Capítulo 47 #2
—Vaya... —Se pasó una mano por el cabello, pensando en cómo había decorado el cuarto del bebé. Sería bastante irónico que fueran dos, como si él ya lo hubiera intuido.
—¿Desde cuándo sabes que estoy encinta? —preguntó ella de repente.
—Desde una semana después de que te marcharas.
Liviana lo miró sorprendida.
—¿Cómo?
—Beaufort me contó que te habías desmayado semanas antes.
Busqué al médico Howard y él me confirmó que estabas encinta.
—Sus ojos descendieron nuevamente hacia su vientre—.
Y llevo seis meses preguntándome si estabas bien o si nuestro hijo estaba bien.
Si ya había comenzado a moverse o te sentías enferma.
Si tenías miedo... —Su voz se quebró ligeramente—. Si estaría contigo cuando naciera.
Liviana apretó los labios.
—Marcus... Lo siento.
—No estoy enfadado contigo, ángel.
—¿No?
—¿Cómo podría estarlo? Te fuiste porque yo te di razones para hacerlo. —Marcus se secó rápidamente una lágrima—. Déjame estar aquí para ti y para nuestro hijo. No quiero perderme más de lo que ya he perdido.
—Nosotros también te necesitamos, Marcus. Eres tú quien no debe irse ni ocultarme nada más.
—Lo prometo.
Luego juntó sus labios con los de ella, saboreando a su esposa y sintiendo que, por fin, su corazón estaba tranquilo.
∞∞∞
Al día siguiente, Liviana encontró a Windsor en el jardín de Willowmere House. Ese día hacía más frío de lo habitual y el cielo estaba cubierto por gruesas nubes grises que anunciaban lluvia. El viento movía las ramas casi sin hojas de los árboles y arrastraba algunas hojas secas por el sendero.
Liviana se acomodó mejor el chal sobre los hombros mientras caminaba hacia él. Windsor estaba cerca del viejo roble, observando a uno de los lacayos llevar varios baúles hacia el carruaje que esperaba frente a la casa. Liviana frunció el ceño.
—¿Se marcha? —preguntó, y Windsor enseguida se volvió hacia ella.
—Justamente iba a buscarla.
Liviana miró los baúles.
—¿Regresa a Londres?
—No. Me voy a España.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Tan lejos?
—Debo resolver un asunto relacionado con mi título. Hay algo en España que me pertenece y que debo recuperar. —Windsor se encogió de hombros—. Además, creo que me vendrá bien un cambio de aires.
Liviana asintió despacio.
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—No lo sé. Unos meses, quizá.
Una ráfaga de viento hizo que Liviana se estremeciera y Windsor miró el cielo.
—Deberíamos entrar. Parece que va a llover.
—Estoy bien. —Liviana volvió a mirar el carruaje—. Me habría gustado que se quedara un poco más.
Windsor sonrió con algo de tristeza y ella sintió que había cometido un error al decir eso.
—¿Para conocer al pequeño gigante?
Liviana soltó una carcajada y llevó una mano hacia su vientre.
—O a los dos pequeños gigantes. —Ambos rieron un poco antes de que, poco a poco, la expresión de Liviana se volviera seria—.
Hablo en serio. Me habría gustado que estuviera aquí cuando naciera.
Usted estuvo conmigo durante todos estos meses.
Nunca voy a olvidar lo que hizo por mí. Me dio un lugar donde quedarme cuando más lo necesitaba.
Permitió que mi padre y mi nana vivieran aquí conmigo.
Viajaba constantemente desde Londres para asegurarse de que no nos faltara nada y nunca me pidió nada a cambio.
—No tiene nada que agradecerme. Lo volvería a hacer —dijo él con una sonrisa cálida y sincera—. Y no tiene que marcharse de Willowmere House porque yo me vaya. Puede quedarse todo el tiempo que necesite. Su padre y la señora Parker también.
—Gracias.
—Aunque imagino que Agnes querrá sacarla de aquí.
Liviana rio y asintió. Aún no habían hablado sobre ese tema. Aunque ella pensaba que lo mejor sería quedarse hasta que naciera el bebé.
—Probablemente. —Liviana bajó la mirada hacia la tierra húmeda bajo sus pies—. No tiene que marcharse por nosotros.
—No lo hago. Realmente tengo asuntos que atender en España. —Hizo una pequeña pausa—. Pero también creo que usted y Agnes necesitan algo de privacidad. Espero que esta vez no la haga sufrir.
—Prometió no hacerlo —musitó ella, y él asintió.
—¿Interrumpo?
Ambos se volvieron hacia Marcus, quien se detuvo a un lado de Liviana. Llevaba un abrigo oscuro y tenía las manos metidas en los bolsillos mientras el viento revolvía su cabello.
Liviana se mordió el labio, nerviosa por lo que podría pasar. Después de lo ocurrido el día anterior, no estaba segura de que tenerlos a los dos juntos en un mismo lugar fuera una buena idea.
—Agnes —dijo Windsor con seriedad.
Marcus solo lo miró con una leve inclinación de cabeza.
—Por favor, recuerden que ya son demasiado mayores para golpearse. Una conversación civilizada sería mejor.
Windsor sonrió sin dejar de mirar a Marcus.
—Dígaselo a su esposo.
Marcus apretó los labios antes de soltar un bufido.
—Sobre eso... —comenzó; luego se aclaró la garganta—. No debí golpearte.
Liviana abrió ligeramente los ojos. Windsor también pareció sorprendido.
