Capítulo 15
CAPÍTULO
QUINCE
Marbella.
—Tienes que ir recto, tío, nos quedan como cuatro kilómetros hasta que tengamos que tirar a la izquierda.
Continúo por la A-7 hasta que Perote me indica que tome la salida 182.
Salimos de la carretera y, tras pasar una rotonda, entramos en una urbanización, aunque no es todavía Sierra Brava; parece que hasta en el lujo hay clases.
Conduzco despacio, pasando casas de dos plantas, de una, con vallas de cemento o con árboles ejerciendo de barrera.
Cada una es de su padre y de su madre; por lo visto, durante la época del GIL en el gobierno de la ciudad, se olvidaron de intentar buscar algún tipo de uniformidad en las construcciones.
A medida que nos acercamos a la sierra, el paisaje cambia de forma gradual: las casas son cada vez más grandes, y si antes aparecía algún cartel de «Se vende», ahora hace bastante tiempo que no vemos ninguno.
El espacio entre los chalés también ha crecido, lo que indica a las claras el mayor poder adquisitivo de la gente que vive en esta zona.
Y las barreras entre ellas también son de mejor calidad, con una base de ladrillo encalado de un metro sobre el que se plantan las rejas, cubiertas muchas de ellas con todo tipo de vegetación.
Finalmente, llegamos a un cruce amplio y bien señalizado, con un cartel enorme que pone «Marbella Sierra Blanca» en letras blancas sobre fondo negro al frente.
A la derecha está el camino hacia Sierra Blanca, pero a nuestra izquierda hay una garita blanca de obra con la misma leyenda, además de un cartelito amarillo con el icono de una cámara y otro azul con el nombre de una empresa de seguridad.
Al lado de la garita hay algunos coches aparcados, incluyendo uno con el logo de esa misma empresa.
Un hombre uniformado de gesto serio está saliendo de ella, haciéndonos un gesto para que nos acerquemos.
—Yo me encargo, tío —dice Perote—, deja que ya hablo yo con él, aunque me hará falta guita . ¿Tienes cincuenta pavos ?
—¿En serio? —digo, apretando con mis manos el volante—. Ese no tiene pinta de dejarse sobornar.
—Confía en mí, hermano, lo tengo controlao . Tú déjame la pasta.
El guardia que sale de la garita tiene cara de pocos amigos.
Tengo que tomar una decisión rápida, aunque la verdad es que no hay mucho que decidir.
Si quiero encontrar a Schmidt, ahora mismo es mi mejor opción.
Saco un billete de la cartera y se lo paso a Perote, que se baja del coche y se dirige muy animado hacia el guarda.
Mientras habla con él, yo mantengo el vehículo en marcha, por lo que pudiera pasar.
La expresión del guardia va pasando poco a poco de la seriedad al interés, hasta que al final sonríe.
En ese momento, Perote se echa mano al bolsillo y saca el billete, junto con una pequeña bolsa de plástico.
Estrecha la mano del guardia con vehemencia y cuando vuelve al coche, lo hace con las manos vacías.
El guardia inclina la cabeza y regresa a su garita.
—Ya está. ¿Ves como no era pa tanto?
—Te la has jugado mucho —contesto—. ¿Y si no hubiera aceptado?
—Estás hablando con Perote —dice—. Estaba pactao con mi cliente, yo solo sigo el plan. ¿Nos vamos?
Giro a la derecha y me meto por la calle que entra en Sierra Blanca.
Nada más avanzar unos metros, veo lo que parece un palacete grecorromano de mármol blanquecino, con cuatro columnas en la fachada.
Y es solo el primero de los excesos que me encuentro mientras conduzco, siguiendo las indicaciones de Perote.
Las viviendas que podemos ver desde la carretera son a cual más ostentosa, con otras que quedan ocultas por las palmeras y las vallas.
Eso sí, en todas las puertas, puedes ver cartelitos azules indicando que están protegidas por una u otra empresa de seguridad.
Es más que evidente que hay mucho dinero en estas casas.
Tras diez minutos moviéndonos por la urbanización, Perote me indica que me pare frente a una entrada de garaje completamente pintada de blanco, tras la que se adivina una casa inmensa de dos pisos, con una terraza en la parte superior mayor que muchas viviendas normales.
Al lado de la entrada del garaje, hay una reja negra con un portero automático y una baldosa cerámica encima que pone «Casa La Caleta».
Nos bajamos del coche y Perote llama al telefonillo.
Contemplo las vistas: hemos subido bastantes metros y entre las luces de las casas que han quedado por debajo y la iluminación que hay en las calles principales, la noche no parece existir en este lugar.
Eso sí, todos los chalés que puedo ver son de un lujo extremo y prohibitivo para el español medio.
