Capítulo 18
CAPÍTULO
DIECIOCHO
Al menos, tengo la mente despejada y puedo concentrarme en exprimir el móvil de Schmidt, a pesar de las dificultades.
Para empezar, todo está en alemán, así que tengo mi propio teléfono al lado con un traductor online abierto, por si hay algo de lo que deba averiguar el significado.
Por suerte, los iconos de las aplicaciones son universales, así que lo primero que hice fue revisar su WhatsApp.
De nuevo, completamente en alemán, por lo que me dediqué a comprobar con quién chateaba y cuáles eran los mensajes más recientes.
Uno de ellos me llamó al instante la atención, de una persona a la que solo tiene guardada como D.
Entonces, noto el frenazo de Perote.
—¡Pero qué haces, mascachapas!
Levanto la vista del teléfono. Justo delante de nosotros, un camión está cambiando de carril para adelantar a otro.
Dado que no pueden superar los 80 kilómetros, ambos irán en paralelo un buen rato hasta que acaben la maniobra, que nos obliga a aminorar hasta que podamos adelantarlos.
Es un camión viejo, y por su tubo de escape sale un humo negro que inunda el coche y asalta nuestro olfato.
—¿Lo has visto? Y luego se quejan de que hay accidentes —dice Perote.
En fin, mejor sigo revisando el teléfono de Schmidt.
Los diferentes chats que todavía tienen texto no tienen relación con lo que busco.
El más activo de todos es, sin duda, un grupo donde los miembros se dedican a enviar todo tipo de fotografías y vídeos pornográficos; y qué casualidad, es el único en el que está desactivada la función de mensajes temporales.
Por curiosidad, compruebo los miembros del grupo.
Vaya, vaya, también está el amigo D. No tiene foto, solo el avatar gris de la silueta de whatsapp, pero si toco el icono de información aparece un menú con los datos de ese número, incluyendo los grupos en común con Gunter, que son solo dos, el del porno y otro llamado KGB.
Una hoz y un martillo amarillos sobre una estrella roja es el emblema de ese grupo, en el que no hay ningún chat.
Compruebo que aquí sí están activos los mensajes temporales, por lo que parece que nadie usa este grupo desde hace al menos una semana.
¿Quién más forma parte de él? Son solo cuatro personas incluyendo a Gunter: D, y otras dos letras del alfabeto: H y R.
Esta última tiene como avatar una rosa cubierta de lágrimas de rocío y no hay ningún chat reciente. Pero las cosas son muy distintas en H.
No solo tiene un avatar reconocible, la foto de un hombre ataviado con un esmoquin negro, que ha sido convenientemente recortada para que no se vea la cara, sino que hay chats recientes.
La breve conversación se desarrolla en un mezcla de inglés y español, con algo de alemán metido por en medio, y fue también hace cuatro días.
H
Qué piensas de lo que ha dicho D?
No me lo creo, pero si es verdad da igual.
Le matamos otra vez.
H
No es tan simple.
La gente no resucita así como así.
Debe haber algo más.
Que le den!
No puedo ir de fiesta por su culpa.
H
Madura de una vez, aunque tienes razón.
Quería disfrutar Madrid y ya no puedo.
LOL, perfil bajo, dice. Puta mierda.
H
Es una pena, me apetecía celebrar Año Nuevo en la Puerta del Sol.
No habrá celebraciones después del 22, ni en España ni en Europa.
Habrá que ir a Sudamérica, al verano.
H
Solo si abren el espacio aéreo y no creo.
Qué insinúas, dejarías solo al jefe?
Claro que no, capullo.
Pero puedo soñar, no?
Eso es todo lo que hay en el chat, pero es más que suficiente para que suenen todas las alarmas en mi cabeza.
¿Qué va a pasar el día 22 y por qué después no habrá fiestas en España o Europa?
¿Y qué es eso de «si abren el espacio aéreo»?
Hoy es 18 de diciembre, en cuatro días llegaremos a esa fecha.
¿Qué tienen montados estos hijos de puta?
Sigue investigando, Julián, sigue buscando en el móvil. Tiene que haber más piezas del rompecabezas.
Reviso de nuevo todos y cada uno de los chats de WhatsApp a la luz de lo que he averiguado.
Los retazos de información, que antes podían ser irrelevantes, ahora componen un dibujo que, por desgracia, todavía no puedo distinguir.
Una tal Lola le preguntó a Schmidt hace tres días si volverían a verse; este contestó que el deber lo llamaba, pero que permaneciera «atenta a los telediarios, quizá salga pronto en las noticias».
Ayer por la mañana, en una conversación en alemán con un compañero motero, afirmó que iba a echar de menos la costa, y que «no sé qué le veis a Madrid».
Es todo lo que encuentro que pueda tener alguna importancia.
Revisando los grupos en común con H, solo tienen el de KGB en común.
Dejo los móviles en mi regazo y descanso mi cabeza en el asiento, cerrando los ojos. ¿Es posible que Gunter tuviera planeado viajar a la capital, para lo que sea que tenga que pasar el día 22?
Repaso lo que sé.
Lukov avisa a sus lugartenientes el 14 de diciembre. No sé qué les dice, pero debe ser algo gordo y les avisa que tienen que guardar un perfil bajo. Todo ello de cara al 22 de diciembre.
¿Podría ser algún tipo de atentado terrorista en Madrid?
