Capítulo 20
CAPÍTULO
VEINTE
Plaza de Cascorro. Madrid.
La lluvia de los últimos días ha desaparecido y luce un sol espléndido en Madrid, aunque el frío del invierno que está a punto de llegar ya hace acto de presencia.
Por eso, la multitud que camina por Cascorro luce todo tipo de chaquetas de invierno, gorros y guantes, con alguna salvedad de jóvenes nostálgicos del verano o que no hacen caso a sus madres y caminan con las manos en los bolsillos y el único abrigo de una chaqueta de chándal.
Ese es el panorama que se dibuja ante mí mientras reviso con unos prismáticos la plaza, desde la atalaya privilegiada que me ofrece el cuarto piso de un edificio situado al otro lado del bar donde Hans piensa que ha citado a Gunter.
Es una habitación sencilla con aroma a desinfectante, una cama doble, un cuarto de baño y un recibidor, además de un balcón desde el que poder vigilar Cascorro .
Encontrar este lugar fue un golpe de suerte.
Este establecimiento de alquiler de habitaciones ocupa toda la planta, con los precios desorbitados que uno puede esperar en una zona tan céntrica.
La verdad es que ha costado una pasta, pero era una parte vital para el plan: necesitábamos un lugar seguro y un entorno que podamos controlar.
El otro componente esencial está ahora mismo en el bar al que va a llegar Hans, disfrutando de un aperitivo.
Enfoco la puerta del Bar Cruz, la Casa de las Navajas citada en el mensaje; desde esta altura, me es imposible ver a Perote, que está sentado en una de las mesas del interior.
Pero no está incomunicado. Tengo conectados los auriculares a mi móvil, por los que escucho una mezcla de conversaciones y el masticar de mi aliado.
—¿Cuánto vas a comer? —susurro por el manos libres.
Me lo imagino sobresaltándose ante la voz en su oído y contestando con disimulo. Esta mañana pegamos un auricular y el micrófono por detrás de su oreja. Para evitar que se vea, Perote se soltó la coleta de forma que su largo pelo negro lo oculta por completo.
—Es que estas navajas están mortales, jefe —contesta él, también en voz baja—, y todavía falta un rato hasta las doce.
—Seis minutos exactamente. Come lo que quieras, pero no te olvides del plan. Seguiré vigilando por si viene el objetivo, en cuyo caso te avisaré. Hasta entonces, silencio radiofónico, y no cortes la llamada.
—Recibido.
El domingo, tras recibir el mensaje, estuvimos hasta bien entrada la madrugada revisando todas nuestras posibilidades.
Lo primero que necesitábamos era una base de operaciones.
Tuvimos la suerte de encontrar estas habitaciones, aunque dada la poca antelación de la reserva, ha habido que desembolsar un extra muy generoso.
Lo doy por bien empleado; gracias a ello, ahora tenemos un terreno propio al que atraer al polaco.
Esa labor cae en las manos de Perote. A su favor, reconozco que partió completamente de él.
—Es que no hay más cojones, Julián —decía—. El tío ese no me conoce de nada , pero a ti sí; a lo menos, es posible que te reconozca, y más si está avisao . De los dos, soy el que tiene más posibilidades de embaucarlo, no queda otra.
¿Qué podía responder? Nada, solo aceptar una vez más el sentido común de Perote.
Hace apenas dos días, mi precipitación me puso en una situación de vida o muerte con Schmidt.
Teóricamente, Kretowickz no debería darnos tanto problema, es el gestor de la operación de Lukov, no el músculo, pero basta con un solo error para que cualquier plan se vaya al traste.
Así que vamos a poner todo de nuestra parte para que eso no ocurra.
Continúo vigilando la plaza, con especial atención a la puerta del bar y la calle adyacente, Maldonadas, a la espera de que aparezca Kretowickz.
En ese momento, aparece un hombre vestido con vaqueros, botas y una sudadera con la capucha subida, que entra en la plaza desde el norte. Desde esta altura, en el balcón, apenas puedo ver el tercio inferior de su cara, pero es más que suficiente para reconocer su característica mueca de disgusto.
—Tengo visual del objetivo —susurro en el manos libres—. Lo tendrás ahí en un minuto, tranquilo y recuerda el plan.
—Okidoki.
