Capítulo 14
CAPÍTULO
CATORCE
Marbella.
— Joé , qué bueno está esto. ¡Jefe, ponme un bocata de carne mechá, hazme el favor!
Observo a Perote engulliendo la última de las aceitunas que había en el plato.
Siendo España y más una ciudad turística como Marbella, no tardamos mucho en encontrar un bar para poder hablar tranquilos, pero se empeñó en comer algo antes.
Me he sorprendido a mí mismo aguantando pacientemente mientras devoraba las raciones que nos pusieron con las bebidas, pero ya es suficiente.
—Perote —digo, agarrándole del brazo—, has comido bastante. Es hora de que empieces a hablar.
—Vale, tío, vale —dice, masticando—. ¿Qué quieres saber?
—Empieza por contarme cómo te enteraste de que buscaba a Schmidt .
—¿Se llama Schmidt? —dice con cara de sorpresa—. No lo sabía, yo solo lo conozco como el alemán.
—Te escucho.
—Bueno, uno tiene que dedicarse a algo en esta vida. —Se pasa la mano por el pelo mirando a otro lado—. Yo trapicheo un poquito por aquí y otro poquito por allá, ¿sabes? Consigo hash del bueno, de calidad, y lo muevo entre la gente, ¿lo entiendes?
—Eres un camello.
—Tío, suena feo cuando lo dices así.
Mis labios forman una delgada línea, y lo contemplo fijamente. Pronto entiende que no estoy para bromas y continúa hablando.
—El caso es que el alemán es cliente mío ¿sabes? Le doy material del bueno pa sus fiestas privadas.
—No me estás contestando, Perote.
—Tranquilo, ya llego a esa parte. —Se bebe de un trago el resto de su tubo de cerveza y hace un gesto al camarero pidiendo otro—.
El jodío alemán me debe dinero. La última vez que le suministré de lo mío, hace una semana, dijo que lo pusiera en su cuenta.
Yo le contesté que nones, que el Perote no fía ni a su madre que esté en gloria.
No se lo tomó mu bien. —Sonríe y señala un hueco en la fila superior de dientes, donde le faltan el incisivo y canino derechos—.
El desgraciao me cruzó la cara con la mano abierta, saltándome los dientes. ¿Te lo puedes creer?
Viendo la dentadura de Perote, bastante mal cuidada y con una capa de sarro bastante evidente, lo que me extraña es que no le saltara más de uno. Pero si ha sido así, prueba la fuerza de las manos de Schmidt. No es tan sencillo sacar un diente de una bofetada.
—Tuvo que ser una buena hostia —digo, asintiendo .
—De cojones, hermano. Me quedé desmayao en el suelo y desperté en urgencias, con dos piños menos.
Se la tengo jurá , por estas que son cruces.
—Mientras habla, hace una cruz juntando índice y pulgar de la mano derecha y la besa—.
Así que, después de recuperarme, empecé a estar atento a sus movimientos, con la idea de buscar cómo devolvérsela y cobrar mi dinero…
Justo en ese momento llega el camarero con otro tubo de cerveza, que deja encima de la mesa, y el bocata de carne mechada, cuyo aroma hace que salive de forma inconsciente. Perote toma la bebida y se dispone a hacer lo mismo con el bocadillo.
—Continúa —digo al tiempo que pongo mi mano encima de la comida—. Cuando termines, te lo comes.
—Está bien… ¡tú eres un negociador duro, tío!
Como te decía, puse las orejas y los ojos en modo radar, espiando todo lo que hacía el alemán.
Y si no podía estar en el mismo garito que él, me ocupaba de buscar alguien que me contara lo que hacía.
A mí no se me escapa nada, no, señor. Así fue cómo me enteré que lo estabas buscando.
—Baja la voz antes de seguir hablando—. Un amigo me dijo que un tío alto del CNI estaba preguntando por el alemán, y me dije «Esta es la mía».
No me gusta. Uno de los puntos que más temía al empezar mi investigación era cómo identificarme.
Como Julián Pizarro, estoy muerto, y ya no puedo decir que soy del GEO.
Por suerte, Cosme me facilitó una identificación del CNI que he mostrado a los gorilas que he ido interrogando, como prueba de que actúo dentro de la Ley.
