Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO

SIETE

Madrid.

—Espero que no te hayas molestado, Miguel.

Por toda respuesta, giro la cabeza hacia la ventanilla.

—No te pongas así, que yo solo me he defendido. Te recuerdo que me estabas amenazando.

Aunque tenga razón, no quiero responder. Miro ausente por la ventana, hasta que ella habla de nuevo.

—No tiene por qué ser así ¿sabes? Quiero ayudarte, de verdad. Sé por lo que has pasado …

—¿Y vas a decirme que lo comprendes porque a ti te ha ocurrido lo mismo? —interrumpo.

—No sabía que se trataba de una competición, querido —contesta sin inmutarse cambiando de carril—. Pero yo también he sufrido, más de lo que puedes imaginar.

—¿Ah, sí? ¿También han matado a tu cuñado, tu hermana y tu sobrino delante de ti?

Cuando termino de hablar, me siento orgulloso de haberla puesto en su lugar. ¿Quién se ha creído que es? Pero al mismo tiempo, me siento avergonzado por mis palabras y lo que acabo de hacer. ¿Es así como quiero ser?

Durante varios minutos, Blanca no dice nada y yo tampoco me atrevo. La bestia se ha saciado y ha vuelto a su guarida. ¿Debería pedir disculpas? Salimos del túnel y la claridad me deslumbra por un momento.

—Yo tenía una hija.

No dice nada más y sigue conduciendo. Podría dejarlo ahí y callarme. En su lugar, pregunto:

—¿Cómo se llamaba?

—Estela.

Una vez que hemos empezado a hablar, es más fácil seguir.

—¿Qué le ocurrió? —pregunto.

—Cuando tenía diecisiete años, salió el sábado de fiesta con sus amigas, como había hecho decenas de veces antes.

A mí no me gustaba un pelo, pero ¿qué iba a hacer?

¿Tenerla encerrada como una monja de clausura?

Se fueron a cenar algo en un bar, y luego a alguna discoteca de moda, como siempre.

Era un sábado noche de madrugada y, cuando decidieron terminar con la fiesta, a ella se le antojó caminar.

Luego me confesó que había tomado alguna copa de más y quería despejarse antes de volver a casa.

El caso es que sus «amigas», por llamarlas de alguna forma, tomaron un taxi y la dejaron andando sola por Gran Vía, pensando que ella haría lo mismo.

Hago un gesto de negación con la cabeza. Los jóvenes siempre pensando que son inmortales.

—Continúa, por favor.

Blanca cambia de carril para tomar el desvío hacia la A-6, mientras sigue hablando.

—A la altura de Plaza de España, alguien la sujetó por detrás y sintió un pinchazo.

Intentó resistirse, pero perdió el conocimiento y despertó al día siguiente, tirada al lado de un camino en la Casa de Campo.

Sus ropas estaban medio rotas, le habían robado el bolso con el móvil y sus documentos, y sentía mucho dolor.

Empezó a gritar pidiendo ayuda y un corredor que hacía ejercicio cerca la escuchó y llamó a la Policía.

Un examen posterior en el hospital certificó que había sido violada; encontraron restos de semen en su vagina, ano y cabello.

—Lo siento —digo, tragando saliva.

—La Policía estuvo investigando el caso durante semanas, sin encontrar pista alguna, y el caso terminó archivado.

Cuando Estela volvió a casa, era una sombra de sí misma; se recluyó, dejando sus clases en la universidad e ignorando todas las llamadas de sus amigas.

Yo la dejé, pensando que solo necesitaba tiempo para absorber y superar lo que le había pasado.

Cuatro meses después, volví a casa y me encontré el cuerpo de mi hija tirado en el suelo, con un bote de pastillas abierto al lado.

Se había suicidado con una sobredosis de barbitúricos. El 112 solo pudo certificar su muerte.

Cuando uno ha sufrido, es muy sencillo creer que tienes el monopolio del dolor. Pero es imposible pensar eso después de escuchar una historia así.

—¿Cuánto hace de eso ?

—Diez años.

—Siento mis palabras de antes… no sabía…

—Tranquilo, cariño. No tenías modo de saberlo. Y, en cualquier caso, el tiempo hace que ya no duela tanto. Ahora soy capaz de contarlo sin romper a llorar. —Es cierto que no ha llorado, pero el temblor en su voz la delata.

—¿Y tu marido?

—Un inútil que lo único bueno que hizo en su vida fue eyacular precozmente para darme a mi hija. —Su voz ya no tiembla—. Nos habíamos divorciado mucho antes, no le he vuelto a ver desde el entierro y tampoco quiero.

Sonrío ante el comentario y Blanca debe verme por el rabillo del ojo, porque me pregunta:

—¿Te parece gracioso?

—No, solo intentaba imaginarme que cualidades debía tener tu ex para que estuvieras con él. Me pareces una mujer decidida, que no se anda con tonterías; no creo que aguantases muchas estupideces por su parte.

—Ni una, te lo puedo asegurar —contesta ella, sonriendo también—. Pero yo era joven, él era guapo y encima tenía una buena tranca. Pensé que me había tocado el gordo, pero al final no llegaba ni a pedrea.

Nos reímos con su broma, y siento que algo se afloja dentro de mí, una tensión que no sabía que existía. Pasados unos minutos, me atrevo a preguntar.

