Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

CAPÍTULO

DIECISÉIS

Urbanización Marbella Sierra Blanca. Marbella.

Me oculto de nuevo detrás del pinsapo. El volumen del reguetón es más alto que nunca, ahora que el sonido ya no está encerrado en la casa.

Las ramas del árbol están llenas de hojas, pero su distribución irregular hace que haya algún hueco por el que alcanzo a ver cómo sale una persona de la casa.

Agachado como estoy, no puedo distinguir más que sus piernas, vestidas con un pantalón azul oscuro.

—¿Dónde vas, Gunter? —grita una voz femenina desde el interior de la casa.

—¡Estoy meando, déjame en paz! —contesta con voz ronca el hombre que está en el exterior, girando el cuerpo hacia la casa—. Nutte —añade en alemán, bajando la voz.

El tipo se gira de nuevo y camina hacia el árbol donde estoy oculto.

Muevo mi cabeza a izquierda y derecha, buscando algún sitio donde poder ocultarme, sin éxito.

Decido acuclillarme tras el pinsapo. Es más fácil que me descubra si intento regresar hacia la línea de arbustos, que corre paralela al muro, que si me quedo donde estoy.

En ese momento, soy consciente de la auténtica gravedad de mi situación: no solo estoy cometiendo un delito de allanamiento de morada, sino que llevo una pistola que no es mía y sin licencia, y eso es tenencia ilícita de armas de fuego.

Ambos son delitos castigados con penas de prisión.

Si me atrapa la policía, estoy metido en un buen lío.

Mientras estoy maldiciendo mi mala cabeza, el hombre que salió de la casa ha llegado hasta el árbol.

Desde esta postura ya no puedo verlo, pero escucho sus pies sobre la gravilla que rodea el pinsapo.

Se ha detenido, y lo que suena ahora cerca de mí es el rascar de un mechero.

Una, dos veces. Tras unos segundos, lo que oigo es una cremallera bajando y poco después, un chorro de líquido cayendo sobre el suelo.

Agradezco que las ramas nos separen, lo último que querría es que un desconocido me mease encima.

Por si fuera poco, el olor del porro que se acaba de encender entra en mis fosas nasales.

Tras lo que parece una eternidad, el sonido de la cremallera subiendo indica que ya ha terminado con su micción.

Estupendo, ahora vuelve a la casa y no tendremos ningún problema.

El hombre se aleja lentamente. Parece que prefiere disfrutar del fresco de la noche antes que volver a la casa.

Cuando escucho que sus pasos salen de la zona de gravilla, me permito relajarme un poco, y suelto aire en silencio.

Atisbo por entre las ramas y, aunque no distingo nada más allá de una pierna, es evidente que se está alejando.

Me muevo un poco hacia el lado para asomarme por el borde de la silueta del pinsapo .

Es solo un segundo, pero lo que veo me hiela la sangre: el tatuaje de una tela de araña cubriendo una cabeza rapada.

La operación de reconocimiento y todos los planes que había pensado para este momento se desvanecen, tapados por un velo de furia que lo inunda todo.

Sin pensarlo, saco la Glock de su pistolera.

Schmidt está caminando de vuelta a la casa al tiempo que se rasca el culo.

El pantalón azul oscuro que llegué a entrever antes es de tela, y está acompañado de unos zapatos negros brillantes.

De cintura para arriba solo lleva una camiseta blanca de tirantes que deja al aire unos brazos rocosos llenos de tatuajes, terminados en unas gigantescas manos de gorila.

Me levanto y salgo detrás del árbol. Alzo la pistola y doy un paso hacia él. Qué fácil sería pegarle un tiro ahora mismo. Una pequeña parte de mi mente me dice que lo haga, que me deje ya de tonterías y que acabe con él. Pero otra grita todavía más fuerte «¡Eso no es suficiente!». Y tiene razón.

—¡Schmidt! —grito, alzando mi voz por encima de la música.

El alemán se detiene y se gira. En su rostro hay una leve mueca de asombro, que disimula dando una calada a su porro.

—¿Quién coño eres tú?

Por un momento, el sorprendido soy yo, pero solo por un momento. Es normal que no me reconozca, después de las operaciones. Además, para él estoy muerto. Ya es hora de sacarlo de su error.

—Tienes mala memoria —digo, acercándome despacio y sin dejar de apuntarle a la cabeza—. Pero yo no te he olvidado a ti, como tampoco he olvidado a tu colega Hans Kretowickz, o a Dmitri Lukov.

Schmidt da una calada más y tira la colilla al suelo. La pisa y gira el zapato sobre ella con tranquilidad, como si estuviera esperando el autobús.

—Tendrás que darme alguna pista más, amigo —dice—. Hemos jodido a muchos entre los tres.

—No me cabe duda. —Me detengo a cuatro metros de distancia y sujeto la pistola firmemente con ambas manos.

