Capítulo 21
CAPÍTULO
VEINTIUNO
Plaza de Cascorro. Madrid.
Ese es el momento en que yo aprovecho para imitarle, abriendo la puerta en el mayor de los silencios.
Como teníamos previsto, Kretowickz está pendiente de lo que hay en la otra habitación, situada justo frente a la que he estado usando para vigilar Cascorro.
Eran las dos últimas que quedaban libres, así que no dudé un instante en pagar lo que me pidieran, una vez me di cuenta de las posibilidades.
Ahora lo más importante es neutralizar al polaco de forma rápida y discreta, antes de que se dé cuenta de que Gunter no está esperándole.
Lo bueno es que nuestro plan ha funcionado a la perfección, con Kretowickz prácticamente en bandeja ante mí, y toda su atención puesta en lo que tiene delante.
No necesito más que dar dos pasos y clavar la Glock en su nuca.
—Quieto —ordeno—. Dame tu arma o morirás .
Alza su mano derecha lentamente, entregando su pistola, una HK USP que despierta recuerdos desagradables en mi cabeza. ¿Puede ser la que llevaba en La Gomera, o será otra? Si es listo, será una distinta para evitar que puedan vincularlo a una escena del crimen. En cualquier caso, me la quedo.
—Avanza y no digas ni una palabra.
Kretowickz hace lo que le mandan, entrando en la habitación, una gemela de la que ocupaba yo con la salvedad de que, en lugar de balcón a la calle, tiene una ventana que da a un patio interior. Avanzo empujándole hacia la cama.
—Perote, cierra las puertas y cachéalo.
En un momento, ambas habitaciones han quedado cerradas de nuevo. Después, con una sonrisa de oreja a oreja, mi compañero empieza a registrar a nuestro prisionero, encontrando únicamente una navaja de muelle, que se guarda en un bolsillo. También se queda con su móvil y su cartera.
—Se cambiaron las tornas… ahora no eres tan chulito, ¿eh?
—Os acabáis de meter en un buen lío, capullos —suelta el polaco por toda contestación.
—A mí me parece justo lo contrario. Ahora, quédate muy quieto o te pego un tiro —contesto.
Kretowickz permanece inmóvil mientras Perote le ata las manos a su espalda con una cuerda que teníamos preparada.
Es posible que le ponga un poco de saña al apretar los nudos, pero haré la vista gorda.
Una vez atado, indico a Perote que monte guardia frente a la puerta, por si algún espontáneo nos oye y aparece.
Después, meto al polaco en el minúsculo cuarto de baño, donde le fuerzo a arrodillarse y pongo el cañón de la pistola sobre su frente.
Me mira a la cara, desafiante. Si me reconoce, no dice nada.
—¿Sabes quién soy ?
—Un hombre muerto —contesta.
—Eso mismo pensasteis de mí en La Gomera y aquí estoy.
Si me reconoce, no lo muestra. La expresión de su cara se mantiene impasible, y su labio superior permanece torcido en una permanente mueca de disgusto.
—Así que el jefe tenía razón. Debe ser un milagro navideño.
¿Lukov sabe que estoy vivo?
Hago memoria de lo que ponía en los WhatsApp que se cruzaron Gunter y él. El alemán decía que «lo matamos otra vez». De alguna manera, sabían que yo no había muerto. ¿Cómo?
Da igual, Julián, tienes que centrarte. Hay que sacarle a Hans toda la información sobre los planes de su jefe.
—Ese soy yo, el espíritu de las navidades futuras, que ha llegado para que me cuentes con todo detalle qué va a pasar el día 22.
—Ni idea. ¿Es tu cumpleaños?
Su respuesta y su mueca hacen que la rabia de mi interior crezca tanto que necesita una válvula para no explotar. Le doy una patada en el vientre que hace que se encoja y quede sin respiración durante unos segundos.
—Respuesta equivocada.
—Es la que tengo —dice, jadeando—. No sé de qué me estás hablando.
Respiro hondo y dejo de apuntarle. El idiota me mira amagando una sonrisa, momento que aprovecho para cruzarle la cara con la culata de la Glock.
Le pillo desprevenido así que se come, literalmente, toda la fuerza del golpe: uno de sus incisivos superiores se ha mellado y el labio inferior se está hinchando.
—Déjame que te aclare las cosas. —Me acuclillo frente a él.
Para asegurarme de que me presta toda su atención, introduzco la pistola en su boca—.
Nadie sabe que estás aquí. No va a haber ningún rescate.
El único modo que tienes de prolongar tu miserable existencia es contestar con la verdad a todo lo que te pregunte.
