Capítulo 46 #2
Liviana negó con la cabeza, pero terminó asintiendo. Tampoco quería ponerse en riesgo ni hacer nada que pudiera afectar a su bebé. Además, tampoco podría subir a un carruaje y estar cómoda con su enorme vientre.
En ese momento, las puertas del salón se abrieron. Las tres levantaron la mirada y vieron entrar a Windsor. Jayne fue la primera en reaccionar con alegría.
—¡Hermano!
Se levantó para saludarlo y Liviana hizo lo mismo con ayuda de su nana.
Mientras Jayne abrazaba a su hermano, Windsor no pudo evitar levantar la mirada para observarla.
Después se separó de Jayne y se acercó a ellas.
Saludó a la señora Parker con un asentimiento y luego miró a Liviana con una sonrisa.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Logan bajó la mirada hacia su vientre.
—Cada vez que regreso está más grande.
—Y pesado —agregó Liviana con una sonrisa mientras pasaba su mano suavemente por su vientre.
Puntualmente, Windsor regresaba cada dos semanas. Liviana no podía reprochárselo ni mucho menos prohibirle que visitara su propia propiedad. Además, agradecía todo lo que estaba haciendo por ellos.
—He traído algunos regalos de Londres —anunció Windsor y Jayne sonrió de inmediato.
—¿Trajiste los libros que te pedí?
—Sí. Vengan, están en el vestíbulo.
Los siguieron hasta allí y encontraron varias cajas amontonadas. Sin embargo, lo que inmediatamente llamó la atención de Liviana fue una pequeña cuna de madera. Se llevó una mano a los labios, sorprendida, y se acercó con pasos lentos. Pasó los dedos con cuidado por la madera.
—Es bellísima —dijo Jayne.
Logan miró a Liviana todo el tiempo.
—¿Te gusta?
Ella asintió sin ser capaz de decir una palabra. Windsor era demasiado considerado con ella. Hacía cosas que no le correspondían, pero le agradecía muchísimo.
—Pensé que sería bueno que el bebé tuviera un lugar donde dormir cuando llegara.
Liviana soltó una carcajada y volvió a asentir.
—Gracias. Realmente no sé cómo voy a pagarle todo lo que está haciendo por mí.
—No tienes que pagarme nada. Bueno, si me gustaría que dejaras un poco las formalidades.
Liviana lo miró durante unos segundos antes de volver a contemplar la cuna. No dejaría las formalidades; hacerlo sería darle una esperanza que no existía.
—También traje bombones —añadió Logan y Jayne volvió a animarse.
—Eso es todavía mejor.
Logan rio y comenzó a repartir las cajas. Le entregó una a su hermana, otra a Liviana y finalmente una a la señora Parker.
—Oh, no, su gracia. No puedo aceptar esto —dijo ella, avergonzada.
—Claro que puedes, nana —intervino Liviana—. Tómalo.
La señora Parker dudó unos segundos antes de aceptar finalmente la caja.
—Muchas gracias, su gracia.
Logan simplemente sonrió.
Dos días después, se encontraban cenando tranquilamente en el comedor cuando unas voces provenientes del vestíbulo llamaron su atención.
Liviana levantó la mirada de su plato con el ceño fruncido. Parecía ser una discusión. Unos segundos después, una de las sirvientas entró apresuradamente en el comedor. Estaba pálida y respiraba con agitación.
—Milord... su gracia... —miró a Windsor y después a Liviana—. El duque de Agnes está aquí. Exige ver a su esposa.
Liviana sintió que el corazón dejaba de latir durante un segundo para después comenzar a golpear con fuerza contra su pecho.
Marcus estaba allí. Después de seis meses, él la había encontrado. Una parte de ella sintió una felicidad que la hizo sentirse una tonta. Pero la otra parte sintió miedo, dolor, decepción y unas terribles ganas de llorar.
¿Cómo la había encontrado?
Windsor se puso de pie de inmediato.
—¿Cómo demonios se enteró de que estabas aquí? —inquirió él con tono serio, como si realmente le molestara que Marcus hubiera irrumpido en su propiedad.
No lo sabía. Nadie en Londres, excepto el duque, sabía dónde estaba. Instintivamente llevó ambas manos hacia su vientre al pensar en lo cerca que estaba Marcus y en lo notorio que era su embarazo. Él iba a saberlo y tal vez se enfadaría aún más con ella por habérselo ocultado.
—¡Quiero ver a mi esposa!
El grito de Marcus llegó desde el vestíbulo y ella se sobresaltó un poco, bajando la cabeza mientras se mordía el labio inferior con nerviosismo.
—¡Liviana! —Cerró los ojos durante un instante, luchando contra las ganas de ir hacia él.
«No, resiste. Él no te ama, solo quiere hacerte sufrir».
—Tranquila —murmuró Jayne a su lado, apoyando una mano sobre su hombro—. No debes exaltarte en tu estado. El estrés no le hará ningún bien al bebé.
—Pero... —musitó mirando hacia la puerta, temiendo que Marcus pudiera entrar en cualquier momento.
—Quédate aquí. Yo hablaré con él —dijo Henry, haciéndole señas a su ayuda de cámara para que lo llevara al vestíbulo.
Liviana lo miró tragando saliva. Sus manos temblaban por el nerviosismo y, al mismo tiempo, por el temor ante la reacción de Marcus al verla en ese estado.
—No quiero que pelees con Marcus —dijo antes de que pudiera abandonar el comedor.
—No voy a pelear con nadie —respondió Henry con seriedad—. Pero tampoco permitiré que entre gritando y te altere en tu estado.
Liviana volvió a acariciar su vientre con preocupación.
Pero se obligó a calmarse; debía hacerlo por la salud de su hijo.
Aunque era inevitable sentirse así sabiendo que Marcus estaba tan cerca.
Enseguida pensó en aquel día, cuando escuchó su conversación con Emma, en cómo él había confirmado todo.
No podía dejarse guiar por sus sentimientos. No otra vez.
El ayuda de cámara de Henry empujó su silla hasta el vestíbulo. Cuando llegaron, Henry encontró a Marcus en medio de la estancia, discutiendo con uno de los sirvientes que se negaba a permitirle el paso.
Parecía agotado. Tenía el cabello revuelto, la ropa cubierta por el polvo del camino y el rostro cansado.
—¡Basta! —exclamó Henry.
Marcus giró la cabeza y entrecerró los ojos al verlo.
—¿Dónde está mi esposa? —exigió con tono duro y demandante mientras se acercaba a Henry.
—¿Eso es todo lo que tiene que decirme?
—¿Dónde está Liviana? —repitió Marcus, ignorando la pregunta.
—No formará un escándalo en una propiedad que ni siquiera le pertenece, Agnes.
Marcus apretó la mandíbula.
—Solo quiero ver a mi esposa.
—¿Para qué? Para avisarle de que ya es libre de usted, supongo —replicó Henry con un tono igual de frío y cargado de desprecio.
Marcus guardó silencio.
—Después de todo lo que le hizo, ¿ahora exige verla?
—continuó Henry—. Mi hija llegó aquí destrozada por su culpa.
¿Cómo se atrevió a engañarla de esa manera?
¿Cómo permitió que su amante entrara en la casa donde vivía con su esposa y tuviera la libertad de decirle en la cara que esperaba un hijo suyo?