Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

CAPÍTULO

SEIS

Han pasado tres días, y las cosas han cambiado. Para empezar, han habilitado todos los canales de televisión, de modo que ya puedo ver noticias y cadenas nacionales. No es que sea un gran avance, pero al menos no me siento tan aislado.

Y hoy he tenido una sorpresa. En cuanto se ha llevado la bandeja del desayuno vacía —por muy insípido que sea el café de aquí, es mejor que nada—, el auxiliar me entrega una caja, que contiene un teléfono móvil con su cargador, y un pequeño paquete.

Enciendo el teléfono, un Android de gama media, y espero a que coja cobertura.

No está formateado de fábrica, y tiene varias aplicaciones instaladas, incluyendo el WhatsApp.

Apenas engancha señal, un pitido me indica que tengo un nuevo mensaje.

Es un audio de un número desconocido. Lo reproduzco y reconozco la voz de Furiase al instante .

—Es hora de cumplir con nuestro trato, Pizarro.

Voy a ayudarle a rehacer su vida, siempre y cuando permanezca en el anonimato y no revele a nadie su verdadera identidad.

Puede localizarme a través de este número, pero más vale que sea solo para una emergencia.

Aunque no se lo parezca, soy un hombre ocupado.

Junto a este móvil le habrán entregado una caja.

Dentro de ella, tiene todos los papeles de su nueva identidad: DNI, carné de conducir, tarjeta de la Seguridad Social…

también tiene un par de documentos con la historia de su nueva vida; apréndasela, es suya, al fin y al cabo.

Por último, tiene también las llaves de su nueva casa y una tarjeta de crédito a su nombre, con un sueldo mensual asignado a cargo del Estado.

»Si los matasanos del 12 de octubre no se equivocan, le queda poco en el hospital, así que recuerde lo que hemos hablado.

Cuando salga de aquí, se pondrá en contacto con usted una persona de mi equipo, que se encargará de ayudarle en lo que pueda necesitar, y le mantendrá informado de cualquier avance que hagamos en localizar a nuestro común amigo ruso.

Recuerde que debe mantener un perfil bajo, porque si no lo hace, esta persona se encargará de que lo haga.

Usted dedíquese a descansar y recuperarse, que nosotros nos ocuparemos de lo demás.

Entre bomberos no nos pisemos la manguera, por favor.

Adiós, Pizarro. Espero que no tenga que hablar conmigo de nuevo, de verdad.

Escucho el mensaje un par de veces más, para asegurarme de entender bien todo lo que dice y, sobre todo, lo que sugiere.

Ese «no nos pisemos la manguera, por favor» es una petición disimulada dentro de una broma.

Furiase sabe perfectamente que, cuando esté fuera de aquí, va a tener muy difícil, por no decir imposible, el controlarme.

Así que intenta convencerme apelando a la solidaridad profesional.

Y si eso no funciona, siempre queda la amenaza explícita: «Esa persona se encargará de que lo haga».

Nunca me ha gustado que me presionen. Pero el peligro para mi familia es real, y eso es lo único que importa. Por el momento, al menos, mantendré un perfil bajo. Pero ¿qué perfil es?

El paquete que viene en la caja contiene todos los documentos que decía Furiase en el audio.

Mi nuevo nombre es Miguel Caballero, y según el papel biográfico que me han preparado, soy un conductor de camión profesional, retirado con pensión de invalidez tras un accidente.

Lo del accidente es un buen toque para explicar mis cicatrices, pero hay algo que no me encaja.

Busco el nombre en internet a través del teléfono, encontrando un fabricante de ropa blindada y un ingeniero dedicado a la enseñanza online y las criptomonedas.

Ninguno de los dos enciende ninguna lucecita, así que me quedo con la sensación de déjà vu durante un tiempo, hasta que decido centrarme en lo realmente importante: voy a salir del hospital.

Después de ese día, la situación cambia.

El personal del hospital me habla con más libertad, y se dirigen a mí siempre con mi nuevo nombre.

