Capítulo 8
CAPÍTULO
OCHO
Collado Mediano
Enfilo el camino de tierra que sale de la carretera; por aquí hay muchas menos posibilidades de encontrarme coches, y puedo disfrutar de la carrera sin tener que estar tan pendiente de mi alrededor.
Tras unos minutos, hallo un ritmo en el que me siento cómodo y me dejo llevar por la rutina de mis pies golpeando el suelo.
Mi respiración se adapta y mi mente se relaja.
En momentos como este es cuando me olvido de las circunstancias que me trajeron aquí.
Solo estoy yo, el paisaje y la cadencia constante de mis zancadas, que retumban de forma sonora en el silencio de la mañana.
Cincuenta minutos después, casi he completado el circuito que hago cada mañana, que me lleva hasta el campo de paintball situado al sur del pueblo, trazando una U que me lleva a la entrada opuesta de Collado Mediano.
Ahí hago una parada obligada frente al ayuntamiento, en la cervecería Pedro.
He cogido la costumbre de desayunar allí después de correr, casi siempre un café caliente y amargo y un sabroso sándwich mixto recién hecho; me sale más barato que prepararme algo en casa y, desde luego, es más limpio.
Con el hambre satisfecha, troto desde la plaza del ayuntamiento hasta mi urbanización, terminando de vuelta en mi casa hora y media después de haber salido.
Una ducha y estoy como nuevo, listo para enfrentar mi día.
Me siento ante la mesa, dispuesto a empezar mi «jornada laboral». Es curioso cómo he llegado a este punto.
Llevo poco más de dos meses en la casa de Collado Mediano.
Los primeros días, tenía demasiado tiempo de ocio y muy poco que hacer, lo que dejaba a mi mente libre para divagar sobre cómo encontrar a Lukov.
Estuve a un pelo de tomar el Astra (otro regalo de Furiase) y marcharme a Málaga a buscar pistas del ruso en la casa donde lo detuve la primera vez.
Solo me detuvo el hecho de que no tenía ningún arma con la que poder acabar con él.
Empecé a pensar modos de conseguir una pistola y ahí fue cuando paré y me di cuenta del lío en el que me estaba metiendo.
Julián Pizarro tiene licencia de armas. Miguel Caballero no, al menos no consta en la documentación que me entregaron.
Eso es un problema, porque para enfrentarme a Lukov y sus secuaces no me bastará con bonitas palabras.
Pero el hecho de detenerme por el tema del arma me hizo fijarme en mí mismo.
Aunque podía moverme sin necesidad de ayuda, estaba a un 25% de mi capacidad de antes del accidente, y eso siendo muy generosos.
Debía ponerme en forma de nuevo, y eso requeriría tiempo. Tiempo que podría aprovechar.
Hay un dicho inglés sobre la preparación.
Un compañero policía con el que hice las pruebas de acceso al GEO hace muchos años nos lo repetía hasta la saciedad: Proper preparation and planning prevents piss poor performance .
Cuando le preguntaron qué significaba, contestó que «O te preparas y planeas bien, o la cagas».
Aquel tipo era un máquina, pero se retiró en la segunda semana de las pruebas.
Por lo visto, no se había preparado bien.
Yo sí, y a conciencia. Quería entrar en el GEO, y había dejado de lado muchas cosas como para desaprovechar aquella oportunidad.
Todos esos sacrificios valieron la pena cuando conseguí pasar el examen, junto a otros tres compañeros policías.
No recuerdo haber sido más feliz en mi vida.
Me encontraba en una situación similar. Si no me preparaba bien, me arriesgaba a cagarla con Lukov, y puede que solo tuviera una oportunidad.
Ese mismo día, empecé a montar el operativo en uno de los dormitorios de la primera planta.
Metí la cama y el armario en la otra habitación que no usaba y dejé la habitación pelada, para examinarla buscando micrófonos y cámaras.
Había hecho la misma operación en toda la casa el primer día en cuanto se marchó Blanca, sin ningún éxito, pero seguía sin fiarme.
En esta ocasión, me dediqué a examinar concienzudamente todos los puntos donde yo instalaría dispositivos de espionaje: huecos en la mampostería, enchufes, los ángulos de las paredes…
Tras pasar toda la tarde y parte de la noche revisando la habitación, quedé finalmente conforme.
Si había algo, lo había instalado alguien más hábil que yo y poco podía hacer.
Al día siguiente, empecé con las compras.
Compré un buen portátil y pasé la tarde configurándolo para navegar de incógnito mediante un sistema de doble VPN.
No quería que nadie pudiera rastrear mis búsquedas en internet, o que saltara alguna alerta en los sistemas de Furiase.
Coloqué un gran tablón de corcho en una de las paredes, e instalé una impresora para sacar copias físicas de la información más importante que hallase.
Mi plan era buscar rastros de Lukov en la red, que me indicaran dónde podía estar, él o alguno de los dos secuaces que le acompañaban en La Gomera, el motero tatuado y el trajeado de la mueca.
Solo podía contar con herramientas de búsqueda públicas, sin acceso a las bases de datos de la Policía, pero contaba con una ventaja: disponía de todo el tiempo del mundo para ser metódico y revisar con detenimiento todas y cada una de las noticias que pudieran estar relacionadas con mis presas.
Desde entonces, he ido repasando durante ocho horas diarias medios de comunicación y redes sociales, acumulando un archivo de posibilidades que voy colocando en el tablón de corcho ante mí.
Lo primero que encontré fue un artículo en La Voz de Cádiz: en agosto, un hombre que respondía a la descripción de Lukov escapó de la Policía tras una pelea callejera.