—Perote…
—Un segundo, hermano. —La puerta de la casa da un pitido y se abre unos centímetros. Perote se gira hacia mí—. Listo, voy a ver a mi colega y traerle lo suyo. ¿Seguro que no quieres pasar?
—Totalmente —respondo con seriedad—. ¿Dónde vive Schmidt?
—Vale, vale. —Se encoge de hombros—. Desde aquí puedes acercarte fácilmente a la villa donde está el alemán.
Puedes ir hasta andando. Baja por esta misma calle y giras a la derecha; luego es la primera a la izquierda.
Estamos en el borde norte de Sierra Blanca, son las últimas villas de la urbanización, el resto es todo campo hasta que empieza la montaña.
—Muy discreto —reflexiono—. Quédate aquí; haré un reconocimiento. Hablamos después.
Sin decir nada más, Perote se mete en la casa de su «colega» y me deja solo.
Se ha levantado un poco de viento y me subo el cuello de la chaqueta.
Camino por la calle, bajando por donde me ha dicho.
Si antes pensaba que la noche no existe por aquí, estaba equivocado.
Pasada la luz de las farolas en la calle que tengo enfrente, hay una muralla de negrura formada por la sierra.
A estas horas, el aire frío que baja de la montaña hiela mis senos nasales.
Me paro un momento cuando llego a la intersección: hacia la derecha, la calle está despejada y no hay ni un alma.
Frente a mí, un muro sigue la calle, cerrándola.
Como a sesenta metros está el giro a la izquierda que debería tomar, si es que quiero ir por ahí.
Sin embargo, nunca está de más buscar alternativas, así que abro la aplicación de mapas del móvil y espero un instante a que me localice.
Como esperaba, la cobertura aquí es excelente y apenas tarda un par de segundos.
Que no les falte de nada a los vecinos de Sierra Blanca.
Cambio el tipo de mapa de predeterminado a satélite, y contemplo desde las alturas cómo es la villa donde se encuentra Schmidt.
Es una mansión en forma de U, con una piscina al sur y un jardín bastante amplio.
Se accede por un camino situado al norte, que imagino estará vallado.
La finca da por su lado oeste a la montaña.
Alzo la cabeza y contemplo el muro. Son como dos metros y medio de altura y, según el mapa, detrás hay puro campo.
Un rápido vistazo a los lados me confirma que estoy solo.
Guardo el móvil en el bolsillo y cojo carrerilla.
Salto y apoyo el pie sobre la pared, para impulsarme todo lo posible.
Mis manos agarran la parte superior y hago fuerza con los dedos para alzarme y apoyar un brazo.
La pared es bastante lisa, pero hay algunas irregularidades que aprovecho para ayudarme y alzar mi cuerpo.
Con un último esfuerzo, logro subir una pierna y encararme arriba del todo.
Recupero el aliento mientras descanso unos segundos, a horcajadas.
Ahora tengo que dejarme caer al otro lado; hay luna creciente y ayuda algo, pero este lado está oscuro como boca de lobo, así que saco el móvil y enciendo la linterna.
No llego a ver bien el suelo, pero al menos no distingo ninguna zarza o chumbera, solo arbustos.
Lo último que necesito es lesionarme al bajar, así que me agarro de la parte superior del muro y me descuelgo por el otro lado, hasta que mis brazos quedan estirados por completo.
Debo estar a algo más de medio metro de altura pero, en la oscuridad, bien pudiera ser el triple. Con un rezo silencioso, me suelto.
Afortunadamente, caigo sin problema, más o menos cuando esperaba y flexionando las piernas para absorber el impacto.
Me estiro despacio, sorprendido de que me haya salido bien esta jugada.
Enciendo la luz del teléfono y examino los alrededores.
Compruebo que apenas a unos palmos de donde estoy hay una roca puntiaguda en el suelo.
Si llego a caer sobre ella, quién sabe qué habría pasado.
He tenido mucha suerte, tengo que evitar estos riesgos estúpidos en el futuro.
Guiándome con la linterna, camino en la oscuridad en dirección a la villa.
Está tapada por los árboles, y supongo que detrás de estos habrá algún tipo de valla.
Lo cierto es que voy sin ningún tipo de plan, guiándome por impulso pero no me preocupa.
El hecho de estar avanzando en mi misión de venganza hace que la rabia de mi interior se calme.
El peso de la Glock en su pistolera me reconforta sin necesidad de tocarla y me siento capaz de enfrentarme a cualquier cosa.
Según me acerco a la casa, comienzo a escuchar un sonido que tardo unos segundos en identificar.
Es música de reguetón, que procede de dentro de la villa.
Parece que están celebrando una fiesta salvaje en el interior.
Perfecto, con ese escándalo será mucho más difícil que se den cuenta de que estoy aquí, mientras busco alguna forma de entrar y comprobar si está Schmidt.