Imagino que las autoridades del 12 de octubre han decidido, con la aprobación de mi amigo de la barba, que ya es hora de que el paciente misterioso deje de serlo.

Con todo, siguen siendo discretos, y yo tampoco tengo intención de compartir mucho de mi vida, ni de la antigua ni de la nueva.

Mi prioridad es recuperarme cuanto antes, y conocer todos los cuidados que debo llevar de ahora en adelante.

La pérdida del bazo, por ejemplo, me hace más vulnerable a las infecciones, así que debo tener especial cuidado con las vacunas y en el contacto con enfermos o animales.

Mi pierna izquierda está bastante recuperada y las sesiones de fisioterapia han ayudado a que recobre el tono muscular.

Aunque han soldado bien, as fracturas de la tibia siempre estarán ahí.

Escucho con atención los consejos de los especialistas sobre cómo usar mallas compresoras y rodilleras para reforzar la protección en esa zona, y me aseguro de entender bien qué tipo de esfuerzos debo intentar evitar.

Eso sí, si alguien fuera del hospital vuelve a decirme lo afortunado que soy de estar vivo, igual recibe un puñetazo.

Dentro de mí, siento la rabia como un océano de furia que ahora está en calma, pero puede agitarse en cualquier momento, y tengo miedo de que lo haga antes de recibir el alta. Necesito salir de aquí, como sea.

El día que finalmente lo hago es un completo anticlímax.

Por la mañana, una enfermera me informa que el doctor me entregará los papeles del alta y que después podré marcharme.

Dedico el resto de la mañana a guardar mis escasas pertenencias: el móvil y la caja con los documentos que me ha mandado Furiase.

Como no tenía nada de mi ropa y tampoco podría recuperarla nunca, usé la tarjeta de crédito para comprar por internet algo que ponerme.

Nada complicado ni especialmente elegante: zapatillas, vaqueros, una camiseta y una chaqueta de cuero.

Cuando me contemplo en el espejo del baño vestido de «civil», no puedo contener una carcajada.

Tengo la barba y el pelo muy largos, lo que unido a que todavía estoy demasiado delgado, me da el aspecto de un rockero yonqui, entrado en años y venido a menos.

Y las gafas de sol tipo aviador coronan el conjunto .

Al final, no es ningún doctor quien termina trayéndome el informe, sino una desconocida que lleva un vestido oscuro y medias negras, y entra en mi habitación como si fuese la dueña del hospital.

Me sacará unos diez años, le calculo unos cuarenta y tantos.

El vestido negro realza su figura, algo entrada en carnes aunque, fijándome bien, toda esa masa extra parece puro músculo; tiene su cabellera negra recogida en un moño, un rostro atractivo y una mirada que transmite seguridad.

Medirá como metro setenta, pero con los tacones que lleva casi me llega al hombro.

Me quedo mirándola, sorprendido, y ella me estudia de arriba abajo como si fuera un producto expuesto en el mercado, antes de decir palabra alguna.

—Te has quedado en los huesos, Miguel.

—Como si no lo supiera —digo, un poco descolocado por la familiaridad con que me habla esa mujer—. ¿Y tú eres…?

—Tu nueva mejor amiga, Blanca Fernández.

Me tiende la mano y se la estrecho. He tenido compañeros que daban apretones con mucha menos fuerza que esta mujer.

—Encantado, Blanca. Ahora que somos tan amigos, ¿te importa explicarme qué haces aquí?

—¿Cómo no iba a venir a llevarte a tu casa, hombre? —exclama, dándome una palmada en la espalda que casi me tumba—. No estás para conducir después de todo este tiempo ingresado. Vienes conmigo, y así podemos ir charlando por el camino.

—Tú eres la persona que dijo Furiase. —Tardo un poco en caer en la cuenta, porque la verdad no me esperaba que fuera alguien así. Desde luego, no una señorita Rottenmeier supervitaminada.

