Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

CAPÍTULO

DIECINUEVE

A medida que subimos al norte, el tiempo va empeorando.

La transición es casi inmediata en cuanto atravesamos el túnel de Despeñaperros.

A la entrada, el cielo solo estaba nublado, pero a la salida, nos encontramos un buen temporal de agua y viento, que hace que los limpiaparabrisas del Astra comiencen a moverse a toda velocidad.

—La que está cayendo, hermano —dice Perote.

Durante los siguientes kilómetros, la lluvia ya no nos abandona y tenemos que aminorar.

Sin embargo, no tenemos ninguna prisa, así que cuando llegamos a La Carolina, hago caso a la recomendación de mi acompañante, que conduce hasta un restaurante situado cerca de la carretera.

Aunque aparcamos cerca de la puerta y nos tapamos como podemos con las chaquetas, cuando entramos estamos completamente empapados.

Pero un buen plato combinado de huevos fritos con patatas, sencillo pero delicioso, sirve para que entremos en calor y después, con el café, me sorprendo sincerándome ante las preguntas de Perote.

—No hay mucho que contar —digo—. Solo soy un policía que intentaba hacer su trabajo de la manera posible, hasta que me crucé con un malnacido llamado Dmitri Lukov, que se llevó por delante casi todo lo que me importaba en la vida. Acabar con Gunter es el primer paso de mi venganza.

—¿Tienes muchos siesos a los que dar matarile, Julián?

—Por lo menos a tres, aunque no creo que pueda encontrar a todos a la primera. Ahora mismo, tengo posibilidad de encontrar a uno.

—Por algo se empieza. ¿Y qué harás después?

Tomo la taza con las dos manos y doy un sorbo de café, pensando qué responder.

—¿La verdad? No lo sé. En los últimos meses he vivido tan al día que no me he planteado nada más allá. Y no creo que pueda hacerlo, no tengo tanto horizonte.

—Hermano, si te puedo dar un consejo, es que no hagas eso.

—Perote se inclina en la silla—. Yo tengo un pasao , como todos, y no es algo de lo que me sienta orgulloso.

Lo que sí te puedo decir, es que mis momentos más bajos eran cuando solo me preocupaba de vivir al día. Eso es lo que hacen los animales.

—Vaya, eso sí que da que pensar. No me esperaba una reflexión tan profunda.

—Aunque no te lo creas, yo leía mucho de joven, y algo se me ha quedao . El problema es que topé con malas compañías en la universidad, y de ahí fue todo cuesta abajo.

—¿Tú, un universitario? Eres toda una caja de sorpresas. ¿Qué estudiaste?

—Promete que no te reirás —contesta, agachando la vista .

—Prometido. —Alzo la palma de la mano para enfatizarlo.

—Filosofía.

Perote alza la cabeza, dubitativo, mientras yo asiento y levanto un pulgar en gesto afirmativo.

—No te hacía del tipo pensador —afirmo.

—La vida te da sorpresas, ¿verdad? En cualquier caso, mi paso por la universidad fue más bien anecdótico.

Yo era un chaval de pueblo que iba a estudiar a Málaga, sin ningún tipo de control de sus padres y…

bueno, solo decir que con 18 años, algo de dinero y cero restricciones lo podías pasar teta en aquella época, no como ahora que está todo prohibido.

—Te creo.

—Me salvó que de las copas y el tabaco solo pasé a los porros y no a ninguna mierda como la coca o el caballo. —Se ríe solo—. ¿Puedes creer que me daban pánico?

—¿Y tu familia, Perote? ¿Qué pasó?

Su rostro se ensombrece y carraspea.

—Otro día te lo cuento, hermano. Será mejor que nos vayamos ya si queremos llegar a Madrid con esta tormenta.

Sin mediar más palabra, se levanta. Vaya, parece que he tocado un tema sensible. Bueno, no tiene sentido forzar la cuestión, así que pago la cuenta y le acompaño de nuevo al coche, en el que entramos corriendo para mojarnos lo menos posible.

Una vez en marcha, Perote pone la radio de nuevo, en la misma emisora de música retro que llevamos escuchando todo el camino.

Justo están poniendo una de esas baladas heavy que tanto éxito tuvieron en los ochenta, y entre el calorcito de la calefacción, la tripa llena y el runrún de la música, no puedo evitar cerrar los ojos. Eso, y pensar en lo que hemos hablado.

¿Qué haré después ?

Es una pregunta que vengo evitando mucho tiempo, quizá porque no sé si habrá un después para mí.

La rabia que habita en mi interior no se conformará con menos que la muerte de todos los que participaron en la muerte de mi familia.

Es una deuda de sangre que solo puede pagarse con la misma moneda.

Más allá de eso, no hay nada o, mejor dicho, no me he planteado nada.

Y no tengo miedo a lo que pueda pasar. Me siento listo para morir.

Puede que haya algunas cosas que hubiera hecho de distinta manera, pero, en conjunto, he vivido la vida como me la había propuesto.

¿Podría haber hecho más? Desde luego. Y también mucho menos.

