Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

CAPÍTULO

CINCO

—Ha tenido muchísima suerte, señor Pizarro —dice el doctor, un hombre mayor con una poblada y cuidada barba negra, repasando una carpeta que lleva consigo—. De hecho, no me explico cómo sigue vivo.

Estoy tumbado en la cama de mi habitación.

En la tele dan un documental sobre la migración de los rebaños de ñus en Tanzania.

La manada estaba por llegar al río Mara cuando este tipo entró y se puso a hablarme.

Quito el volumen para escucharle, pero sus palabras han hecho que quiera agarrarle por el cuello.

Explicarle que no ha sido ninguna suerte.

Hacerle comprender que no tengo ningún motivo para vivir y que solo me queda el ansia de venganza.

—Supongo —me limito a contestar.

No he visto antes a este doctor, y eso ya es una novedad.

Pero lo que me ha puesto en alerta, y ha hecho que le prestara toda mi atención, es que, debajo de su bata de médico, lleva pantalones de vestir y zapatos negros de cuero, con un brillo tan limpio e insultante que delata su precio a un kilómetro.

Un doctor normal vendría en zapatillas o esos zuecos horribles que usan para aguantar los turnos interminables de pie.

—No, en serio, he visto gente morir por heridas menos graves que las suyas —dice el «médico»—.

Los disparos que recibió en el vientre deberían haberle matado, aunque solo fuera por la pérdida de sangre.

Sin embargo, no solo aguantó mientras lo estabilizaban, sino que el único órgano dañado ha sido su bazo.

Tendrá que llevar sus vacunas al día, pero uno puede vivir perfectamente sin bazo.

Cuanto más habla, más extraño me resulta su tono.

—¿Quién es usted? Y no me cuente milongas, no creo que sea del hospital —pregunto, quizá un poco más enfurecido de lo que debería.

El tipo asiente con la cabeza.

—Es muy perceptivo, señor Pizarro, más de lo que me imaginaba. Puede llamarme Enrique Furiase —dice, enrollando la carpeta—. Por cierto, le acompaño en el sentimiento.

La rabia en mi interior se concentra. En la tele, los ñus se abalanzan sobre las aguas del río, confiando en que sus números les salven de la muerte.

—Déjese de historias y cuénteme a qué ha venido.

Furiase hace una mueca que podría interpretarse como sonrisa.

—Directo y al grano, así me gusta. No sabe lo agradable que es encontrarse con alguien que no pierde el tiempo y dice lo que quiere decir, sin segundas lecturas ni hostias.

—No me diga. Parece usted sindicalista… o político .

Inclina la cabeza y sonríe.

—Veo que las drogas ya no afectan a su sesera.

No soy ni una cosa ni otra, pero mi puesto exige que muchas veces tenga que lidiar con esa gente, sobre todo cuando se trata de trapos sucios —dice, caminando alrededor de la cama—.

Tranquilo, no soy un delincuente, aunque deba relacionarme con ellos en bastantes ocasiones, también por razón de mi puesto.

—¿Qué puesto es ese?

—Como decía Harvey Keitel en Pulp Fiction , soluciono problemas.

Pero en lugar de ocuparme de cadáveres en garajes, me encargo de solucionar asuntos al más alto nivel, no sé si me entiende.

—Furiase me guiña un ojo y continúa hablando—.

No tengo un despacho fijo porque no necesito uno: mi despacho es el Estado entero y no me encontrará en ningún organigrama oficial.

Creo que estoy como adjunto del adjunto en algún listado, pero con alguna función inocua, como «análisis de información» o «fijación de estrategia».

—Se ríe solo—. Estamos rodeados de gilipollas que piensan que tener un nombre o cargo rimbombante sirve para algo cuando, en el mundo real, lo que importa es la persona detrás de ese nombre y si realmente es capaz o no.

Pero estoy divagando. Como le decía, me encargo de resolver problemas y su pequeño incidente en La Gomera se ha convertido en un problema.

—Explíquese —digo, incorporándome a pesar del dolor hasta que logro quedar apoyado en el codo izquierdo.

—La detención de Dmitri Lukov fue muy celebrada en las altas esferas, señor Pizarro.

Moncloa ha sacado pecho con sus homólogos europeos, algo que a este Gobierno le gusta mucho.

Como a todos los Gobiernos, por otra parte —afirma, moviendo su mano con la carpeta enrollada—.