—Mejor no le menciones en voz alta —dice ella, tomándome del hombro y llevándome a la puerta—. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.

—Muy bien. Dejémoslo en que eres del equipo del Innombrable.

—En realidad, soy del Atleti, pero no viene al caso. Venga, vámonos, que se hace tarde.

Salgo de la habitación prácticamente arrastrado por esa mujer y caminamos por los pasillos de la planta.

Ella está muy segura de dónde va, así que me dejo llevar, incluso cuando nos metemos en la zona marcada como «Solo para personal sanitario».

El olor aséptico del hospital se va difuminando poco a poco hasta que llegamos a un ascensor por el que bajamos al aparcamiento.

Allí, huele al humo del escape de algún coche que se acaba de marchar.

Caminamos hasta llegar a un viejo Astra gris que, por la matrícula, debe tener al menos diez años.

—Sube, yo conduzco —dice ella, accionando las llaves y provocando el pitido en el coche por la apertura automática. En ese momento, decido que ya es suficiente.

—Prefiero conducir yo. Puedes guiarme a dónde quiera que vayamos.

—Eso no va a ocurrir, Miguel. No luches contra lo inevitable.

Me acerco a ella y bajo la cabeza para mirarla.

—Escucha, Blanca —digo, sintiendo la furia burbujeando en mi interior—.

Entiendo que estás haciendo tu trabajo, pero llevo mucho tiempo encerrado sin poder hacer nada, como seguro que sabes bien.

Por favor, déjame las llaves. —Le tiendo la mano—.

Tan solo quiero conducir. Te prometo que no voy a hacer nada raro, simplemente necesito sentirme activo, que hago algo, en lugar de ser un pasajero. ¿Comprendes?

—Claro que lo comprendo, mi niño —responde ella, sonriendo—. Pero no va a poder ser. Yo conduzco, sube .

—No es una petición —pronuncio con toda la frialdad de meses de rabia acumulada—. Dame las putas llaves.

Me quedo observando la cara sonriente de Blanca, con mi mano extendida en gesto amenazador.

Lo siguiente que recuerdo es sentir que toma mi mano y la tuerce produciéndome un gran dolor, forzándome a girar.

En ese mismo movimiento, me agarra del hombro y me empuja en el sentido del giro, aplastándome contra el capó del coche mientras aplica presión sobre mi brazo.

—Solo te lo diré una vez, Miguel. No me gusta la gente maleducada, y mucho menos que intenten amenazarme.

Antes de tu desgraciado incidente, quizá me hubieras hecho sudar en una pelea limpia, pero no me habrías ganado.

Eso te lo puedo garantizar. —En ese momento, tira hacia arriba de mi muñeca y brazo, arrancándome un sonoro quejido—.

En tu actual estado, no eres rival para mí, por mucho que pienses que puedes conmigo o intentes impresionarme con tu fachada de tipo duro.

Tras decir esas palabras me suelta, y yo me masajeo la muñeca. Estoy enfadado y sorprendido a la vez, aunque solamente se perciba en mi voz la primera de esas emociones.

—¿Por qué has hecho eso, joder?

—Para dejar las cosas claras —contesta ella, con el rostro serio—.

Tengo un trabajo que hacer, que es asegurarme de que te instalas y llevas una vida ordenada y tranquila.

Si te desordenas, no me gustará, y ya has visto lo que hago cuando algo no me gusta.

Tú eliges. —Y como si pulsara un interruptor, vuelve a sonreír—.

¿Te montas ya, Miguel, y nos vamos? Se nos va a hacer tarde.

La verdad es que, en otras circunstancias, creo que Blanca me habría caído bien, pero después de lo que acabo de experimentar, tan solo quiero darle una paliza.

Sin embargo, tiene toda la razón: no estoy en condiciones físicas para ello.

La rapidez y eficiencia con que me ha neutralizado lo ha dejado muy claro.

Así que me siento en el asiento del copiloto y me pongo el cinturón.