Capítulo 30 #3
La mirada de Blanca terminó derritiendo la resistencia de Perote, que sonrió como un adolescente tras el cumplido.
—Ya en serio, ¿qué pasa con Furiase?
—No te preocupes por él —contestó Blanca—. Ahora… ¿qué te parece si empezamos a diseñar nuestra operación?
Viernes 6 de enero, 08:04 horas
Navezuelas, Cáceres
Cierro la puerta del Astra y cojo los paquetes con los regalos, que he dejado encima del capó.
Con el coche aparcado cerca de la cooperativa, solo tengo que recorrer una corta distancia hasta la casa de mi madre.
Sin embargo, los nervios me traicionan, y tengo que parar para que mi corazón se calme.
Suspiro. ¿Qué pensará ella al verme, después de pensar que estoy muerto?
No he hecho nada para restaurar mi identidad, y sigo con los papeles de Miguel Caballero.
Tendré que solucionarlo en el futuro. Recuerdo algo que me dijo Furiase en el camión, casi de pasada, mientras yo todavía estaba procesando que me dejaba fuera de la operación.
«Hay un abogado al que recurrimos de vez en cuando.
Está en Madrid, trabaja solo, no es de los nuestros pero tampoco es de los otros.
Para cuando necesites que alguien mueva papeles sin que nadie haga preguntas».
No me dio un nombre. Entonces no me importó.
Ahora pienso que tarde o temprano voy a necesitar a ese hombre.
Aspiro el frío aire y contemplo la cara opuesta del valle, llena de robles, castaños y huertos hasta donde alcanza la vista. Vamos, Julián, no lo dudes más. Para eso has madrugado esta mañana de Reyes. Tienes que traer regalos.
La vibración del móvil me distrae. ¿Quién puede ser a estas horas? Blanca y Perote se quedaron en Madrid, terminando de configurar la que será nuestra base. ¿Necesitarán algo?
Tomo el móvil. Es un mensaje de texto de un número que no tengo en la agenda, y su contenido deja más incógnitas que respuestas.
«Ten mucho cuidado, Julián, hay serpientes en el paraíso. Vigila a tus enemigos, y aún más a tus amigos. Baena».
Un mensaje de Óscar Baena, mucho más críptico de lo que me esperaría de él. Según Blanca, cayó en desgracia tras descubrirse que uno de sus hombres era el topo de Lukov y desapareció. ¿Y ahora me escribe eso?
Leo el mensaje tres veces. Cuatro. Cada vez que llego a «aún más a tus amigos» noto algo que reconozco de antiguo: ese instinto que en el GEO aprendí a no ignorar nunca, el que te avisa de que hay algo en la habitación aunque no hayas visto nada todavía.
Baena no es hombre de metáforas. Si dice serpientes, dice serpientes. Si dice amigos, dice alguien concreto.
Guardo el móvil. Cojo los paquetes del capó.
Lucía me espera al otro lado de esa puerta y ahora mismo es lo único que importa.
Pero el mensaje ya está dentro de mí, moviéndose despacio como el veneno que se distribuye antes de que notes que te han mordido.
Sé por experiencia que ese tipo de cosas no esperan.
Que cuando crees que has terminado, es exactamente cuando empieza lo siguiente. Maldito seas, Baena.
Me acerco a la puerta y llamo al timbre. Escucho una voz de mujer mayor al otro lado.
—¿Quién es? —pregunta.
—¡Soy yo, mamá!
La puerta se abre, revelando el rostro sorprendido de mi madre. Sonrío tímidamente, sujetando los paquetes.
—Feliz Navidad, mamá.
—¡Hijo mío! —dice, tras unos segundos, al reconocerme.
Se abalanza contra mí y tengo que hacer equilibrios para que no se me caigan los regalos mientras me abraza y me cubre de besos. Gracias a eso, puedo evitar que las emociones me desborden, pues siento que estoy a punto de llorar.
—¡Es un milagro, mi niño, es un milagro!
No digo nada, y disfruto del cariño de mi madre. Las lágrimas corren por mis mejillas sin que pueda evitarlo.
—¿Abuela? ¿Quién es?
Una vocecita interrumpe nuestro reencuentro.
Mi sobrina Lucía está de pie en el pasillo, vestida con un pijama rojo y sujetando un oso de peluche.
Mi corazón se encoge al ver el fijador externo que sobresale de su pierna derecha, a través de unos agujeros en la pierna del pantalón, hechos sin duda por mi madre.
Toso para aclararme la garganta antes de hablar.
—Soy yo, Lucía, tu tío Juli.
Dudando, la pequeña se acerca a nosotros. En algún momento, debe decidir que es verdad que su tío está vivo, porque nos abraza con todas sus fuerzas.
—Tengo un regalo para ti —digo, entregándole la caja donde está una figura de acción de una guerrera verde con espada de plástico, que espero recuerde—. Me lo han dejado los Reyes Magos, así que he corrido para traértelo temprano. Y recuerda que tenemos un viaje a Disneylandia pendiente.
—Pasa, hijo, que hace mucho frío. —Mi madre deja de abrazarme y entra en la casa—. Tienes que contármelo todo. Estás muy flaco, Juli. ¿Quieres unas perrunillas para desayunar? ¿Y qué te ha pasado en la cara, cómo te has hecho esa cicatriz?
Lucía camina detrás de su abuela, sujetando como puede la caja envuelta en papel de regalo y sin querer soltar su oso de peluche. Yo sigo a ambas, cierro la puerta y cuelgo el abrigo en el perchero. Por fin estoy en casa.