Capítulo 13
CAPÍTULO
TRECE
Marbella.
Al día siguiente, la borrasca se ha marchado y luce el sol sobre la costa. Mientras, en mi interior se sigue formando la tormenta. Correr hasta la extenuación por la mañana solo sirve para apaciguarla por un breve periodo.
Por suerte, hoy tengo más tareas por delante que esperar noticias de Schmidt.
Después del encuentro con Blanca de ayer, el apartahotel no es seguro.
Debo encontrar una base de operaciones nueva y he decidido buscarla de la forma más analógica posible: pateándome las calles en busca de alguna pensión discreta o carteles de «Se alquila».
Es un trabajo arduo, pero si hay algo que me sobra es tiempo.
Camino por las calles de Marbella dejando atrás la zona de la playa y las esculturas de Dalí, hasta meterme en la ciudad antigua, con callejas entre los edificios y bloques irregulares, construidos cuando la planificación urbana era algo que se hacía en Europa y no aquí.
Con la aplicación de mapas de mi móvil, voy pasando por esas calles; dejo atrás la Plaza de los Naranjos y sigo por el interior de la ciudad, anotando teléfonos y llamando cuando encuentro alguno que puede ser interesante.
Este deambular mantiene mi mente ocupada; a intervalos aleatorios de tiempo doy la vuelta y desando el camino andado, pendiente no solo de las casas, sino de la gente que camina por la calle.
Aunque la temperatura es fresca, el sol luce en el cielo y el buen tiempo ha sacado a los escasos turistas de sus madrigueras.
Me fijo en sus caras y ropas, y cuando alguno me parece sospechoso por el motivo que sea, saco una fotografía discreta.
Si alguien me está siguiendo, quiero ser capaz de identificarle.
Por el momento, no ha habido coincidencias y no me he encontrado a la misma persona dos veces, pero debo ser precavido.
Blanca sabe que estoy en Marbella, así que Furiase también debe saberlo.
Lo último que quiero ahora es tener que dar explicaciones, así que continúo con mi vagabundeo errático, volviendo sobre mis pasos de vez en cuando.
Cuando se acerca la hora de comer, me paro en un bar para tomar una cerveza.
Después de que me sirvan una jarra y unas aceitunas, repaso en el teléfono las posibilidades que he encontrado para cambiar mi residencia marbellí.
La verdad es que cualquiera de las opciones que he apuntado serían mejores que el apartahotel: son pensiones o pisos discretos, en calles bulliciosas donde es fácil confundirse con la gente.
El dinero no es un problema gracias a Furiase, por lo que puedo permitirme cualquier precio, aunque sea dentro de unos límites.
No me educaron para ser derrochador y no voy a empezar ahora.
El aroma a fritanga del bar, tan típico de locales como estos en toda España, penetra en mi nariz mientras dejo el hueso de la oliva que estaba comiendo en el plato junto a los otros y bebo un largo trago de cerveza, fría, suave y amarga.
Después, abro la galería del móvil y repaso las fotografías que he hecho en mi operación de contravigilancia.
Son unas treinta instantáneas, de hombres y mujeres que me parecieron demasiado interesados en no mirarme.
A algunos los tengo de espaldas, por haber hecho la foto después de haber pasado por mi lado.
Con eso me bastará, no creo que sean tan profesionales como para cambiarse de ropa si se cruzan conmigo.
Pero bien pueden actuar en grupo, así que pido una ración de pescaítos fritos y me dedico a estudiar no solo a las personas que aparecen en primer plano, sino a todos los que haya podido captar la cámara en cada imagen.
Cuando termino, solo he encontrado una coincidencia, que puede ser relevante o no: un tipo delgado de pelo largo, con una camiseta de Extremoduro, que aparece en dos de las fotos de mi galería.
He hecho capturas de pantalla del zoom en cada una; alternando entre una y otra, es indiscutiblemente la misma persona.
En una se le ve medio cuerpo nada más, al estar detrás de una farola, y en la otra está en la acera opuesta y es más complicado distinguirle.
Sin embargo, el pelo negro recogido en una coleta y la camiseta de Extremoduro, con la inconfundible portada de «Agila», lo delatan.
Me digo a mí mismo que debe ser casualidad, que seguro que hay una explicación lógica.
Al mismo tiempo, el tacto de la pistolera oculta por mi chaqueta me tranquiliza.
Pago la consumición y salgo del bar, consultando en el mapa del móvil a dónde voy a dirigir mis pasos.
Levanto la vista del teléfono, y entonces le veo: el tipo de pelo largo y coleta, mirando un escaparate al otro lado de la calle.
De acuerdo, dos veces puede ser casualidad, pero tres veces ya es demasiado, y más después del rato que he estado comiendo.
Toca cambio de planes: después terminaré de buscar una nueva base de operaciones, ahora tengo que lidiar con mi sombra.
Consulto el mapa para encontrar un lugar donde pueda encargarme de él.
Si vuelvo sobre mis pasos y me voy hacia la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, llegaré a una zona con calles más estrechas.
Me dirijo allí y, mientras lo hago, no me molesto en mirar detrás de mí.
En el hipotético caso de que esté siendo paranoico y ese tipo no me esté siguiendo, solo habré perdido un poco de tiempo.
Pero si resulta que sí lo hace, estará caminando directo a mi trampa.
Doblo una esquina para meterme en una callecita estrecha convenientemente llamada «Calle Apartada».
Hay varios lotes de sillas de plástico apiladas, junto con media docena de mesas.
