Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

CAPÍTULO

DIEZ

Collado Villalba.

«Pasado mañana. Dieciocho horas. Burger King Collado Villalba. Baena».

Reviso una vez más el SMS que recibí hace dos días.

Me da algo que hacer mientras espero sentado en el Astra.

Estoy en la parte trasera, oculto por los cristales tintados y sentado de lado, de forma que el asiento del copiloto me tapa.

Llevo desde las tres esperando aquí, vigilando con unos prismáticos quién entra y quién sale.

Faltan treinta minutos para la hora. No conozco el número que mandó el mensaje y, aunque no tengo motivos para dudar, no voy a correr ningún riesgo.

Después de que se fuera Baena de casa, he tenido oportunidad de reflexionar a fondo sobre su propuesta.

No me arrepiento de haberla aceptado, pero soy consciente de que, haciéndolo, me he puesto en un bando.

El problema es que no conozco los bandos ni la guerra que están librando, y eso es un peligro potencial.

Necesito más información y, como no hay canales oficiales a los que recurrir, tengo que ingeniármelas como pueda.

De ahí mi rudimentaria operación de vigilancia.

Esta madrugada examiné la zona, situada cerca de un centro comercial.

La hamburguesería y la tienda de animales que hay a su lado están lo bastante cerca de ese centro para que tenga sentido desde el punto de vista económico, y lo bastante lejos para que no tengan tanta aglomeración.

Mi plan era montar guardia para ver quién aparecía, si Baena u otra persona, seguirlo y tener una reunión en mis propios términos.

Así que aparqué el coche al otro lado de la avenida, buscando un lugar que me permitiera controlar visualmente los accesos principales del local.

He ido observando a todos los clientes, anotando en una libreta las características de los posibles candidatos.

Hasta ahora, todos los hombres o mujeres que han cruzado la puerta solos han salido después. Pero todavía es pronto.

Me reacomodo en el asiento, mascando chicle para hacer saliva.

Tengo los cristales traseros bajados un centímetro para evitar la condensación en el interior del coche, y la temperatura se ha igualado con la del exterior, siete u ocho grados como mucho, y bajará más en un rato cuando se ponga el sol.

Examino los accesos; es un raro momento de tranquilidad en el que nadie entra ni sale, aunque durante la tarde no ha parado el trasiego de muchas familias cargadas de bolsas.

Y entonces descubro por qué: faltan diez días para Navidad.

Quiero clasificarlo como un simple dato más, sin embargo, me resulta imposible.

La imagen de mis sobrinos abriendo sus regalos en la anterior Navidad en casa de la abuela se me clava en el corazón.

Esa fue la última vez que estuvimos todos juntos.

Siento un nudo en mi garganta y respiro hondo.

Estoy haciendo esto por ellos, me recuerdo.

Pero la rabia de mi interior, que normalmente es un velo frío que envuelve todo, se revuelve como un animal furioso.

No lo haces por ellos, lo haces por ti.

Mi pulso se acelera. De repente, ya no hace frío en el coche y tengo que hacer un esfuerzo consciente para tranquilizar mi respiración.

Solo después de unos segundos, me doy cuenta de que tengo la mano por dentro de la chaqueta, frente a la funda pistolera del hombro, lista para tomar la Glock que me dejó Baena.

Lentamente, retiro la mano, observándola como si fuera de otra persona.

Respiro hondo mientras miro por la ventanilla. No sé qué me ha pasado. No sé si quiero averiguarlo.

Un pitido intermitente me saca de mi estupor.

Es la alarma del móvil, indicándome que faltan diez minutos para las seis.

Aparto de mi mente lo que acaba de pasar y reanudo la vigilancia; si mi contacto es puntual, debería aparecer en cualquier momento.

Una nueva alarma me indica que faltan cinco minutos para la hora.

Poco después, la última que tengo programada me dice que es la hora exacta.

Pero no hay nadie en el local que pueda ser el contacto: todas las personas que han aparecido en la última media hora han sido familias o parejas.

Entonces, le veo.

El sujeto es completamente calvo y aproximadamente de mi altura.

Su rostro hace difícil adivinar su edad: a primera vista me pareció joven, pero al enfocarle con los prismáticos puedo distinguir alguna arruga en torno a los ojos.

Va vestido con vaqueros, camiseta y chaqueta polar, y lleva una mochila gris a la espalda.

Da la impresión de un profesor de instituto que todavía se cree joven.

Apunto su descripción en la libreta y la rodeo con un círculo. Ahora, a esperar.

El tiempo pasa y los comensales siguen apareciendo y desapareciendo, pero no entra ninguna otra persona sola aparte de mi amigo el calvo.

A las dieciocho cincuenta y tres, parece que ha agotado su paciencia, y sale del establecimiento, con la mochila a cuestas.

A través de los prismáticos, contemplo cómo se marcha con paso tranquilo y saborea un cono de helado, a pesar del frío.

