Misión de Venganza (Julián Pizarro 1)
© inepub.com
Capítulo 1
CAPÍTULO
UNO
En algún lugar de la sierra de Málaga.
—Quince segundos.
La voz que resuena en mi auricular es del experto en aperturas de mi equipo, marcando el tiempo que falta para la detonación.
Acaba de colocar la cantidad precisa de explosivo en una puerta blindada, y todos guardamos la distancia de seguridad.
Vamos a entrar en un chalet privado en la serranía malagueña. Según nuestros informes, dentro se encuentra nuestro objetivo, Dmitri Lukov.
Traficante de armas ruso especializado en material nuclear, número nueve en los más buscados de la Interpol.
—Diez segundos.
Inteligencia indica que Lukov está celebrando la venta a un señor de la guerra africano de material nuclear fisionable, obtenido de algún país ex-soviético.
Las grandes agencias europeas han rastreado la venta y han contactado con Interior para capturarle. Como suele ocurrir con este tipo de trabajos, la cúpula del Ministerio se lo ha encargado al Grupo Especial de Operaciones.
Me pego a la pared frontal de la casa, esperando junto al resto de miembros del grupo a que la carga detone.
Seré el primero en entrar y por eso estoy al lado de la puerta, a la derecha, junto a otro compañero.
A la izquierda, están los otros tres, el más cercano pertrechado con un ariete para abrirla de golpe y dejarme paso después.
Cierro los ojos para que el fogonazo no deje imagen remanente. Cuando la carga detone, tendremos que movernos con rapidez.
Contengo la respiración aguardando el estallido, que se produce de repente, haciendo temblar ligeramente la pared sobre la que estoy apoyado.
Abro los ojos. El olor a explosivo quemado y metal caliente me llena la nariz antes de disiparse en la brisa nocturna.
Mi compañero, con la facilidad que dan cientos de horas de práctica, propina un golpe sordo hasta que la puerta cede.
Enciendo la linterna táctica situada en mi subfusil FN-P90 y camino hacia el interior del chalet, moviendo mi arma a izquierda y derecha.
La entrada principal da a un salón americano con cocina.
Ilumino todos los puntos de interés. Una TV de plasma de gran tamaño colgando de una pared.
Un sofá tipo chaise longue frente a ella.
Una mesa ovalada como para diez personas, con varias sillas.
Al otro lado, la cocina. Pequeña, pero bien equipada .
Avanzo despacio, mis pasos amortiguados por una mullida alfombra.
Si fuera una película de acción, estaríamos entrando todos a la vez, gritando «¡Policía!
»; en la realidad, estamos penetrando de forma metódica, con cada uno de los GEO que me sigue cubriendo un ángulo del salón y guardando el mayor silencio posible, lo que nos permite escuchar música dance proveniente del fondo de la casa.
Pasan los segundos y nadie aparece. Aprovechemos la suerte mientras dure.
Recuerdo el briefing antes de iniciar la operación: es un chalet de lujo al final de una ardua carretera de montaña.
Privacidad absoluta, con la casa más cercana a cinco kilómetros de distancia.
Distribución en una sola planta. Del salón en el que estoy parte un pasillo que lleva a las habitaciones.
La inteligencia que hemos recibido indica que el traficante ha ocupado la suite principal de la casa junto con, al menos, dos prostitutas de lujo venidas desde Marbella.
Lleva todo el día ocupado en una orgía de sexo, drogas y alcohol.
A estas alturas de la noche, no debería suponernos ningún problema, pero en este trabajo no puedes dar nada por sentado.
Hago un gesto a dos de mis compañeros para que me sigan al pasillo. Por señas, informo que revisaremos las tres puertas de la izquierda. El resto del equipo se encargará de las tres de la derecha.
Abro la primera de las puertas: habitación sin luz, con una cama vacía y revuelta, sobre la que hay algo oscuro. Al acercarme, veo que es un vestido negro, tirado de cualquier forma sobre la cama. Entramos y revisamos con rapidez: está vacía, pero ha sido usada. Seguimos.
La segunda puerta conduce a lo que aparenta ser un salón de juegos con una mesa de billar en el centro y una ruleta situada en un extremo.
