Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

CAPÍTULO

NUEVE

Collado Mediano

Mantengo el rostro impasible tratando de decidir qué hacer. No tiene sentido negar quién soy; si está aquí y buscándome no es por casualidad. Pero no tengo por qué ponérselo fácil.

—No ha respondido a mi pregunta.

—Yo creo que sí.

—Le pregunté quién es usted, no cómo se llamaba.

Sus labios se curvan en una mueca de desprecio.

—¿Así que esas tenemos? Pues le diré que soy su última oportunidad de acabar con Lukov, y esa oportunidad depende de las próximas palabras que diga.

Inspiro hondo para controlar la rabia, y también para ganar unos segundos en los que pensar una respuesta. Decido ir con lo primero que me viene a la mente.

—¿Le apetece un café, señor Baena ?

—Está bien —responde, después de unos instantes de duda—. ¿Sabe que se puede conocer mucho de una persona por cómo toma el café?

—Espero que no haya venido a leerme los posos —digo, haciéndome a un lado e invitándole a entrar.

—Eso es de cuentistas y estafadores, igual que el tarot y todas esas mierdas —contesta convencido mientras entra en mi casa—. Me refiero a que, según tome una persona el café, se pueden saber cosas de su carácter.

—¿Y si no toma café?

—Entonces hay dos posibilidades: o tiene problemas de tensión, o es un anglófilo chupador de té.

—Por lo menos ahí puedo darle una alegría. No encontrará té que chupar en esta casa.

—Bien —dice, examinando el salón como si estuviera puntuándolo en un concurso—. ¿Y cómo toma usted el café, señor Pizarro?

—Negro, solo y caliente.

—Cómo tiene que ser. —Baena asiente con la cabeza—. La gente que le echa azúcar al café para endulzarlo siempre buscará formas de evitar los problemas.

Lleno la cafetera echando varias cucharadas de café en el filtro y la pongo en marcha. A los pocos segundos, empieza a gotear.

—¿En serio? —digo, apoyándome sobre la encimera—. ¿No le parece que exagera?

—En absoluto —contesta—. Si no te gusta el sabor del café, no deberías tomarlo en primer lugar. Con los problemas ocurre lo mismo; si no eres capaz de enfrentarlos, ¿para qué te metes?

Estoy pensando una respuesta, pero un pequeño pitido me indica que la cafetera ha terminado su trabajo, así que saco la jarra y sirvo dos tazas con una buena cantidad. Tomo ambas y vuelvo al salón, dejando una encima de la mesa. Baena la coge, y la huele.

—Tranquilo, es solo café. —Tomo un sorbo. Él me imita.

—Y está muy bueno, le felicito.

—Muchas gracias. ¿Podemos dejarnos de historias ya y me cuenta de una vez qué quiere? Sabe quién soy y tiene mi completa atención. Desembuche.

—Bien. —Se sienta en uno de los sillones; yo prefiero quedarme de pie—. Señor Pizarro, no sé si lo que voy a decirle le sorprenderá: está siendo utilizado.

—Olvídese de las pausas dramáticas y siga.

—Sabemos que Enrique Furiase habló con usted en el hospital y que le ha contado una historia sobre que debe permanecer escondido para no poner en peligro a su familia.

Todo eso es mentira. —Mi interlocutor bebe de su taza de café, mientras yo sujeto la mía con las dos manos y el calor quemando mis palmas es incapaz de apaciguar mi cólera—.

¿Para qué mantenerlo con vida y aislado, alejado de su familia?

Lo está guardando para utilizarlo en un juego de poder, jugado a un nivel muy por encima de lo que pueda imaginar.

»Y el motivo real por el que lo está haciendo es porque su plan original se fue a la mierda.

¿Sabe la auténtica razón por la que iban detrás de Lukov?

Solo querían detenerlo y hacerlo desaparecer, para que así algunos de sus clientes se vieran obligados a buscar otros proveedores, que habían sido convenientemente «plantados» por las agencias de inteligencia europeas.

Con estos nuevos proveedores, se podría llegar hasta las cúpulas de los grupos terroristas más peligrosos del mundo. O al menos, esa era la teoría.

—Tiene mucha imaginación. —Niego con la cabeza .

—Dmitri Lukov conocía este plan porque también formaba parte de este.

Había cerrado un trato, pactando su detención —dice, dejando la taza en la mesa frente al sofá—.