—¿Acabas de disculparte? —se burló Windsor, haciendo que Marcus lo fulminara con la mirada.
—Hablo en serio. Estaba furioso y descargué contigo algo de lo que yo mismo era responsable —continuó con la misma seriedad. Windsor asintió.
—Acepto tus disculpas, Agnes.
—También quiero agradecerte.
Ahora Windsor sí parecía sorprendido.
—¿Por qué? —preguntó, y Marcus miró a Liviana con una débil sonrisa antes de volver hacia él.
—Por cuidarla. Yo no pude hacerlo durante estos meses. Tú sí. Le diste un lugar seguro y estuviste pendiente de ella.
Liviana lo miró y sintió un nudo en la garganta. Estaba orgullosa por el cambio de su esposo. En otro momento habría permitido que su orgullo lo llevara a perder a un amigo.
—También oculté su paradero durante seis meses —le recordó Windsor con los ojos entrecerrados.
—Eso todavía me molesta —gruñó Marcus—. Pero también entiendo que ella te pidió que lo hicieras y respetaste su decisión. Gracias, amigo.
Marcus extendió la mano y Windsor la observó durante un segundo antes de estrecharla.
—De nada.
Liviana sonrió al verlos.
—Entonces, ¿vuelven a ser amigos?
—No —respondieron al unísono, y ella frunció el ceño, sin comprender entonces qué había sido ese intercambio de palabras.
Las primeras gotas comenzaron a caer y Liviana levantó la mirada hacia el cielo.
—Ya debo irme —dijo Windsor, poniéndose el sombrero—. Cuídese, lady Agnes.
—Usted también.
Windsor dirigió una última mirada hacia Marcus y asintió a modo de despedida.
Liviana permaneció junto a Marcus observándolo alejarse hacia el carruaje mientras la lluvia comenzaba a caer con más fuerza. Siempre le estaría agradecida por todo lo que había hecho por ella durante los seis meses más difíciles de su vida.
Marcus apretó suavemente su cintura.
—Entremos antes de que te mojes, ángel.
Liviana asintió y se dejó guiar hacia la casa. En cuanto entraron, la señora Parker apareció ante ellos. Le dirigió una mirada algo rencorosa a Marcus y una sonrisa a Liviana.
—Mi niña, tu merienda de media mañana está lista. Vamos —avisó. Liviana asintió y, cuando iba a decirle algo a Marcus, su nana añadió—. El conde quiere hablar con usted.
Marcus arqueó una ceja y miró a Liviana.
—¿Sabes qué quiere? —preguntó en un susurro. Liviana negó lentamente con la cabeza.
—No.
Marcus asintió despacio, llevándose una mano a la nuca, como si estuviera nervioso. Liviana soltó una pequeña risa.
—Ve a hablar con él —lo animó con un gesto suave de la mano.
Marcus le dio un beso en la frente antes de dejarla marchar con su nana. Pocos minutos después, el ayuda de cámara de Hamilton apareció para buscarlo.
—Su gracia, el conde quiere verlo.
—Sí, ya lo sé —susurró, haciendo un gesto para que lo guiara.
Marcus siguió al hombre hasta la habitación de Hamilton. El ayuda de cámara llamó a la puerta antes de entrar.
—Milord, el duque está aquí.
—Hazlo pasar.
El hombre salió y le indicó a Marcus que podía entrar.
—Buenos días —saludó él.
Hamilton estaba sentado en su silla cerca de una de las ventanas. La habitación estaba bastante iluminada a pesar del día gris y frío. Sobre una pequeña mesa a su lado había algunos libros y un retrato.
—Acérquese —pidió Henry.
Marcus lo hizo y tomó asiento frente a él.
No sabía qué quería el conde, pero, después de todo lo ocurrido, podía imaginar varias posibilidades.
—Me dijeron que quería hablar conmigo.
Henry permaneció en silencio durante unos segundos antes de tomar el pequeño retrato que estaba a su lado. Marcus esperó con paciencia, observando cómo los dedos del conde acariciaban el marco de plata con una expresión de nostalgia y melancolía.
—Hace muchos años hice una promesa, pero no la cumplí —confesó, y Marcus frunció el ceño cuando Hamilton le entregó el retrato.
Miró a la mujer representada en él y, por un instante, tuvo la extraña sensación de estar viendo a Liviana.
Tenía sus mismos rasgos, el cabello oscuro y esa expresión dulce de su ángel.
La principal diferencia estaba en sus ojos.
Los de esa mujer eran de un cálido color ámbar, mientras que Liviana tenía los ojos claros, casi azules, de un hermoso tono turquesa muy parecido al de su padre.
Pero, fuera de eso, era la misma imagen, y supo enseguida que se trataba de la madre de Liviana.
—Era su esposa... —afirmó Marcus—. Liviana es muy parecida a ella.
—Y por esa razón no pude cumplir mi promesa.
Ver a Liviana era como ver a mi esposa, al amor de mi vida.
No soportaba mirarla y recordar que nunca podría volver a tener a Mary conmigo.
Antes de morir me hizo prometer que siempre cuidaría de nuestra hija y que le daría todo el amor que ella ya no podría darle, pero no pude hacerlo.
Cada vez que Liviana cumplía un año más, yo solo pensaba que era otro año que pasaba sin mi esposa.
Por eso decidí ausentarme mientras ella crecía y permití que fuera criada por sirvientes cuando debería haber sido yo quien estuviera a su lado.
Marcus miró nuevamente el retrato.
—Lo siento mucho.