Llego al muro exterior que rodea la finca.
Este es de tres metros y medio de alto, pintado de blanco de arriba abajo, con las copas de los árboles situados en el interior de la villa sobrepasándolo. Me da que este no voy a poder saltarlo.
Me acerco a examinarlo. Está bien rematado y la superficie es prácticamente plana, por lo que escalarlo también queda descartado.
Camino en dirección norte; según el mapa, estoy pasando al lado de la zona de jardín y la piscina, y me acerco a la villa principal.
El aumento de volumen del reguetón me lo confirma, pero sigo sin encontrar ningún punto por el que pueda pasar al otro lado.
La vegetación alrededor de la base ha sido desbrozada, y los árboles más cercanos están demasiado lejos, dejándome prácticamente sin opciones.
Pero hay una diferencia, y me acerco a la pared para comprobarlo.
El escayolado en esta zona tiene pinta de ser más antiguo, con algunos lugares en los que las humedades y el viento han formado irregularidades.
Me acuclillo y palpo con la mano una de ellas, como a medio metro del suelo.
Se siente frágil, y solo necesito rascar un poco para que caiga un trozo de la capa que cubre los ladrillos.
Saco mi navaja táctica y uso la punta rompecristales para golpear en ese punto.
Solo necesito dar unos cuantos golpes para llegar al ladrillo y crear un agujero donde podría caber la punta de mi bota.
No es lo más ortodoxo, pero creo que puedo conseguir crear mis propios asideros para escalar este muro.
No es el mejor de los planes, pero es el que tengo.
Busco otra zona adecuada y hago un nuevo agujero a unos setenta centímetros del suelo que, junto al anterior, me servirán como base.
Después voy haciendo nuevos orificios a intervalos regulares, hasta que llego a la altura de mi cabeza.
Cuando he terminado, contemplo mi obra. Son asideros rudimentarios, incluso chapuceros, pero cumplirán con su función.
Agarro la navaja con la boca, notando un regusto metálico, y apoyo firmemente mi bota izquierda en el primer agujero.
Lo utilizo para impulsarme y agarrarme con la mano opuesta al asidero superior, al tiempo que coloco mi bota derecha en el siguiente.
Con la mano libre, tomo la navaja y me dedico a perforar otro agujero, por encima de los que ya había hecho.
Termino, me pongo la navaja en la boca de nuevo y subo un nuevo escalón, repitiendo la misma operación en el lado contrario.
Sin prisa pero sin pausa, llego a la cima, ya bastante cansado.
Con un último esfuerzo, me encaramo y apoyo mi vientre sobre ella, mientras recupero la respiración y observo la villa al otro lado.
A diferencia de antes, este lado está plenamente iluminado por varios focos situados en el jardín, y las propias luces de la casa, una de las más lujosas que he visto nunca.
Parece una mansión estilo mediterráneo, con casi todo construido en una única planta, a excepción de un bloque central en el que destaca una espaciosa terraza.
En esta hay tres mujeres ligeras de ropa bailando al ritmo de la música, que ahora puedo escuchar a pleno volumen.
Por suerte, ninguna de ellas está mirando en mi dirección pero no puedo arriesgarme, así que compruebo rápidamente que no hay nada peligroso debajo de mí, para salir de esta posición comprometida cuanto antes.
A este otro lado, el césped exquisitamente cuidado llega prácticamente hasta el muro, así que me descuelgo y me dejo caer, rodando en dirección a una fila de arbustos que rodea la casa por este lado.
Aguardo unos segundos hasta que estoy seguro de que no me han visto, y alzo ligeramente la cabeza por encima de la vegetación para explorar mi entorno.
La altura y el ángulo de visión me impiden ver a las mujeres, pero también me oculta de ellas, a no ser que se asomen por el borde de la terraza.
Delante de mí hay un espacio vacío de unos diez metros hasta una de las paredes de la villa, en la que se recortan cuatro ventanas verticales, dos de las cuales están iluminadas y entreabiertas.
Siguiendo la línea de arbustos tras la que me oculto, a la derecha, hay un árbol situado frente a la esquina de la casa, un pinsapo que tendrá fácil unos doce metros de altura y hacia el cual me desplazo, tratando de permanecer oculto.
Llego al árbol y me escondo detrás de sus ramas, que se extienden casi hasta el suelo.
La música sigue a todo trapo, con el cantante hablando de «perreo a lo bruto, a lo cavernícola».
Yo me concentro en recuperar el aliento y calmar el pulso.
Cuando lo hago, me asomo por detrás del árbol.
Ante mí se extiende una zona ajardinada, que termina en un porche de madera con varias tumbonas iluminadas por una farola, que da a lo que parece la puerta principal.
Y de repente, esa puerta se abre.