Por supuesto, se resistiría. No todos los que estaban en aquella habitación iban a terminar detenidos.

Era necesario para que el resto de la escoria supiera que Lukov había sido arrestado.

Pero hubo un problema. O, mejor dicho, dos problemas.

El primero fue que el GEO responsable de la operación fue tan idiota como para revelar su auténtico nombre.

El segundo fue que disparó al ruso y casi le hace perder el brazo.

No muevo un solo músculo de mi cara y me limito a tomar un poco de café, aunque debo controlarme para no lanzárselo a la cara.

—El resultado de ambos problemas es que el ruso se encabrona y reclama venganza.

Ni Furiase ni sus superiores están de acuerdo, y tratan de seguir con el plan original, mandando al GEO en cuestión a unas vacaciones forzosas, oliéndose lo que podría pasar.

—Se reclina en el sillón y me observa—. Porque lo que ocurre en los siguientes días es que, de alguna manera, Lukov contacta con sus clientes y estos le ayudan a escapar. El resto ya lo conoce.

Camino hasta plantarme frente al sillón donde está sentado Baena, que me mira con interés. Mis nudillos están blancos de apretar el asa de la taza.

—Una cosa debe tener clara: yo no soy su enemigo —dice, sin quitarme ojo de encima—.

Formo parte de un grupo de oficiales de inteligencia que nunca estuvo de acuerdo con el plan de simular la detención de Lukov.

Arriba no nos hicieron caso, y ahora están desesperados porque su brillante esquema se ha ido a tomar por culo.

Mantenerle aquí, como si estuviera guardado en una cajita, es un as en la manga de Furiase.

Creemos que planea atraer o sobornar a Lukov con su vida.

El crujido de la taza destrozándose le interrumpe. Miro abajo y veo trozos de cerámica clavados en mi mano y sangre cayendo al suelo, mezclada con el café.

—¿Para qué ha venido? —digo, ignorando el dolor.

—Nosotros no somos partidarios de negociar con criminales, o de ofrecerles un retiro dorado dentro de la cárcel a cambio de que cooperen. Lo que le ha ocurrido nos ha reafirmado en esa postura. En cuanto hemos tenido conocimiento de su situación, nos hemos movido para ofrecerle una alternativa.

—¿Quiere contestarme ya, cojones? —grito.

—Queremos ayudarle. —La voz de Baena no se altera ni un ápice—. Furiase y su gente le han dado por muerto y le han proporcionado una nueva identidad. Aprovéchelo. Podemos darle los recursos que necesita para encontrar y acabar con Dmitri Lukov.

—¿Por qué? —pregunto sorprendido—. ¿Qué ganan con ello?

—Me alegra que me haga esa pregunta —contesta, sonriendo por primera vez desde que llegó—. Es tan perceptivo como me han dicho. Como respuesta, le diré que sus objetivos y los nuestros son los mismos.

—¿Qué quiere decir?

—Queremos a Lukov muerto. Nos da igual si es una muerte rápida o lenta y agónica. Basura como él no merece vivir.

—Está hablando de asesinato.

—Ejecución, más bien.

—Y quieren que yo sea el verdugo.

—Bueno —dice, extendiendo los brazos y encogiéndose de hombros—, no se me ocurre nadie mejor. Dudo que haya en todo el mundo alguien más motivado y mejor preparado para este trabajo que Julián Pizarro.

—Pizarro murió. Lo acaba de decir.

—La muerte ya no es lo que era. Podemos ayudarle a volver a la vida cuando termine con el trabajo.

Apretando las manos, me voy a la cocina donde abro el grifo y las lavo bajo el agua fría, sacando los pedazos clavados en mi piel.

Baena no dice nada, solamente me observa sin perder detalle.

El sonido del agua corriendo me acompaña mientras pienso.

Furiase ahora es algo secundario, mi rabia ha descubierto una forma de salir y es todo lo que podría desear, y más.

Seguro que hay una trampa, siempre la hay.

Pero si cumple con lo que dice, podré encargarme de Lukov y sus secuaces, y después volver con mi madre y con Lucía.

Termino de lavarme y me limpio las manos. Solo tengo un corte que no para de sangrar en la mano izquierda; lo envuelvo bien con papel de cocina, dejando mi mano como si llevase un guante de boxeo blanco. Ya lo vendaré después, ahora tengo algo más importante que hacer.

