Capítulo 12
CAPÍTULO
DOCE
Marbella.
La lluvia cae sobre el Mediterráneo, y las olas se mueven y saltan como si quisieran golpear el agua invasora que viene del cielo.
Contemplo la tormenta que asola la costa desde la ventana de un octavo piso en un apartahotel de Marbella.
Llevo veinticuatro horas en la ciudad, buscando a Gunter Schmidt. Y estoy empezando a hartarme.
Las pistas que había encontrado Cosme parecían muy sólidas, con Schmidt visto en una serie de locales de moda de Marbella.
Desde que llegué, me he dedicado a hablar con los guardias de seguridad de esos garitos y una docena más, mostrando la imagen del alemán, y corroborando que ha estado aquí.
Su tatuaje en la cabeza en forma de telaraña hace que sea casi imposible confundirlo con otro.
De momento, solo he conseguido pistas falsas.
Lo más prometedor fue uno de los primeros gorilas con los que hablé, que después me mandó un mensaje asegurando que sabía dónde estaba Schmidt.
Una nueva conversación muy seria con él, que terminó con mi pistola en su nuca, desveló que no sabía nada y que solo quería sacarme dinero.
Después de eso, la nada. Si sigue en Marbella, nadie le ha visto en los últimos dos días.
¿Cómo puedo hacer salir a esa rata de su escondite?
He estudiado su ficha y su perfil: Schmidt es sutil como una tonelada de ladrillos.
Esté donde esté, le gusta hacerse notar.
Cada vez que ha visitado las discotecas de moda de Marbella, se ha distinguido por la generosidad con el alcohol y las drogas; blandas o duras, le da igual.
También por meterse en peleas, aunque se ha preocupado de que no llegue la sangre al río y no ha matado a nadie. Todavía.
Quizá la explicación es esa. ¿Y si está ocultándose para evitar que su genio le juegue una mala pasada?
Me aparto de la ventana y me siento en la mesa.
En ella, hay un portátil de alta gama y última generación, cortesía de Baena a través de Cosme.
Está equipado con un software especial que genera redes privadas virtuales de alta seguridad, haciéndolo prácticamente indetectable.
A eso se une un usuario facilitado por Cosme con el que acceder a las principales bases de datos de Interior y tengo un equipo que convierte el operativo que monté en Collado Mediano en un juego de niños.
Resulta paradójico que, al menos por el momento, esté utilizando esta pieza de alta tecnología como un simple diario digital.
Abro una carpeta del escritorio, llena de documentos, y selecciono uno en concreto, aquel donde he volcado todo lo que he averiguado en mis pesquisas.
Es un documento largo, de más de tres mil palabras, pero sé lo que estoy buscando: mis notas de la charla con el responsable de seguridad del Tibu, uno de los garitos más exclusivos dentro del lujoso Puerto Banús.
«El jefe de seguridad recuerda perfectamente a Schmidt.
Desde que entró en el local, le mantuvo vigilado.
Según dice, entró queriendo marcar territorio, y estuvo bailando en el centro de la pista de forma bastante lamentable.
Atrajo algunas mujeres, no sabe si por su físico de culturista o su perfil de bad boy y un grupo de jóvenes de clase alta comenzó a burlarse de él.
El jefe avisó a sus compañeros y juzgó conveniente apaciguar la situación hablando con Schmidt.
En sus propias palabras, fue «un diálogo para besugos», en el que el alemán simulaba que no entendía castellano.
Solo empezó a prestarle atención cuando le dijo que avisaría a la policía, y de la indiferencia pasó a los insultos.
Al final, se marchó montando una escena y encarándose con los guardias del Tibu».
Por su perfil, Schmidt no es de los que huyen de una pelea; nunca le han importado las consecuencias. ¿Por qué ahora sí? Si lo está haciendo para no llamar la atención, ¿es sobre él o sobre otra cosa?
¿Por qué te escondes, cabrón?
Bajo la tapa del portátil y me levanto, acercándome de nuevo a la ventana.
La tormenta exterior es un reflejo de la que hay en mi interior.
Es como si sintiera que mi presa está a mi alcance.
Pero no puedo dejar que la furia me domine, o no podré pensar con claridad.
Y para encontrar a Gunter, debo tener la mente despejada.
Sin embargo, me cuesta muchísimo mantener la cabeza fría. Las imágenes y sonidos de La Gomera siguen asaltándome y nublando mi juicio. Y la verdad, no sé si quiero olvidarlo .