Pero cuando el traficante internacional de armas de cuya detención estás presumiendo en Bruselas se escapa prácticamente ante tus narices, la imagen que das no es precisamente la de un profesional.

Sumemos a esa cagada el hecho de que el citado traficante se pasea por tu territorio sin que salte ninguna alarma, y ejecuta su vendetta sobre el GEO que tan descuidadamente le reveló su verdadera identidad, provocando una masacre, además.

—Mi familia… —empiezo a decir, cuando noto que la voz me falla.

—Lo siento mucho por usted, señor Pizarro.

Por mucho que el error fuera suyo al revelar su identidad, nadie se merece lo que le ha pasado.

Nos hemos hecho cargo de todo, empezando por su tratamiento médico.

Ha sido un verdadero milagro que sobreviva, pero también han influido muchos los médicos que le atendieron en la casa y lo estabilizaron, la tripulación del avión medicalizado que le trajo aquí desde las islas, y todo el equipo médico que ha participado en las cuatro operaciones que ha sufrido.

Un cocodrilo está devorando a uno de los ñus rezagados. En algún momento, una manada de cebras se ha unido a la travesía y también están cruzando las aguas.

—Les mandaré regalos por Navidad —digo, más entero—. ¿Por qué me cuenta esto?

—En primer lugar porque, al contrario que algunos de mis superiores, soy partidario de ir de cara con quien lo merece.

He leído su expediente, Pizarro; sé de la mierda que ha tenido que tragar en letrinas como Afganistán, Irak o Libia, y de todo el trabajo que ha realizado para llegar a ser subinspector.

Puede haber algún matiz, pero le considero uno de los míos, y a los míos les digo la verdad.

Ahora es mi turno de reírme, o al menos de intentarlo.

—¿Y quiénes son los suyos ?

—Los que saben la diferencia entre el bien y el mal, y actúan para acabar con el mal. Aunque no nos lo agradezcan. ¡Qué coño, especialmente cuando no nos lo agradece nadie! Es muy fácil sacrificarse para recibir alabanzas y ascensos, pero no tanto cuando nadie lo sabe ni lo sabrá nunca.

—Muy bonito, Furiase. Pero sigo sin saber qué hace aquí.

—Piense en esto como un agradecimiento, Pizarro. No puede volver al servicio activo y tampoco puede salir de aquí como si nada: en cuanto Lukov sepa que está vivo, irá a por usted.

Esa posibilidad había pasado ya por mi mente, de hecho, contaba con ella para encontrar al ruso. Aunque mientras no esté recuperado al 100%, siempre estaré en desventaja. Pero ya cruzaré ese puente cuando llegue a él.

—Es lo que quiero.

—Entonces estará muerto en algo más que el nombre.

—¿Qué significa eso?

—A efectos legales, Julián Pizarro falleció en La Gomera, junto a su familia. Fue enterrado con todos los honores la semana pasada; luego puedo mostrarle las fotos del funeral, fue precioso.

—¿Cómo… cómo se atreven…?

—Era necesario. Con Lukov libre, su vida y la de todos sus seres queridos seguirá corriendo peligro. La única forma de solucionarlo era matarlo.

La imagen de mi propio entierro es tan devastadora que tengo que tumbarme de nuevo. Y mi pobre madre… Todo mi dolor palidece ante lo que debe estar sufriendo ella, con sus hijos y nietos muertos. No se merece esto.

Huelo castañas asadas. Las que preparábamos en la lumbre de casa, con Carol protestando porque no le gustaba pelarlas.

—¿Qué le dijeron a mi madre ?

—Que su hijo murió en acto de servicio y que, aunque su generoso sacrificio no pudiera salvar a su familia, sí salvó muchas vidas.

Esa es la historia oficial y a ella nos ceñiremos —dice Furiase, llevándose la mano al corazón—.

Su pensión y ahorros han pasado a su madre.

No le faltará nada ni a ella ni a su sobrina Lucía.

Al escuchar esas palabras y lo que implican, me falta la respiración.

Tardo varios segundos en lograr que mis labios articulen palabra.

En la tele, un plano aéreo muestra al grueso de la manada de ñus, que ha logrado pasar al otro lado.

Fuera de la habitación, se escucha el traqueteo de alguien empujando un carro y es como si me dieran paso antes de hablar.

—¿Lucía está viva?

