Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 4
15%

Capítulo 4

CAPÍTULO

CUATRO

DOLOR.

Intento abrir los ojos pero no veo nada.

Lo único que siento es un dolor intenso y llameante por todo el cuerpo.

Tras una eternidad de sufrimiento, oigo sonidos que no puedo identificar y voces que no conozco.

Quiero moverme, pero es como si mi cuerpo pesara una tonelada y mis brazos se niegan a obedecer.

Tengo calor, mucho calor. En medio del tormento, algo metálico entra en mi brazo.

Una gota más en el océano de dolor, y por esa gota entra un alivio oscuro y helado que se expande lentamente y elimina todas las sensaciones.

La oscuridad me reclama y yo le doy la bienvenida.

Mi conciencia se activa de nuevo, o al menos eso creo.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No sé si estoy despierto o estoy soñando.

Abro los ojos y la luz me deslumbra. No puedo dejar de mirarla.

Un zumbido constante pita en mis oídos. ¿Tengo oídos?

Esto es todo muy extraño. Estoy inmóvil pero siento que me estoy moviendo.

Es la luz más blanca que he visto en mi vida y no me canso de mirarla.

¿Qué es eso? Sombras en la luz. Mis párpados pesan mucho.

¿Por qué hay sombras? Estropean la luz. ¡No, no quiero cerrar los ojos!

Tengo que seguir mirando la luz. Cierro los ojos y lucho para abrirlos.

Si hay luz, estoy vivo. Si no hay luz, ¿estoy muerto?

Me rindo, avergonzado. Solo hay oscuridad y me hundo en ella.

Despierto de nuevo. ¿O es la primera vez?

Siento mi mente como envuelta en algodón.

Cuesta pensar. Debería descansar. ¿Pero por qué?

No puedo descansar. Tengo algo muy importante que hacer.

No recuerdo qué, pero sé que da sentido a mi vida.

¿Esto es mi vida? Intento recordar, pero el esfuerzo es demasiado. Mi mente se apaga poco a poco...

Siento que alguien me mueve. Eso es lo que me ha despertado ahora, alguien moviéndome.

¿Por qué me mueven? ¿Dónde estoy? Trato de abrir los ojos pero no veo nada.

Intento mover los brazos, pero solo logro mover las puntas de los dedos.

No entiendo la causa. Antes era capaz de moverme y ahora no.

¿Por qué? Dejan de moverme, ahora estoy de lado.

No entiendo nada. Solo sé que estoy cansado, voy a dormir.

Oigo un portazo y abro lentamente los ojos.

¿Quién cierra tan fuerte? No lo sé, pero me ha despertado.

Siento un sabor extraño en la boca. No es dulce, ni salado, ni amargo, no sé como describirlo.

No reconozco dónde estoy. No es mi casa.

No es mi cama. Mis sábanas son más gruesas, y no tienen letras escritas.

¿Qué pone? ¿Es ruso? No lo sé, pero pensar en Rusia me enfurece.

La máquina al lado de la cama se pone a pitar.

La ignoro y me concentro en las letras. Son familiares, pero distintas.

Intento enfocar, cuando me doy cuenta de que solo estoy viendo por un ojo.

No importa, concéntrate. Es tu misión. ¿Qué pone?

Después de forzar mi vista y lograr que me duela la cabeza, descubro con asombro que están al revés.

Sabiendo eso, es fácil leer lo que pone, al menos las letras más grandes. «12 de octubre».

Estoy en el 12 de octubre. El hospital 12 de octubre. Si estoy en el hospital es que estoy enfermo. ¿Qué me ha pasado? Trato de hacer memoria. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Lo último que recuerdo…

No recuerdo nada.

No sé cómo me llamo.

Debería preocuparme, lo sé, pero no me importa en absoluto. Debe ser algo de lo que te dan en el hospital.

¿Y ahora qué?

No tengo mucho más que hacer, y el trabajo de leer la sábana me ha dejado cansado, así que decido que mejor me duermo de nuevo.

