Miserable Matrimonio Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

—Por favor... —suplicó con la voz rota—. Por favor, no me la quites.

∞∞∞

Marcus miraba el reloj de torre que adornaba la sala. Había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho durante los últimos tres días. El tiempo no pasaba, pero las agujas del reloj continuaban moviéndose.

Willowmere House estaba sumida en un lúgubre silencio.

Nadie se atrevía a hablar más de lo necesario y la servidumbre llevaba bandejas de un lado a otro sin decir palabra, respetando el dolor y la preocupación de todos los presentes.

Liviana seguía sin despertar y, aunque el médico aseguraba que su corazón seguía palpitando con fuerza después de todo lo ocurrido, Marcus ya ni lo escuchaba; solo esperaba un milagro para su esposa.

La hemorragia después del parto había sido grave.

Liviana había perdido mucha sangre y su cuerpo estaba completamente agotado después de dar a luz a dos niños antes de tiempo.

El médico había conseguido detener la mayor parte del sangrado con ayuda de la partera, pero no podía hacer mucho más que mantenerla abrigada, darle pequeñas cantidades de líquido cuando podía tragarlas y esperar que recuperara las fuerzas suficientes para despertar.

Sus hijos también eran demasiado pequeños.

Todavía no los había querido ver. Sabía que estaban vivos.

Preguntaba por ellos y se aseguraba de que tuvieran todo lo necesario, pero no había sido capaz de acercarse a sus cunas.

Cada vez que pensaba en hacerlo, terminaba mirando hacia la habitación donde Liviana permanecía inconsciente y algo oscuro crecía dentro de él.

Habían querido nacer demasiado pronto y por la culpa de ellos, su ángel estaba entre la vida y la muerte.

Marcus odiaba ese pensamiento en cuanto aparecía, pero no podía evitarlo.

En esos ultimos tres días recordaba constantemenete a Hamilton y comprendía de una manera dolorosa lo que él sufrió por años.

Marcus odiaba el tarto que le dio a su hija durante mucho tiempo, y seguía haciéndolo.

Liviana jamás había tenido la culpa de la muerte de su madre.

Pero ahora entendía de dónde había nacido ese dolor.

Entendía lo fácil que era mirar hacia un niño y recordar que la mujer que amabas había sufrido para traerlo al mundo. Y eso lo aterraba.

Las pisadas de unos zapatos hicieron que levantara la cabeza.

—Al fin se durmieron —comentó Jayne entrando en la sala junto a Lillian. Sus moretones aún se notaban, pero tenía mejor semblante después de ocuparse del entierro de Hamilton.

Su madre había llegado hacía poco, apenas recibió la noticia de lo ocurrido.

—Deberías verlos, Marcus —dijo Lillian acercándose a él—. Son tus hijos.

Marcus bajó la mirada.

—No voy a obligarte —añadió ella con suavidad—. Pero ellos también te necesitan.

Marcus no respondió. Durante los últimos tres días apenas había hablado lo necesario y Lillian comprendió que no conseguiría nada más de él.

Más tarde terminó de subir las escaleras y siguió por el pasillo hasta detenerse frente a una puerta entreabierta.

Desde allí podía distinguir las dos pequeñas cunas que habían colocado en la habitación.

Se quedó en el umbral, observando a la señora Parker organizar algunas prendas de los bebés.

La mujer notó su presencia, pero no dijo nada.

Continuó doblando cuidadosamente una pequeña manta hasta que finalmente la levantó entre sus manos.

—Esto lo hizo Liviana —habló ella y él tragó saliva—. Fue la primera manta que bordó para ellos. Aunque en ese momento creía que solamente esperaba uno y sentía que era varoncito.

Marcus permaneció en silencio sintiendo las lágrimas acumulándose en sus ojos.

—Y luego hizo estas medias —continuó la señora Parker tomando un par diminuto—. Estaba tan ilusionada con el nacimiento de su bebé... Contaba los días para conocerlo.

Su voz se quebró y Marcus parpadeó varias veces para contener las lágrimas.

—Ella va a despertar —continuó la mujer—. No acepto que mi niña deje de respirar. Va a despertar y vendrá a cuidar de sus hijos.

Marcus apretó la mandíbula y siguió sin responder. La señora Parker dejó las prendas y se acercó a las cunas con una pequeña sonrisa en sus labios a pesar de las lágrimas. Después levantó la mirada hacia Marcus y ladeó ligeramente la cabeza.

—Acérquese —pidió, levantando una de sus manos hacia él. Marcus negó.

—No quiero verlos.

La señora Parker guardó silencio durante unos segundos.

—No cometa el mismo error que cometió el padre de Liviana. Él la condenó a una vida sin su amor porque la culpó por una muerte de la que Liviana nunca fue responsable —expresó con la voz quebrada—. Esos niños tampoco tienen la culpa de lo que le ocurrió a su madre.

Marcus sintió que le apretaban el corazón. La señora Parker tenía razón, pero... algo lo detenía a acercarse.

—No los culpo.

