Miserable Matrimonio Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Se quitó el abrigo, todavía húmedo por la llovizna que había caído sobre él minutos antes, y después se deshizo del chaleco y el pañuelo de cuello, quedándose únicamente con la camisa y los pantalones.

Se acercó a la cama y se acostó detrás de Liviana, rodeándola con un brazo antes de dejar un beso en su cuello.

—¿Dónde están tus molestos gatos? —preguntó.

Liviana abrió los ojos y soltó una pequeña risa.

—Seguramente molestando a mi padre. Últimamente pasan más tiempo con él que conmigo.

—Perfecto. Puede quedárselos.

—Marcus —lo reprendió ella entre risas.

—¿Qué? Nunca les he agradado —respondió él, dejando otro beso en su cuello.

Liviana sonrió, pero poco después su expresión cambió. Se acomodó con cuidado hasta quedar boca arriba y lo miró.

—¿Qué asunto tan serio tenían que decirte Beaufort y Winchester?

Marcus frunció el ceño. Había esperado que olvidara eso.

—No sé si debas saberlo. Lo mejor es que no tengas preocupaciones ahora.

—Me preocuparé más si no me lo dices, Marcus.

Él suspiró. Le había prometido que no volvería a ocultarle nada y apenas acababan de reconciliarse. No podía comenzar a romper su promesa.

—Es Emma —confesó finalmente—. La han visto en Londres. Estuvo rondando nuestra casa y después Hamilton House, pero todavía no han conseguido atraparla.

Liviana se tensó ligeramente y Marcus acarició su vientre.

—La están buscando, ángel. No te preocupes.

Liviana permaneció en silencio durante unos segundos antes de asentir. Saber que Emma continuaba libre no le agradaba, pero estaban lejos de Londres y nadie sabía dónde se encontraba. Por ahora, eso era suficiente para tranquilizarla.

Marcus acarició distraídamente su vientre hasta que recordó algo que debía haber hecho desde que despertó.

—Tengo que escribirle a mi madre.

Aunque tendría que ser muy específico en su carta y advertirle a su madre que nadie podía saber dónde estaban.

Absolutamente nadie. Ni siquiera su hermana.

Con Emma rondando Londres, necesitaban mantener en secreto la ubicación de Liviana y, si había algo que conocía perfectamente sobre su madre, era que podía ser muchas cosas, pero discreta cuando estaba emocionada no era una de ellas.

Liviana abrió un poco los ojos.

Debe estar molesta conmigo —musitó Liviana, torciendo los labios.

—No, ángel. Mi madre estaba tan desesperada como yo por encontrarte.

—Imagino. Por eso mismo debe estar molesta. Le oculté que estaba encinta.

Marcus sonrió para tranquilizarla mientras pasaba una mano por su mejilla.

—Ella lo sabe y... asegura que será una niña —dijo, aún con una sonrisa en los labios, mientras rozaba su nariz con la de ella.

Liviana soltó una ligera carcajada.

—Jayne y mi nana también. Yo creo que será un varón, grande y muy parecido a su padre —aseguró, recorriendo el rostro masculino con las yemas de los dedos. Luego pasó una mano por su nuca y lo atrajo hacia ella para besarlo.

Marcus correspondió enseguida y el beso aumentó de intensidad hasta que tuvo que apartarse con esfuerzo.

—Detente, ángel.

Liviana frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te deseo y no quiero hacerle daño al bebé, ni a ti.

Ella sonrió y negó lentamente con la cabeza.

—No le harás daño si hacemos el amor con suavidad.

Marcus tragó saliva.

—No me tientes.

Liviana se acercó a su oído con una sonrisa pícara.

—Mis pechos están más hinchados. ¿No deseas verlos?

Marcus cerró los ojos y tragó nuevamente al sentir una oleada de deseo recorrerle el cuerpo. Su esposa sabía perfectamente lo que estaba haciendo y, después de haber pasado seis meses lejos de ella, ¿por qué iba a negarse a complacerla?

La atrajo nuevamente hacia él y la besó con fervor.

∞∞∞

Tres días después, Beaufort y Winchester todavía permanecían en Windsor.

Liviana casi no había visto a Jayne durante esos días porque su amiga se la pasaba encerrada en su habitación, evitando encontrarse con el rubio cada vez que podía.

Por eso había aprovechado que Marcus, Beaufort y Winchester habían salido al pueblo para obligarla a salir de su cueva y pasar al menos un rato juntas en el salón de arte.

Cada una estaba frente a sus acuarelas mientras Liviana intentaba hacer el boceto de un jarrón con varias flores casi marchitas.

Precisamente esa era la gracia del dibujo: quería capturar el otoño, esa estación que comenzaba a matar lentamente las flores y a dejar los árboles desnudos.

Definitivamente no era su estación favorita.

Ella prefería la primavera, cuando todo volvía a llenarse de flores y colores.

Jayne estaba demasiado callada y Liviana decidió romper el silencio.

—Esta noche podríamos ver las estrellas.

Jayne sonrió mientras cambiaba de pincel.

—Dudo mucho que tu esposo te permita estar tantas horas separada de él.

Liviana sintió que sus mejillas se calentaban y bajó la mirada hacia su dibujo para intentar disimularlo.

—Marcus no se molestará.

—Por supuesto que no —respondió Jayne con una sonrisa divertida—. Pero ambos sabemos que apenas se separa de ti.

Liviana no pudo evitar sonreír. Era cierto. Desde que la había encontrado, Marcus parecía querer recuperar en cuatro días los seis meses que habían pasado separados.

—Me alegra que al final todo haya sido un malentendido —añadió Jayne, volviendo la atención hacia su acuarela—. Aunque todavía no termino de creerle.

Liviana la entendía. Había omitido la parte en la que Marcus era un espía y tampoco podía culpar a Jayne por continuar desconfiando de él después de todo lo ocurrido.

No podía ir divulgando por ahí que su esposo había trabajado para la Corona.

Ni siquiera su nana conocía toda la verdad y por eso ambas continuaban algo predispuestas a aceptar a Marcus nuevamente, pero al menos verla feliz parecía importarles más que sus dudas.

Liviana volvió la atención hacia las flores durante unos segundos antes de mirar nuevamente a su amiga.

—Si tuvieras la oportunidad de casarte, ¿lo harías? —preguntó de pronto.

Jayne dejó el pincel sobre la mesa.

—No... lo sé. Nunca he pensado realmente en esa posibilidad debido a los acontecimientos de... mi pasado.

—¿Y no has pensado en tener una familia? ¿Hijos, tal vez?

Jayne bajó la mirada hacia su acuarela.

—Siempre he querido tener hijos. Es mi sueño —reconoció y permaneció unos segundos en silencio—. Pero... es muy doloroso perder a uno.

Liviana frunció el ceño y dejó de pintar.

—¿A qué te refieres, Jayne?

Antes de que su amiga pudiera responder, la puerta se abrió de golpe y Liviana dio un respingo cuando dos hombres desconocidos entraron en el salón. Ambos llevaban armas y las apuntaban directamente hacia ellas.

Jayne reaccionó antes que Liviana y se puso de pie, colocándose frente a ella para protegerla.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

—No se mueva —ordenó uno de los hombres.