Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

CAPÍTULO

ONCE

Collado Villalba.

El tal Cosme parece un tipo agradable. Vamos a apretar un poco, a ver cómo contesta.

—¿Y te da mucho trabajo Baena?

—No puedo decirte nada de eso, y lo sabes, Pizarro. ¿O debería llamarte Miguel Caballero? —Sonríe y me guiña un ojo, mientras coge su mochila y saca una carpeta blanca.

—Cualquiera de los dos nombres me va bien.

—Tiene narices el segundo que te han puesto. —Ahoga una risa y se pone serio—. Pero entremos en materia, toma.

Me entrega la carpeta y la abro. La imagen del hombre engominado me observa, con la mueca de disgusto que conozco tan bien, y algo en mi interior se revuelve. Es una foto policial, en la que aparece de frente y de lado. Junto a ella hay un dossier que examino por encima .

—Ese angelito —explica Cosme— se llama Hans Kretowickz, nacido en un sitio llamado Grójec, al sur de Varsovia, hace treinta y dos años.

Comenzó con pequeños delitos en su ciudad como parte de una banda juvenil.

A medida que fue creciendo, amplió sus horizontes a la extorsión y el tráfico de drogas; cuando cumplió los dieciocho, lo enchironaron por primera vez.

Allí fue donde terminó de encarrilar su carrera, y además le hicieron ese regalito —señala con el dedo en la foto—, una lesión muscular en la cara que hace que parezca un Clint Eastwood de segunda.

—¿Qué relación tiene Kretowickz con Lukov?

—Empezaron a trabajar juntos hace tres años, en la época en la que Lukov empezó a hacer negocios con los clanes mafiosos del este de Alemania, proporcionando armas y drogas.

Por lo visto, Hans impresionó al ruso cuando le ayudó a desenmascarar a un agente infiltrado de la bundespolizei .

Desde entonces, lo ha mantenido a su lado, como una especie de segundo al mando, un lugarteniente encargado de la parte administrativa del negocio, por decirlo así.

Fue uno de los que participó en la fuga de Lukov, precisamente.

—¿Cómo fue esa fuga? —pregunto interesado—. Costó mucho atrapar a ese hijoputa, ¿cómo escapó?

—No sé cuánto puedo contarte…

—Todo —le interrumpo—, y no ahorres detalles.

Cosme me observa durante unos instantes, y puedo percibir las dudas en su rostro. Me quito las gafas de sol, dejando a la vista las cicatrices cerca del ojo derecho. Han sanado bastante, pero aún son muy escandalosas. No me gusta hacer esto, pero sirve para ilustrar mi punto.

—Por favor —digo, sin quitarle ojo—. Sabes que tengo un interés muy particular en esto .

—Está bien —contesta, al cabo de unos segundos—. Pero yo no te he contado nada de esto, ¿entendido?

—¿Contado el qué? —Sonrío, poniéndome las gafas de sol.

—Exacto. —Me señala con ambos índices, haciéndome partícipe de la broma—.

Después de que lo detuvieras, Lukov pasó a disposición judicial en Málaga, donde estabilizaron sus heridas y lo mandaron a la cárcel de máxima seguridad de Puerto I, en Cádiz.

Creemos que allí sobornó a uno de los guardias para contactar con alguno de los presos yihadistas que hay en la prisión y, a través de él, llegar hasta sus clientes del terrorismo islámico.

—¿Cómo escapó?

—Fue una operación perfectamente orquestada —continúa Cosme—.

Varios presos montaron una pelea en el momento del cambio de turno de los funcionarios de prisiones.

Mientras la mayor parte de los guardias se encargaban de controlar la reyerta, Lukov y otros dos reclusos aprovecharon la confusión para raptar con pinchos improvisados a uno de los funcionarios y usarlo de rehén.

Al mismo tiempo, una mujer que estaba visitando el centro sacó una pistola y obligó a los guardias a abrirles paso.

—¿Pero cómo pudo meter el arma?

—Era una pistola plástica, fabricada con una impresora 3D. A esas armas basta con acoplarles algunas piezas reales y son tan letales como las de metal. Más incluso, porque pasan sin problema por los detectores.

—¿Qué me estás contando?

—Lo que oyes —responde Cosme, con gesto serio—.

Todo eso sucedió de forma coordinada en apenas cinco minutos.

Por desgracia, Puerto I tiene un problema serio, casi podríamos decir límite, de falta de personal.

Cuando pudieron rehacerse, Lukov estaba camino de la salida, donde había un coche esperando.

Sabemos que Kretowickz estaba allí porque fue captado por una de las cámaras situadas cerca de la entrada.