—¿Qué te pasa, Gunter, por qué no vuelves? —grita la misma voz femenina desde el interior.

—Relájate, zorra, volveré cuando me salga de las pelotas —responde con su pronunciada entonación germana—. Ahora ¿vas a decirme por qué estás aquí o prefieres que lo hablemos dentro? —El muy estúpido sonríe mostrando sus dientes frontales separados—. Tengo putas, drogas y whisky.

—Olvídalo. —Tengo que llevármelo de aquí; quién sabe qué pueden hacer los del interior de la casa—. Vamos a hacer una excursión tú y yo.

—Tú mandas, jefe. ¿A dónde vamos?

Debería pensar qué hacer con él y dónde llevarlo; sin embargo, tengo que hacer un esfuerzo para no apretar el gatillo. Schmidt parece que se da cuenta, y alza los brazos con expresión burlona.

—¿Puedes darte prisa? No tengo toda la noche.

Mi respiración se acelera y aprieto los dientes. El sonido del puto reguetón no me deja concentrarme y solo quiero matar a este cabrón. Pero antes tiene que saber por qué.

—Hace cinco meses. La Gomera. ¿Te suena, hijo de puta?

Ahora sí, un atisbo de reconocimiento pasa por su rostro.

—Ahh, tú eres el cerdo que fuimos a matar. Así que era verdad que estabas vivo…

Varios gritos de terror de mujer me interrumpen antes de que pueda decir nada.

Por la puerta de la casa han aparecido tres mujeres en bikini chillando como posesas, las mismas que vi antes en la terraza.

Cometo el error de fijarme en ellas, y él aprovecha ese segundo para cargar hacia mí como un toro, arrollándome y tirándome al suelo.

¡Idiota! ¡Levántate, no le dejes que se ponga encima de ti!

Su puño se alza y cae. Siento un fuerte golpe sobre mi mano derecha.

El dolor hace que suelte el arma. Me revuelvo y giro para evitar que Schmidt pueda colocarse sobre mí.

¡No hay tiempo, reacciona! Alzo mi cabeza con todas mis fuerzas y golpeo con mi frente sobre su cara.

Noto cómo choco con su nariz, que cede y se rompe.

El golpe me duele, y espero que a él también.

Pero lo importante es que hace que se aparte de mí, y consigo el espacio necesario para levantarme.

Mi cabeza retumba tras el cabezazo y tengo que parpadear varias veces para ajustar la visión.

El alemán se endereza la nariz, que chorrea sangre sobre su camiseta blanca.

El cabrón ríe; creo que me habla, pero no estoy escuchando.

Mi mente busca una manera de acabar con él, aunque a priori lleva las de ganar, pues me saca varios kilos de músculo.

Mi arma anda por el suelo, pero no me atrevo a apartar la vista de mi enemigo.

Retrocedo unos pasos mientras el alemán grita, y saco la navaja táctica, que había quedado guardada en el bolsillo de mi chaqueta.

La abro de un solo movimiento y me coloco de costado, en posición de ataque.

Schmidt observa la hoja y se pone serio. Ven a por mí si te atreves, cabrón.

El pinsapo ha quedado a mi espalda, así que ya solo puede atacarme de frente.

Se mueve hacia mi derecha, con los brazos extendidos.

Lanzo un corte hacia el más cercano, que esquiva fácilmente.

Tengo que tener cuidado; si me agarra con esas manazas, ya no podré soltarme.

Giro para mantenerme frente a él, y el árbol queda ahora a mi izquierda .

Entonces, siento una mano intentando agarrarme la chaqueta y me retuerzo. Una de las mujeres se ha colocado detrás de mí y me sujeta el brazo derecho.

—¡Acaba con este malparido, Gunter! —exclama a voz en grito cerca de mi oído, lo que me hace más daño que su presa.

Me zafo de la mujer, con la buena fortuna de que termina tirada en el suelo, entre Schmidt y yo, evitando que el alemán pueda alcanzarme.

Debo terminar con esto lo más rápido posible.

Mi cabeza me duele tras el golpe de antes, y solo soy capaz de mantenerme en pie por la adrenalina.

Retrocedo varios pasos por el césped para ganar espacio, en dirección a la línea de arbustos cercana al muro.

Mi pie se enreda con algo y trastabillo. ¡Mierda!

El alemán aprovecha para acercarse, intentando placarme de nuevo, pero coloco a tiempo la hoja y se detiene.

Estiro la pierna, tirando de lo que me retiene.

No cede, y tiro con más fuerza, hasta que al final algo se rompe.

Escucho un chorro de agua, ¿qué coño pasa?

Cuando poso el pie a un lado, lo hago sobre un charco.

¡Eso es! Me debo haber cargado el sistema de riego automático.

El agua sigue fluyendo y Schmidt me mira.

Tras él, la mujer que intentó atacarme se ha levantado y corre fuera de la villa.

