Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

CAPÍTULO

VEINTIDÓS

Plaza de Cascorro. Madrid.

El tono de llamada resuena en mi oído una, dos, tres veces. A la cuarta, descuelgan por fin.

—¡Pero si es el mismísimo Michael Knight! —contesta una voz jovial—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Hola, Cosme. Necesito tu ayuda.

—Ok —dice, más serio ante mi tono—. ¿Qué necesitas?

—Tengo algo muy gordo entre manos, demasiado para contártelo por teléfono. ¿Puedes venir al centro de Madrid?

—Negativo, amigo. Precisamente estaba preparándome para una salida al exterior. Estaré fuera de Madrid una buena temporada.

—Afortunado tú. —Me paso la mano por la cabeza, intentando buscar un modo de convencerlo—. ¿Y si te dijera que se trata de una cuestión de vida o muerte ?

—Lo mío también lo es —responde—. Pero vamos, que si puedo ayudarte a distancia o buscarte alguna información, lo hago antes de marcharme. Lo siento, no puedo hacer más.

Vaya. No es lo que quería, pero ya que se ofrece, puedo aprovecharlo.

—De acuerdo, lo entiendo. ¿Puedes ayudarme con unos teléfonos?

—Claro. Cuéntame qué necesitas.

—He conseguido los números de Lukov y sus secuaces —le explico—.

El único que no tengo localizado es el del propio Lukov.

¿Puedes darme su ubicación? —Le dicto el número que tanto Schmidt como Kretowickz tienen guardado únicamente como «D.

»—. Necesito todo lo que puedas averiguar: dónde está ahora, qué llamadas ha hecho, a nombre de quién está… lo que sea, en realidad.

—Déjame que lo compruebe. Te llamo en unos minutos.

—Perfecto, muchas gracias.

Cuelgo la llamada y resoplo. Si Cosme puede encontrar dónde está ese número, al menos tendré una oportunidad para intentar atraparlo.

—¿Has conseguío ayuda? —pregunta Perote.

—No, al menos no lo que quería. Pero van a comprobarme el móvil de Lukov. Si todo va bien, podrán decirme dónde está.

—¿Y pueden hacer eso, así por las buenas?

—Si se siguen los cauces ordinarios, es necesaria una autorización judicial para acceder al sistema que permite hacer ese tipo de seguimientos y escuchas, aunque me da que mi amigo no utiliza esos canales.

—Eso me parece un poco turbio, Julián —dice Perote bajando la voz, como si tuviera miedo a que alguien nos escuchara hablar de esto .

—Y me lo dices tú, que hasta hace dos días te dedicabas a trapicheos bastante más ilegales —bromeo.

—Sin ofender, ¿eh? Que uno es camello, pero honrao .

—Lo sé, amigo —afirmo, dándole una palmada en el hombro—. No has hecho nada que me haga dudar de ti.

—Gracias, hermano —contesta con una amplia sonrisa—. Seguro que es más de lo que puedes decir de ese con el que hablabas al teléfono.

—La verdad es que él tampoco me ha dado motivos para desconfiar. Por eso le he llamado.

Media hora después, suena mi móvil. Es Cosme, así que acepto la llamada.

—Dame buenas noticias, por favor.

—Pues las tengo buenas y las tengo malas. ¿Cuáles quieres primero?

—Empieza por las malas —contesto, suspirando.

—Ha sido imposible encontrar una ubicación reciente de este número. La última conexión con una antena de telefonía fue hace tres semanas, en Cuenca.

—¿Cómo? Me consta que se ha usado ese número, al menos para mensajes de WhatsApp.

—Lo más seguro es que lo tenga en modo avión y se conecte a redes wifi. De esta forma, evita quedar registrado en las redes móviles.

—¿Y no puedes sacar su IP?

—Lo puedo intentar, pero eso ya no es tan rápido —dice Cosme—. Además, si se ha tomado todas esas molestias, seguro que usa una VPN para protegerse.

—Tienes razón —admito—. Cuéntame las buenas noticias.

—Tengo al propietario de ese número, al menos el que consta en el registro de la compañía. Se trata de un tal Alberto Blanch, con dirección en una calle del distrito de Chamberí.

—Mira, con eso sí se puede trabajar. —Tomo nota de la dirección—. ¿Tiene más números a su nombre, por casualidad?

—A ver que lo compruebo. Dame un minuto, no cuelgues. —Tras unos instantes de espera, escucho de nuevo la voz de Cosme—. Pues sí, tiene otros tres a su nombre. ¿Qué piensas, que son los de Schmidt y Kretowickz?

—Tiene toda la lógica, y el tercero sería el suyo propio. Coteja estos números. —Le dicto los números de los secuaces de Lukov para que los compruebe—. ¿Coinciden?

—Como un guante. El señor Alberto Blanch consta como el dueño de las tres tarjetas SIM correspondientes a esos números de móvil.

—Bien, bien, habrá que hacerle una visita. —Sonrío—. ¿Puedes comprobar dónde se conectaron por última vez?

—Un segundo… Por lo que veo, la última conexión del de Schmidt fue ayer en Collado Mediano, y el de Kretowickz… aparece como conectado a una antena cerca de la Plaza de Cascorro, en el barrio de La Latina.

—¡Genial, todo coincide! Muchas gracias, Cosme.

—No hay que de qué. Me gustaría poder ayudarte más, pero…

—Tranquilo, sé cómo funciona esto. Me has dado una buena pista, es más que suficiente.

—Genial. ¡Mucha suerte!