Francamente, no sé si el carné es auténtico o no; a estas alturas no sé qué esperar.
Visto lo que me está contando Perote, me parece que no ha sido buena idea usarlo.
Dudo mucho que en el Centro Nacional de Inteligencia se anden con chiquitas si les llega que alguien en Marbella se está haciendo pasar por uno de sus agentes.
Otro posible problema con el que lidiar en el futuro. Ya tengo bastantes en el presente.
—Cuando supe que andabas detrás del alemán, empecé a darle vueltas a la sesera.
—Se golpea con el índice en la frente—. Primero tenía que encontrarte; por suerte, ese amigo accedió a mandarte un mensaje para atraerte de nuevo y que te pudiera seguir.
—Recuerdo el gorila que me hizo volver y tomo nota de la jugada.
Tengo que ser más cuidadoso; si un mierda como Perote puede localizarme así de fácil, puedo tener problemas con oponentes más serios—.
Igual no recupero mi dinero, pero seguro que hay alguna recompensa por decirte dónde encontrarlo, ¿verdad?
Sus últimas palabras se abren paso como un rayo de sol en la niebla. Sonrío y levanto la mano del bocadillo. Perote lo toma y empieza a comérselo.
—¿Sabes que has confesado varios crímenes? —Me mira extrañado, todavía con la boca llena—. Tráfico de drogas, seguramente también consumo, lo que te convierte en miembro de una organización criminal. Podría llevarte detenido ahora mismo.
—Pero, tío —dice, tragando el bocado que tiene en la boca—, ¿cómo me vas a hacer eso?
—¿Y qué pensabas? —Decido seguir con la charada—. En el CNI nos tomamos en serio todos los delitos. Y no todos los días se entrega alguien en bandeja, así como acabas de hacer.
— Oño , no me digas eso ni en broma. —Deja el bocadillo sobre la mesa—. Tengo que mantener a mi pobre madre, que está impedida.
—¿No decías hace un rato que en gloria esté?
—Esa era mi abuela, que te tomas todo al pie de la letra. —El cambio de expresión en su cara es casi cómico—. ¡No me puedes hacer esto!
—Te diré lo que vamos a hacer —digo, manteniéndome tan serio como me es posible—. Dime todo lo que sepas de Schmidt y dónde encontrarlo, y puede… te recalco, puede, que me piense lo de detenerte.
—Está bien, está bien —dice, sacudiendo la cabeza—. El alemán vive en una villa de lujo en Sierra Blanca.
—¿Dónde está eso?
—¿No lo conoces? Es una urbanización de lujo en la sierra, al norte. Las casas cuestan de quinientos mil pavos parriba , con seguridad privada y todo lo que se te ocurra. Ahí no entras si no eres millonario, a lo menos.
—Ya veo —digo, apoyando la barbilla en la mano—. Pero seguro que tú conoces a alguien dentro, ¿verdad, Perote? Si me apuras, hasta será un cliente.
—No puedo, tío. —Abre los ojos desmesuradamente—. Tengo confidencialidad, no puedo revelar esas cosas.
—Sí, sí, lo que tú digas. ¿Estás seguro de que el alemán está en Sierra Blanca? ¿100% confirmado?
—Y 200%. Se encerró hace tres días y no ha vuelto a salir de la villa.
Las ideas vuelan dentro de mi cabeza. Es la primera pista medianamente sólida que he encontrado, aunque haya sido por pura casualidad.
Y una vocecita en el fondo de mi cabeza me dice que la aproveche antes de que Schmidt decida marcharse y desaparecer.
La parte racional de mi mente me dice que es una locura, que no estoy preparado, que me estoy arriesgando mucho.
Pero no desaprovecharé esta oportunidad.
Voy a presentarme en la villa, haré un reconocimiento y después decidiré.
Eso sí, si se presenta la ocasión, mataré a ese hijo de puta. Lo que no voy a hacer es esperar más.
Con la decisión tomada, lo siguiente es fácil.
—Haré la vista gorda sobre tus delitos, siempre que me ayudes a encontrar a Schmidt. Necesito acceder a Sierra Blanca y que me muestres la villa donde está.
