Capítulo 50
Marcus recostó a Liviana con cuidado sobre la cama de broza. No era cómoda, pero era lo único que tenían en ese momento. Apenas la dejó sobre ella, Liviana soltó un grito y se llevó ambas manos hacia el vientre.
—¡Duele! —gritó retorciéndose sobre la cama—. Marcus, por favor...
—Tranquila, mi ángel, ya fueron por la partera y el médico. Aguanta solo un poco, ¿sí?
Marcus tomó su mano dándole ánimo. Todo estaba ocurriendo demasiado pronto.
Todavía faltaba bastante para que naciera su hijo y Liviana ya estaba demasiado débil después de todo lo que había sufrido durante ese día.
Temía que algo pudiera ocurrirle a ella o al bebé y no podía evitar recordar lo que había sucedido con la madre de Liviana.
—No puedo... —gimió Liviana cerrando los ojos—. Duele demasiado, Marcus...
—Sí puedes, mi ángel. Mírame.
Liviana abrió los ojos y Marcus sintió que el miedo aumentaba al verla tan pálida. Estaba a punto de soltar las lágrimas con solo verla en ese estado.
—Prométeme que sobrevivirás, mi ángel. Prométeme que no me vas a dejar, que no nos dejarás solos.
—No sé... es muy doloroso, Marcus...
—Promételo, Liviana, por favor —suplicó Marcus recordando la conversación que había tenido con el conde. No. Liviana no moriría. La historia no se repetiría—. No podría soportarlo.
—Marcus... —ella tomó sus manos y cerró los ojos mientras soportaba otra fuerte contracción—. Prométeme tú a mí... que si algo me pasa cuidarás de nuestro hijo o hija... que no serás igual que mi padre.
Marcus se quedó inmóvil. Liviana todavía no sabía que su padre había muerto intentando salvarla ni que apenas unas horas antes Henry le había pedido que cuidara de ella y la hiciera feliz.
—¡No! —se levantó alejándose unos pasos de Liviana mientras las primeras lágrimas escapaban de sus ojos—. Me niego. No voy a prometerte nada porque tú estarás aquí conmigo para cuidarlo. Los dos juntos, Liviana. Le daremos todo nuestro amor, pero juntos.
—Marcus...
—No... —regresó hasta ella y volvió a tomar su mano—. Yo te amo, Liviana. Me niego a perderte, y menos ahora que finalmente podemos formar nuestra familia y ser felices.
—Yo también te amo... siempre lo hice.
—Lo sé... y no sabes cuánto me arrepiento de no haberme dado cuenta antes.
Liviana soltó otro gemido y Marcus apretó su mano mientras miraba desesperadamente hacia la puerta.
—¡Maldición! ¿Dónde están?
—Marcus...
—No nos estamos despidiendo —dijo mirándola a los ojos—. Todo estará bien. Pronto tendremos a nuestro bebé sano y salvo y regresaremos juntos a Willowmere House.
Marcus decía esas palabras para convencerse a sí mismo de que no estaba a punto de perder a Liviana.
—¡Agnes! ¡Ya llegaron!
Marcus levantó la cabeza al escuchar a Beaufort y poco después la puerta se abrió. La partera entró acompañada por el médico y dos mujeres que habían llevado para ayudarlos.
—Gracias a Dios —murmuró Marcus.
La partera se acercó inmediatamente a Liviana mientras el médico dejaba su bolsa sobre la mesa.
—Necesito que salga, su gracia.
Marcus lo miró como si estuviera loco.
—No dejaré a mi esposa sola.
—Su gracia, necesitamos espacio para atenderla.
—Pues atiéndala. Yo no pienso moverme de aquí.
—Marcus... —murmuró Liviana.
Él volvió inmediatamente la mirada hacia ella.
—Estoy aquí.
—Ve... Estaré bien.
—Su esposa no estará sola, su gracia —intervino la partera—. Yo me quedaré con ella, pero necesitamos examinarla y preparar todo para el parto.
Marcus respiró profundamente y terminó asintiendo. Se inclinó hacia Liviana y le dio un corto beso en la sien.
—Te estaré esperando, mi ángel. A ambos.
Liviana asintió débilmente.
—Le encargo a mi esposa —dijo Marcus mirando al médico y a la partera con seriedad—. Les suplico que hagan todo lo posible, por favor.
—Lo haremos, su gracia.
Marcus salió de la cabaña junto a Beaufort. Afuera lo único que podía escuchar eran los gritos de Liviana y eso lo estaba volviendo loco. Comenzó a caminar de un lado a otro mientras se pasaba las manos por el cabello, intentando no pensar en todo lo que podía salir mal.
—¿Y Emma? ¿Dónde está? —preguntó Marcus intentando despejar su mente. De lo contrario, era capaz de entrar nuevamente en la cabaña para estar con su esposa.
—La tienen bajo vigilancia —respondió Winchester—. Los hombres continúan buscando a los que escaparon. No volverá a acercarse a Liviana.
Marcus asintió sin importarle demasiado lo que ocurriera con Emma en ese momento.
—Tienes que tener fe y ser fuerte, Marcus —dijo Beaufort posando una mano sobre su hombro—. Ya verás que tu esposa estará bien.
—Eso espero.
El tiempo pasó demasiado lento para Marcus.
Algunas personas iban y venían llevando agua, paños limpios y todo lo que la partera pedía desde el interior.
Los gritos de Liviana continuaban y cada uno de ellos solo conseguía aumentar su desesperación.
De pronto, el llanto de un bebé llenó el silencio.
Marcus levantó la cabeza y se quedó completamente inmóvil.
—Nació... —susurró sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas—. ¡Nació! ¡Mi hijo nació!