Cuando hace buen tiempo, seguro que sirve de terraza a los bares cercanos, alejada de los coches y del ruido; pero ahora en invierno, es solo un lugar poco transitado. Justo lo que necesito.
Uno de los bloques de sillas está situado al lado de un portal, en el que me oculto y espero.
No tengo que hacerlo mucho tiempo: tras unos minutos, escucho unos pasos apresurados que levantan ecos en la estrecha callejuela.
Cuando llegan a mi altura, mi perseguidor aparece frente a mí.
Está más delgado de lo que parecía en la distancia y lleva una camiseta de manga larga debajo de la camiseta de Extremoduro, junto con unos vaqueros y zapatillas.
Tiene cicatrices de acné en las mejillas y una barbita negra de chivo, y está a punto de pasarme cuando se da cuenta de que estoy ahí.
Sus ojos se abren desmesuradamente y huye.
Menuda sombra más valiente.
Salgo a la carrera y lo persigo. A pesar de la poca ventaja que tenía de inicio, el tipo corre que se las pela y me saca una buena distancia, así que aprieto el ritmo para no alejarme mucho.
A mi favor juega que en estas calles estrechas no puede cambiar de dirección, pero más me vale no perderle de vista.
—¡Alto ahí! —grito. Espero que no nos encontremos ningún policía. Siempre puedo decir que ha intentado robarme, pero mejor no arriesgarse.
De la Calle Apartada pasamos a una plaza que se desdobla en dos calles más.
Mi sombra se va corriendo por la derecha y yo continúo tras él.
Algunos transeúntes nos contemplan sorprendidos mientras seguimos con nuestra persecución.
Creo que le he ganado algunos metros, ahora lo tengo mucho más cerca.
La calle se está abriendo, parece que va a dar a una avenida más grande.
Si le pierdo ahí, puede que no lo encuentre nunca.
Acelero, forzando todo lo que me permite el cuerpo.
Mi presa cruza la calle sin mirar, intentando aumentar la distancia conmigo.
Y pasa lo que tenía que pasar.
Un coche que sube por la avenida hace sonar su bocina y cambia de carril para evitar atropellarlo.
Por suerte, mi sombra consigue frenarse antes de chocar con el auto, que pasa a unos pocos centímetros de él.
Llego a tiempo de escuchar la catarata de insultos que brotan por la ventanilla.
Pongo la mano sobre su hombro y le agarro fuerte del brazo.
Para mi sorpresa, no opone ninguna resistencia.
—Casi me muero. —Su rostro está blanco de la impresión—. ¿Lo has visto, hermano?
—No soy tu hermano —digo, haciéndolo caminar por el paso de cebra para alejarnos—. ¿Por qué me estabas siguiendo? —Aprieto su brazo para que me preste atención .
—Tranquilo, tío. —Su voz tiene un marcado acento andaluz—. No es nada malo, te estaba buscando.
—Explícate. —Continúo apretando su brazo, buscando un sitio discreto para interrogarle. El problema es que hemos llegado a una zona más nueva, con calles más anchas y con gente.
—No hace falta tanta violencia, hombre. Solo quería una charla amistosa; me enteré que estabas buscando al alemán y pensé que podríamos ayudarnos.
Me detengo y le giro para mirarlo a la cara. Me sonríe de forma estúpida mientras le contemplo con gesto serio. Subo la manga larga del brazo que estoy sujetando para examinarlo.
—¡Oye!
Ignoro sus protestas y compruebo su piel en busca de marcas de pinchazos. Ni rastro. Por no tener, no tiene ni granos.
—Tío, sé lo que estás pensando: «Este tiene pinta de yonki». Pos no. Yo solo fumo mis porritos de vez en cuando y nada más. Nunca se me ocurriría pincharme.
El tono ofendido en su voz me inclina a darle la razón. Además, no puedo llevarlo sujeto por toda Marbella hasta encontrar un lugar donde sacarle la verdad. Decido probar con otra táctica y le suelto. Abro ligeramente la chaqueta para que vea mi pistolera.
—No se te ocurra escaparte o la usaré. ¿Lo entiendes?
—¡Claro que sí, tío! No te preocupes que no me escapo.
—Querías hablar conmigo. ¿Para qué?
—Es por el alemán. —Se vuelve a bajar la manga y se masajea el brazo que le estaba apretando—. Tengo un problema con él y cuando me enteré que lo buscabas, me dije: «Este me puede ayudar» .
—Vas a tener que darme más detalles. ¿Cómo te enteraste? Y lo más importante, ¿cómo me has encontrado?
—Tío, te contaré todo, tranquilo. ¿Pero podría ser tomando algo? —Sonríe de nuevo—. No he comido nada en todo el día y estoy que me tiemblan las canillas. ¡Casi me muero! ¿Lo viste?
Ahogo un suspiro mientras asiento con la cabeza.
—Está bien, pero nada de jugármela. No estoy bromeando, ¿lo entiendes?
—Te entendí a la primera, hombre, el Perote no se va a escapar.
—¿Perote? ¿Qué clase de nombre es ese?
—Me dicen así porque soy de Álora, un pueblo de aquí de Málaga —contesta muy digno—. En realidad me llamo Fernando.
—De Álora se saca el nombre de perote… —digo, incrédulo.
— Oño , se les dice así a los aloreños. Yo qué sé de dónde viene, el caso es que aquí me conocen como Perote.
—Está bien… Perote. Vamos a buscar un lugar tranquilo, para que podamos tener esa conversación.
—¡Olé! —dice, sonriendo.
Vaya con el Perote. Espero que me pueda dar alguna pista de Schmidt porque, de momento, tiene toda la pinta de que me está timando para que lo invite a comer.