Misión de Venganza (Julián Pizarro 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO

TRES

San Sebastián de La Gomera, La Gomera.

Me echo hacia atrás en la silla y contemplo la mesa.

El recuerdo del aroma a cena casera flota en el ambiente.

Mi hermana me ofrece arroz con leche y yo niego con la cabeza.

No sé a quién escuché que las madres te dan más de comer cuanto más te quieren.

Si es así, nadie puede dudar de que Carol ama a su familia: los platos vacíos donde antes había ensalada y croquetas caseras son la prueba del delito.

Y si no fuera suficiente, el bol en el centro de la mesa lleno de arroz con leche sería la guinda.

Mis sobrinos comen como limas y mi cuñado José Manuel y yo tenemos buen saque, pero ni por esas hemos sido capaces de acabárnoslo.

El hombre por el que abandonó la península y su familia para venirse a vivir a las islas está sentado frente a mí.

Reconozco que al principio me cayó mal; pensaba que solo era un azafato guaperas que quería tirarse a mi hermana.

Pero con el tiempo he visto que la quiere de verdad y se preocupa por ella y sus hijos, con lo que terminó recibiendo mi bendición, aunque nunca hizo falta.

Carol ya se había decidido y no había más que hablar.

—¿Cuándo nos vas a llevar a Disneylandia, papá? —pregunta Lucía. Desde que llegué, todas las noches hace la misma pregunta, con la vana esperanza de obtener una respuesta distinta a «el año que viene».

—Ya lo sabes, cariño —dice Carol, tomando otra cucharada de postre—. El año que viene, si podemos.

—Esto, cariño… puede que sea antes de lo que pensamos —dice José Manuel con su acento canario—. ¿Te acuerdas del sorteo de la línea aérea que te comenté? ¿El del vuelo a Los Ángeles?

—Uh-uh —dice ella con la boca llena.

—Me ha tocado. —La sonrisa de José Manuel no puede ser más amplia—. Tenemos billetes en clase preferente para viajar cuando queramos siempre que sea antes de que acabe el año.

Aplaudo al escuchar esas palabras y soy el primer sorprendido. Carol se levanta y besa a su marido en los labios mientras los niños gritan y aplauden conmigo. En nuestra familia nunca nos ha tocado nada; puede que el truco sea formar la tuya propia.

—Enhorabuena, cuñado —digo cuando separa sus labios de los de mi hermana—. ¿Y cuándo os vais?

—Bueno, hay mucho papeleo que hacer. Tenemos que sacar los pasaportes de los niños, tenemos que mirar el tema del hotel y —dice, mirando a Lucía— asegurarnos de que el ratón Mickey abre Disneylandia para los días que vayamos. Tenemos más de cinco meses de margen, así que creo que nos da tiempo .

—Pues esto habrá que celebrarlo, ¿no? —dice Carol—. ¿Una copita, Juli?

—Ya sabes que no bebo, pero si es poco, puedo hacer una excepción.

—Que no bebe, dice —se ríe mi hermana—. Recuerdo como padre y tú «bautizabais» el café con aguardiente. Seguro que sigues haciéndolo.

—Solo si no estoy de servicio —digo, encogiendo los hombros.

—Pues tengo un gomerón por aquí que llevo reservando para una ocasión especial y creo que hoy es el día. —José Manuel se levanta y va hacia el armario que usan como despensa en la cocina—. Vas a ver, Julián, no has probado cosa más buena en tu vida.

—¿Te vienes con nosotros a Disneylandia, tío? —pregunta Adrián.

—No creo, chico. No tengo billete y está mi trabajo…

—Dejo la frase colgando en el aire. Sí, siempre ha estado mi trabajo primero, pero es muy posible que dentro de poco no lo tenga.

Y por nada en el mundo me perdería la cara de mis sobrinos cuando entren en Disneylandia.

En ese mismo momento, tomo la decisión—.

No, olvídalo. Tengo que organizarme un poco pero si consigo el billete, claro que voy con vosotros. Si tú me dejas, Carol, por supuesto.

La cara de mi hermana y sus ojos brillantes lo dicen todo.

—Pues claro que sí, tonto. Pero más te vale cumplir con esa promesa; si luego no vienes, romperás el corazón de tus sobrinos y eso no te lo perdonaré nunca.

—¿Qué pasa? —pregunta José mientras trae una botella con un líquido de color tostado, y varios vasos .

—Voy a intentar ir con vosotros, si es que puedo conseguir billete y arreglarlo en el trabajo.

—¿En serio? Pues ya está hecho. Para algo tenía que servirme ser auxiliar de vuelo. Tú olvídate del tema, tendrás tu billete para el mismo vuelo que tomemos nosotros, ¡y en primera!

—No es necesario, José.

—Chacho, déjate querer —me dice sonriendo—. ¿O quieres desilusionar a tus sobrinos?

El timbre de la puerta suena, sorprendiéndonos a todos. Miro el reloj: son casi las diez de la noche. La casa de mi hermana está bastante lejos del pueblo. Aquí no puede venir nadie por equivocación.

—¿Esperamos a alguien? —pregunta Carol.

—No, seguramente sea algún vecino que necesita ayuda con algo. —José Manuel pone la botella y los vasos sobre la mesa—. Voy a ver qué quieren.