No, no me arrepiento de nada. Si tengo que cruzar al otro lado, adelante.

Pero antes tengo una misión de venganza que cumplir.

Y también tengo a Lucía.

No puedo creer que me haya olvidado de mi sobrina de esa manera.

O de mi madre. Por supuesto que tengo algo que hacer después.

En cuanto acabe con Lukov y sus secuaces, volveré con ellas, para recuperar el tiempo perdido y ayudar a que esa niña crezca feliz.

Lo que hago, lo hago por ellas. Esa súbita revelación me llena de paz.

Sé que estoy haciendo lo correcto. Esa seguridad es lo último que recuerdo antes de caer dormido.

Cuando abro los ojos, el paisaje ha cambiado por completo. De las sierras andaluzas hemos pasado al entorno urbano de las carreteras madrileñas. Eso sí, la lluvia sigue cayendo con ganas.

—Ya era hora, bella durmiente —dice Perote, mientras yo estiro lentamente los brazos—. Menuda siesta te has pegao .

—¿Por qué no me has despertado? Te dije que cuando llegáramos a Madrid, ya conducía yo.

—Estabas roncando muy a gusto —contesta, sonriendo—. Además, tampoco era tan complicada la ruta. Carretera de Andalucía todo tieso hasta llegar a la M-40.

—Hasta la M-50 —corrijo, intentando ver por dónde vamos, a pesar de la lluvia y la oscuridad; entonces una de las señales me orienta—. Próxima salida, Valdemoro… Estamos muy cerca, métete en la próxima gasolinera que veas.

—¡Oído cocina!

Apenas recorremos un par de kilómetros cuando aparece una señal hacia un área de servicio.

Perote se mete por ella y terminamos en una gasolinera solitaria, con la lluvia repiqueteando en el techo.

Nos bajamos y, mientras él va al baño, yo aprovecho para echarle cincuenta euros al depósito, que está a menos de un cuarto de capacidad después del tute que le hemos dado al coche.

El olor a gasolina y asfalto mojado me acompaña al revisar la cartera después de pagar.

No me queda demasiado dinero en efectivo, lo cual no me hace mucha gracia.

Esperaba no tener que usar tan pronto la tarjeta de crédito que me facilitó Furiase, para evitar darle ninguna pista de mi paradero.

En fin, intentaré retrasar ese momento todo lo posible.

Tras visitar también el baño, ocupo el asiento del conductor y lo ajusto hasta que quedo confortable.

Perote se reclina en el puesto del copiloto, estirando las piernas.

La verdad es que se ha portado como un campeón, comiéndose todo el viaje desde Marbella.

Ahora, me toca a mí el último tramo, algo menos de una hora hasta que lleguemos a Collado Mediano.

Me incorporo a la carretera, con los limpias funcionando a toda velocidad para despejar el agua que no cesa de caer.

La verdad es que la siesta me ha sentado de maravilla, tanto que hasta se me han quitado los dolores y agujetas.

O quizá es que necesitaba recordar la razón por qué estoy haciendo esto.

Es muy sencillo dejarse llevar por la furia y que actúe como un velo que lo nubla todo.

Sin embargo, siempre hay un después, y Perote lo ha descrito perfectamente.

No soy un animal, preocupado solo por sobrevivir un día más; soy un hombre con una misión que cumplir, y con deseos y anhelos más allá de esa misión.

Giro ligeramente la cabeza para comentarle a Perote, pero se ha quedado dormido. Sonrío y vuelvo mi atención a la carretera. Se ha ganado su descanso.

El resto del viaje transcurre sin incidentes.

Cuando llego al desvío de la M-50 me uno a la autopista en dirección oeste, hacia la carretera de La Coruña.

La mayor densidad de tráfico en la carretera que rodea la capital hace que tenga que ir incluso más despacio, a pesar de que la lluvia ha disminuido en intensidad.

¿Por qué será que cuando llueve, parece que a mucha gente se le olvida cómo conducir?

El tráfico más lento me da oportunidad de pensar y mi cabeza se va de nuevo hacia el día 22.

No sé qué tendrá pensado Lukov, pero seguro que no es nada bueno.

Desde luego, la sensación que me quedó después de leer los mensajes del móvil de Gunter es muy preocupante.

Mi instinto me dice que es algo muy gordo, un motivo más para detener a ese hijo de puta antes de que pueda llevar a cabo sus planes.

En el bolsillo de mi chaqueta sigue el iPhone, en modo avión.

Menos mal que voy conduciendo, porque la tentación de activarlo para comprobar si Hans ha contestado es muy grande.

Tendré que aguantar hasta que llegue a casa, así que trato de apartarlo de mi cabeza imaginando posibles objetivos para Lukov.

Por desgracia, todos los que se me ocurren son lugares públicos que estarán llenos de gente en estas fechas prenavideñas, y eso me hace preocuparme más todavía.

Por suerte, el número de coches disminuye una vez que paso Móstoles y puedo acelerar de nuevo.

La lluvia casi ha cesado por completo, lo que también ayuda a que el tráfico vaya más fluido.