La música aquí es mucho más fuerte, y viene de la siguiente estancia.
Los tacos están sobre la mesa, como si se hubieran quedado a media partida.
Unas bragas negras de encaje están metidas en uno de los agujeros.
Alguien ilumina una esquina de la mesa. Hay una bolsa abierta con un polvo blanco y en los laterales de la mesa hay restos de esa misma sustancia.
Salimos y nos situamos al lado de la última puerta, de donde surge la música.
El resto del comando ha terminado su inspección de las otras habitaciones y se reúne con nosotros.
Una breve conversación entre susurros nos confirma que tampoco han encontrado a nadie.
Tiene que estar tras la puerta número tres, donde el ritmo de la música dance sigue su crescendo imparable.
Como hombre en punta de la operación, me coloco frente a la puerta. Otro miembro del grupo pone su mano sobre el pomo y lo gira lentamente. La puerta queda abierta y expuesta a la patada que le doy para abrirla de golpe.
El sonido machacón de una melodía hardcore inunda nuestros oídos. Dentro, el interior queda iluminado por el haz de luz, que se multiplica al reflejarse en los espejos situados en paredes y techo, junto con la bola de cristal que proyecta mil destellos por la sala.
Una gran cama redonda ocupa casi toda la sala, y en ella, varios cuerpos desnudos permanecen semienterrados entre las sábanas.
Por un instante, me parece estar en el rodaje de una porno; casi espero ver una cámara buscando el ángulo más explícito.
Me doy cuenta de que el número de personas no concuerda con lo que esperábamos y que hay más gente de la prevista.
Alguien no hizo bien su trabajo. Alzo la voz para hacerme escuchar por encima de la música.
—¡Policía Nacional! ¡No se muevan !
Entro en la habitación y me coloco a un lado, dejando paso libre al resto del equipo, que toma posiciones similares y da las mismas órdenes que yo. En la cama, los participantes se van dando cuenta de que estamos aquí y se desenganchan con mayor o menor rapidez del cuerpo al que estaban unidos.
Tras unos instantes, en lugar de un hombre y dos mujeres como preveía nuestra inteligencia, cuento cuatro hombres y otras tantas mujeres.
Una cacofonía de voces se alza hablando en español y en una lengua extranjera que puede ser ruso o polaco.
Una de las mujeres se pone a chillar histéricamente, añadiendo más caos a la situación. Debo actuar antes de perder el control.
Entonces, suena un disparo seguido por un grito de dolor.
Uno de mis compañeros se sujeta la pierna derecha, en la que ha aparecido un agujero rojo por el que mana la sangre.
Frente a él, encaramado en el borde de la cama, un hombre musculoso de pelo rubio y corto con el mentón muy pronunciado, apunta una pistola a uno y otro lado.
Joder, el arma debía estar oculta bajo una almohada.
Le pongo en mi punto de mira y mi linterna ilumina su rostro.
Le reconozco como el traficante al que buscamos.
—¡Atrás! —grita Lukov, con un fuerte acento ruso, en medio de un repentino silencio. No sé quién habrá quitado la música, pero bendito sea—. ¡Fuera de aquí, hijos de puta!
Sin decir palabra, uno de mis compañeros se encarga de ayudar al herido; el resto apuntamos al hombre armado. Alzo la voz, imprimiendo toda la tranquilidad posible.
—Mantengamos todos la calma y nadie más saldrá herido. Estás rodeado, Lukov. No tienes escapatoria.
Ojalá entre en razón. Ha herido a uno de los nuestros, así que lo único que deseamos todos es devolvérselo con creces. Sin embargo, nuestras órdenes son claras. El problema es que el maldito cabrón está rodeado por varios civiles, que hacen imposible tener una línea de tiro limpia.
—¡Una mierda! —El ruso agarra con rapidez a una de las mujeres por el pelo y le pone la pistola en la sien—. Marchaos ahora mismo de mi casa o me cargo a la puta.
Aprieto los dientes, sin apartar la vista de Lukov.
Nervioso, este retrocede como un animal enjaulado hacia la pared cubierta de espejos, sin soltar a su rehén en ningún momento.
Es una joven pelirroja, desnuda como todos los que estaban en la cama, a la que veo llorar por la presión del arma en su cabeza.