En el momento en que dejes de hacerlo, habrás perdido toda utilidad para mí y podré matarte muy a gusto por lo que le hicisteis a mi familia.
Gruñe si lo has entendido. —Suelta un gruñido y yo libero su boca—. ¿Qué va a pasar el 22?
Kretowickz jadea, recuperando el aliento y me mira, con el odio brillando en sus ojos.
—Vete a la mierda —dice, escupiendo sangre sobre mis botas.
Ciego de cólera y con el sabor de la bilis en mi boca, aprieto la Glock contra su frente y le empujo hasta que su cabeza topa con el mueble.
—¿Has entendido lo que te he dicho, gilipollas? Te mataré si no me dices lo que quiero.
—Me matarás igualmente, hijo de puta. —Veo algunas gotas de sudor surgiendo en sus sienes—. Que te jodan.
Todo mi ser quiere mandar a este malnacido al infierno del que surgió. Mi dedo índice está en el gatillo; solo tengo que ejercer una leve presión y el mundo será un lugar más seguro. Carol, José Manuel y Adrián descansarán mejor, con otro de sus asesinos muerto.
Pero Lukov seguirá libre y no sabes qué planea.
Nunca lo tendré más fácil que ahora para matar a esta sabandija. He visto las cosas que ha hecho, y todas las personas que ha matado. Se lo merece.
Claro que se lo merece. Pero necesitas esa información.
Puedo revisar el móvil de Kretowickz para conseguirla. Puedo llamar a Lukov y provocarle. Tengo opciones.
Cierto. Pero tu venganza no es lo único que está en juego. ¿Y si Lukov mata a más gente? ¿Serías capaz de seguir viviendo, sabiendo que podrías haberlo evitado?
No.
Este diálogo que se ha desarrollado en mi cabeza me ha abierto los ojos: Kretowickz no es importante ahora, es solo un fin para llegar a Lukov y evitar lo que sea que tenga planeado.
Hace años, juré por mi conciencia y honor cumplir fielmente con mis obligaciones de policía nacional, y así lo hice hasta este verano.
Aunque ahora tenga otra identidad, ese juramento sigue vigente; no permitiré que nadie muera si puedo evitarlo.
—¿Estás bien, hermano?
La voz de Perote, que me observa preocupado, me devuelve a la realidad.
—Sí, claro, no te preocupes.
—Es que llevabais como cinco minutos en silencio y estaba un poco mosqueao —contesta él—. Y en cuanto he olido a meao , me he dicho «Aquí pasa algo raro».
Bajo la vista y compruebo que Kretowickz se lo ha hecho encima, con una mancha que surge de su entrepierna y se propaga por los costados.
En ese momento, el olor me asalta, cuando hasta entonces no había percibido nada.
Alzo la vista y compruebo que el odio en los ojos del polaco ha sido sustituido por el miedo.
La presión que he ejercido con el cañón de la pistola sobre su frente ha causado un pequeño desgarro que está sangrando, y está temblando, a pesar de que no hace nada de frío en la habitación.
Es curioso cómo funciona la mente humana.
Juraría que solo estuve unos segundos ensimismado en mi diálogo interno, pero si fueron cinco minutos como dice Perote, han debido hacérsele eternos al polaco.
Imagino que mi mirada furiosa y sin palabras ha sido demasiado para sus nervios, unida al arma contra su cabeza, y ha terminado mellando su resistencia.
Definitivamente, los matones más creídos son los que tienen más fachada. Habrá que aprovecharlo.
—Última oportunidad para demostrar que puedes serme útil. —Aparto la pistola de su frente y la pongo en su entrepierna, apretando hasta que se queja—. ¿Qué va a hacer Lukov el 22?
—Te… Teatro Real —balbucea.
Bien, ha cedido. Ahora, a seguir tirando del hilo.
—Detalles —ordeno.
—Yo no sé… no sé todos los detalles… Quiere mostrar a todo el mundo que vuelve a estar en el mercado…
—¿Cómo? ¡Dame algo concreto!
—El jefe quiere… quiere usar el sorteo del Gordo de Navidad en el Teatro Real como escaparate. Va a enseñar a todos que lo que él consigue, nadie más puede
Trago saliva y respiro hondo. Si es cierto, Lukov está loco. Hundo más el cañón de la pistola, para urgir a Kretowickz a continuar.
—Tiene contactos fuera de España, científicos de primer nivel que han desarrollado una bomba de neutrones.
Esa cosa no tiene un gran alcance explosivo, pero emite una alta cantidad de radiación.