De ahí en adelante, me concentro en la conducción; pensar en otros temas puede ser hasta contraproducente para la moral.

Finalmente, llego al desvío que debo tomar para llegar a Collado Mediano. Suspiro aliviado cuando salgo de la carretera nacional, ya queda poco.

—¿Hemos llegao ?

La frenada para incorporarme al desvío ha debido despertar a Perote, que me mira somnoliento.

—Casi estamos. De aquí hasta la casa es poco más de diez minutos.

—Ya era hora, joé . Parece que fue hace mil años que salimos, y ha sido esta mañana. ¿Cuál es el plan cuando lleguemos, jefe?

—Descargar el coche, pedir algo para cenar…

—Me refiero a tu venganza, Julián.

Una media sonrisa aflora a mi cara.

—Suena bastante raro si lo dices así en voz alta.

—Es que lo es —afirma—. ¿Entonces tienes algún plan?

—La verdad es que lo estoy formando sobre la marcha —contesto—. Estuve revisando los mensajes en el móvil del alemán, y me hacen pensar que sus compinches van a hacer algo muy malo el día 22.

—Qué cabrones, el día del gordo de Navidad.

—Exacto. Saqué el móvil del modo avión y mandé un mensaje al que creo es el otro lugarteniente de Lukov. Cuando lleguemos a casa, comprobaré si ha contestado.

—¿Y si no lo ha hecho?

—No sé, ya te dije que voy improvisando.

—Hombre, ser flexible y adaptarse está muy bien, pero creo que igual es mejor ir bien preparao , ¿no? Con el alemán tuviste mucha suerte, Julián. No siempre va a ser así.

Por segunda vez en el día, las palabras de Perote dan en el clavo. Acabo de comprobar en mis carnes lo que ocurre cuando me lanzo a la piscina sin reflexionar. Me estoy enfrentando a gente muy peligrosa y no puedo seguir actuando como un aficionado.

—¿Sabes qué? Tienes toda la razón —Tomo la rotonda de acceso a Collado Mediano mientras hablo—. Tengo que ser más profesional y no guiarme por impulsos. Que me haya salido bien la jugada no implica que vaya a volver a suceder.

—Bien dicho. Y más cuando lo que te estás jugando es la vida.

—Bueno, bueno. —Suelto un silbido—. Al final, eres todo un filósofo tú.

—No bromees con eso, hermano —contesta Perote—. No me hace ninguna gracia.

—No era ningún chiste. La verdad es que me estás dando mucho en qué pensar. —Subo con el Astra la cuesta que lleva hasta el chalet--. Y te pido disculpas si te he ofendido. Nada más lejos de mi intención que molestarte.

—Tranqui, tronco —dice Perote con una sonrisa medio forzada—. No pasa nada . Tan solo no me toques la moral con eso, ¿vale?

Le observo durante unos segundos, y él evita mi mirada. Definitivamente, hay algo que no capto y que Perote no me quiere explicar, pero ahora no es el momento.

Aparco el coche frente a la puerta del garaje, y apago el motor.

Salimos del Astra para recoger mis cosas del maletero y del asiento trasero.

Perote toma su mochila, negra y maltratada por los años, además de llena hasta los topes.

Se la echa al hombro y pienso que puede que ahí lleve todo lo que posee, aparte de lo que lleva puesto.

Bueno, ya habrá tiempo para averiguar qué le ocurre. Abro la puerta de la casa e invito a Perote a pasar. Dejo la mochila y el petate encima del sofá del salón y me saco la chaqueta y la camiseta.

—Oye, en este momento, solo me apetece una ducha caliente. Ahí —digo, señalando— tienes la cocina. No hay mucho, pero puedes servirte lo que quieras. ¿Me esperas y después vemos si nos han contestado en el iPhone?

—Claro, aunque… —Perote se muestra dubitativo— ¿podría darme yo una ducha también? Son muchas horas en el coche y creo que tengo demasiada humanidad encima.

Sonrío y le hago un gesto para que me acompañe a la planta superior, donde están los baños con ducha. Le muestro uno de ellos y dónde hay toallas, y yo me voy al de la habitación principal.

Media hora después, los dos estamos sentados en la mesa del salón, duchados y con ropa limpia.

—¿Haces los honores? —pregunto, sacando el iPhone de la mochila.

Perote desbloquea el teléfono con su dedo y yo inspiro hondo antes de desconectar el modo avión. En unos pocos segundos, el terminal coge cobertura y vibra con los mensajes entrantes. En este caso, no hay llamadas, solo mensajes de WhatsApp, incluyendo el que nos interesa, del misterioso H.

H

Martes a mediodía en Cascorro. La Casa de las Navajas.

Más te vale aparecer. El tiempo se acaba y el jefe se impacienta.

—¿Qué significa eso, Julián? —pregunta Perote.

Apago el teléfono y lo dejo sobre la mesa. Me paso las manos por la cabeza, resoplando.

—Significa que es el momento de trazar un plan —digo finalmente—. Que el reloj corra no es una buena noticia, y que Lukov se esté impacientando, menos aún.