—¿Sabes lo más divertido? —dice el alemán—. El caso es que no pareces el cerdo que matamos. ¿Acaso eres su hermano?

—Matasteis a mi familia, cabrón —digo, moviéndome en círculo.

—Son gajes del oficio —contesta, encogiéndose de hombros e imitando mi movimiento para seguir quedando frente a mí.

—Voy a matarte, maldito bastardo. Y después iré a por Kretowickz y Lukov.

—¿Cómo decís los españoles? Mucho quieres hacer tú …

Mientras hemos estado hablando, el terreno que pisamos se ha enfangado por completo.

El chorro de agua del sistema de aspersores ha formado un pequeño lago embarrado, y cada segundo que pasa está peor.

Creo que puede servirme; la semilla de un plan se ha formado en mi cabeza.

El alemán estira el brazo, buscando mi lado derecho.

Salto hacia un lado y lanzo un tajo con la navaja para alejarlo, que él también esquiva.

Durante unos frenéticos segundos, repetimos esta danza mortal, girando uno alrededor de otro.

En uno de los envites, le hago un corte en su antebrazo derecho.

En otro, es él quien está a punto de agarrarme.

Cada vez soy más lento, pero él parece igual de fresco que al principio.

Este es el momento. Puede que no tenga otro.

Me cambio la navaja a la mano izquierda.

Aunque no es mi mano fuerte, todavía tengo la derecha sentida del puñetazo que me dio al principio de la pelea y me molesta a la hora de agarrarla.

No sé cómo he sido capaz de sujetarla todo este tiempo, pero no puedo arriesgarme a que se me caiga, como la pistola.

Como esperaba, Schmidt lo ve e interpreta como un signo de debilidad, o eso quiero entender de su sonrisa.

Bien, cabrón, muerde el anzuelo.

De repente, mi adversario grita y se tira hacia mi costado derecho que ahora está teóricamente más desprotegido. Justo lo que quería que hiciera. Y ahora hago lo que él no se espera.

En lugar de esquivarlo echándome a un lado como llevamos haciendo un rato, suelto la navaja y agarro sus brazos al mismo tiempo.

Añado mi impulso a la inercia que lleva él y los dos caemos en el charco que se ha formado, conmigo encima del alemán.

Antes de que pueda hacer nada, empujo su cabeza con mi mano y la hundo bien en el fango.

¡Come barro, hijo de puta! Aparte de ser satisfactorio, ahogarle así me dará unos segundos extra para recuperar el aliento.

Los aprovecho también para pasar mi brazo derecho alrededor de su cuello, presionando contra la nuez, y el izquierdo sobre su cabeza.

Sujeto firmemente mi codo izquierdo con la mano derecha y empiezo a estrangularle.

Schmidt sabe lo que le espera y se revuelve, pero resisto, apretando cada vez más.

Trata de meter sus dedos entre mis brazos, pero no tiene espacio.

Además, el barro y el nerviosismo ante una muerte segura hacen que sus dedos resbalen.

En un alarde de fuerza bruta, se levanta conmigo a horcajadas, y se mueve intentando hacerme caer.

Yo me abrazo con las piernas, sin dejar de ejercer presión.

Echa sus manazas hacia atrás, tratando de agarrarme sin éxito.

Encuentra mi cabeza y alcanza a darme un puñetazo. Escupo sangre, salada y metálica.

Pero no cedo y sigo apretando. El alemán cae de rodillas y yo mantengo el cerrojo, notando cómo su resistencia desaparece.

Los golpes que me da ahora apenas tienen fuerza.

Está muerto y lo sabe, así que intenta meter los dedos de su mano derecha en mis ojos como última esperanza.

Sin embargo, ya no le queda energía y me resulta sencillo apartar la cabeza para que no llegue.

Además, lo hago pegándome a él, para que lo último que oiga en este mundo sea mi voz.

—Púdrete en el infierno.

Los brazos de Schmidt cuelgan de su cuerpo y el alemán deja de moverse. Aunque podría ser un truco. Para asegurarme, continúo apretando su cuello un minuto más.

Solo por si acaso.

Cuando quiero soltarle, al principio mis brazos no quieren responder. Los tengo tan agarrotados de la fuerza que he utilizado que soy incapaz de moverlos. El cadáver del alemán, con su rostro amoratado, cae al suelo .

Lo hice, Carol, me cargué a uno de los que te mataron. Solo quedan dos. Y te juro que no descansaré hasta que lo haga.

Pero antes tengo que recuperar mi pistola. Me tambaleo hacia el pinsapo para buscar por esa zona, pero me detengo tras unos pasos. Todo me da vueltas. Apoyo las manos sobre mis piernas y respiro hondo. Tengo que recuperarme, no pueden encontrarme al lado del hombre que acabo de matar.

Pero todo se vuelve negro y dejo de pensar.