Capítulo 2
CAPÍTULO
DOS
Base Operativa del GEO. Guadalajara.
—¡Tenía un único objetivo y no solo casi lo jode, sino que tengo un operativo herido! ¡Encima le revela su identidad y le da palique! ¿Por Dios, Pizarro, en qué coño estaba pensando?
Mantengo el rostro mirando al frente mientras el comisario jefe del Grupo Especial de Operaciones se desahoga.
La operación de Málaga ha terminado y los equipos que participamos estamos de vuelta en casa.
El compañero que recibió el disparo está ingresado y el pronóstico es bueno; la bala entró y salió limpiamente, sin tocar el hueso.
Se recuperará. En cuanto a Lukov, imagino que estará a buen recaudo en una celda o en un avión rumbo a Roma o Londres, ya me da igual.
Lo importante es que cumplí con la misión y sus objetivos, a pesar de lo que opine mi superior.
Por supuesto, no se lo puedo decir con estas palabras .
—Hice lo que consideré mejor, señor. Se trataba de una situación imprevisible; en cuanto se presentó la oportunidad para llevar la misión a término de una manera que no implicase una masacre, la aproveché.
El despacho del jefe del GEO es funcional y espartano, como el resto de alojamientos de la base.
Algunas fotos y medallas colgadas en las paredes y colocadas sobre la mesa lo diferencian de los demás, pero nada que cueste mucho trabajo quitar.
Los policías duramos más o menos, vamos y venimos, pero el GEO permanece, y el comisario lo sabe tan bien como nosotros.
Profiere un gruñido, que quiero interpretar como frustración, antes de coger una carpeta en su mesa y desplegar su contenido.
—Articulación del hombro destrozada por completo —enumera, leyendo del informe que tiene ante él—, rotura del cartílago y daños irreparables en el tendón del supraespinoso. Requerirá al menos dos operaciones quirúrgicas, y no se garantiza la recuperación de la movilidad. ¿Era necesario, Pizarro?
—El sujeto era inestable y ya había herido a uno de los nuestros. Juzgué conveniente neutralizarlo, y esa era la forma más segura atendiendo a las circunstancias.
—Muy bien, ahora explíqueme por qué no pidió ayuda a los otros equipos.
Mantengo las manos a mi espalda, notando cómo empiezan a humedecerse por la tensión y necesito de todo mi autocontrol para que mi rostro no me traicione.
Esa es la pregunta que vengo temiendo desde que volvimos a Guadalajara.
Repasando el escenario una y otra vez en mi cabeza, he visto las posibilidades que en el calor del momento se me escaparon: podíamos haber entrado con lacrimógenas en la suite o que el equipo de reserva actuase como refuerzo para asegurar la superioridad numérica, por ejemplo.
—Ahora sé que era una de las opciones disponibles, señor —termino diciendo—. En el momento, solo pensaba en atrapar al objetivo.
—Esa respuesta no me vale, Pizarro. —El comisario deja la carpeta en su mesa y se levanta, estirando su chaqueta hacia abajo con las manos—. Sabe muy bien que el GEO es un equipo. Las individualidades no funcionan aquí.
—Lo sé…
—Si lo sabe, ¿entonces por qué no contó con sus compañeros?
Evito la mirada de mi superior. No puedo darle una respuesta.
—Para estar en el GEO —dice él, al cabo de unos segundos— es necesario que uno lo desee, que tenga auténtica pasión por lo que nuestro escudo representa.
Somos una unidad de élite, Pizarro, eso significa no solo que cuesta mucho formar parte del GEO, sino que incluso gente perfectamente capacitada para estar aquí no nos sirve.
La sangre se marcha de mis manos mientras él habla.
—En su caso, no es la primera vez que actúa por libre.
Una cierta dosis de iniciativa es esencial para salir adelante en esta profesión, pero su labor en equipo tiene que ser exquisita, Pizarro.
Le repito, las individualidades no funcionan aquí.
En este caso, no ha habido consecuencias, más allá del compañero herido que, por suerte, se recuperará bien.
Pero ¿qué habría hecho si el traficante decide matar a su rehén?
¿O si los hombres de Lukov hubieran decidido atacar? ¿Habría abierto fuego?
Por desgracia, tiene toda la razón. Y aun así, soy incapaz de quedarme callado .
—Hice lo que creí más adecuado, comisario.
—Me temo que eso no es suficiente, Pizarro.
Vuelve a sentarse tras la mesa de su despacho y me observa.
—Dispone de dos semanas de vacaciones y días libres que no ha disfrutado todavía. Tómese un tiempo de descanso, váyase lejos y recapacite.
—Prefiero volver con mis compañeros…
—No es una sugerencia —me interrumpe—. Lárguese, y si es fuera de España, mejor.
A su vuelta, evaluaremos de nuevo su caso y consideraremos si merece otra oportunidad, porque si tuviera que tomar hoy la decisión, no le gustaría el resultado.
—Tras esas palabras, su expresión se relaja ligeramente—.
