Capítulo 3 #2
—Es una bonita historia. —Lukov coge una silla y se sienta, con cuidado de no chocar su brazo derecho con nada—.
Sobre todo para mí. Para ti no lo será tanto, porque además es muy breve.
Te dije que tenía amigos muy poderosos. Algunos de mis clientes me tienen en tan alta…
¿cómo se dice? consideración, esa es la palabra.
Me tienen en tan alta consideración que están dispuestos a quemar sus contactos para que yo pueda fugarme.
—Se lleva la mano izquierda al pecho—. Los productos que yo ofrezco, y no es falsa modestia, son muy difíciles de conseguir.
Si desaparezco, hay gente poderosa que se queda sin su mejor proveedor y hay muchas familias que pierden su modo de vida, aquí y en otros países.
Me mira, como si esperase que fuera a hacer algún comentario, pero no voy a arriesgarme. Tiene mi atención completa y seré el público que quiere todo el tiempo que quiera. Cada segundo que mi familia sigue con vida es una pequeña victoria.
—Comprenderás entonces que, después de ese esfuerzo que han hecho para rescatarme, me sienta dividido.
Por un lado, no puedo estar más feliz de haber escapado y poder moverme de nuevo a mi gusto por todo el mundo.
Por otro lado, este rescate me pone en una situación difícil.
Ahora debo favores, svoloch , y mis márgenes de ganancia con determinados clientes se han esfumado por completo.
Pero no me quejo del resultado. Y soy un hombre que siempre da más de lo que recibe.
Lo que nos lleva a aquí y ahora. —Lukov se levanta y se mueve con aire ausente por delante de mí—.
Creo que me apetece un trago de esa botella. Sírveme.
Me quedo atónito durante un segundo. Pero aunque lo que más deseo es estampar la botella contra su cara, lo que hago es tomarla despacio y servir tres dedos de gomerón mientras miro a Lukov a los ojos.
La botella estaba a medias, pero se me hace muy pesada en mis manos.
El ruso coge el vaso y lo huele, antes de dar un sorbo.
Parece que le gusta, porque después se lo toma todo de un trago.
—Está muy bueno. ¿Qué es?
—Se llama gomerón —contesto—. Es un licor típico de la isla.
—Pon otro —dice Lukov muy serio.
Le echo otros tres dedos. En esta ocasión, toma el vaso y mueve la mano para que el líquido gire en el interior durante unos segundos. Después, toma un sorbo, paladeándolo con gusto.
—¿De qué está hecho? Está muy bueno.
El tono amistoso de sus palabras tan solo potencia lo surreal de la situación. Aquí estoy, dando de beber a un traficante ruso frente al cuerpo sin vida de mi cuñado. Y lo peor es que debo seguirle el juego para que no mate a los míos.
—La verdad es que no lo sé. No soy de aquí .
Lukov toma otro sorbo y frunce los labios de gusto. Después se gira hacia mi hermana.
—Igual ella lo sabe. ¿Qué lleva este… gomerón?
Carol continúa en silencio, con los nudillos completamente blancos. Entonces, el llamado Gunter aprieta más el cañón del fusil contra ella, y parece recuperar la vida, como en los espectáculos de hipnosis.
—Te preguntaba qué lleva esto, neschastnaya suka —dice, señalando el vaso.
—Está hecho con miel de palma y aguardiente —contesta Carol, todavía en estado de choque.
—Muchas gracias, lo tendré en cuenta. Gunter, suéltala y que vaya con sus hijos.
El hombre del tatuaje suelta a Carol y la empuja hacia la mesa, tras la cual estoy yo con los niños detrás de mí. Al verlos a ellos, Carol reacciona y corre hacia nosotros, abrazándolos y consolándolos como solo puede hacer una madre.
No me gusta a dónde va esto.
—Todavía estás a tiempo de no hacer algo irreparable, Lukov —digo, cubriendo con mi cuerpo a Carol y los niños.