En plenas fiestas navideñas, con la ciudad hasta los topes.
De repente, me cuesta tragar saliva.
Sea lo que sea, hay que tratar de evitarlo.
Para ello, tengo que centrarme en los hechos, y las certezas que he acumulado, como los números de móvil de Schmidt y los que supuestamente son de Lukov y Kretowickz.
Estiro el brazo hacia la parte trasera para coger la mochila en la que guardo el portátil.
—¿Qué pasa, hermano? —dice Perote—. ¿Quieres que paremos?
—Todavía no —contesto, alzando la mochila como buenamente puedo por el estrecho espacio entre los dos asientos—. Si vas bien, sigamos.
—Tendríamos que hacer una parada a mitad de camino. Podemos hacerla en La Carolina. Un primo mío tiene allí un restaurante; sirven unas tortillas que quitan el sentío , en su punto justo, ni crudas ni pasás .
—Me parece bien, Perote. Ahora, si me dejas, voy a concentrarme en esto.
—Claro que sí, jefe, tú mandas.
Coloco la mochila entre mis piernas y saco el portátil.
Suerte que lo dejé cargando anoche; así no me dará problemas de batería mientras lo utilizo en movimiento.
Lo conecto al punto de red que he creado en mi móvil y abro la VPN siguiendo el procedimiento que me enseñó Cosme.
Nunca hay suficiente seguridad y más todavía si Lukov tiene un topo.
Una vez está establecida la red, chequeo los tres números de móvil en las principales bases de datos de Interior.
Aunque ya me lo espero, el resultado negativo me desilusiona.
Son números «vírgenes» que no han estado implicados en ningún tipo de delito.
Ojalá pudiera comprobar los titulares del contrato en la compañía de teléfonos, pero sin una orden judicial es imposible.
Intento otras búsquedas cruzadas relacionadas con los números, sin éxito, hasta que al final desisto y cierro la tapa del ordenador.
Giro el iPhone de Gunter entre mis manos.
Tendría que contarle a Furiase que lo tengo, o incluso a Baena.
Pero la existencia del topo lo impide; en estos momentos, hablar con cualquiera de ellos es un riesgo.
Quién sabe qué haría Lukov si se entera de que sigo vivo, o de que sabemos que planea algo para el 22.
Pero hay una forma de averiguarlo.
—¿Puedes desbloquearlo, amigo?
—¡Eso está hecho!
Pongo el móvil cerca del volante, para que Perote solo tenga que separar la mano un momento y poner su pulgar.
Una vez operativo, deslizo el dedo desde la esquina superior derecha para desplegar el menú de opciones, entre las que se encuentra la de modo avión, que se encuentra activado.
Perote me lo dio ya así, y yo lo he mantenido tal cual, pues pensaba que cuanto más tarden sus contactos en darse cuenta de que Gunter está muerto, mejor.
Porque eso incluye a Lukov y Kretowickz.
Me he quedado sin alternativas, y lo poco que he conseguido sacar del teléfono me ha dejado mucho más preocupado que antes.
Así que estoy dispuesto a correr el riesgo de activarlo de nuevo.
Pulso el icono del avión y este cambia de color al instante.
En la barra de notificaciones, el avión desaparece, sustituido por el icono que indica la cobertura.
Tras unos segundos, agarra línea y el iPhone comienza a vibrar con los nuevos mensajes y alertas que le llegan.
Me concentro primero en las llamadas perdidas, buscando si hay alguna de los dos contactos que me interesan.
Son cinco en total, y hay una que corresponde al número de H.
Y entre los chats de WhatsApp también hay nuevos mensajes.
H
Sigue soñando, cabezaraña
Tío, dónde estás?
Tenemos que hablar.
Los dos últimos mensajes han sido enviados hace menos de 40 minutos, lo que coincide con la hora que marca la llamada perdida.
Kretowickz quiere hablar cuanto antes con Gunter, y puede que tenga relación con lo que estén organizando para el 22.
Resoplo, mientras intento pensar qué hacer.
Al conectarme a la red, quedará marcado que el teléfono del alemán ha estado en línea, y si no digo nada, puedo levantar sospechas.
¿Qué hago? Tengo que volver a ponerlo en modo avión, para evitar recibir nuevas llamadas.
Comienzo a teclear una respuesta, que espero me sirva para ganar tiempo.
No puedo hablar. Volviendo a Madrid.
¿Notará Kretowickz que no soy Schmidt? No sé cómo imitar la mezcla de inglés y español, así que me aseguro con frases completas. Entonces, me doy cuenta de las posibilidades y escribo frenéticamente.
Los cerdos me siguen. Dónde podemos quedar?
Apagaré el teléfono para que no me encuentren. Hablamos luego.
Doy a enviar y vuelvo a poner el móvil en modo avión, soltándolo como si quemara.
Lo que acabo de hacer puede ser una trampa tendida hábilmente o la mayor cagada que he hecho nunca.
Recordé cómo Schmidt se refería siempre a los policías como «cerdos»; espero que ese toque sirva para darle un poco más de autenticidad.
No sé si he resultado convincente, pero si logro engañar a Kretowickz y que me diga dónde encontrarlo, lo doy por bien empleado.
Ahora tengo que dejar que la curiosidad pueda con el polaco; el móvil seguirá en modo avión y no lo encenderé de nuevo hasta la noche.