Miserable Matrimonio Capítulo 47
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Capítulo 47

Liviana guio a Marcus hasta uno de los salones de Willowmere House. Marcus caminó detrás de ella en silencio, sin apartar la mirada de su cuerpo. Liviana podía sentir sus ojos sobre ella y eso solo conseguía ponerla más nerviosa.

Cuando entraron, cerró la puerta y se volvió hacia él.

—Habla.

Marcus tragó saliva antes de hablar. Pero las palabras no salían. Solo podía observarla, comprobar que ella estaba allí, que no era un sueño, que por fin la había encontrado. Se obligó a aclararse la garganta.

—Siéntate. Imagino que debes estar... incómoda —dijo él con suavidad. Liviana asintió y buscó un sillón cómodo. Al verla tener un poco de dificultad, se acercó rápidamente para ayudarla a acomodarse—. ¿Así estás cómoda?

Ella asintió con las mejillas rojas.

—Gracias —musitó, pasando una mano por su vientre. Él se quedó mirándolo fijamente y eso la puso tensa.

—No te molestes, por favor —pidió ella, mordiéndose el labio—. Yo... pretendía decírtelo cuando estuviera segura, pero luego... —cerró los ojos un instante, recordando aquel día—. Emma dijo que...

Marcus negó y se arrodilló frente a ella, tomando una de sus manos.

—Lo que escuchaste aquel día no era verdad —la interrumpió con desesperación. Ella lo miró a los ojos, buscando en ellos la sinceridad que necesitaba—. Emma nunca estuvo encinta de un hijo mío.

Liviana frunció el ceño.

—Ella dijo...

—Lo sé, pero no era cierto. Ella quería engañarme a mí también.

—Pero... no lo negaste.

Marcus bajó la mirada. Debía contarle todo, como había planeado durante todos esos meses para cuando por fin lograra encontrarla.

—No podía contradecirla en ese momento, ángel. Por eso necesitaba que fueras a Green Hills, para que no sufrieras ni tuvieras que pasar por todo esto.

Ella frunció aún más el ceño, sin comprender.

—¿En serio? ¿Querías que me fuera para darte libertad con Emma? —preguntó incrédula, y él soltó un suspiro.

—No, ángel. Lo que pasa es... —pasó una mano por su rostro—.

Emma estaba siendo investigada por la Corona por formar parte de una red que estaba entregando información confidencial fuera de Inglaterra.

No sabíamos quién dirigía esa red ni quiénes estaban involucrados.

Yo tenía que acercarme a ella para conseguir esa información.

—¿Qué? —preguntó sorprendida—. Emma estaba traicionando al país. —Marcus asintió—. ¿Y por qué tú tenías que acercarte a ella?

—Porque trabajo para la Corona. Como espía.

Ella abrió ligeramente los labios. ¿Espía?

Marcus continuó antes de que ella pensara demasiado en lo que significaba que fuera un espía de la Corona.

—Harrington, el hombre que viste ese día, era quien dirigía la misión.

Yo no podía contarte nada porque hay reglas que lo prohíben.

Además, decirte algo era ponerte en riesgo.

Habíamos perdido agentes y existía la posibilidad de que alguien estuviera revelando información desde dentro.

Si Emma sospechaba de mí, toda la misión se habría perdido.

Liviana se limitó a escucharlo sin apartar los ojos de él. Aún estaba sorprendida por la confesión. Nunca esperó que él fuera un... espía de la Corona.

—Entonces... ¿todo ese tiempo con Emma...?

—Era parte de la misión —se apresuró a decir, apretando su mano antes de besarla—. Nunca te traicioné, ángel. Cuando dije que te amaba, era en serio. Me enamoré de ti realmente. No fingí nada. ¿Crees que mis besos y cada vez que te hacía el amor con esa pasión y desesperación podían ser fingidos?

Ella se preguntaba lo mismo y por eso vivía con esa duda. ¿Cómo era posible que Emma dijera que él la amaba cuando todas las noches se desvivía por ella entre las sábanas de su lecho?

—¿Por qué nunca me lo dijiste? Yo habría guardado el secreto. Me habría ido a Green Hills desde el primer momento en que me lo pediste y... no habría vivido constantemente con la duda de si tus sentimientos eran reales o si aún sentías algo por Emma. Nos... habríamos ahorrado todo este sufrimiento.

Ella terminó bajando la mirada con los ojos húmedos, pensando en todos esos meses que pasó sufriendo por algo que no era cierto.

—Lo sé —musitó Marcus, juntando su frente con la de ella y cerrando los ojos.

Tenía la voz quebrada—. No sabes cuántas veces tuve el impulso de contarte todo, pero el riesgo era demasiado alto.

Temía que pudiera pasarte algo o que, si te lo decía, decidieras quedarte a mi lado sin importar el riesgo.

Y lo que más temía era perderte para siempre.

Ya sufrí bastante con la muerte de mi padre y...

si llegara a perderte de esa forma... —los ojos se le llenaron de lágrimas mientras la miraba—.

No sobreviviría. Apenas logré mantenerme en pie estos meses, y fue porque tenía la certeza de que te encontraría, de que lograría enmendar mis errores diciéndote la verdad.

Más lágrimas rodaron por las mejillas de Liviana mientras sentía cómo su corazón se iba liberando poco a poco de la presión que la había estado ahogando durante todo ese tiempo.