Para cuando llegó la Policía Nacional, ya habían volado.

—Vaya cagada.

—En efecto, y lo peor es que hubo dos muertos entre los prisioneros y un herido grave entre los guardias. El Gobierno ha sudado sangre para evitar que esto salga a la luz pública.

—Espero que hayan rodado cabezas por esto.

—¿Tú qué crees? Han pasado cinco meses y la investigación que se abrió solo ha servido para encontrar cabezas de turco.

Los máximos responsables mantuvieron su puesto mientras los pobres responsables de la prisión y el operativo de búsqueda han sido suspendidos de empleo y sueldo.

—Cosme da un puñetazo en la mesa—. ¡Malditos políticos!

—Dime dónde está Lukov y yo me encargaré de él.

—No tenemos pistas seguras de su paradero. La primera localización exacta que conseguimos fue precisamente en La Gomera. Después de eso, es como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

—Puede que sí y puede que no. —Le cuento las diferentes posibilidades que he encontrado desde que comencé a investigar—. Por sí solas, ninguna es concluyente, pero me parece que son demasiados hilos sueltos como para que no provengan de una misma madeja.

—La verdad, estoy impresionado. —Cosme cruza los brazos y asiente con la cabeza—. Si has logrado eso con equipamiento civil, verás lo que puedes lograr con lo que te traigo.

—¿Qué información tienes sobre el otro tipo, el del tatuaje?

—Es verdad, me olvidaba de él.

Vuelve a echar mano de la mochila y me entrega otra carpeta de su interior.

La abro y reconozco al cabrón que disparó a mi cuñado hasta que se desangró frente a sus hijos.

Aprieto los dientes mientras contemplo el tatuaje que nunca olvidaré.

Noto un sabor amargo en la parte de atrás de la lengua, bilis o rabia, probablemente las dos cosas.

—Se llama Gunter Schmidt y ahí donde lo ves es otra buena pieza.

Pertenece a la sección alemana de los Ángeles del Infierno, así que su vida cotidiana ha consistido en violencia, armas, drogas y prostitución forzada y ni que decir tiene que acumula decenas de arrestos y condenas.

Entre su estética de motero y el tatuaje que tiene aquí —se señala la cabeza—, es difícil que pueda pasar desapercibido.

Que se sepa, ha matado a una docena de personas; el amigo se ha especializado en asesinar a la gente a puñetazos.

—Recuerdo sus manos —digo—. Eran las más grandes que he visto nunca.

—Imagínate cómo tienen que ser cuando se lían a golpes contigo. Tienes fotos en el dossier si quieres verlas —niego con la cabeza—. Lukov lo fichó como guardaespaldas hace cinco años y lo ha mantenido siempre a su lado.

—No siempre —reflexiono—. Había varias personas en la habitación de Málaga cuando capturamos a Lukov, pero ese Schmidt no estaba, y tampoco Kretowickz.

—Recuerda el trato que habían ofrecido a Lukov.

Seguramente no quería implicar a sus hombres de confianza.

O puede que alguno de ellos tenga algo demasiado grande entre las piernas y el ruso no quiera comparaciones.

—Cosme se ríe solo de su chiste malo y yo aguardo hasta que se da cuenta de que no le acompaño—.

En cualquier caso, de Schmidt es quien tenemos más datos.

Ha sido visto en varios locales de Marbella durante la última semana. Es posible que todavía esté por allí .

—¿Con Lukov? —digo, cerrando los puños por instinto.

—No tenemos pruebas de que esté con él, pero es el mejor sitio para empezar a buscar.

—¿Todo eso está en este dossier? —pregunto mientras me levanto. No quiero perder más tiempo.

—Tranquilo, hombre. —Cosme alza las palmas de las manos—. Sí, tienes toda la información, pero no puedes irte sin tu equipo. Acompáñame, no te vas a arrepentir.

Cosme se levanta de la mesa y se dirige hacia las escaleras de la vivienda, tomando el tramo que desciende.

Le sigo, llevando las carpetas con la información sobre Kretowickz y Schmidt bajo el brazo.

Las estudiaré a fondo más adelante, cuando esté en casa, pero siento que he dado un paso de gigante.

Tengo que reconocer que Baena está cumpliendo lo que prometió; de momento, parece que he elegido el bando correcto.

Llegamos al sótano del chalet, por el cual se accede al garaje. Dentro de este, hay un Range Rover negro, que parece marrón por la capa de tierra que tiene encima. El olor a aceite CLP es más fuerte aquí. Antes de que haga ningún comentario, Cosme me contesta.

—Tuve que hacer una excursión al campo para… sacar la basura.

