Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

CAPÍTULO

VEINTITRÉS

Plaza de Cascorro. Madrid.

Mis puños se abren y se cierran mientras intento explicarme atropelladamente.

—Cuando hablé antes con él, le di los números de teléfono de Schmidt y de Kretowickz, para que comprobase si también estaban a nombre de ese tal Alberto Blanch. Después, me indicó las últimas localizaciones de ambos.

—¿Y? —pregunta Perote.

—¡Que yo no le había dicho a quién correspondía cada número!

Él me dio el de cada uno por separado, y las conexiones coincidían con lo que yo esperaba, así que no sospeché en absoluto, hasta ahora.

La única explicación es que Cosme ya conocía esos números, y solo puede ser porque es el topo de Lukov .

—Muy bien —dice Blanca, sacando su móvil—. En ese caso, tenemos que conseguir refuerzos.

—¡No, tenemos que ir a por Cosme! Decía que iba a marcharse de Madrid, puede que ya lo haya hecho.

—Si ya se ha ido, no pasará nada por tomarnos tiempo para hacer las cosas bien. —Se dirige a Perote—. ¿Fernando, verdad? Hazme un favor, ¿puedes ocuparte de Julián por un momento? Le noto alterado y yo tengo que hacer un par de llamadas muy importantes.

—Pues claro, señorita —responde Perote, con una sonrisa embobada—. ¡Yo me ocupo!

—Eres un sol —dice antes de dirigirse a mí—. Tranquilízate, Julián. Voy a pedir ayuda…

—Si Cosme se escapa…

—También voy a pedir que alerten a Policía y Guardia Civil para montar una operación de busca y captura. Lo encontraremos, no te preocupes.

Me guiña un ojo y me da un beso en la mejilla. Después, se retira hacia la ventana para hablar por teléfono.

—Esto es cojonúo , ¿no, Julián? ¡Vamos a atrapar a esos cabrones!

—Escuchándolo así, tengo que reconocer que suena bien —admito—. Aunque lo creeré cuando lo vea.

—No seas tan cenizo, hombre. Pa una vez que salen las cosas bien, no te pongas a buscarle un lao malo.

—Tienes razón —digo, forzando una media sonrisa y girando la cabeza para ver a Blanca—. Es solo que esto me cuesta.

—¿El qué?

—Trabajar en equipo. —En cuanto lo digo, me doy cuenta de que es totalmente cierto—.

He estado años funcionando junto a mis compañeros como una unidad y nunca tuve problema alguno.

Pero ahora, después de todo lo que he pasado, me encuentro solo y tengo que confiar en gente con la que no he trabajado antes.

Sin ánimo de ofender —añado, mirando a Perote.

—Tranquilo, hermano. Puedo entenderlo perfectamente, ya lo dice el refrán: no puedes enseñar trucos nuevos a un perro viejo.

—¿A quién llamas viejo? —replico, sin poder evitarlo—. ¡Soy diez años más joven que tú!

—Más triste toavía —dice, burlándose con la lengua entre los dientes—. De toas formas, Julián, creo que tu problema no es el trabajo en equipo, sino que no estás acostumbrao a confiar en otras personas.

—¿Eso piensas?

—A los hechos me remito. Llevamos unos días trabajando juntos y no tengo claro si confías en mí. Y me da que con esta señorita tan atractiva te ocurre lo mismo.

Observo a Blanca, que habla por su móvil mientras mira por la ventana. ¿Confío en ella? Supongo que la respuesta es sí, sobre todo ahora que sé que no es el topo. Pero esperar sin hacer nada se me hace mucho más cuesta arriba de lo que pensaba.

—Como me jode que siempre tengas razón. —Le doy un leve golpe en el hombro a Perote, que se queja teatralmente—. ¡Equivócate alguna vez!

—Lo he hecho antes —contesta con toda seriedad—, y muchas veces. Por eso puedo dar buenos consejos ahora.

—De esos voy a necesitar todos los que tengas, amigo. Por favor.

Por impulso, me acerco a él y le doy un abrazo, que me devuelve. ¿Es normal que me sienta más unido a este camello al que conozco de hace cuatro días que a compañeros de la policía con los que compartí años de carrera? No lo sé, pero no me importa.

—¡Qué bonito! ¡Festival de la amistad! —La voz irónica de Blanca me devuelve a la realidad y me separo de Perote—. No, por favor, seguid con lo vuestro, como si yo no estuviera.

—Menos coñas, Blanca. ¿Has conseguido algo? —pregunto.

—Tienen que llamarme de nuevo con lo que hayan averiguado sobre ese Cosme. Lo que más me preocupaba era ese de ahí —señala a Kretowickz—, y ya hay un par de agentes en camino para encargarse de él. De esta forma, podremos marcharnos corriendo a por tu topo.

—No es mío, es de Lukov.

—Estrictamente hablando, sí. Pero lo que más le ha gustado a Furiase es que es un hombre de Baena —dice, con una sonrisa pícara—. Por cierto, me ha encargado que te diga que excelente trabajo pero que si vuelves a actuar por libre, te cortará los huevos.

—Podrá intentarlo.

