en el andén cuatro, coche número nueve.
—A la orden, señora.
Me cuadro brevemente y saludo con la mano izquierda antes de dejar a Blanca para que se encargue de la pareja de jubilados. No me cabe ninguna duda de que podrá tratar con ellos mucho mejor que yo. Pero cuando voy a pasar el control, la duda me asalta: ¿y si ya no está?