Puede que sea el tono gélido con el que hablo, o quizá la expresión de mi rostro, pero Perote se pone muy serio antes de hablar.
—Vale.
Toda su locuacidad ha desaparecido. Descubro entonces que tengo su muñeca agarrada con mi mano y que la estoy apretando con todas mis fuerzas.
—Lo siento —digo soltándole y alzando las manos en son de paz—. Creo que me he dejado llevar.
Perote se masajea la muñeca. Las marcas de mis dedos en su piel desaparecen lentamente, y él me observa con atención. Casi puedo ver la bombilla encendiéndose sobre su cabeza.
—Tú no eres del CNI.
—No —respondo sin dudar; es más fácil que inventar otra mentira—, no lo soy.
—¿Y por qué buscas al alemán?
—Ayudó a matar a mi familia. —Las palabras salen de mi boca casi sin pensarlas; es la primera vez que lo reconozco en voz alta—. Así que ahora voy a matarle yo a él.
— Joé .
Perote se queda en silencio, pensativo. No sé si ha sido buena idea sincerarme así, pero lo hecho, hecho está. Después de un rato, toma el bocadillo y da un mordisco.
—Ese desgraciao nunca me ha caído bien —dice mientras mastica—, y sé de buena tinta que ha hecho daño a mucha gente: mujeres, hombres, incluso ancianos. Me jode perder el dinero que me debe, pero la familia es lo primero. Te ayudaré.
—Gracias.
—Déjame que hable con un amigo, a ver cómo podemos entrar. Algo se me ocurrirá.
Durante la próxima media hora, Perote no deja de hablar por teléfono.
Le presto la atención justa a sus llamadas para asegurarme de que no me la esté jugando, aunque sé que no.
Me basta con contemplar el lenguaje corporal de Perote para saber que está intentando ayudarme de verdad, y cada palabra que capto de sus conversaciones lo corrobora.
Mientras él hace sus gestiones, yo repaso en mi cabeza el operativo.
A Sierra Blanca tenemos que ir en coche, así que debemos volver al apartahotel y recogerlo del aparcamiento.
Ya que estamos allí, pasaré por mi habitación y cogeré otro cargador para mi pistola. Solo por si las moscas.
—¡Lo tenemos, tío! —dice Perote, colgando la llamada—. Tengo un colega que vive dentro de la urbanización, no muy lejos de la villa del alemán. Iremos a llevarle algo de material —me guiña un ojo—, esa será la excusa para entrar. De ahí en adelante, tú dirás.
Termino de pagar la cuenta y salimos del bar.
El cielo está despejado, y el atardecer pinta la ciudad y la sierra con tonos dorados.
Será mejor que nos demos prisa si quiero ver la villa antes de que oscurezca.
Le digo a Perote que me acompañe en dirección al apartahotel.
Cuando nos alejamos un poco de la gente, le pregunto, bajando la voz ligeramente.
—¿Qué clase de material vas a llevarle?
—¿Qué crees tú? —Se encoge de hombros—. Hachís del bueno. Tenemos que pasar por el corralón de un amigo y recogerlo .
—No sé si estoy muy conforme con eso…
—Tío, confía en Perote, joé. Además, tú no eres el que va a regalarle todo ese material.
—¿Regalarle? ¿Y por qué?
—Era la única manera de asegurarse que nos deje entrar sin problemas.
—No pensaras que voy a pagarte yo…
Se detiene y me mira con expresión indignada.
— Escúshame bien —dice, plantándome el índice en el pecho—. Te voy a ayudar a vengar a tu familia y para eso voy a regalar lo que me costó mucho conseguir. Es una locura, y será mejor que lo hagamos antes de que marrepienta . ¿Me entiendes?
—Pero… ¿por qué? —alcanzo a preguntar, sorprendido.
—Y yo que sé, tío. —Se gira y sigue caminando—. Igual me has caído bien, igual es que me cae gordo el alemán, o igual es que por una vez quiero hacer lo correcto. O puede que solo necesitara una excusa, y tú me la has dao .
Me quedo quieto mirándole cómo se aleja. La última persona que quiso ayudarme sin pedir nada a cambio fue mi hermana Carol. Mis ojos se humedecen y me tomo unos segundos para calmarme. Después, le sigo.