Blanca suelta una carcajada.

—¿Pero esto qué es? ¿Pasamos del festival de la amistad a un concurso de machos, así sin solución de continuidad?

—Julián es así —interviene Perote—. Es inmenso y contiene multitudes, como decía Walt Whitman.

Me quedo mirando a mi aliado, sorprendido por sus palabras. Blanca también le observa con gesto divertido. Afortunadamente, antes de que el silencio resulte incómodo, suena su teléfono y se acerca a la ventana para hablar.

—¿Quién coño es Walt Whitman? —susurro al oído de Perote.

—Ni idea, la verdad, pero Bob Dylan le copió esa frase pa una de sus canciones y me quedé con el dato. —Le miro, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué pasa? Tengo una cabeza mu capaz, hay un montón de espacio vacío.

—No lo dudo —contesto, sonriendo.

—Lo tenemos, chicos. —Blanca se acerca a nosotros, guardando su móvil en la chaqueta—. Cosme Quintana sacó un billete a Barcelona en el tren que parte en —mira su reloj— veinticinco minutos. Si salimos ahora, podemos llegar a tiempo para atraparlo, pero vamos a tener que correr.

—¿No tienes coche?

—En el centro de Madrid es imposible. Si no puedes ir andando, vas en metro o taxi.

—¿Y qué pasa con nuestro invitado? —señalo a Kretowickz—. ¿Le dejamos solo?

—Yo me encargo, Julián —dice Perote—. Me quedaré vigilándolo hasta que llegue la caballería.

—¿Estás seguro?

—Preferiría ir con vosotros, pero es lo que hay. ¡Así que dejad de perder el tiempo y corred pa Atocha!

No hay mucho más que añadir; para variar, está en lo cierto. Le doy un breve y fuerte abrazo, compruebo que mi arma está segura en su funda y me dirijo a la puerta, seguido por Blanca.

—Muchas gracias —digo en el umbral, a modo de despedida.

El pulgar extendido hacia arriba de Perote es lo último que veo antes de bajar por las escaleras con paso rápido.

Blanca me sigue, adaptándose con facilidad a mi ritmo y llegamos a la calle en menos de un minuto.

Una vez en el exterior, ella se adelanta trotando y yo la sigo hasta la cercana calle de la Encomienda.

—¿Sabes bien cómo llegar?

—Me crié en este barrio, Julián, claro que sí —contesta—. La distancia no es el problema, no son más de dos kilómetros, sino la gente. Vamos a tener que ir esquivando transeúntes prácticamente hasta Atocha.

—Esta bien. —Para probar lo que acaba de decir, debemos salir de la acera y correr un tramo por la carretera para sortear a una pareja con un coche de bebé.

Recuerdo mi conversación con Perote hace apenas unos minutos; está visto que todavía me cuesta, así que me obligo a decirlo en voz alta—. Confío en ti.

Sin dejar de correr, Blanca me guiña un ojo y se adelanta para que podamos ir en fila de a uno.

Yo mantengo su ritmo mientras pienso si lo que acabo de decir es cierto.

No tengo una respuesta clara. Mis dos encuentros previos con Blanca pesan todavía, sin embargo, no puedo dejar que mi resentimiento me ciegue a la realidad: si no fuera por ella, no estaría ahora en disposición de poder capturar a Cosme.

Me repito que estas son las ventajas de contar con una red de apoyo y más gente que trabaja por el mismo fin.

Es lo que hice durante años en la Policía y en el GEO. ¿Por qué me resulta tan difícil ahora?

La calle por la que estamos corriendo se estrecha en su último tramo antes de que giremos a la derecha y después tomemos la siguiente a la izquierda. Me descuido y aspiro por la boca el aire frío, algo de lo que me arrepiento al momento. Tengo que controlar mejor mi respiración.

Esta calle es más amplia y tenemos la suerte de que no hay tráfico en este momento, así que aprovechamos para ir por la carretera, donde podemos coger más velocidad al no preocuparnos de chocar con nadie.

La gente se nos queda mirando, extrañada de ver a dos personas corriendo con ropa de calle a estas horas de la tarde.

Vuelvo a mis pensamientos y comprendo que por eso estoy siendo reacio a colaborar con otros.

No hay otra persona, excepto yo, que sienta con la misma intensidad lo que he sufrido, lo que he perdido.

Mi mente racional sabe que eso no es del todo cierto, y me recuerda lo que pasó con la hija de Blanca, pero el lado irracional de mi cerebro no quiere atender a razones.

Solo quiere liberar sobre el mundo toda esa furia que anida en mi interior.

Sacudo la cabeza. Eso no es lo que debería estar pensando antes de meterme en una situación potencial de vida o muerte.

Habrá tiempo más adelante para analizar todos esos sentimientos.

Ahora, lo que debe preocuparme es atrapar a Cosme, y hacerle pagar todo lo que ha hecho.

—¿Falta mucho para llegar? —pregunto, colocándome al lado de Blanca.

—Poco —contesta ella, jadeando ligeramente—. Esta calle que acabamos de tomar es Santa Isabel. Ya no queda casi nada.

—De acuerdo.