Los hombres que se encontraban cerca comenzaron a felicitarlo y Marcus dejó escapar una risa de alivio, pero la alegría apenas duró unos segundos, cuando los gritos de Liviana volvieron a escucharse y todos dejaron de hablar. Marcus frunció el ceño y se acercó inmediatamente a la puerta.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué sigue gritando?
En ese mismo instante, la puerta se abrió y una de las mujeres salió apresuradamente.
—Necesitamos más agua y paños limpios.
—¿Por qué mi esposa está gritando de nuevo? ¿Ella está bien? ¿El bebé está bien? —las preguntas se amontonaron y nadie le dio respuesta. Empezaba a impacientarse.
—Son dos, su gracia.
Marcus se quedó mirando a la mujer sin comprender.
—¿Q... qué?
—Dos bebés. El primero es un varón, pero todavía falta el segundo.
Marcus abrió la boca sorprendido y miró hacia la cabaña. La partera había tenido razón. Liviana realmente esperaba dos hijos.
—¿Mi hijo está bien?
—Es muy pequeño, su gracia, pero está respirando. Ahora tenemos que ocuparnos de su esposa y del segundo bebé.
La mujer regresó al interior y Marcus permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Dos... —murmuró todavía sorprendido.
—Felicidades, amigo —dijo Beaufort.
Marcus habría respondido, pero otro grito de Liviana hizo que volviera a mirar hacia la puerta. No podía sentirse completamente feliz sabiendo que ella continuaba sufriendo y que todavía faltaba otro niño por nacer.
Los gritos continuaron durante más tiempo hasta que finalmente cesaron. Marcus sintió que el corazón se le detenía, pero antes de que pudiera acercarse a la puerta, el llanto de otro bebé llegó desde el interior.
—Nació el segundo —murmuró Winchester.
Marcus cerró los ojos aliviado. Sus dos hijos habían nacido. La puerta se abrió poco después y la partera apareció.
—Puede entrar, su gracia.
Marcus entró inmediatamente en la cabaña y la escena que vio lo conmovió. Liviana estaba recostada sobre la cama, completamente agotada y con el cabello pegado al rostro por el sudor. A su lado se encontraban sus dos hijos envueltos en mantas.
Simplemente hermoso.
—Papá está aquí —escuchó susurrar a Liviana.
Marcus se acercó a ellos y se sentó a su lado. No podía dejar de mirar a sus hijos. Eran tan pequeños que hasta sentía miedo de tocarlos.
—Son tan pequeños...
Liviana le sonrió débilmente y él tomó una de sus manos; estaba demasiado pálida y sus manos temblaban.
—¿Tú estás bien, mi ángel? Dime que lo estás.
—Estoy muy cansada, pero creo que sobreviviré... —respondió ella—. Quiero vivir por nuestros hijos, por ti.
—Eso es, mi amor.
Marcus se inclinó y la besó tiernamente antes de volver a mirar a sus hijos.
—¿Así que tenemos dos hombrecitos?
—No, mi amor, tenemos un hombrecito y una mujercita —corrigió Liviana y Marcus levantó las cejas.
—¿Una niña?
Liviana asintió.
—Tu madre tenía razón.
Marcus dejó escapar una pequeña risa asintiendo.
—Estoy tan feliz —admitió Marcus mientras algunas lágrimas escapaban de sus ojos.
—Igual yo. Ya quiero... —Liviana no terminó de hablar cuando sintió un fuerte dolor en el vientre. Su expresión cambió y Marcus bajó la mirada horrorizado. La sangre continuaba saliendo y las mantas bajo ella comenzaban a empaparse.
—¡Doctor! —gritó con tanta fuerza que los niños comenzaron a llorar, pero él apenas le prestó atención; solo podía ver cómo su mujer se estaba desangrando—. ¡Demonios, doctor!
El médico y la partera se acercaron inmediatamente.
—Está sangrando —dijo Marcus sintiendo que el miedo regresaba de golpe—. ¡Está sangrando demasiado!
El médico comenzó a examinarla mientras la partera daba algunas órdenes a las otras mujeres.
—Su gracia, necesito que salga nuevamente.
—¡No!
—Marcus... —murmuró Liviana.
Marcus volvió a mirarla y sintió que el mundo se detenía al verla cerrar lentamente los ojos.
—¿Liviana? No cierres los ojos. ¡Liviana!
—Estoy... cansada...
—¡No! Mírame, ángel. Mírame.
—Su gracia, necesitamos atenderla ahora —insistió la partera.
Beaufort entró en la cabaña y tomó a Marcus por los hombros.
—Vamos, Marcus. Déjalos trabajar.
—¡No pienso dejarla! —grió sin dejar de mirarla.
—Te... amo... —murmuró ella.
—No. No te despidas de mí. No estamos despidiéndonos, ¿me escuchas? ¡Liviana!
Beaufort tuvo que sacarlo de la cabaña y Marcus intentó regresar inmediatamente, pero Winchester se interpuso delante de la puerta.
—Déjalos trabajar, Agnes.
Marcus negó con la cabeza y comenzó a mirar a su alrededor mientras se pasaba las manos por los cabellos escuchando también el llanto de sus hijos. No podía perderla. No después de todo lo que habían pasado para estar juntos.
Cayó de rodillas y agachó la cabeza sin importarle la mirada de los demás, dejó que las lágrimas salieran una vez más. Ahogó los sollozos mientras luchaba por no gritar. Sentía miedo, pánico al pensar que podía perderla, terror de no volver a verla jamás.
¿Qué voy a hacer sin ella? ¿Cómo puedo seguir viviendo sabiendo que jamás podría volver a verla?
Cerró los ojos y juntó las manos.