Y a mí tampoco, porque es un buen policía, pero después de lo ocurrido en Málaga le necesito lejos por un tiempo. Puede retirarse, Pizarro.
Saludo y me giro para marcharme del despacho.
Cuando estoy en el pasillo es cuando empiezan a temblarme las piernas.
Salgo del edificio sin hablar con nadie, acelerando cada vez más el paso.
Cuando estoy fuera, empiezo a correr. Salgo por la entrada de vehículos hasta que tomo el camino de tierra que rodea el complejo y lleva al campo.
Entonces acelero hasta que no puedo más, y aún agotado sigo corriendo, como si eso pudiera borrar mi vergüenza.
Jueves 21 de julio, 19:20 hora local.
San Sebastián de La Gomera, La Gomera .
Varios días después, he cumplido con las órdenes de mi superior y he cogido todos los asuntos propios y vacaciones que tenía pendientes, un total de diecinueve días.
Misteriosamente, parecían discurrir a la velocidad de un caracol pero, al mismo tiempo, volaban y pasaban sin que me diera cuenta, acercando cada vez más el regreso a la base.
Un regreso al que confieso que tengo miedo, porque si me echan del GEO, realmente no sé qué haría con mi vida.
Así que para escapar de todo eso, después de una semana en mi apartamento de Guadalajara, me vine hasta la casa de mi hermana melliza Carolina en La Gomera.
Aunque nadie nos tomaría por mellizos, la verdad.
Cualquier parecido que tuviéramos se perdió cuando entramos en la adolescencia.
Mi hermana se quedó en el metro setenta y desarrolló su cuerpo hasta convertirse en toda una mujer de caderas anchas.
Yo crecí hasta el metro ochenta y dos, pero era un fideo esmirriado y estirado, como decía nuestro padre que en paz descanse.
No fue hasta pasados los veintidós años que empecé a preparar las oposiciones a Policía Nacional y comencé a ganar peso y músculo.
En cambio, Carol siempre estuvo en su peso ideal y sus dos partos no han hecho más que acentuar su feminidad.
Bueno, y completar nuestra familia con dos angelitos caídos del cielo: Adrián, el mayor con ocho años, el niño más revoltoso que he visto nunca, y Lucía, la princesa de la casa, un amor de cuatro años a la que es imposible decir que no.
La verdad es que nunca me di cuenta de lo necesarios que son los niños en una familia hasta que nacieron mis sobrinos.
Doy gracias de que, aunque fuera solo unos meses, mi padre conociera al nieto con el que comparte nombre, antes de que el cáncer se lo llevara.
Gracias a él, y a su hermana que vino después, hemos tenido un aliciente para todas las reuniones familiares.
Ahora, las Navidades y las fiestas del pueblo vuelven a ser un acontecimiento alegre que celebrar, y no una mera fecha en el calendario.
—Si querías ver el mar, podría haberte mandado un vídeo por WhatsApp.
—No es lo mismo. Este olor, este paisaje, da vida —respondo.
Las vistas desde la terraza de casa de Carol son espectaculares. La vivienda está orientada al sur y los colores del océano iluminándose con el ocaso son maravillosos. Nuestros padres son de Extremadura y yo he vivido siempre en el interior, así que cada vez que puedo empaparme de mar, lo hago.
—Hablando de olores, recuerda que hay más gente viviendo en esta casa.
—Me estás acusando sin pruebas.
—Conozco la mierda de mis hijos, Juli, y no huelen como si hubieran matado a alguien en mi baño —se burla.
—Me encargué de eliminar todas las huellas del delito —digo, con una sonrisa burlona—. No te habría gustado ver lo que quedó flotando en ese váter.
—¿Y era necesario tirar dos veces? ¿No sabes que hay sequía?
—Esa cosa se aferraba a la vida, te lo juro. No quería marcharse.
La mueca de disgusto de mi hermana no tiene precio.
—En un rato llega José Manuel para cenar. ¿Puedes vigilar a los niños mientras termino?
—Por supuesto.
La sigo al interior de la vivienda, acompañándola en dirección a la planta baja.
La casa de Carol es una casa grande alejada del pueblo; tiene dos pisos y es ideal para una familia que crece.
Los dormitorios y un baño están en la primera planta, donde estaba asomado a la terraza, y abajo hay cocina, otro cuarto de baño y un salón con chimenea donde hacen toda la vida familiar.
Viajar para ver a los míos me ha permitido olvidar el sumidero por el que puede irse mi trabajo y mi vida. Carol lo sabe; ya me caló el mismo día que hablé con ella para pedir que me acogiera un tiempo.
«¿De qué estás huyendo, Juli?», me dijo.
No supe contestar entonces y ella no me ha insistido, pero tarde o temprano tendré que decírselo. Hablar con ella siempre me ha servido para aclarar mis ideas. Aunque puede que por eso tenga miedo de hacerlo ahora; igual no quiero saber el resultado.
—¡Tonto! ¡Devuélvemela!