—Ahora que el polaco ha empezado a hablar, no hay quién lo pare—.
En otras palabras, mata a la gente pero deja intactos los edificios.
Dispone de un prototipo, y calcula que dará justo para el Teatro y quizá una manzana o dos alrededor.
—Aunque lo haya hecho, no podrá meterla en el Teatro. La seguridad que hay para el sorteo…
—Ya está instalada —me interrumpe—. Hace dos meses hubo unas obras para arreglar la climatización; sobornamos a uno de los capataces y tuvimos acceso libre al Teatro. Tan solo hace falta accionar el detonador remoto, y ese lo tiene él.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡Dime dónde está!
—¡No lo sé! —contesta, con los ojos llenos de lágrimas—. No le he vuelto a ver desde que instalamos la bomba. Solo nos comunicamos por mensaje…
No parece que vaya a poder sacarle más información.
Para ser el lugarteniente de una organización criminal, es sorprendente lo poco que ha aguantado.
Aparto mi pistola y la guardo. Dudo mucho que Kretowickz vaya a causar problemas.
Tomo la HK USP del polaco y la sopeso en mis manos.
¿Puede ser la misma arma que usó en La Gomera para dispararme?
Quizá sí, quizá no; no tengo modo alguno de saberlo, aunque sería hasta poético si lo matara con ella.
Sin embargo, el espectáculo de Kretowickz llorando entre sus propios orines ha apagado toda mi sed de venganza.
Es muy distinto de la pelea que tuve con Schmidt; allí era una elección muy sencilla, mi vida o la suya.
Pero en este caso se trataría de un asesinato a sangre fría y, francamente, no me veo capaz.
En cierta medida, me alivia saber que todavía no puedo pasar ciertas líneas, aunque una parte de mí está desilusionada también.
Ahora toca localizar a Lukov y evitar que salga adelante con su loco plan. Saco el cargador de la HK y lo tiro encima de la cama. Sin decir nada, Perote se acerca a mí y contempla a nuestro prisionero.
—¿Lo que ha dicho ese lameculos es verdad?
—No tengo motivo para pensar lo contrario —contesto—.
Por lo que recuerdo cuando leí la ficha de Lukov, se dedicaba a traficar especialmente con material nuclear.
Y en su perfil, indicaba que era una persona con delirios de grandeza.
Un plan de este tipo encajaría con su personalidad: ¿cómo muestras a todos que eres el mejor? Haciendo lo que nadie más puede.
—Pues estamos apañaos … ¿Te quieres callar, ahuevonao , que no me dejas pensar? —Tras imprecar a Kretowickz, Perote se acerca a la cómoda, en cuyo cajón inferior está la mochila de la que sacó antes de la cuerda, y de la que ahora extrae un rollo de cinta americana—. Así estarás callaito.
Tras amordazar al polaco con varios pedazos de cinta, Perote se sienta en la cama. De repente, me siento muy cansado, así que le imito.
—Deberíamos revisar su teléfono —digo, señalando a Kretowickz—. Puede que encontremos alguna pista que nos ayude a encontrar a Lukov.
—¿Estás hablando en serio, Julián? —espeta Perote.
—¿Qué quieres decir?
—Esto es mu gordo para nosotros dos solos. Si se tratase ná mas que de encontrar al ruso, pase. Pero esto es mucho más complicao , y hay muchas vidas en juego. ¡Que quiere volar el sorteo del Gordo, tío!
Tiene razón. Ya no se trata solo de atrapar a Lukov y hacerle pagar lo que hizo a mi familia, sino de salvar centenares, seguramente miles de vidas.
Todavía me cuesta asimilarlo, quizá porque parece el argumento de una película de Hollywood.
El problema es que aquí el héroe no tiene ni idea de cómo encontrar al malo antes de que haga explotar todo.
Y eso contando con que sea real y no un invento de Kretowickz, que no creo, pero aun así, no puedo correr el riesgo.
—¿No hay nadie a quién puedas avisar? —insiste mi aliado.
Claro que lo hay. Solo tengo que elegir entre un demonio u otro, entre Baena o Furiase.
El problema es que si alguno de los dos es el topo que tiene infiltrado Lukov, puede ponerle sobre aviso y que actúe antes de que podamos hacer nada para evitarlo.
Cierro los ojos y me dejo caer de espaldas en la cama.
¿Qué puedo hacer, cuál es la decisión correcta?
No lo sé. Aún así, soy el único que puede tomarla, así que cojo mi teléfono y marco un número concreto de la agenda.