Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

CAPÍTULO

DIECISIETE

Urbanización Marbella Sierra Blanca. Marbella.

Abro los ojos, desorientado. Estoy en una habitación grande…

no, no es una habitación, es un garaje. Veo herramientas colgadas en la pared y una rueda de repuesto.

Incluso huele a gasolina, el aroma debe venir de alguna de las garrafas que hay en la esquina.

Estoy tumbado a ras de suelo, sobre una colchoneta hinchable.

¿Cómo he llegado aquí? Me muevo ligeramente y todos los músculos de mi cuerpo protestan.

Levanto la mano y la llevo a mi cabeza. Duele al tocarla por los golpes que recibí de Schmidt, pero no parece que sea nada grave.

O al menos nada de lo que no pueda curarme con el tiempo, que es más de lo que él puede decir.

¿Qué hora es? No veo ventanas, pero por la claridad que entra por el suelo de la puerta del garaje, ya es de día. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente ?

Estoy reventado. Me gustaría dormir hasta la semana que viene, pero no puedo.

Tengo que salir de aquí y llegar a algún lugar seguro.

Trato de levantarme y, para mi desgracia, lo hago demasiado rápido.

Todo me da vueltas, así que me dejo caer con un quejido sobre la colchoneta, antes de que vaya a mayores.

Parece que estoy más tocado de lo que quiero admitir.

Lo intento de nuevo, ahora con más cuidado. Aunque no sea la forma más digna, ruedo para quedar boca abajo y ahí me apoyo sobre las manos para levantarme muuuy despacio. Estoy a cuatro patas, tomando aire antes de ponerme de pie, cuando se encienden las luces.

—¡Estás despierto! Ya era hora, joé .

Giro la cabeza hacia la entrada que conecta el garaje con la vivienda, donde veo una cara conocida.

—Igual no te lo crees —digo, con la voz ronca—, pero me alegro mucho de verte, Perote. ¿Podrías echarme una mano?

Se acerca hacia mí y me coge por los hombros, ayudándome a levantarme.

Me apoyo sobre él, hasta que mi cuerpo se acostumbra de nuevo a la posición vertical.

Noto un amago de náusea, pero poco a poco se me pasa.

Me ofrece una botella de agua y bebo un sorbo: el líquido hidrata mi boca y mi garganta.

No me atrevo a tomar más hasta que me recupere del todo.

—¿Dónde estoy?

—En la casa de mi colega —responde—; tú tranquilo, está todo controlao .

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Yo te traje a cuestas, tío —dice, con un deje de orgullo—.

Después de que te fueras, estuve haciendo un poco de bisnes con mi gente, pero en cuanto pasó un rato sin saber nada de ti, me preocupé.

Salí afuera de la casa, pa ver si te encontraba, pero no estabas por ningún sitio.

Pensé que igual te habías logrado meter en la villa del alemán, así que allí que fui. ¿Y sabes qué me encuentro?

—Sorpréndeme —digo, estirándome con cuidado.

—¡Una guiri tetona en bikini corriendo por la calle como si la persiguiera el diablo! —dice, riéndose y mostrando su dentadura irregular—. Encima viene hacia mí, pidiéndome ayuda con un acento raro, y yo luchando para mirarla a los ojos, pero tío, era imposible. ¡Menudas peras!

Para dar más énfasis, pone sus manos frente a él con los dedos entrecerrados.

—Al grano, Perote, no necesito esos detalles.

—Vale, vale, como quieras. El caso es que dice que un loco ha entrao en la villa, que está peleando con su novio o yo que sé, y que llame a la policía.

En esas, yo me hago el duro y le digo «Tranquila, muñeca, yo me ocupo» y voy hacia la casa, porque ya me presupongo que estás haciendo de las tuyas.

—Mientras hablamos, me ayuda a salir del garaje, por un pasillo que lleva al recibidor de la casa de su amigo—.

Cuando llego, te encuentro tirao en un charco de barro en la entrada, con el alemán a dos pasos, del mismo color de una pasa. ¿Qué le hiciste, tío?

—Lo que se merecía, ni más ni menos —contesto.

—No, si hasta ahí llego. Me refiero a que eres un tirillas. ¿Cómo pudiste con ese bigardo?

Y me lo dice él, que no debe pesar más de sesenta kilos.

Hemos llegado a una sala de estar que da a un jardín bien cuidado, en la que hay dos sillones de cuero rodeando una mesa de cristal. Por algún motivo, ambos están cubiertos con unas fundas de plástico transparente. Perote me ayuda a sentarme en uno de ellos.

—¿Y eso es todo? ¿Llegaste, me viste en el suelo y me recogiste? —digo, ignorando su pregunta .

—Bueno, aproveché para meterme al interior de la casa y observar un poco el percal —me guiña un ojo—.

Pero no me estuve mucho rato, porque oía ruido dentro y no me iba a arriesgar a que viniera la pasma.

Así que te cogí a hombros y te traje a cuestas.

Cuando llegué, convencí a mi colega para que te dejara recuperarte aquí.

Eso sí, no me dejo llevarte a una cama; estabas más sucio que un cochino, así que montamos una colchoneta en el garaje, donde pudieras descansar.

