Miserable Matrimonio Capítulo 49
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Capítulo 49

Marcus había ido al pueblo esa mañana para visitar una floristería y encargar varios arreglos florales para su esposa.

Tenía planeado pedirle esa misma noche que aceptara renovar sus votos matrimoniales y entregarle el anillo que había mandado hacer especialmente para ella.

Quería que esta vez Liviana tuviera la boda que merecía, una que él diría sus votos de amor.

Beaufort y Winchester lo habían acompañado.

Ambos regresarían a Londres al día siguiente para averiguar cómo avanzaba la búsqueda de Emma, pero Marcus permanecería en Windsor por tiempo indefinido.

No pensaba marcharse hasta que su hijo naciera y Emma fuera capturada. No pondría en peligro a su familia.

Cuando el carruaje se detuvo frente a Willowmere House, Marcus frunció el ceño al ver las puertas abiertas; luego, se escucharon algunos gritos provenientes del interior. Sin pensarlo, bajó del carruaje y corrió hacia la casa sin esperar a Beaufort y Winchester, quienes lo siguieron de inmediato.

Apenas cruzó las puertas, se detuvo en seco al ver que la señora Parker y Jayne estaban arrodilladas junto a Hamilton, quien permanecía inconsciente en el suelo mientras una mancha de sangre se extendía bajo su cuerpo.

Los sirvientes se encontraban alrededor, algunos llorando y otros parecían muy asustados como para moverse.

Marcus sintió que todo su cuerpo se ponía en alerta y buscó a Liviana con la mirada, pero no la vio.

—¿Dónde está Liviana? —preguntó mirando a todos.

Nadie respondió y, cuando volvió a mirar hacia Jayne, notó que tenía el rostro rojo por el llanto; uno de sus pómulos comenzaba a hincharse y había marcas en sus brazos que demostraban que había forcejeado con alguien.

—Jayne. —jadeó Winchester, acercándose y arrodillándose a su lado, tomándole el rostro con cuidado entre las manos—. ¿Qué ocurrió? ¿Quién te hizo esto?

Jayne lo miró y comenzó a llorar nuevamente antes de dejarse abrazar por él. Marcus apenas prestó atención al gesto, aunque en cualquier otro momento le habría resultado extraño que Jayne permitiera que Winchester la tocara. Algo muy grave había ocurrido y Liviana no estaba allí.

—¿Dónde está mi esposa? —rugió más fuerte.

La señora Parker levantó la mirada hacia él con el rostro cubierto de lágrimas.

—Se... la llevaron.

Marcus sintió el cuerpo pesado y, por un segundo, creyó que su corazón dejaba de latir para luego dispararse de miedo.

—¿Qué? —logró articular.

—Entraron varios hombres armados, su gracia. No pudimos hacer nada. Nos apuntaron a todos y después trajeron a mi niña y a lady Jayne. Solo querían a Liviana... Se la llevaron.

Marcus llevó una mano al pecho al sentir una presión insoportable. No. No podía ser.

—¿Quién? —preguntó casi sin voz—. ¿Quién se la llevó?

—No lo sabemos.

Marcus negó con la cabeza y comenzó a mirar a su alrededor mientras se jalaba los cabellos. Su visión se volvió borrosa y un sonido agudo ensordeció las palabras de los demás.

—No. Ella tiene que estar aquí —susurró.

—¡Agnes! —gritó Beaufort.

Marcus no lo escuchó. Salió del vestíbulo y comenzó a recorrer la casa, abriendo las puertas de los salones mientras sentía que le faltaba el aire.

—¡Liviana! ¡Ángel!

Subió las escaleras casi corriendo y entró en la habitación que compartían, pero estaba vacía. El miedo comenzó a apoderarse de él mientras miraba la cama donde la había dejado esa mañana. Horas antes la había besado antes de marcharse y le había prometido que regresaría pronto.

«No, mi ángel».

No podía pasarle nada. Ni a ella ni a su hijo.

—¡Agnes!

Beaufort apareció detrás de él y lo sujetó por el hombro.

—Tenemos que encontrarla. Ahora.

Marcus lo miró durante unos segundos, todavía respirando con dificultad.

Encontrarla. Sí. Tenía que encontrar a su esposa.

—Vamos.

Regresaron rápidamente al vestíbulo. Winchester continuaba junto a Jayne, quien parecía haberse calmado un poco, mientras Beaufort se acercó a Hamilton y se agachó para observarlo.

—Que alguien vaya por un médico —ordenó.

Uno de los lacayos salió de inmediato, aunque solo se necesitaba mirar la cantidad de sangre que rodeaba a Hamilton para comprender que probablemente ya era demasiado tarde. Pero no podía pensar en eso ahora. No podía pensar en nada que no fuera Liviana.

—Regresaré al pueblo. Reuniré a la guardia local y a todos los hombres que puedan ayudarnos. Cuantos más caminos podamos cubrir, mejor.

Marcus asintió de inmediato.

—Yo enviaré un mensaje a Londres. Harrington debe saber que Emma está en Windsor.

Beaufort se detuvo y lo miró.

—¿Estás seguro de que es ella?

—Es la única persona que más nos odia. Emma quiere destruir a Liviana para hacerme daño a mí —gruñó Marcus, cerrando los puños—. Estoy seguro de que fue ella.

Miró hacia la puerta abierta con las manos temblando. Tenía miedo, pero no podía permitir que eso lo paralizara. Liviana estaba encinta y probablemente aterrorizada. Tenía que encontrarla.