La noticia solo indicaba que era un ciudadano ruso borracho, pero también que no dejaba de llamar svoloch a los gaditanos con los que se peleaba.
Lo he buscado, es la palabra rusa para «bastardo» y recuerdo perfectamente cómo la usaba Lukov conmigo.
Cierto, es una prueba circunstancial, como mucho, que no me garantiza que sea él, pero es un principio.
A veces pasan días sin que aparezca nada tangible, y otros soy afortunado y hallo varias posibles pistas del paradero de esas alimañas.
El caso del tío del tatuaje es más sencillo, por razones obvias.
Curiosamente, apareció de casualidad repasando los informativos nacionales de cuando estaba en el hospital: en cuanto vi el tatuaje en forma de tela de araña en una cabeza calva, paré la imagen al instante, preso de una emoción fría y arrolladora.
Aparece lejos en una toma general, pero no cabe duda: él, o alguien con ese mismo tatuaje, estuvo en la fiesta de la tomatina de Buñol a finales de agosto.
Al mismo tiempo que investigaba, me dediqué a recuperarme y ponerme en forma de nuevo.
He montado un gimnasio casero en la buhardilla donde dedico cuatro horas diarias a aumentar mi masa muscular con diferentes ejercicios de pesas, sentadillas y dominadas.
No parto de cero, pero estoy lejos de lo que era, así que voy aumentando progresivamente las repeticiones y la intensidad de los ejercicios.
En esto también juego con la ventaja de que no tengo prisa y puedo invertir tiempo en recuperar la forma poco a poco, evitando forzar mi cuerpo.
Por supuesto, también he adaptado mi dieta, con alimentos ricos en proteína, hidratos de carbono de absorción lenta y grasas insaturadas.
Con el tiempo, voy obteniendo resultados. Cada vez que subo a la buhardilla, el olor adherido a las paredes me recuerda las horas de sudor invertidas, gracias a las cuales he ganado ocho kilos de músculo en todo este tiempo.
Por su parte, el tablón de corcho cuenta cada vez con más recortes, que voy marcando en un mapa de España que he puesto en el centro.
Con toda seguridad, no todo lo que he encontrado y apuntado será de ellos, pero puedo ver una pauta, dado que más del 90% de los rastros que he impreso se mueven por la costa mediterránea, desde Cádiz a Barcelona, pasando por Castellón, Murcia o Málaga.
Eso encaja con el perfil de Lukov, por lo que recuerdo de estudiarlo en su momento para su captura: el jodido ruso no soporta el interior y solo quiere estar cerca de una playa.
El único punto negro dentro de mi búsqueda es el tipo de la mueca, el hombre trajeado y de pelo negro y engominado.
No he localizado ningún rastro suyo, lo que me indica que es el más inteligente de los tres, o el único que sabe pasar desapercibido.
Ahora que lo pienso, tampoco dijo palabra aquella noche en La Gomera, a diferencia del otro.
Un punto más a favor de la teoría de la discreción.
Esa discreción es la misma que estoy jugando con mis «benefactores».
No he vuelto a hablar con Furiase desde el hospital, y cada vez que Blanca me ha llamado o mandado un mensaje, he contestado y he sido lo más educado y breve posible, agradeciendo su interés y asegurando que estoy bien y recuperándome.
No he mencionado ningún otro tema y ella tampoco lo ha sacado.
Reconozco que no sé si me espían o son conscientes del operativo de búsqueda que he montado, aunque me da igual. No me importan los líos políticos que contó Furiase. Lukov es mío. Que intenten detenerme, si se atreven .
Cuando termino reventado en la buhardilla después de ejercitarme y me duele todo el cuerpo, la rabia de mi interior parece retroceder, dejándome pensar con claridad.
Es entonces cuando me devano los sesos ante un problema de difícil solución: sigo necesitando un arma, o varias, y sacar la licencia a nombre de Miguel Caballero seguro que hace que suene alguna alarma.
He pensado mucho sobre el tema y no se me ocurre qué hacer.
Puedo intentar conseguir armas de forma ilegal, pero eso supone demasiados riesgos; si me pillan, mis huellas están en el sistema, pero son las de Julián Pizarro.
Alguien tendría que dar muchas explicaciones, o buscar formas de callar muchas bocas, y no creo que mi amigo de la barba se pusiera muy contento si se ve obligado a hacerlo.
Es un tema para más adelante, aunque me preocupa cada día más. Sobre todo porque me siento cada vez mejor, y no dejo de preguntarme qué hago todavía en Collado Mediano en lugar de cazar a Lukov por dónde quiera que esté.
Para evitar responder a esa pregunta, me sumerjo en mi programa de entrenamientos y en mis jornadas de búsqueda. Seguiré preparándome y, cuando la oportunidad se presente, la agarraré por las pelotas y la obligaré a trabajar para mí.
Así que cuando suena el timbre en mi puerta, siento una mezcla de alivio y temor, a partes iguales. Por fin se han dado cuenta de lo que estoy haciendo y tendrán que apoyarme. No quiero pensar en la alternativa.
Cierro la tapa del portátil que no había llegado a encender, me levanto de la mesa y bajo lentamente las escaleras mientras tocan el timbre de nuevo, una y otra vez.
Una vez llego a la planta baja, me acerco a la puerta para abrirla.
Espero encontrar a Blanca o a Furiase, pero en su lugar hay un hombre de gesto serio, con un recortado bigote negro que contrasta con la abundancia de canas en su cabello.
Viste un uniforme militar de camuflaje caqui, sin ningún tipo de insignia y me mira con un punto de desdén.
—¿Quién es usted? —pregunto.
—Me llamo Óscar Baena —contesta—. Estoy buscando a Julián Pizarro.