La verdad es que tiene razón. Mi ropa está completamente embarrada y en mis manos y cabeza hay costras de barro seco. Resoplo, conteniendo la risa, ante el espectáculo que debo ofrecer. No me extraña que su amigo haya envuelto estos sillones.

—Gracias, Perote. Has hecho lo correcto.

—Y espera que todavía no he llegao a lo mejor. Quédate aquí un momento.

Se marcha de la sala y yo apoyo el cuello en el respaldo del sillón.

Ahora que ha pasado todo, me reprocho haber sido tan impulsivo y actuar sin un plan, ni ningún tipo de preparación.

Podrían haber pasado mil cosas y todas ellas en mi contra.

Me da igual por donde lo mire, lo de anoche fue una chapuza que me podría haber costado la vida.

Pero Gunter Schmidt ya no está en este mundo. Dado el resultado final lo tomaré como una victoria. Vive y aprende para la próxima vez. De tus aciertos y sobre todo de tus errores.

En ese momento, Perote regresa a la sala con un bulto envuelto en papel de aluminio, que me ofrece con una sonrisa. Alzo una ceja, pensando qué puede ser eso. Él hace un gesto, insistiendo para que lo coja. Lo tomo con las manos y lo desenvuelvo, encontrando dentro mi pistola.

—¿Es tuya, tío? No estaba seguro, así que la pillé con un pañuelo para no dejar huellas, no sea que… ya sabes. Y para evitar problemas con mi colega, la envolví con albal y la guardé en la nevera, detrás de unos táperes.

Ahora sí que no puedo evitar reír, con unas buenas carcajadas. La imagen del arma envuelta en papel de aluminio escondida tras un táper de sobras es algo que no se me habría ocurrido en la vida. Lo bueno es que Perote se me une en las risas, así que sé que no lo he ofendido.

—Sí, es mía —digo, cuando logro calmarme—. Fíjate si estoy todavía tocado que ni me había acordado de ella. Has sido muy astuto con lo de las huellas —digo para animarle.

—El Perote controla, tío —dice, con una sonrisa de oreja a oreja—. Incluso le expliqué a tu amigo que estabas bien, que no se preocupara.

—¿Qué amigo?

El buen humor desaparece de mi rostro al instante, y Perote se pone serio.

—El que te llamó al móvil. —Me lo entrega, con cara de circunstancias—. Lo hizo un montón de veces, tienes no sé cuántas llamadas perdías .

—¿Qué fue exactamente lo que le dijiste, Perote? —Desbloqueo el móvil y compruebo que es Furiase quién me ha llamado. ¡Maldición!

—Primero me preguntó quién era yo y le dije que tu ayudante. Después preguntó por ti y le conté que estabas ocupao , pero que estaba todo en orden, que estuviera tranquilo. ¿Qué más? ¡Ah, sí! Me dijo que lo llamaras cuanto antes, o que tendría que venir a buscarte.

—De acuerdo, eso es lo que voy a hacer. —Suspiro—. ¿Te importaría dejarme a solas, por favor?

Sé que no es culpa de Perote, que me hace caso y se marcha de la habitación, pero lo cierto es que lo último que me apetece ahora es hablar con Furiase.

Sin embargo, no tiene ningún sentido dejarlo para más tarde.

No cabe duda de que, tras el encontronazo con Blanca, ha decidido tomar cartas en el asunto.

Por lo menos, todavía no debería saber nada de Schmidt.

Ni siquiera sé si la policía lo ha descubierto o no, aunque el mero hecho de que esté aquí sentado tranquilamente debería ser prueba suficiente de que todavía no.

Joder, me duele la cabeza y no es de pensar. Acabemos con esto. Aprieto los dientes y selecciono el contacto de Furiase para llamarlo. Me pongo el móvil a la oreja y escucho los tonos de llamada hasta que se conecta.

—No estoy acostumbrado a que me hagan esperar —dice, nada más descolgar.

—Lo siento —miento—, pero no me encontraba en situación de contestar. He estado de fiesta, que es lo propio en esta ciudad, por lo visto.

—Julián, por favor, nada de tonterías. Los dos tenemos ya pelos en los huevos. ¿Y quién contestó cuando te llamé esta mañana? ¿Qué es eso de tu ayudante?

—Es un amigo que he conocido aquí. —Incluso a mí me parece tan endeble lo que acabo de decir que intento reforzarlo—. Vamos, más que amigo, un guía, para moverme mejor por Marbella.

—¿Y qué cojones haces en Marbella?

—Turismo.

Durante unos instantes, no hay más que silencio al otro lado de la línea.

—¿Esas tenemos? —espeta Furiase de repente—. Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así es cómo me lo pagas? ¿Mintiéndome a la cara, desgraciado ?

Suspiro antes de contestar.

—Lo siento, de verdad.

—No te atrevas a decir que lo sientes —me interrumpe—. ¿Cómo se te ocurre trabajar con Óscar Baena? Ese hombre es un demonio.

Por una vez, estar tan machacado juega a mi favor, y la vergüenza que siento al verme descubierto se camufla con el resto de dolores. Bueno, dado que Furiase lo sabe, no tiene sentido seguir dando vueltas.

—Es el demonio que me ofreció el mejor trato —respondo—. Bastante mejor que el que me daba otro demonio que conozco.

—Cuidado, Pizarro —dice con voz fría—. No me compares con ese hijo de puta, somos muy distintos.