∞∞∞

Liviana no sabía cuánto tiempo había pasado cuando abrió los ojos.

Le dolía todo el cuerpo y estaba tan mareada que tuvo que permanecer inmóvil durante unos segundos antes de intentar incorporarse.

Lo primero que hizo fue llevar ambas manos hacia su vientre, aterrada ante la posibilidad de que algo le hubiera ocurrido a su bebé.

—Por favor... —susurró mientras lo acariciaba.

Contuvo la respiración hasta que finalmente sintió un movimiento y cerró los ojos aliviada. Estaba bien. Al menos podía sentirlo.

Liviana consiguió sentarse y miró a su alrededor.

Se encontraba en una pequeña cabaña y las pocas cosas que había parecían viejas y cubiertas de polvo.

Dos sillas, una mesa, una pequeña cama de broza y una chimenea.

Su vestido estaba sucio y arrugado, al igual que ella, y todavía se sentía aturdida por lo que le habían hecho en el carruaje.

Entonces recordó todo. Jayne, su nana, su padre intentando detener a esos hombres y el disparo.

—Papá... —murmuró mientras las lágrimas llenaban sus ojos.

La última imagen que tenía de él era su cuerpo inmóvil sobre el suelo.

No sabía si estaba vivo, tampoco si Jayne se encontraba bien después de los golpes que había recibido ni cuánto tiempo llevaba encerrada en ese lugar.

Tenía hambre y mucha sed, pero lo que más le preocupaba era su bebé.

Necesitaba salir de allí. Marcus seguramente ya sabía que había desaparecido y estaría buscándola.

Solo tenía que resistir hasta que la encontrara.

Se sobresaltó cuando la puerta se abrió de golpe y toda la luz del exterior entró en la cabaña, obligándola a entrecerrar los ojos.

—La mujer ya despertó, señorita —escuchó decir a uno de los hombres que la habían secuestrado.

¿Señorita?

—Bien. Vigila que nadie se acerque.

Liviana sintió que se le helaba la sangre al reconocer esa voz. La mujer apareció en la puerta y entró lentamente en la cabaña, quitándose la tela que cubría su rostro.

—Miren nada más lo indefensa que te ves ahora, querida Liviana.

—Emma...

No parecía la misma mujer que recordaba. Llevaba el cabello recogido de manera sencilla y un vestido mucho más simple que los que acostumbraba usar, pero lo que más llamó su atención fue su crecido vientre.

«Sí era cierto que estaba encinta, pero ¿quién es el padre?»

—¿Por qué haces esto? —preguntó frunciendo el ceño, sintiendo la garganta seca.

—¿Que por qué lo hago? Liviana, por favor. Lo sabes perfectamente. Tú me arruinaste la vida.

—No, Emma...

—¡Cállate! —gritó.

Liviana cerró la boca de inmediato. No podía hacerla enfadar más de lo que ya estaba, mucho menos cuando tenía que proteger a su bebé.

—Juré que me las pagarían, especialmente tú. Marcus me traicionó, jugó conmigo haciéndome creer que se libraría de ti solo para sacarme información. ¡Y, mientras tanto, eras tú quien recibía todo lo bueno!

Liviana se estremeció ante su grito histérico, protegiendo su vientre.

«Dios, ayúdame».

—Al final lograste que te amara —continuó riendo, y esa sonrisa la asustó aún más—. Y ahora debe estar vuelto loco buscándote por todas partes. Pero sufrirá mucho más cuando sepa que su esposa y su hijo han muerto. Marcus sentirá mi dolor cuando le haga llegar tu cuerpo sin vida.

Liviana cerró los ojos y dejó caer una lágrima silenciosa. Luego miró a la rubia y se quedó observando su vientre pronunciado. Seguramente debían de tener casi el mismo tiempo de gestación.

—No... Emma, piensa en tu bebé. Tú también vas a ser madre.

—¿Crees que me importa? Apenas nazca, lo enviaré a un orfanato. No pienso cargar con un niño que nunca quise.

—Pero... es tu hijo...

—Precisamente. Si mi propia sangre no me importa, ¿qué te hace pensar que me importará la tuya?

Liviana negó con la cabeza mientras más lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. No podía creer que una madre pudiera hablar de su propio hijo de esa manera.

—Eso es, llora. Me gusta verte sufrir. Tal vez termine en prisión si consiguen encontrarme, pero al menos sabré que estás muerta. Aunque no pienso quedarme en Inglaterra para averiguarlo. Cuando termine contigo, me marcharé a España.

—Estás loca... —susurró Liviana—. No tengo la culpa de lo que te está pasando, Emma. ¡Entiéndelo!

—¡Claro que sí eres culpable! Por tu culpa no estoy casada con Marcus. Yo habría sido duquesa, tendría su fortuna, su amor y todo lo que quisiera.

—Tú nunca amaste a Marcus.

—¡Claro que sí! ¿Ese amor absurdo que siempre has sentido por él te hace mejor que yo? ¡Él me quería a mí! ¡Iba a casarse conmigo! Pero tú apareciste y lo arruinaste todo.

Liviana prefirió no hablar más. No tenía sentido intentar hacerla entrar en razón.

Emma estaba convencida de que ella era la culpable de todo y cualquier cosa que dijera podía enfurecerla todavía más.

La dejó hablar mientras miraba discretamente alrededor de la cabaña, buscando algo que pudiera ayudarla.

Tenía que salir de allí. Por ella y por su bebé.