Esta vez la oscuridad es distinta. No es el olvido en el que vengo cayendo desde que tengo recuerdos, sino un estado diferente.

Puedo moverme y estoy caminando por un pasillo muy largo, en el que hay puertas a uno y otro lado.

Están todas cerradas, y sé que si oso abrir alguna de ellas, lo que hay dentro terminará conmigo, así que corro por el pasillo en busca de una salida.

Correr es una sensación intoxicante. El viento en mi cara, los músculos respondiendo automáticamente a mis órdenes…

siempre me ha gustado correr, ¿cómo he podido estar tanto tiempo sin hacerlo?

Ya no estoy corriendo por el pasillo, sino por un camino de tierra.

Es el camino que lleva a mi casa, pero todavía está muy lejos, así que disfruto de la carrera.

Por encima de mí, se extiende la inmensa bóveda del cielo azul.

No hay una sola nube que manche el firmamento.

Sin dejar de correr, salto y mis piernas se elevan por encima de la tierra.

Me despego del suelo y abro los brazos. Tomo altura y vuelo, con el paisaje paseando por debajo de mí: montañas, ríos, campos… hasta que llego al pueblo.

Sin transición alguna, estoy tirado en una tumbona en la puerta de la casa de mis padres.

Tengo quince años y estoy mirando el cielo nocturno.

Mi madre y mi hermana están sentadas a mi lado, tejiendo.

Mi padre está apartado de nosotros, en la oscuridad de la puerta de la cochera.

Huelo tabaco negro, sé que está fumando.

Las polillas aletean alrededor de la farola que hay frente a la casa.

De vez en cuando, un murciélago pasa a toda velocidad y se lleva una.

Estoy en paz. No quiero que esta noche termine nunca.

—Juli —dice mi hermana—, ve a bañarte de una vez o me meteré yo al baño y tendrás que esperar.

¿Por qué tiene Carol que fastidiarlo todo? Con lo a gusto que estaba tumbado aquí. La miro, pero en lugar de la adolescente que era entonces, veo a la mujer que es. Que era. Se me hace un nudo en la garganta.

—¿Qué te pasa, idiota? —me pregunta— ¿Por qué lloras?

No tengo palabras para describir la pena infinita que me produce verla. Solo sé que no puedo contenerme y lloro como nunca lo he hecho en mi vida.

Me despierto con lágrimas en los ojos y preso de una profunda tristeza.

Estaba soñando, no recuerdo el qué, solo que estaba Carol.

Y que no podía soportar su pérdida. Trato de conservar la memoria de lo que soñé, pero se desvanece como el humo.

Al tiempo que se va, la realidad de mi situación me golpea con toda su crudeza.

Sigo llorando, porque ahora sé los motivos. José Manuel, Carol, Adrián, Lucía. Mi familia, asesinada por un animal con forma humana.

Pero estoy vivo. No sé cómo, pero he sobrevivido.

Tan rápidamente como llegaron, las lágrimas se cortan por la rabia que siento en mi interior, diferente a cualquier otra que haya experimentado. No es una explosión furiosa, es un velo frío que lo ahoga todo.

Me dieron por muerto, pero se equivocaron. Ese fue su error, y Lukov y sus secuaces lo pagarán con su vida.

Martes 27 de septiembre, 11:43 horas.

Hospital 12 de octubre, Madrid .

Desde que he recuperado la memoria, han desfilado por delante de mi cama más doctores de los que había visto nunca.

En cuanto se despejó mi mente, empecé a escucharles con atención.

Según me dicen, he perdido el bazo, han tenido que reconstruir mi cara, que todavía no he podido ver a causa del vendaje, y parece que tendré suerte si no pierdo el ojo derecho.

Bueno, mi rostro no será una visión agradable, pero con gafas de sol imagino que podré caminar por la calle sin parecer un orco.