Debo tomar una decisión rápida: seguirlo a pie o en el coche.

Hago caso a mi instinto. Me pongo las gafas de sol y salgo del Astra, con el tiempo justo para poder convertirme en su sombra.

Le sigo durante varios minutos, a una distancia prudencial.

No parece que tenga ninguna prisa por ir a donde se esté dirigiendo, pero sí puedo apreciar, a pesar de estar lejos, que va con el móvil en la mano y parece estar escribiendo.

Por lo visto, ya se ha zampado el helado.

Se detiene en un semáforo y yo aprovecho para sacar mi teléfono y tirarle una foto, aunque sea desde lejos y con el máximo zoom.

El calvo sigue por su camino, cruzando el puente sobre la carretera de La Coruña.

Me mantengo lo suficientemente lejos para que no me vea, aunque mis precauciones son innecesarias, ya que en ningún momento comprueba si lo están siguiendo.

Una vez que llegamos al otro lado de la carretera, le sigo hasta una zona de chalets adosados.

Termina accediendo a uno de ellos, y yo sigo caminando hasta quedarme frente a su puerta.

Es un chalet de ladrillo visto marrón, de dos plantas, con garaje, exactamente igual que la otra docena que hay en la calle, y me atrevería a decir que también los de la calle paralela .

¿Y ahora qué?

Bueno, he llegado hasta aquí, así que puedo ir hasta el final.

Me acerco a la puerta del chalet y toco el timbre. El telefonillo es de los de antes, con audio y sin videocámara; me responde una voz masculina.

—¿Sí?

—¡Hola! —digo, súbitamente consciente de que no he pensado qué historia contar. Qué coño, ya que estamos…—. Soy Julián Pizarro.

Durante unos momentos, solo hay silencio, hasta que suena el zumbido de apertura de la puerta.

—¡Ya te vale! —dice la voz, con tono divertido. Eso me sorprende más que cualquier otra cosa hasta ahora.

Empujo la puerta y entro en el jardín delantero, todo tapado con baldosas, exceptuando una esquina donde hay tierra y un pequeño arbolito que no sé identificar.

La puerta de la casa se abre antes de que pueda examinar nada más, y el hombre al que he seguido hasta aquí se acerca a mí.

Al tenerlo delante, compruebo que es un poco más alto que yo, como de metro ochenta y cinco o así. Sonríe y me estrecha la mano.

—Un placer, Julián. Aunque si te digo la verdad, no esperaba enseñarte mi casa.

—Yo tampoco lo esperaba —digo, devolviéndole el apretón—. ¿Y tú eres…?

—Mi nombre es Cosme Quintana. —Hace un gesto, invitándome a que pase—. Vamos, hablaremos mejor dentro.

Le sigo al interior de su casa, donde en lugar de un recibidor al uso hay un pasillo largo, con dos puertas cerradas a los lados y que lleva directamente al salón y las escaleras de subida a la planta superior.

El olor de la casa me descoloca un momento: aceite CLP para armas.

En el salón hay una mesa de cristal, con varias sillas a juego, y en una de ellas la mochila gris que había visto antes.

Una enorme tele de plasma domina una de las paredes, con otra llena de estanterías desde el suelo al techo, llenas de libros de todo tipo.

—Te ofrecería algo de beber, pero como esto no es una visita de cortesía, podemos saltárnoslo —dice Cosme, yendo hacia la mesa y sentándose. Le imito.

—Estoy de acuerdo. De hecho, lo que quiero son respuestas, no tomar algo.

—Te podría haber dado las respuestas en el burger.

—Supongo que sí, y siento si esto te molesta, pero estoy harto de que decidan por mí los términos de la conversación.

—Ya veo, ahora querías decidir tú. —Cruza las manos frente a él—. Tienes suerte de haber dado conmigo. Hay compañeros en la sección que no recibirían de buen grado que aparecieras de repente en la puerta de su casa.

—¿Y a ti no te sienta mal?

—No me hace ni puta gracia, tampoco te voy a engañar. Pero mi jefe está muy interesado en que te ayude, así que es lo que haré.

—¿Y tu jefe es…?

Cuando dejo la frase colgando, una sonrisa aflora en su rostro.

—Óscar Baena, ¿quién si no? ¿Esperabas a alguien de Furiase?

—No sabía a quién esperar, por eso estoy aquí.

—Un hombre precavido, sí, señor. Me gusta eso, Pizarro. —Da una palmada con sus manos—. Dicho lo cual, ¿te parece que vayamos al grano? Mi plan original era darte la información en la hamburguesería y citarte más tarde en otro lugar para entregarte el equipo. Ahora podemos hacerlo todo de una vez .

—¿Qué clase de equipo?

—Justo el que necesitas —dice, apoyando los codos en la mesa. El señor Baena ha insistido en que estés bien pertrechado.

—Eso tendré que verlo.

—Confía en mí, no te sentirás defraudado. A eso me dedico, a conseguir cosas.