Mi cuñado va hacia la puerta y la abre confiadamente. Desde mi asiento en la mesa no puedo ver quién está fuera, pero en cuanto le veo retroceder y alzar las manos, me pongo en guardia. Algo va mal.

—Por favor, no… —dice José Manuel.

La detonación inconfundible de dos disparos corta sus palabras.

Como por arte de magia, aparecen dos puntos en la espalda de mi cuñado, situados un poco por debajo del esternón.

Hipnotizado, los veo teñirse de rojo y después cómo cae José Manuel al suelo.

Los gritos de mi hermana y los niños hacen que me levante de golpe, agarrando lo primero que encuentro, la botella de gomerón.

Sé que es inútil frente a armas de fuego, pero el instinto es más fuerte.

Un desconocido con ropas de motero, rapado completamente y con un tatuaje de una tela de araña cubriendo su cabeza, entra en la casa.

Sonríe de forma macabra sujetando un fusil HK G36; sus enormes manos sostienen el arma como si fueran un juguete.

Carol se ha tirado al suelo y está chillando mientras agarra el cuerpo de José Manuel.

Bajo la vista un segundo y veo a mi cuñado escupiendo sangre.

Todavía sigue con vida; si consigo acabar de alguna manera con este cabrón, podríamos llevarlo al hospital de La Gomera.

—Hola, Julián Pizarro.

Se me hiela la sangre en las venas. Reconozco esa voz y ese acento ruso, pero no puede ser.

El tío del tatuaje camina hacia el interior de la vivienda y tras él aparece otro, de mentón pronunciado y pelo rubio y corto, con el brazo derecho escayolado y sujeto al pecho con varias vendas.

Es imposible, pero es Dmitri Lukov. Tras él, viene otro matón con el pelo engominado y una mueca de disgusto grabada en el rostro.

Lleva un traje gris y una pistola HK USP, que sostiene con ambas manos al tiempo que se coloca al lado de la puerta, sin perder ojo de lo que pasa en el interior.

Cualquier posibilidad que tuviera de acabar con ellos se ha esfumado.

El tío de la mueca puede meterme un balazo antes de dar un solo paso.

Mis sobrinos se han callado y están abrazados con fuerza a mí.

Tengo que sacarlos de aquí como sea. Debo salvarlos a ellos y a Carol; para José Manuel ya es tarde.

Una pequeña parte de mi mente se sorprende y se asquea de lo rápido y fácil que he llegado a esa conclusión.

La ignoro, lo mismo que el hecho de que mis ojos se están humedeciendo, y me concentro en buscar una salida.

Haz que hable, Julián. Si hablan, no disparan. Y cuando se presente la oportunidad, tómala.

—No esperaba volver a verte —digo, sintiendo el sabor acre del miedo en mi paladar .

—Apuesto a que no, svoloch . —Lukov observa con indiferencia la cocina y el salón—. Seguro que pensabas que estaba entre rejas, ¿verdad? Que nunca volverías a verme.

Le miro sin dar respuesta, retrocediendo lentamente para poner más distancia entre ellos y los niños, manteniendo la botella en alto. El ruso me mira y la señala, sonriendo.

—¿De verdad crees que te servirá de algo?

—Ayuda a mi paz mental —contesto.

—Te entiendo, pero no me parece adecuado. Déjala en la mesa.

—Prefiero tenerla en la mano, gracias.

—Déjala en la mesa o tu familia muere.

Aprieto los dientes, y bajo lentamente la botella, poniéndola en la mesa.

—Mucho mejor así. ¿Recuerdas lo que te dije en Málaga?

—Mi memoria ya no es lo que era.

—Te dije que volveríamos a vernos, svoloch. Y siempre cumplo lo que prometo. —En ese momento, parece reparar por primera vez en Carol, que sigue llorando sobre el cuerpo ensangrentado de su marido—. Gunter, coge a la mujer.

El tío del tatuaje se acerca a mi hermana y, con una de sus manazas, la toma del brazo para levantarla a la fuerza. Carol sigue conmocionada; no encuentro otra explicación a que no oponga resistencia alguna, ni siquiera cuando el tal Gunter coloca el cañón del fusil en su mejilla.

—¡Deja a mi familia, Lukov! —estallo—. Haz lo que quieras conmigo, pero deja que se vayan.

El ruso se ríe entre dientes. Se acerca a José Manuel, cuyo rostro ha perdido todo el color; su pecho está inmóvil y comprendo con dolor que mis sobrinos ya no tienen padre .

—¿Tan pronto hemos llegado al punto del sacrificio, Julián Pizarro? Esperaba que resistieras un poco más.

—No tengo problema en resistir todo lo que quieras. Tortúrame cuanto te apetezca, pero déjalos que se vayan —digo, intentando que no me tiemble la voz.

—Me parece que no lo entiendes, svoloch . Las reglas son muy sencillas: puedo hacer lo que me dé la gana y tú no puedes hacer nada para evitarlo.

Siento que me ahogo aunque nada me impide respirar. Mi cabeza busca, sin éxito, una salida. Solo me queda hacer que siga hablando.

—¿Cómo has logrado escapar?