Trago saliva, pero tengo la boca seca y me queda un regusto demasiado amargo. Demasiadas personas en la habitación, no podemos arriesgarnos a abrir fuego. Y tampoco puedo llamar al equipo que cubre las salidas. A saber cómo reaccionaría el ruso si ve a un GEO a través de las ventanas.
—¿No me habéis escuchado? ¡He dicho que os larguéis!
Tengo que hacer que siga hablando, tratar de que entre en razón. Al menos, servirá para ganar tiempo, por si se presenta la oportunidad de acabar con esta situación sin un baño de sangre.
—No podemos y lo sabes. Asúmelo, Lukov. Ríndete, no tienes otra opción.
—¡Claro que la tengo! —Tira del pelo de la mujer, que chilla en un tono dolorosamente agudo—. ¿Qué me impide matar a esta zorra si no os vais ahora mismo?
—¿Y de qué te serviría? El chalet está rodeado. No tienes ninguna salida. —Me parece ver un atisbo de duda en su expresión, así que continúo—. Todo ha terminado. Lo único a lo que puedes aspirar es a que lo haga de la mejor forma posible.
—¡Tú no eres quién para decidir eso, svoloch ! Yo mando aquí, yo tengo el control .
—Utilízalo entonces y piensa, Lukov. Eres un tipo inteligente, no te interesa empeorar tu situación.
La expresión del traficante cambia, y sus labios se juntan formando una delgada línea.
— Proklyataya politsiya , ¿quién te crees que eres para venir a mi casa y decirme lo que me interesa o me deja de interesar? ¿Cómo te llamas, svoloch ?
—Julián —respondo sin pensarlo dos veces; cualquier cosa con tal de que siga hablando.
—¿Julián qué más?
Sé que no debo revelar mi nombre, pero todo lo que le tenga hablando es tiempo a nuestro favor. Con el tiempo, puede surgir una oportunidad.
—Julián Pizarro. Suelta a la mujer, Lukov.
—No me des órdenes. —El traficante mete el cañón en la boca de la mujer, cuyos ojos aterrorizados lo dicen todo—. No soporto que me den órdenes.
—De acuerdo, pero no me estás dejando muchas opciones.
—Marchaos de aquí y la chica vive, Julián Pizarro. Esas son tus opciones.
—Sabes que no es tan sencillo.
—Yo creo que sí —dice, relamiéndose los labios—. Dejáis de apuntarnos y salís por donde habéis venido.
—Ríndete y déjalo estar. Sabes que ha terminado todo.
—Tengo amigos muy poderosos que velan por mí —Lukov me mira a los ojos—. Pase lo que pase aquí, me aseguraré de devolverte el favor.
—¡Acaba con ellos, jefe! —dice, de repente, uno de los hombres.
—¡Cállate, imbécil! —estalla Lukov, girando la vista hacia este .
—Yo me rindo, ¡no disparéis! —grita otro, apartándose del traficante.
—¡Ni se te ocurra, hijo de puta! —Visiblemente enfadado, Lukov saca el cañón de la boca de la mujer y apunta hacia el segundo secuaz que no pudo mantener la boca cerrada.
Esta es la oportunidad. Para estas situaciones llevo años entrenando.
Contengo la respiración, apunto y aprieto el gatillo una, dos veces. Tengo mi P90 en modo semiautomático, así que dos proyectiles salen disparados hacia Lukov, impactando y destrozando hombro y bíceps derechos.
El brazo queda inutilizado y la pistola cuelga, con los dedos incapaces de reaccionar a las órdenes del traficante, que aúlla de dolor.
No hace falta más para que mis compañeros se pongan en marcha. Dos de ellos están subidos en la cama y apuntando a Lukov antes de que este pueda hacer nada más. Les imito y me acerco al traficante, quitándole el arma de su brazo inútil y sacando el cargador antes de guardarla.
—Volveremos a… vernos… —musita Lukov con la voz entrecortada.
Lo ignoro y sonrío al hablar por el circuito de comunicación, confirmando la captura del objetivo y que necesitamos ayuda médica para los dos heridos. Puede que no haya sido la misión más limpia del mundo, pero hemos cumplido con nuestro objetivo.