—¿Cómo lo hiciste?

—¿El qué?

—Salir adelante. ¿Cómo se puede vivir con el dolor?

—De la misma forma que lo haces sin él, viviendo. Además, la vida es muerte. Una intenta no pensar en ello, pero es lo único cierto que te va a pasar. Solo podemos intentar que el tiempo que tengamos antes de irnos valga la pena.

—¿Y nunca has pensado en buscar a quien violó a tu hija?

—No solo lo he pensado, sino que lo he hecho.

—Blanca acelera el coche para adelantar a una pequeña caravana de camiones—.

Yo tenía una carrera en el ejército y me iba muy bien, pero la dejé para criar a mi hija.

Cuando Estela murió, todo lo que había aprendido entonces me vino muy bien para investigar por mi cuenta.

No tuve éxito, pero retomé mi carrera y también hice contactos entre la Policía y el ministerio del Interior.

Estudié criminología, artes marciales y varias cosas más.

Con el tiempo y gracias a esos contactos, terminé donde estoy ahora.

Su historia tiene todo el sentido. Por la forma en que me redujo y su lenguaje corporal, es más que evidente que esta mujer no es una civil normal.

—¿Y la versión larga?

—Es información clasificada, cielo. Trabajando con quien trabajo, puedes imaginarte que el 99% del tiempo no puedo contar a nadie lo que hago.

—Ya veo. O sea que este traslado es secreto de Estado —bromeo, sorprendiéndome a mí mismo.

—Empiezas a entenderlo. Mira, esa es nuestra salida.

Blanca se pasa ahora al carril derecho para tomar la salida en dirección Collado Villalba. Pero no nos metemos en la ciudad, sino que cogemos el desvío hacia Navacerrada. El barullo de los coches de la autopista se reduce aquí al mínimo a medida que la dejamos atrás y nos adentramos en la sierra.

—¿Dónde vamos?

—A tu nuevo hogar. Es un pueblo de la sierra llamado Collado Mediano. Aunque contamos con un presupuesto considerable, ni siquiera Furiase puede conseguirte un piso en el centro de Madrid. Esta es una buena solución; tendrás un chalet con todas las comodidades en un entorno natural incomparable.

—Parece que te tienes aprendido el discurso.

—No puedo confirmarlo ni negarlo. Lo que sí te puedo asegurar es que podrías acabar en sitios mucho peores que este. No estás tan lejos de la capital y te servirá para pensar en tu futuro.

Observo el entorno que nos rodea, lleno de naturaleza prácticamente salvaje, con las montañas de la sierra madrileña delante de nosotros.

—Supongo que tienes razón —miento—. Si no, siempre puedo dedicarme al senderismo.

—Ten cuidado. Esta zona en invierno puede ser peligrosa. Estamos a más de mil metros sobre el nivel del mar, aquí nieva con frecuencia.

El resto del camino lo ocupamos con otros detalles, como por ejemplo, las formas de contactarla si la necesito y cada cuánto tiempo debo comunicarme, tanto por teléfono como en persona. No estoy bajo su mando, pero a todos los efectos es como si lo estuviera.

Finalmente, llegamos a Collado Mediano, a una urbanización a la entrada del pueblo, a la que se accede por una calle empinada que discurre salpicada de árboles y glorietas.

Los chalets se suceden a uno y otro lado, con gente andando por la calle, algunos niños jugando entre el césped y un hombre mayor ocupado en lavar su todoterreno en el porche.

Tras unos minutos callejeando, llegamos a una casa de dos plantas, muchísimo más lujoso que mi apartamento de Guadalajara.

—Bienvenido.

Blanca tiene las llaves del chalet, y acciona el mando del garaje para guardar el coche.

En el interior no hay nada, pero está cuidado, como si lo hubieran limpiado hace poco.

Hasta me parece notar un poco de olor a lejía.

Nos bajamos del coche y ella me acompaña para mostrarme la casa, equipada y amueblada, lista para entrar a vivir e igual de limpia, solo que aquí han usado algún ambientador con olor a rosas.

Dos plantas, tres dormitorios, tres cuartos de baños, salón con cocina americana, buhardilla…

Nunca habría podido permitirme esta casa con mi sueldo del GEO.

—Blanca —digo cuando volvemos al salón, llamándola por su nombre por primera vez—, ¿te puedo hacer una pregunta?

—Claro que sí, Julián.

—Todo esto es demasiado —digo, abriendo los brazos—. ¿Qué quiere Furiase a cambio?

—¿Cómo? ¿No crees que te lo ha dado porque te lo mereces?

Inclino la cabeza y la miro con sorna por encima de las gafas de sol. Al final, termina riéndose.

—Ya en serio, no lo sé. Pero si tuviera que aventurar algo, te diría que continúes con tu recuperación.

—¿Por qué?

Me mira durante un buen rato de arriba abajo antes de contestar, con gesto serio.

—Eres un operativo de primera, y no es tan fácil encontrar gente como tú. En cuanto estés al 100%, no me extrañaría nada que alguien te propusiera usar tu experiencia para algo productivo.

Así que se trata de eso. Furiase me está comprando. Bueno, tampoco tendría problema en aceptarlo, siempre que no interfiera con mi misión. Porque pase lo que pase, voy a cazar y matar al bastardo que asesinó a mi familia y a todos sus secuaces.