—Por supuesto —asiento—. Como cualquier otro hijo de vecino.

Me guiña el ojo de nuevo, dirigiéndose al fondo del garaje.

La pared trasera está cubierta de lado a lado por una estantería metálica, en la que hay herramientas, cajas de plástico llenas de piezas descartadas, trozos diversos de madera y metal, y todo lo que podría uno esperar en la casa de un manitas.

—Y a esto es lo que dedico mi escaso tiempo libre —dice Cosme, señalándola con la mano .

—Pues deberías abrir las cajas con el material que compras —digo apuntando a la caja de una taladradora, todavía envuelta en plástico—. Seguro que ni siquiera has quitado el precio.

—Tampoco traigo a nadie que se fije —responde él—. Tú no tendrías que estar aquí, para empezar, pero ya que estamos, aprovechémoslo. Así te puedes llevar el equipo que necesitas.

Cosme palpa debajo de una de las baldas hasta que encuentra lo que busca.

Entonces tira de la estantería hacia él, y se abre como una puerta, revelando sus auténticas herramientas.

Dispuestas ordenadamente en la pared, veo una selección pequeña pero completa de armas de fuego, desde pistolas Glock como la que me dejó Baena hasta algunas Smith&Wesson M&P9, junto a revólveres de la misma marca.

También veo rifles semiautomáticos Savage, subfusiles FN-P90 y fusiles HK, entre otros.

Y al lado de toda esa potencia de fuego, una docena de cuchillos de combate y navajas tácticas de varios tamaños, incluyendo un machete.

Los ojos me brillan como un crío ante un escaparate lleno de juguetes.

—No te voy a preguntar qué tipo de basura sueles sacar.

—Reconozco que normalmente no suelo encargarme de la basura —dice Cosme, sonriendo—. Consigo cosas, ya te dije. Pero en este trabajo hay que mancharse las manos de vez en cuando, y me gusta estar preparado.

—Amén —digo, tomando un P90. Su tacto frío, peso y tamaño resultan familiares, como volver a calzarse tus zapatillas favoritas y sentir que encajan como un guante.

—Imaginaba que te inclinarías por él, pero si quieres más potencia, tengo esto guardado para ocasiones especiales.

Se agacha y abre un cajón situado en la parte inferior. Dentro, colocado en una funda recortada de gomaespuma, hay un fusil de asalto AR15 .

—Si te pillan con eso sin licencia, te puedes ir preparando —digo para disimular mi asombro.

—Esta cosa solo se utiliza cuando hay que hacer mucho daño. Y en esos casos, nunca te piden la licencia.

—¿En qué trabajas, Cosme, de verdad? —pregunto—. ¿En dónde me estoy metiendo?

—Puede que sea la segunda pregunta inteligente que me has hecho hoy. Y como eres un tío listo, comprenderás que tampoco te la puedo responder. Lo único que puedo decirte es que todavía estás a tiempo de salirte. Nadie pensará mal de ti por ello.

Cierro los ojos por un instante, y los gritos de mis sobrinos retumban de nuevo en mi cabeza. Solo hay una forma de acallarlos.

—Gracias, pero para mí ya es tarde. —Apoyo en mi hombro el subfusil y compruebo la mira—. Creo que me quedaré con lo que ya conozco: me llevo el P90, munición para él y para la Glock, y una navaja táctica. Con esto me bastará mientras intento localizar a Gunter en Marbella.

—Hecho. —Cosme se agacha y cierra el cajón del AR15. Debajo de ese hay otro lleno de cajas con munición—. Si necesitas más potencia, ya sabes dónde conseguirla.

—Gracias. Hay muchos peligros ahí fuera, pero nada que no pueda solucionar una bala bien colocada.

—Sí, un mundo lleno de peligros… —dice Cosme, riéndose entre dientes.

—¿Qué es tan gracioso?

—Lo de los peligros —contesta, sorprendido—. ¿No te suena la frase «Un hombre que no existe en un mundo lleno de peligros»? —dice, como si tuviera que entender de qué está hablando—. ¿Es que no veías «El Coche Fantástico» ?

—¿Qué tiene que ver eso con nada? —digo, alzando la voz. Estoy empezando a cabrearme.

—El nombre que te han dado, Miguel Caballero. —Cosme se encoge de hombros—. ¿Como se llamaba el protagonista, el que interpretaba David Hasselhoff?

—Michael Knight —digo sin pensarlo. Solo entonces caigo en la broma. Furiase, o quien eligiera el nombre de mi nueva identidad, tiene un sentido del humor muy particular. Y por primera vez desde La Gomera, me rio.