—Tengo... tengo algunos documentos, cartas y pruebas de que todo es cierto, de que realmente soy un espía de la Corona y de que solo estaba cumpliendo una misión —añadió, sorbiéndose la nariz—.

Los traje conmigo por si necesitas comprobar que digo la verdad.

Nunca te mentiría de esta forma y tampoco te traicionaría con Emma.

Desde que nos casamos, la alejé de mí porque, a pesar de todo, respetaba nuestro matrimonio.

Liviana soltó una risa triste mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.

—Aun así, me culpaste y me echaste de tu casa cuando ella dijo que la empujé por las escaleras —le recriminó, sin dejar pasar la oportunidad.

Marcus bajó la mirada, sintiendo repulsión hacia su yo del pasado.

—Lo siento. Quería pedirte perdón por eso desde hacía mucho tiempo. Supe que ella había mentido desde que te fuiste a Green Hills. También descubrí quién era Emma en realidad y, desde entonces, ni siquiera volví a dirigirle la mirada, no hasta que tuve que cumplir con esa maldita misión.

Liviana tenía una ceja arqueada. A pesar de tener el rostro rojo, se veía hermosa.

—Entonces, ¿sabías que yo era inocente? —Él asintió, avergonzado.

—También debo pedirte perdón por ser tan idiota como para haberte juzgado y culpado por este matrimonio.

Mi madre me contó que todo había sido idea suya, que prácticamente te obligó a aceptar atraparme aquella noche hace dos años.

Lo siento mucho, de verdad. No sabes cuánto quisiera cambiar las cosas.

—Pero yo sí quería casarme contigo, Marcus. Por eso acepté la culpa y el trato que me dabas, porque yo participé y elegí atraparte cuando debí negarme y aceptar mi destino casándome con...

—No —la interrumpió él de golpe, negando con la cabeza—.

Hiciste lo que yo habría hecho si la historia hubiese sido al revés.

Y yo habría sido menos caballeroso, porque no me habría conformado con un simple beso —musitó, acercando sus rostros hasta que sus alientos se mezclaron—.

Te habría comprometido de una forma en la que no tuvieras más remedio que casarte conmigo.

Así que no te arrepientas, por favor. Yo soy quien debería estar agradecido de que nunca te rendiste, de que luchaste por nuestro amor a pesar de mis errores.

—Pero... —Ella se calló cuando él la besó con suavidad, silenciando sus dudas.

Cerró los ojos, amando ese contacto que durante seis meses había necesitado tanto.

Marcus pasó una mano por su nuca, profundizando el beso y haciéndolo más necesitado.

Cuando se apartó, su respiración era agitada y ella vio el deseo en los ojos de su esposo, tal como siempre lo veía esas noches en las que él no le daba tregua.

—Te amo.

Su corazón dio un vuelco al escuchar esas palabras otra vez.

—Te amo, Liviana —repitió—. Te amaba cuando te fuiste y te he amado cada maldito día durante estos seis meses.

—Yo... también te amo, Marcus —pronunció con suavidad, haciendo que él la mirara con los ojos muy abiertos.

Marcus tomó su mano y la puso sobre su corazón. Ella se sorprendió al sentirlo latir con tanta fuerza y rapidez.

—¿Lo sientes? Eso es solo por ti, Liviana. Mi corazón está feliz. Yo estoy feliz de saber que, a pesar de todo, tú me amas. Debí haber hecho algo bueno alguna vez, o en otra vida, para merecerte y que aún me ames.

Liviana sonrió con lágrimas en los ojos, aún con la mano sobre su pecho, sintiendo el latir de su corazón.

—Te juro que, a partir de este momento, no habrá más secretos ni te haré sufrir más —prometió, y ella rio aún más.

—No hagas promesas que no puedas cumplir, Marcus —le advirtió sin perder la sonrisa.

Él sonrió también mientras asentía.

—Haré lo posible por no hacerte sufrir. Tu sufrimiento también es el mío, ángel. —Marcus besó su mano y volvió a mirarla—. ¿En serio me perdonas? No lo estás haciendo para vengarte de mí, ¿cierto?

Ella negó, ampliando su sonrisa.

—Claro que no. No albergo rencor en mi corazón y tampoco me interesa la venganza. Te amo y es verdad. Solo necesito tener la seguridad de que nada más podrá separarnos. Que podremos vivir felices junto a nuestro hijo.

Marcus miró su vientre y, con las manos temblorosas, lo acarició con suavidad.

—Es porque de verdad eres un ángel. Y tengo suerte de que seas mi esposa. Por eso voy a protegerte, siempre. A los dos —prometió, besando su vientre abultado y luego a ella—. ¿Quieres ver los documentos que prueban todo lo que dije?

Ella negó.

—Creo en ti. Una vez me pediste que te tuviera fe. Tal vez, si te hubiera escuchado, nos habríamos ahorrado todo este tiempo perdido.

Él acarició su mejilla y jugó con un mechón de su cabello oscuro.

—No te culpes. Toda la culpa es mía por haber sido un estúpido. En primer lugar, nunca debí aceptar ser un espía —suspiró pesadamente, sin apartar la mirada del vientre de Liviana—. Nunca esperé encontrarlo tan grande —declaró, sorprendido.

—Según la partera, son dos o uno muy grande.

Marcus abrió los ojos, subiendo la mirada hacia ella.

—¿Dos?

—O uno muy grande —añadió divertida.