—Promete muchas cosas. ¿Cómo sé que las cumplirá?

—Comprendo su reticencia. Nunca esperábamos que aceptara sin ningún tipo de garantías. Habrá tiempo más adelante para ofrecerle todas las que necesite, pero de momento deberá bastarle con esto.

El hombre se levanta y abre ligeramente su camisa, cogiendo con su mano derecha algo que lleva pegado a su cuerpo. Después, lo deposita encima de la mesa y se aleja. Es una pistola, una Glock 19.

—Hasta donde hemos podido determinar, no tiene armas de fuego, y no le resultará sencillo conseguirlas sin llamar la atención. —Señala la pistola—. Tómela, considérelo una muestra de confianza.

Me acerco a la mesa y cojo la pistola, sopesándola. Hace tiempo que no cojo un arma y noto la falta de costumbre. Apunto a una de las paredes y luego al rostro de Baena. Mantengo la pistola firme.

—Si me está engañando o no cumple con su palabra, usted también morirá.

Sin pestañear, da un paso hacia mí, quedando apenas a 20 centímetros del cañón. Nadie sería capaz de fallar a esta distancia.

—Me parece justo —dice, mirándome fijamente—. ¿Entiendo entonces que aceptará nuestra ayuda?

Bajo el arma.

—Por el momento, sí. No sé cuál es su juego, pero tiene razón en que nuestros objetivos son los mismos. Haré lo que sea para acabar con el hijoputa de Lukov y sus secuaces.

—Me alegro, ya puedes descansar.

—¿Descansar? De eso nada, hay mucho trabajo que hacer.

—No hablaba con usted —responde, señalando detrás de mí.

Me giro y lo único que veo es el desastre que he montado hace un momento con la taza, y la cocina, al fondo.

Un destello rojo en la ventana capta mi interés.

Los reflejos que pensaba olvidados hacen que levante el arma y apunte, aunque no sirva para nada.

Bajo la vista y veo un punto rojo brillante sobre mi pecho. Escucho a Baena a mi espalda.

—Comprenderá que no iba a presentarme en territorio potencialmente hostil sin ningún tipo de apoyo.

Me muevo hacia un lado, para apartarme de la línea de fuego, pero el francotirador sigue con su mira sobre mí.

—Llame a su perro. Ahora .

—Descansa, es una orden.

El punto rojo desciende por mi vientre y desaparece.

—Me alegro de que no haya sido necesario ir a más. Tenía la corazonada de que usted era nuestro hombre, y no me equivocaba.

—Le felicito —digo con frialdad—, pero no acepto así como así. Tengo mis condiciones.

—No esperaba menos. Usted dirá.

—Trabajo solo. No necesito ni niñeras ni apoyos, solo material e inteligencia.

—Me parece lo correcto. —Baena asiente con la cabeza—. De hecho, será mejor para todos así. Permitirá negaciones plausibles.

—Y tampoco acepto órdenes. Yo decido cómo y cuándo actuaré.

—Perfecto, solo necesitamos que nos avise cuando haya acabado con Lukov. No hacen falta detalles.

Algo me dice que esto es demasiado bonito para ser verdad. Y aunque es mi furia quien toma las decisiones ahora, necesito asegurarme una vez más.

—No juegue conmigo. Espero que no me esté dando la razón como a los tontos para luego clavarme un cuchillo por la espalda.

—Puede estar tranquilo, Pizarro. —Se acerca a mí hasta que su cara queda frente a la mía—. No le he contado todo, como seguro que ya se imagina. Pero puedo asegurarle que no le he mentido.

Me ofrece la mano.

—¿Tenemos un trato?

Por un instante, vacilo. Me está dando exactamente lo que quiero. Es una oferta muy difícil de rechazar, pero si acepto, estaré tomando partido en el juego de poder que mencionaba Baena. Podría estar poniendo en riesgo a mi familia, si termino en el bando perdedor.

Por otra parte, ¿qué pasaría si lo rechazo?

Por desgracia, es algo que ya me había planteado y que ahora veo claro.

Puede que lograse localizar a Lukov o sus secuaces, pero no podría hacer nada contra ellos si las cosas se tuercen.

No sin armas, y el tacto y peso de la Glock en mi mano es como si hubiera recuperado una parte de mí, que no sabía que había perdido.

—Lo tenemos.

Y estrecho su mano.