Sigo con los prismáticos a Kretowickz, sintiendo un regusto amargo en mi paladar.
Pensaba que con la muerte de Gunter ya no sentiría este odio, pero más bien ha sido al contrario.
Contengo el aliento mientras el polaco entra en el bar.
Compruebo el reloj; el cabrón es puntual.
Cálmate, Julián. Ahora todo depende de tu compañero.
—Lo veo —dice Perote en voz baja por nuestro canal de comunicación—. Sa quitao la capucha y está examinando el bar, como si buscara a alguien.
—Que no te preste atención.
—Tranquilo, llevo gafas de sol; no sabe que lo estoy vigilando. —Le escucho tomar un sorbo de su bebida—. Está pidiendo una caña y se ha quedao en la barra. No parece tener prisa.
—Mejor. ¿Recuerdas cómo tienes que abordarle?
—Claro que sí. Hice teatro en el instituto, puedo con esto.
Ignoro el comentario y me concentro en la puerta del Bar Cruz, como si mi mirada pudiera atravesar las paredes por pura fuerza de voluntad. Respiro hondo para tranquilizarme antes de hablar de nuevo.
—No corras riesgos, amigo. Procede cuando consideres.
—Vale, voy a ello.
Aprieto el auricular derecho contra mi oído para poder apreciar todos los detalles del sonido ambiente captado por el micro de Perote.
Hemos instalado una aplicación en su móvil que, teóricamente, amplifica la recepción y debería permitirme escuchar todo cuando hable con el polaco.
El problema es que también está recogiendo todo el ruido ambiente del bar, incluido el largo trago que está dando mi aliado a su bebida para infundirse valor.
Aprieto los dientes; en toda operación, la parte más difícil es no poder estar en el escenario de los hechos y depender de lo bien que lo hagan tus compañeros.
Si estuviera aquí mi unidad del GEO sería más sencillo, pero en su lugar tengo un civil con muy buenas intenciones y cero experiencia de campo.
Suelto aire despacio. Esto es lo que hay.
Confiaré en Perote y estaré listo para bajar corriendo a la menor señal de peligro.
Lo único que puedo hacer ahora es escucharlo abordando a Kretowickz.
—¿Hola, eres Hans? —La voz de Perote no tiembla en absoluto. Muy bien.
—¿Quién lo pregunta? —Tengo que hacer un esfuerzo para distinguir las palabras porque el micro no termina de captar muy bien la voz de nuestra presa.
—Soy Fernando, me envía Schmidt —contesta Perote con discreción. Perfecto, sigue el plan y miente lo menos posible para que no te pille en un renuncio.
—…cierto. No te conozco y… —En este caso, solo soy capaz de escuchar una parte de su respuesta, pero no me gusta nada lo que oigo.
—Pues claro que no me conoces, idiota. —Me sorprendo del tono agresivo de Perote, espero que no se esté metiendo demasiado en el papel—. Soy su proveedor particular cuando viene a Madrid: drogas, putas, lo que sea, yo me encargo.
—… nunca he oído hablar de ti.
—¿Eres retrasao o qué? ¿Qué parte de particular no entiendes? —Cuidado, Perote, estás jugando con fuego—. Mira, normalmente no hago estas cosas pero Schmidt es un buen cliente, me ha dicho que te lleve con él; dice que aquí no es seguro.
La siguiente frase de Kretowickz no soy capaz de escucharla, debe estar mirando para otro lado.
—Como quieras —responde mi aliado—. Tengo cosas que hacer y mierdas que vender; ya te encargarás tú de explicárselo a él.
Durante un periodo que se me hace eterno, solo se oye el sonido ambiente del bar, con un camarero gritando «¡Una de bravas y dos jarras!» por encima de las conversaciones. Kretowickz rompe el silencio, pero de nuevo soy incapaz de escuchar bien lo que dice, solo distingo la palabra «lamentarás».
—Vale, para ti la perra gorda. Aunque pierdes el tiempo ¿o te crees que trabajando con Schmidt no he recibido todas las amenazas del mundo? Yo sigo aquí, mientras que muchos de los que me amenazaron están en el otro barrio.
Perote hace un chasquido con la lengua para terminar su frase.
Definitivamente, se está creciendo, pero no quiero desconcentrarlo hablando por nuestro canal si no es necesario.