—¿Nadie le ha dicho nada? —El enfado es evidente en el rostro y voz de Furiase—. ¡Me cago en la puta! ¿Es que nadie tiene dos dedos de frente aquí? —dice, mientras se pone la carpeta enrollada bajo el brazo, saca su móvil y comienza a mover los dedos sobre el teclado.

—¿Es verdad? ¿Está viva?

Furiase termina de escribir y suspira.

—Perdón, pero no quiero olvidarme de abroncar a quien no le haya informado.

—Se mesa la barba, sonriente. Quizá sea por la noticia que me ha dado, pero me parece sincero—.

Y sí, también sobrevivió al ataque. Su madre recibió la mayor parte de los disparos, protegiendo a sus hijos.

Por desgracia, el niño recibió un disparo letal en pleno corazón que lo mató casi al instante.

Lucía lo peor que se llevó fue un balazo que le fracturó la tibia derecha; deberá llevar un fijador externo un tiempo, pero se le pasará.

A su edad, los niños son de goma; si todo va bien, no tendrá secuelas de ningún tipo, al menos físicas.

Me cubro la cara con las manos, frías de repente, y lloro en silencio durante un buen rato.

Mi rabia ha cedido, y es como si la sensibilidad hubiera vuelto a mi alma.

Mi pobre sobrina está viva, pero ha perdido a toda su familia cercana.

José Manuel era huérfano, así que no tiene por el lado de su padre quien pueda cuidarla.

Pero al menos está con su abuela, mi madre.

—Gracias —balbuceo, limpiando mi cara y mis labios, donde ha quedado el sabor salado de mis lágrimas—. Muchas gracias.

—No hay de qué, Pizarro. Por supuesto, sabe que no puede volver a verlas.

Estoy tan feliz de que mi sobrina siga viva que no me importa lo que diga ahora Furiase.

Además, es algo que ya me suponía, en cuanto me dijo que debía permanecer muerto.

Pensaba solo en la seguridad de mi madre, pero ahora debo pensar también en la de Lucía.

Me muero de ganas por verlas, pero antes tengo algo que hacer.

—Claro que no. Primero debo ocuparme de Lukov —digo, apagando con gesto decidido la televisión.

—Sobre eso, me temo que no podrá ser. ¿Recuerda lo que le dije sobre mi trabajo?

—Soluciona problemas.

—En efecto y voy a ser muy claro porque creo que es lo mejor para ambos. Lo que ocurrió en La Gomera lo hemos podido gestionar, con mayor o menor fortuna. Pero con usted no podemos actuar de igual manera.

—¿Y qué solución me ofrece?

—En realidad es muy sencillo: continúe con su vida. Eso sí, con una nueva identidad, que nosotros le facilitaremos. Y manténgase bajo el radar hasta que terminemos con Lukov. Porque puedo asegurarle que le tenemos muchas ganas.

La sonrisa mientras habla, enmarcada en su poblada barba, me hace pensar en un depredador. De repente, me parece que Furiase es muy capaz de hacer lo que dice.

—¿Y si me niego?

—Eso no sería muy inteligente. Me ha demostrado en este rato que llevamos hablando que tiene cerebro dentro de esa cabezota. ¡Empiece a usarlo, Pizarro! ¿Qué cree que pasará si no se mantiene bajo el radar y Lukov se entera de que sigue vivo?

—No me importa arriesgarme…

—¿Y también arriesgará a su madre y su sobrina?

—Los ojos de Furiase se clavan en mí—. A estas alturas, debería tener claro que Lukov cuenta con muchos recursos, y es capaz de localizar a quien le interesa.

Y que, además, es un hijo de puta de la peor calaña.

No tendrá reparo alguno en matar a su familia solo para divertirse.

O para hacerle daño si descubre que sigue vivo.

Respiro despacio. No puedo dejar que la cólera me domine. Aún no. El hombre que está frente a mí tiene toda la razón. No puedo poner en peligro a mi familia.

—De acuerdo —digo lentamente.

—Excelente, ha tomado la mejor decisión. Haga lo que le he dicho, y tendrá lo que necesite para empezar una nueva vida. —Se acerca a la cama y me apunta con la carpeta—. Intente jugármela y actuar por libre, y volverá a ser un problema. No querría tener que ocuparme de usted.

Decido no responder a esa amenaza poco velada. Tan solo le miro y asiento en silencio. Si esto es lo que necesito para salir de aquí, adelante.

No es tan distinto de seguir la corriente al psicólogo.