—¿Lo dices en serio? Ya es un poco tarde para eso. —Sonríe, sabiendo que tiene todas las cartas—. ¿O crees que me tomaría la molestia de venir a esta isla de mierda solo para saludarte?
—Por favor. —Consigo tragar saliva, y es como si tragara una piedra—. No les hagas daño.
Lukov levanta el vaso y se acaba el gomerón; después, lo contempla unos segundos antes de tirarlo al suelo, donde se hace añicos.
Es curioso como el cuerpo puede reaccionar ante una muerte cercana.
Ahora mismo, debo estar cargado de adrenalina y mis sentidos están completamente alerta.
Creo que podría contar todos los pedazos del vaso roto desde donde estoy.
Entonces lo escucho. El sonido lejano de unas sirenas de policía. Es leve, pero no me cabe duda. Lukov y sus secuaces no parecen haberse dado cuenta, ¡es mi oportunidad!
—O quizá podrías atreverte a luchar como un hombre —digo, alzando la voz todo lo que puedo—. ¿Es que solo eres valiente cuando tienes a dos tíos armados cubriéndote las espaldas? ¡Pelea conmigo, Lukov! Incluso me ataré un brazo a la espalda para que estemos igualados.
Termino de hablar y todo queda en silencio.
Qué no oigan las sirenas, es todo lo que pido.
De repente, Lukov rompe a reírse y sus secuaces, como no podía ser menos, le siguen.
Durante un buen rato, Lukov se ríe a carcajadas, hasta puedo ver como se le saltan las lágrimas; no entiendo por qué, pero que siga así, por favor.
Mi corazón se detiene. El hombre de manos grandes y la tela de araña tatuada en la cabeza para de reír y retrocede hacia la entrada.
—Dmitri, tenemos que irnos —dice con voz ronca.
—¿Cómo que… jajajaja… irnos?
—Vienen esos cerdos de la policía —contesta el tatuado apuntándome con el arma. Ahora que todos han parado de reír, se puede escuchar el sonido de las sirenas acercándose.
—¡No jodas! —Lukov se limpia los ojos—. Me habría gustado estar más tiempo contigo, Julián Pizarro, pero debo irme. Te voy a dejar algo para que me recuerdes. Gunter, tu arma.
Lukov toma el fusil de Gunter y lo sostiene con cuidado con su brazo izquierdo, antes de apuntarme.
—No es como quería hacerlo, pero no tengo más remedio. — Veo cómo acciona la palanca selectora sobre el disparador, y pone el fusil en modo automático.
—¡Mi familia no, Lukov, ellos no! —grito. Me da igual lo que me pase a mí, pero Carol y los niños deben vivir.
El traficante parece pensárselo y termina asintiendo.
Sin decir palabra, hace un gesto indicándome que me aparte.
Inspiro profundamente, y me alejo unos pasos, ignorando sus sollozos.
Quiero mirarlos por última vez, pero no quiero atraer la atención de Lukov sobre ellos, así que fijo mi vista en el ruso y abro los brazos.
—Hazlo.
Las sirenas suenan cerca, pero para mí ya será tarde.
El traficante levanta el fusil y me apunta.
El bastardo sonríe mientras me mira.
Pienso en todo lo que me voy a perder de la vida de Adrián y Lucía.
Es un precio que pagaré gustoso para que sigan vivos.
La sonrisa en el rostro de Lukov se hace más pronunciada y empieza a reír.
Sin dejar de reír, gira el arma dos grados y abre fuego sobre mi hermana y mis sobrinos.
El sonido de los disparos se mezcla con sus gritos y el mío propio.
Salto sobre la mesa para matar al ruso. Mueve su arma hacia mí y un fogonazo de dolor me rasga el muslo izquierdo.
Lo ignoro y doy un paso hacia delante para matar a ese cabrón.
Siento otro impacto, ardiente y húmedo al mismo tiempo, en un costado.
Lukov ríe a carcajadas. Escucho un sonido estruendoso y ya no siento nada más.