—Acérquese entonces. Conozca a sus hijos; ellos lo necesitan

Marcus bajó la mirada y pensó en las últimas palabras de Hamilton aquel día cuando le contó cómo había conocido a su esposa. Todo el arrepentimiento que sentía por los años que había perdido con su hija y por el daño que le había causado.

Levantó nuevamente los ojos y dio un paso al frente hasta que finalmente llegó frente a las cunas de sus hijos.

Se quedó mirándolos fijamente. Eran tan pequeños. Ambos estaban cuidadosamente envueltos para conservar el calor. Su hijo dormía con una de sus diminutas manos cerca del rostro, mientras su hija apenas se removió debajo de la manta. Marcus sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Sus hijos... Los que había tenido con Liviana, su ángel, el amor de su vida.

No pudo evitar el dolor al pensar que su esposa estaba inconsciente en la habitación de al lado, luchando por su vida cuando debería estar allí con él, cuidando de ellos.

«¿Por qué la vida era tan injusta con ellos?»

—Son muy pequeños —murmuró al fin con la voz quebrada, incapaz de apartar la mirada de sus rostros angelicales.

Marcus sintió una lágrima deslizarse por su mejilla.

Extendió lentamente una mano hacia la cuna de su hijo, pero se detuvo antes de tocarlo.

Tenía miedo. Pero terminó bajando la mano y rozó con un dedo la pequeña mejilla de su hijo.

El niño se removió ante el contacto y Marcus retiró la mano inmediatamente.

—No se romperá, su gracia. No tenga miedo.

Volvió a acariciarlo con más seguridad. Después miró hacia su hija y repitió el gesto. La niña movió ligeramente el rostro, buscando el calor de su dedo, y sonrió al verla.

—Lo siento —susurró mirando a sus hijos—. Lo siento mucho.

La señora Parker lo miró con una débil sonrisa mientras limpiaba sus lágrimas y lo dejaba solo con sus hijos.

Marcus acercó una silla y se sentó entre ambas cunas. No sabía todavía cómo ser padre, pero aprendería. Sería tan buen padre como lo había sido el suyo.

∞∞∞

La habitación estaba medio iluminada gracias al fuego de la chimenea y a la poca luz que entraba por las cortinas.

Se acercó a Liviana y la observó desde su posición.

Su cabello oscuro yacía extendido sobre la almohada, su piel estaba pálida por la pérdida de sangre e incluso sus labios habían perdido ese color rosado que tanto le gustaba.

Y, sin embargo, le parecía la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Se sentó junto a ella, tomó su mano y la aferró entre las suyas en un intento de darle algo de su calor. Liviana era fuerte, se lo estaba demostrando luchando por su vida, luchando para permanecer junto a él y sus hijos.

—Nuestros hijos te están esperando, mi ángel —murmuró, acariciando su mano—. Yo también te estoy esperando.

Al cabo de un rato se recostó junto a ella como había hecho las últimas noches y la abrazó con cuidado.

Hundió el rostro entre sus cabellos porque quería sentir su olor, sentir su cuerpo junto al suyo, pero sobre todo quería sentir los latidos de su corazón y cerciorarse de que seguía ahí, que solamente dormía y que pronto despertaría.

No supo en qué momento terminó quedándose dormido. Cuando abrió los ojos, Liviana continuaba a su lado y Marcus sonrió débilmente al verla. Se acercó un poco más y volvió a abrazarla. De pronto sintió cómo su corazón, que hasta hacía un momento latía pausadamente, dejaba de hacerlo.

Marcus frunció el ceño y se incorporó. Acercó la cabeza hacia su pecho, pero no escuchó nada.

—Liviana...

Puso una mano sobre su pecho intentando encontrar los latidos.

Negó cn la cabeza. Era como si hubiera...

muerto. Pero no podía ser cierto. Liviana era una luchadora, ella despertaría y regresarían a casa con sus hijos.

Vivirían felices, formarían la familia que tanto habían deseado y él pasaría el resto de su vida amándola.

Sí, ese sería su final feliz.

—Liviana, despierta... —suplicó tomando su rostro entre las manos—. Por favor, Liviana.

Ella no respondió. Marcus negó con la cabeza y comenzó a moverla con cuidado, esperando que en cualquier momento abriera los ojos y le reclamara por despertarla.

—Mi ángel... despierta.

Pero solo podía ver el cuerpo de Liviana sin vida junto a él y, en ese mismo instante, los llantos de sus hijos comenzaron a escucharse, haciendo que su tormento fuera todavía peor.

—¡No! —gritó abrazándola—. ¡No puedes dejarme, Liviana! ¡Liviana!

Con un fuerte jadeo, Marcus abrió los ojos al mismo tiempo que se incorporaba en la cama. Miró la habitación desconcertado y tardó unos segundos en darse cuenta de que todavía era de día. Al parecer estaba tan cansado que apenas se había recostado junto a Liviana había terminado quedándose dormido.

Giró el rostro y la miró. Luego acercó rápidamente una mano hacia su cuello y sintió su pulso. Después observó su pecho y vio cómo subía y bajaba lentamente.

Marcus cerró los ojos dejando escapar el aire y se pasó ambas manos por el rostro.

—Maldición...