En cuanto a movilidad, tengo dos fracturas en la tibia izquierda, y me han escayolado la pierna. El resto de miembros funciona con relativa normalidad. Apenas tengo fuerza en las manos y duele como el demonio intentar moverme, aunque me estoy acostumbrando.

No debería estar vivo. La ráfaga a bocajarro de un HK G36 debería haberme mandado al otro barrio, por no mencionar los disparos que recibí del hombre engominado.

Solo se me ocurre una explicación: Lukov manejaba el fusil con una sola mano, y no su mano fuerte, lo que afectó a su puntería.

La mayor parte de las balas ni me dieron.

Afortunado de mí.

Los doctores y enfermeras que me tratan no suelen hablar conmigo.

Cuando deben dirigirse a mí, me dicen únicamente «señor».

Si tienen conocimiento de mi nombre o apellidos, se cuidan mucho de decirlos en mi presencia.

Ninguno me ha contestado cuando le he preguntado por mi familia o cuándo saldré de aquí; tan solo me indican que me centre en descansar y recuperarme.

De momento, les he seguido el juego, aunque no sé hasta dónde llegará mi paciencia.

Los días pasan indistinguibles unos de otros.

La televisión que hay en mi cuarto solo tiene canales de películas, series y documentales, ni una sola cadena nacional o informativo que me pueda decir algo del mundo exterior.

Es como si estuviera encerrado en una burbuja con olor a desinfectante y antisépticos.

A pesar de eso, voy consiguiendo información, sacada de retazos de conversaciones y medias respuestas de los médicos y enfermeras que me atienden.

Sé que fui trasladado a la península en un avión medicalizado desde La Gomera, pero no conozco ningún detalle, ni tampoco qué pasó en la casa de mi hermana o si Lukov ha escapado o está preso.

Eso es lo que peor llevo. Tan solo quiero salir del hospital y cazar a Lukov.

Por desgracia, no puedo, incluso si me dieran el alta hoy.

Me parezco poco a lo que era; he adelgazado once kilos y me he quedado en los huesos, como cuando tenía dieciséis años.

No he perdido el ojo izquierdo como temían, pero la cicatriz en torno a él es bastante prominente todavía, así que me he acostumbrado a andar casi siempre con gafas de sol.

Con todo, sigo vivo. No soy un especialista pero conozco el síndrome del superviviente, y sé que en este momento soy material defectuoso, en todos los sentidos.

Un psicólogo comenzó a tratarme hace unas semanas, pero pude ver que la verdad de lo que me pasaba iba a ser demasiado para él, así que he aprendido a mentir y simular que estoy bien.

No sé si le engaño y tampoco es que me importe especialmente.

Es otra forma de ocupar mis días aquí, aparte de ver una y otra vez reposiciones de La que se avecina o documentales sobre operaciones secretas en la II Guerra Mundial.

El tiempo pasa y, por imposible que parezca, mi cuerpo se va recuperando.

Cuando me quitaron el vendaje de la cara decidí dejarme la barba para tapar las cicatrices de las mejillas y el mentón.

Ahora, me miro al espejo y un desconocido me devuelve la mirada.

Me asusta lo mucho que ese tipo me recuerda a mi padre, sobre todo al final de su vida .

Mi rutina es simple: dormir, comer e intensas sesiones de rehabilitación.

Justo lo que me ha recetado el doctor: interminables horas de esfuerzo y sudor para ganar músculo y que mi pierna vuelva a funcionar con normalidad.

Trabajando con los fisios del hospital, he logrado recuperar la movilidad plena.

Están sorprendidos con mis avances, y piensan que ya debería recibir el alta.

No se explican por qué todavía sigo aquí, cuando podría continuar con mi recuperación en casa.

Cuando llegan a ese punto, yo me encojo de hombros y sigo con los ejercicios. ¿Para qué decirles nada? Me encuentro preso en el 12 de octubre, en un ala en la que solo estoy yo. Pero cada día me encuentro un poco mejor y pronto llegará el momento en el que podré salir de aquí.

Por las buenas o por las malas.