Cosme cuelga y yo me quedo pensando. No tengo idea de quién será este tal Alberto Blanch, pero tiene que estar vinculado con Lukov de alguna manera.

No hay otra explicación para que esos tres números estén a su nombre.

Aunque solamente sea un testaferro y no participe en actividades delictivas, se trata de un hilo del que tirar.

Miro el reloj, son casi las tres de la tarde. Mejor no perder más tiempo.

—Perote, vas a tener que quedarte aquí custodiando a Kretowickz. Tengo que comprobar una dirección en Chamberí.

—¡De eso ná ! —protesta—. ¡No me vas a dejar atrás!

—Lo siento, pero no podemos dejarle solo —digo, señalando al polaco—. Si se escapa, podría alertar a su jefe.

—También puedes alertarle tú, presentándote solo en el sitio ese al que quieres ir.

—Es un riesgo, sí —admito—, pero no tengo más alternativa.

—Joé, ¿y no puedes llamar a la tipa esa que te perseguía en Marbella?

—Terminamos un poco a malas —reconozco—. Dudo que quiera ayudarme.

—¿Se lo has preguntao ? —insiste Perote—. Con lo que hemos descubierto que quieren hacer en el Teatro Real, seguro que entra en razón.

La verdad es que no tengo ganas de hablar con Blanca, y más después de nuestra última conversación.

Sin embargo, Perote tiene razón en una cosa: no sé qué me encontraré al buscar a Alberto Blanch, pero ir solo y sin ningún tipo de respaldo es un riesgo demasiado grande, sabiendo lo que sabemos del plan de Lukov, y después de lo que me pasó en Marbella con Schmidt.

Además, si Furiase tiene razón en cuanto a la categoría del topo, puedo descartarla, al igual que hice con Cosme.

Si he confiado en uno, puedo confiar en la otra.

—Muy bien, lo intentaré. —Busco en la agenda el número de Blanca y lo marco—. Tampoco tengo nada que perder.

En el caso de Blanca, apenas empiezan a sonar los tonos, acepta la llamada .

—No te creas importante, Julián —dice nada más descolgar—. Simplemente tenía el teléfono en la mano. ¿Qué quieres?

—Iré al grano, Blanca. Necesito tu ayuda.

—Ah, así que ahora sí me necesitas. Hace cuatro días en Marbella no decías lo mismo.

—Tienes razón y lo siento —me disculpo—. Eran otras circunstancias.

—¿Y qué ha cambiado desde entonces? ¿Tus nuevos aliados te han dejado en la estacada?

—Nada de eso. Escucha, ¿estás en Madrid? Si es así, te pido por favor que te encuentres conmigo. Tengo una situación potencialmente letal que es necesario desactivar cuanto antes y me va a ser casi imposible hacerlo solo.

—Tendrás que darme algo más, cariño. No eres el único que se enfrenta a ese tipo de situaciones.

—Escucha, Blanca. No puedo contarte todo por teléfono. Aparte de los riesgos que te puedes imaginar, prefiero decírtelo en persona.

—¿Tanto me echas de menos?

—¡No estoy bromeando, joder!

Cierro los ojos, lamentándome de haber perdido los nervios.

—Piensa muy bien tus próximas palabras, Julián, porque de ellas depende que siga escuchándote.

—Lo siento, no era mi intención alzar la voz. ¿Podrías venir, por favor?

—Solo con eso no me vale. Tendrás que hacerlo mejor.

Suelto aire para intentar calmarme. Necesito convencerla.

—Blanca, se trata de algo muy serio, con vidas en juego y necesito tu ayuda. Te lo juro por mi hermana. Me gustaría decirte más, pero no es seguro .

Los segundos corren, con el otro lado de la línea en silencio. Casi puedo oír el latir de mi corazón.

—Está bien —termina diciendo Blanca—. ¿Dónde estás?

Aliviado, le doy a Blanca la dirección donde estamos.

—De acuerdo, llegaré en una hora y media, más o menos —asegura.

—Gracias, Blanca. Una última cosa: no le digas nada a Furiase.

—¿Estás tonto o qué? Es mi jefe y, además, le pagan justamente para conocer y desactivar ese tipo de situaciones.

—Lo sé, pero es importante. Ven y escucha todo lo que tengo que decir. Si después de eso, decides hablar con él, no me opondré.

—De acuerdo —dice ella, suspirando—. Nos vemos ahora.

Hasta que llegue Blanca, trato de mantenerme ocupado repasando con Perote todo lo que hemos averiguado, para poder exponérselo bien a Blanca cuando llegue, y también asegurándome de que Kretowickz no intenta nada raro y sigue inmovilizado.

Eso sigue dejándome demasiado tiempo libre, en el que no puedo evitar darle vueltas a todo lo que he vivido desde el pasado mes de julio.

Pero ahora no puedo permitirme divagar, así que me concentro en desmontar y limpiar mi Glock en la pequeña mesa que tenemos en la habitación, una y otra vez.

El aroma del aceite llena mi nariz, pero a Perote parece darle igual cómo huela la habitación.

Es más práctico —o tiene menos preocupaciones— y se tumba encima de la cama, cerrando los ojos y quedándose dormido a los pocos minutos, como atestiguan sus ronquidos.

En una de las veces que vuelvo a montar la corredera al terminar el proceso, termino apuntando por casualidad hacia el baño, a Kretowickz.

Mantengo el cañón mirando hacia el polaco, que está también con los ojos cerrados.

Sería muy fácil para mí meterle un balazo ahora y acabar con su vida.

Es lo que tenía previsto hacer esta mañana y, la verdad, me sorprende lo fácil que he cambiado de opinión.