El sonido de una llamada en el móvil me saca de mis pensamientos. Lo tomo, medio esperanzado de que sea alguno de los contactos que he hecho en Marbella, que me llama para darme una pista. El nombre en la pantalla me indica que no es así. Acepto la llamada y contesto.
—Hola, Blanca.
—Me tienes contenta. ¿Dónde se supone que estás?
—Necesitaba cambiar un poco de aires. —Miro por la ventana; fuera, la lluvia arrecia—. Madrid en invierno puede ser muy triste.
—¿Y por eso te has ido a Marbella?
—Te preguntaría cómo lo sabes —digo, ocultando mi sorpresa—, pero sería inútil ¿verdad?
—Así me gusta, Julián. No hay que forzar situaciones desagradables en las que deba mentirte.
—Precisamente por eso estoy aquí, para alejarme de las mentiras y pensar qué hacer con mi vida —miento.
—Si es así, no te importará.
—¿Importarme el qué?
La llamada se corta y me quedo mirando la pantalla.
Entonces, suenan dos golpes secos en la puerta de la habitación.
Me acerco, incrédulo, y abro la puerta para encontrar a Blanca en el umbral, con el móvil en la mano.
Lleva un vestido oscuro y medias negras, igual que cuando la conocí, pero no sabría decir si es el mismo u otro.
El moño que llevaba ha desaparecido y su melena negra llega hasta los hombros.
Un paraguas de gran tamaño gotea en su mano izquierda.
—Creo que debemos tener una conversación, mi niño. Me parece que estás con malas compañías.
Me hago a un lado, haciéndole un gesto para que pase. Amortiguado por el frío y la humedad, me llega un aroma de ella, a vainilla y algo más.
Imagino que debería sentirme avergonzado o nervioso porque me haya pillado en un renuncio.
Pero la rabia dentro de mí anula cualquier otro sentimiento, exceptuando el fastidio por tener que lidiar con este problema ahora y dejar de lado la búsqueda de Schmidt.
Por eso contesto más bruscamente de lo que debería.
—Creo que estoy con malas compañías desde que desperté en el 12 de octubre.
—¿Esas tenemos? —dice, mientras guarda el móvil en el bolso y examina la habitación tratando de que parezca casual—. Con todo lo que hemos hecho por ti.
—Ahórrame la hipocresía, Blanca. —Me apoyo en la mesa, delante del portátil—. Furiase no me ha ayudado por mi cara bonita. Quiere algo a cambio.
—Tu cara está mucho mejor ahora que cuando te saqué del hospital, es evidente. ¿Pero qué te pasa? Te noto enfadado.
—Enfadado no empieza a describir cómo me siento. ¿Por qué me has seguido?
La sonrisa desaparece del rostro de Blanca. Sin decir nada, se acerca a la entrada y deja su bolso en el perchero y el paraguas al lado. De espaldas a mí, comienza a hablar.
—¿Recuerdas lo que te dije el día que te conocí, Miguel? Mi trabajo…
—Me llamo Julián, no Miguel —interrumpo—. Te agradecería que usaras mi verdadero nombre.
Se gira hacia mí, con cara de pocos amigos. No quiero llegar a ese extremo, pero llevo la Glock cargada, en una funda bajo la camisa. Más vale que Blanca no intente nada extraño.
—Te decía que mi trabajo era asegurarme de que llevaras una vida tranquila y ordenada. Esto no me parece ninguna de las dos cosas.
—Esa es tu opinión —contesto—. Para mí, es lo primero sensato que he hecho en mucho tiempo.
—Mig… Julián —rectifica—, estás involucrándote en un juego del que no sabes de la misa la mitad.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la diferencia con la situación en la que me ponéis Furiase y tú?
—Nosotros somos de fiar.
—¿De verdad crees eso? —digo, sacudiendo la cabeza—. Porque desde mi punto de vista, estáis intentando utilizarme para vuestros propios fines, sean los que sean. Esas «malas compañías» de las que hablas puede que hagan lo mismo, pero al menos me ayudan a conseguir lo que quiero.
—Pero piensa ¿a cambio de qué? —dice, mostrando sus manos.
—Cualquier precio que tenga que pagar estará bien invertido si con ello acabo con Lukov y sus secuaces.
—El fin justifica los medios, ¿es eso? Aunque haciéndolo de esa forma pongas en riesgo un objetivo mayor.
Por Dios, me he cansado ya de tanto dar rodeos.
