Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Llevo la mano a mi mejilla y toco la cicatriz en torno al ojo derecho.

Está curada casi del todo, pero es un recordatorio permanente de lo que pasó en La Gomera.

Permanente, e innecesario. Creo que no hay día que pase sin que regrese en mis pensamientos a la casa de mi hermana, al menos una vez.

El océano de furia helada que hay dentro de mí se agita cada vez que lo hago y eso hace que me sienta…

bien no es la palabra. No sabría expresar esa sensación, solo que es…

adecuada, como si fuera el orden natural de las cosas: mi rabia y yo, solos, contra el mundo.

No sé si mi familia descansará mejor sabiendo que he dejado escapar con vida a uno de los bastardos que los mataron. Lo que sí sé, es lo que me diría mi hermana.

—Ve a salvar vidas, Juli.

Un escalofrío recorre mi espalda al escuchar su voz.

Me pongo de pie y me giro, pero Carol no está detrás de mí.

Ha tenido que ser, sin duda, una alucinación auditiva.

Mi cerebro dando a mis sentidos lo que quiere, en lugar de lo que tiene.

Apoyo la espalda contra la pared y me dejo caer lentamente hasta el suelo.

Pongo la cabeza entre mis rodillas, todavía con la pistola en la mano.

Mi frente está perlada de sudor y siento como si mi pecho fuera a explotar.

Aspiro hondo y me obligo a exhalar lentamente.

Siento mi boca seca y pastosa, como si mi estómago quisiera vomitar.

Cierro los ojos y apoyo la frente contra el metal frío del cañón, concentrándome en el ritmo de mi respiración.

Poco a poco, se normaliza mi pulso y me calmo .

No sé qué me ha pasado, pero no puedo dejar que vuelva a ocurrir.

El timbre de la puerta suena en ese momento, y le doy la bienvenida como un náufrago rescatado de una isla desierta.

Me levanto de un salto y voy a abrir. Al otro lado, con vaqueros y chaqueta, Blanca me observa desde el umbral con gesto serio, que muda a uno de preocupación prácticamente al instante.

—¿Qué te ha pasado, cariño? —dice, entrando en la habitación y poniendo la mano en mi mejilla—. Estás blanco como el papel.

No sé si será por lo que acaba de pasarme o por otro motivo, pero su mano cálida sobre mi piel me conforta, y sonrío.

—No es nada, tranquila. Gracias por venir.

El momento se desvanece y retira su mano. Es entonces cuando su atención se fija en el resto de la habitación.

—¿Quién es ese? —pregunta, señalando a Perote, que sigue dormido.

—Mi ayudante, podríamos decir —contesto—. Se llama Fernando, pero mejor dile Perote.

—¿De dónde lo has sacado? —Camino unos pasos dentro de la habitación y mira el baño, donde Kretowickz sigue atado en el suelo—. ¿Y qué significa esto?

Observo su rostro y suspiro. Después, empiezo a contarle todo lo que ha ocurrido desde la última vez que nos vimos en Marbella: cómo encontré a Perote y, gracias a él, localicé a Schmidt; la pelea con el alemán en la que le di muerte; la llamada de Furiase y los mensajes intercambiados a través del móvil del alemán que nos llevaron hasta Kretowickz y, por último, cómo lo atrapamos y lo que nos ha contado del plan de Lukov.

Cuando termino de hablar, el sol se está a punto de ponerse y las luces de navidad iluminan la plaza.

Ella está sentada en una silla, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en su mano mientras me mira.

—Ahora mismo, no sé si felicitarte o abofetearte —dice, inmóvil—. Podrías haber muerto.

—Entonces no estaríamos teniendo esta conversación, así que mejor centrémonos en lo que tenemos. Hay que atrapar a Lukov; no sé si será cierto lo de esa bomba, pero no me gusta un pelo.

—No me cambies de tema tan rápido. Fuiste un imprudente actuando por tu cuenta para acabar con Schmidt —insiste ella.

—Lo sé, tuve suerte y salió bien —reconozco—. Por eso te he llamado.

—Has hecho bien. —Blanca junta las manos frente a su barbilla—.

No tendría que decirte esto, pero hemos recibido alertas de las agencias europeas de inteligencia avisándonos de que algo gordo se está preparando en Madrid.

No ha trascendido al público, pero tenemos a los cuerpos de seguridad convencionales en máxima alerta. No teníamos idea de qué… hasta ahora.

—Dios mío…

—Lo mejor es que pidamos refuerzos. Si está en Madrid, podemos cerrar la ciudad y montar la búsqueda.

—¿Para eso es necesario hablar con Furiase?

—¿Tú qué crees? —contesta con una sonrisa—. Yo no puedo autorizar un operativo de ese tamaño. Furiase tiene contactos en Interior, en Defensa, en Exteriores… hasta en Hacienda, si hace falta mover dinero sin dejar rastro.

Niego con la cabeza.

—No podemos, podría ser el topo de Lukov.

—Conozco a Enrique Furiase —dice ella, levantándose de la silla—. Pondría mi vida en sus manos sin dudarlo. Me preocupa más él —señala a Perote.

—Justamente de él estoy seguro al 100% que no tiene nada que ver con Lukov.

—¿Seguro? ¿No te parece muy conveniente que apareciese justo cuando lo necesitabas y justo con la información que necesitabas?

—Pura suerte —contesto, sacudiendo la cabeza.

—La suerte no existe. —Se acerca hasta quedar frente a mí—. Y ya puestos ¿qué pasaría si yo fuera el topo? Te habrías puesto por completo en mis manos.

La observo, centrándome en sus ojos. No me había fijado en que eran verdes.

—Cierto, pero tú no lo eres.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Intuición —respondo con una media sonrisa—. La misma que me hace fiarme de Perote.

—¿Y de ese tal Cosme también?

—Sí —contesto, quizá con un tono más alto de lo que debiera—. Al fin y al cabo, gracias a él sabemos de Alberto Blanch, el dueño de las tarjetas SIM de Lukov y sus secuaces. Tenemos que investigar esa pista primero…

Según hablo, comienzo a recordar el diálogo con Cosme en mi cabeza pero, por algún motivo, centrado en un punto concreto. Como si fuera una grabación, lo escucho una vez y otra en mi mente. ¡Cómo he podido ser tan ciego! Entonces, noto como alguien me toma por los hombros y me sacude.

—¿Qué te pasa, Julián?

La voz preocupada de Blanca me devuelve a la realidad. Perote también se ha despertado y me mira preocupado .

—¿Estás bien? Estabas hablando y te has quedado mudo, con la mirada pérdida.

—Sí, estoy bien —digo, poniendo mi mano en su hombro—. Olvida todo lo que he dicho antes. Tenemos que ir a por Cosme. ¡Rápido, antes de que huya!

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—¡Cosme es el topo!