Capítulo 2 #2
La voz aguda de mi sobrina Lucía me trae de vuelta a la realidad.
Está junto a su hermano, con un montón de juguetes tirados por el suelo y los dibujos animados puestos en la tele, aunque ninguno está prestando atención.
Adrián está sosteniendo en alto una muñeca mientras se ríe, un nuevo episodio en la guerra eterna de los hermanos mayores contra los menores.
Carol me mira y se encoge de hombros, antes de dirigirse a la cocina.
Yo asiento y bajo por las escaleras, yendo hacia los niños con mi mejor gesto de adulto.
—A ver, ¿qué está pasando aquí?
—Adrián me ha quitado mi muñeca —dice Lucía, agarrándose a mi pierna—. ¡Es tonto!
—¡Tú eres la tonta! No es una muñeca, es una figura de acción, y es mía —responde el aludido.
—A callar los dos. —Me siento en el suelo y hago un gesto a Adrián para que me imite. Tras un momento de duda, lo hace—. Dame eso.
Me lo entrega, haciendo caras, pero obedece.
La muñeca en cuestión es una figura articulada, de unos 20 centímetros de alto, y debe ser de esos superhéroes del cine, porque es verde, va vestida de cuero y tiene una pequeña espada de plástico que puede engancharse en las manos.
No la reconozco y no sé quién se la habrá comprado.
Estos niños tienen más juguetes en sus pocos años de los que tuvimos nosotros en toda nuestra infancia.
—¿De quién es? —pregunto, sosteniéndola.
—¡Mía! —contestan ambos, casi a la vez.
—Si es de los dos, tenéis que compartirla. No podéis pelearos por ella.
Empiezan a hablar los dos a la vez, y frunzo el ceño mientras los miro seriamente. Saben que cuando el tío Julián se pone serio no valen las niñerías, así que Adrián, un poco más espabilado por la edad, se calla; Lucía sigue hablando tan rápido como puede, como si eso le diera más la razón.
— …noesjustoAdriánsiempresequedalosjuguetesmáschulos…
—Tranquila, princesa Lucía. —Pongo dos dedos sobre sus labios para callarla—. Recupera el aliento, creo que ya sé qué pasa. ¿Los dos queríais jugar al mismo tiempo con la muñeca?
—No es una muñeca —repite Adrián.
—Con la figura de acción, me da igual. —Desde la cocina, mi hermana interrumpe la preparación de la cena para mirarme divertida, pero el aroma de carne picada y especias ya llega hasta nosotros—.
Ya veo que los dos la queréis, pero no estáis dispuestos a compartir.
Eso me obliga a tomar una decisión salomónica .
—¿Qué es sa-lo-mó-ni-ca? —pregunta Lucía, con un brillo en los ojos y separando cada sílaba. Le encanta aprender nuevas palabras.
—Significa que es una decisión muy importante y se llama así por una historia muy antigua. ¿Queréis que os la cuente?
—¡Sí! —Mi sobrina no lo duda, pero Adrián parece más reticente, aunque al final termina asintiendo en silencio.
—Hace mucho tiempo, había un reino muy lejano cuyo rey se llamaba Salomón. Era un rey muy sabio, y sus súbditos acudían ante él para que les ayudara a resolver sus problemas. Un día, aparecieron dos mujeres que llevaban un bebé, y ambas aseguraban que eran la auténtica madre.
»Resulta que las dos mujeres vivían en la misma casa y el bebé de una de ellas había muerto —Lucía pone carita de pena—.
Cuando lo descubrió, enloqueció y cogió al bebé de la otra mujer, diciendo que era el suyo.
Ahora se presentaban ante el rey Salomón diciendo que las dos eran la madre, y el rey no tenía modo de saber cuál de las dos decía la verdad y cuál mentía.
Tras pensarlo bien, se levantó y habló con voz fuerte: «Soldado, trae una espada y corta al bebé por la mitad. Así cada madre tendrá su parte».
»Entonces una de las mujeres dijo entre lágrimas: «¡No, por favor, no hagáis eso!
¡Dádselo a ella, es suyo, no hagáis daño al bebé!
». La otra mujer, en cambio, dijo «Es la decisión del rey, y hay que respetarla.
Que lo partan en dos, pues». Pero antes de que el soldado se acercara al bebé, Salomón dijo: «Detente, soldado.
Ya no hace falta, sé quién es la verdadera madre.
Entrégaselo a esta mujer que llora por su bebé.
Ahora sé que es de ella, porque una auténtica madre preferiría entregar a otro su hijo antes de ver cómo le hacen daño» .
Termino la historia y contemplo a mis sobrinos, que han quedado absortos mientras la contaba, incluso Adrián.
—Ahora que ya sabéis qué es una decisión salomónica y de dónde viene, voy a hacer lo mismo que el rey Salomón. —Tomo el juguete entre mis manos, sujetándolo por las piernas y por la cabeza—. Lo partiré en dos y así podréis jugar con él, sin necesidad de pelearos.
—¡No, tío, no! —dice Adrián, acercándose a mí con cara de susto.
—¡No la rompas! —dice Lucía, casi al mismo tiempo, igual de asustada.
—¿Qué es esto? ¿Ninguno queréis que la rompa?
—¡Nooooo! —gritan a la vez.
—¡A ver qué haces ahora, Salomón! —grita Carol desde la cocina, sacándome la lengua.
—Muy bien, ya veo que los dos queréis mucho este juguete, así que no lo romperé, pero tampoco os lo devolveré.
—Sus jóvenes ojos se abren exageradamente—.
He decidido que los dos os merecéis jugar con él, pero como solo hay uno, no puede ser.
Así que mañana iremos al centro comercial y os compro otro.
El temor que había antes en sus rostros se convierte en alegría.
Viendo esa felicidad, me prometo a mí mismo que haré lo que sea para preservarla y que nunca sufran daño.
Si termino fuera del GEO no es tan terrible; hay cosas más importantes en la vida, como los dos chiquillos que saltan sobre mí locos de contentos.
Me río con mis sobrinos, como hacía tiempo que no reía.
Lo que venga, lo afrontaré con la ayuda de los míos. Todo saldrá bien.