—¡Basta! Precisamente con lo que tú has sufrido, deberías entender mejor que nadie que no descansaré hasta que esos hijos de puta estén muertos. Si has venido a ayudarme, perfecto; si no, apártate de mi camino.
Los hombros de Blanca caen ligeramente. Es un cambio casi imperceptible, no así la decepción en su mirada.
—Si es así como lo quieres…
Solo tiene tiempo de dar un paso en mi dirección antes de que yo saque la pistola y le apunte con ella .
—Cuidado —digo, con voz fría—. No quiero, pero no dudaré ni un instante en dispararte.
Permanecemos inmóviles durante varios segundos que se hacen eternos, con nuestras miradas cruzadas.
—Te creo, cariño —dice, finalmente—. Es una pena que hayamos llegado a este punto.
—Siento haber estropeado tu trabajo. —Y es verdad—. Aunque me parece que estaba condenado desde un principio.
—Puede que sí y puede que no —dice ella, alzando las manos y retrocediendo hacia la puerta—. La próxima vez que nos veamos, no seré tan amigable contigo, Julián.
—Lo comprendo.
Sin quitarme la vista de encima, coge su bolso y su paraguas, que ha dejado un charco en la habitación.
—Con todo, te deseo mucha suerte —dice Blanca—. De verdad que la vas a necesitar allí donde te estás metiendo.
Me quedo en silencio mientras ella abre la puerta y se marcha. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.
Guardo la Glock en su funda y me acerco a la puerta para comprobar que ha quedado bien cerrada.
El hecho de que Blanca me haya localizado significa que debo ser muy cuidadoso de ahora en adelante.
Furiase está detrás de mí, y seguramente Baena también, cada uno de ellos con sus propios intereses.
Por primera vez, soy consciente de que igual he mordido más de lo que puedo tragar.
Quizá lo inteligente sería esconderme durante un tiempo, que todo se calmara un poco.
Entonces, recuerdo a mi hermana. No llegué a verlo, pero mi imaginación me muestra cómo recibe la ráfaga de Lukov para proteger a sus hijos. Todas mis dudas desaparecen y sé que no podré descansar hasta que encuentre al ruso y lo mate con mis manos .
De repente, estas cuatro paredes se han convertido en una jaula.
Necesito aire. Cojo mi cartera y la cazadora, y salgo de la habitación.
Bajo en el ascensor y me pregunto si Blanca estará todavía por aquí, pero en la entrada del apartahotel solo está el recepcionista.
Fuera, la lluvia mantiene a la gente en sus casas.
Subo la cremallera de la cazadora hasta arriba y empiezo a caminar en dirección a la playa.
El edificio donde me hospedo está en primera línea, y habría sido imposible conseguir habitación si no fuera temporada baja.
El invierno está siendo frío y lluvioso, lo que no ayuda al turismo.
De hecho, según camino por la avenida, las luces de Navidad colgadas y encendidas, combinadas con la calle desierta y el agua, dan un aire fantasmal a la ciudad.
Llego al paseo marítimo y camino en dirección oeste.
La playa es una larga franja de arena mojada, con varios grupos de tumbonas de plástico colocadas y apiladas, esperando que vuelva el buen tiempo.
Alzo la vista y dejo que la lluvia caiga en mi rostro.
Paso la lengua por los labios y noto un sabor salado, seguramente del mar mezclado con el agua de lluvia.
Está fría, pero no me importa. Ojalá sirviera para calmar la cólera dentro de mí, que no se conformará con menos que la Ley del Talión.
Aprieto los puños sobre la barandilla metálica que da a la playa.
El mar ruge; en mi interior hay una bestia que hace lo mismo, y tiene que salir o terminará consumiéndome.
Jamás en mi vida había sentido algo remotamente comparable a esta furia que me llena por dentro.
Aunque han pasado casi cinco meses, ni se calma ni ha disminuido; más bien al contrario.
Mis nudillos se ponen blancos sobre la barandilla.
Los juegos de poder en los que parecen querer meterme Furiase y Baena tan solo sirven para echar más leña al fuego.
Nunca he aguantado gilipolleces, y ahora siento que podría matar a alguien solo por discutirme una plaza de aparcamiento.
Me tapo la cara con las manos, intentando apartar de mi mente esos pensamientos. Yo no soy así.
Pero hay una parte de mí que sabe que podría serlo. Una parte que está muy asustada y grita. Y, a veces, ni siquiera yo puedo oírla en el océano de cólera que amenaza con ahogarme.