Lo importante es que Kretowickz pique el anzuelo, y parece que así ha sido.
Escucho como pagan ambos sus consumiciones; al salir a la calle, el ruido del bar es sustituido por el viento que sopla en la plaza.
Cojo los prismáticos y compruebo que ambos están en el exterior del bar, con Perote caminando por delante del polaco, aunque este último está muy pegado a él.
Conociendo los antecedentes de este, demasiado.
—¿Todo bien? —digo en un susurro, sin dejar de vigilarles mientras cruzan la calle sin prisa.
—Me da igual que seas colega de Schmidt —dice Perote, aparentemente sin relación con mi pregunta—. Por apuntarme con un arma, olvídate de hacer bisnes conmigo para siempre.
—No necesito tus servicios —contesta Hans, inclinándose hacia mi aliado y haciendo que pueda escucharle con total nitidez—. Ni ahora ni nunca, y si me has mentido...
—A ver si lo adivino: me matarás de la forma más horrible que se te ocurra.
—¿Te crees muy listo, capullo? —Hans suena bastante enfadado.
—Si tiene un arma, no le provoques —digo a través de nuestro canal—. Cíñete al plan .
—Está bien, está bien. Sígueme y acabemos con esto.
La frase de Perote sirve para respondernos a Kretowickz y a mí; después de ella, no vuelve a abrir la boca.
Mejor. Por mucho que esté en una plaza abarrotada y a plena luz del día, es imposible saber hasta dónde puede llegar el polaco.
Los observo con los prismáticos caminando por Cascorro en dirección a la calle de Embajadores, donde se encuentra este hotel.
Cuando están a punto de cruzar, me asomo discretamente al balcón de esta habitación y, ya sin los prismáticos, compruebo como ambos entran en el portal.
En ese momento, es cuando Kretowickz vuelve a hablar.
—¿Dónde está el ascensor?
—Aquí no hay ascensor, amigo —responde Perote, imitando la respuesta que nos dio el conserje por la mañana—. Es un edificio antiguo; pa instalarlo, habría que reformarlo entero.
—To jest kraj jebanych debili —musita el polaco.
—¿Mande?
—Olvídalo —dice, con un tono de voz cada vez más brusco—. Solo llévame con Gunter.
Las escaleras de este edificio no son muy pronunciadas; sin embargo, al contar con tres tramos por piso, subir hasta el cuarto se hace interminable. Con buen juicio, Perote no dice ni mú mientras ascienden. No es necesario calentar más al polaco, que se dedica a farfullar en su idioma.
Ahora es el momento en el que tengo que prepararme.
Saco la Glock de su funda y cojo un cargador de la mochila que tengo encima de la cama.
Lo introduzco con un golpe seco y lo aseguro.
Después, desplazo la corredera para que entre un cartucho en la recámara y que la pistola quede lista para ser disparada.
Ojalá no tengamos que llegar a ese extremo, pero con una alimaña como Kretowickz más vale prevenir.
Como arma secundaria, tengo mi navaja táctica.
Nunca se sabe. Me coloco con el hombro derecho apoyado frente a la puerta y me preparo. Deben estar a punto de llegar.
—Es aquí, en el cuarto piso.
Las palabras de Perote resuenan en el auricular. Intento sacar todo pensamiento de mi mente, concentrándome solo en el aquí y el ahora. Tenemos que atrapar a Hans si queremos llegar hasta Lukov, y no tendremos otra oportunidad. Escucho el sonido de pasos en el pasillo de fuera.
—Más te vale, cabrón, o te mataré por hacerme subir todas estas escaleras.
Kretowickz suena muy enfadado. Mejor, puede que eso haga que se descuide y que cometa errores.
—Ahora lo verás, malaje. Está en esa habitación.
Ya no necesito el auricular para escuchar la voz de Perote, que se encuentra prácticamente tras la puerta. De hecho, hasta oigo el tintinear de las llaves y, unos instantes después, cómo suenan al accionar la cerradura.
—Adelante —dice mi aliado—. Schmidt te espera dentro.
—Ni loco —contesta Kretowickz—. Tú entras primero, no me fío de ti.
—Esto es lo que recibo por portarme bien con mi gente —suspira Perote, abriendo la puerta de la habitación.