Miserable Matrimonio Capítulo 45
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Capítulo 45

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Seis meses han pasado, y el otoño ya se ha instalado sobre Londres. Pronto llegará el invierno y, últimamente, nuestra querida ciudad está demasiado tranquila para mi gusto.

Muchas de las familias más distinguidas se retiraron al campo después de la temporada y, con ellas, parecen haberse llevado buena parte de los escándalos.

La única novedad digna de mención es que la señorita Emma Ashton continúa sin aparecer. Quién habría imaginado que esa hermosa joven resultaría ser una traidora a la Corona. Supongo que su belleza consiguió cegar a muchos... incluido, durante demasiado tiempo, al duque de Agnes.

Aunque de su gracia tampoco tenemos demasiado que contar.

El duque prácticamente se ha exiliado de la sociedad y rara vez se deja ver fuera de sus obligaciones.

Y lo mismo puede decirse de su esposa, la duquesa de Agnes, quien desapareció de la vista pública después de aquel fatídico día en que la señorita Ashton fue vista entrando en la residencia de los duques.

¿Dónde se encuentra la duquesa? Esa es una pregunta para la que ni siquiera yo tengo respuesta.

A estas alturas, ya no me atrevo a afirmar nada sobre el matrimonio de los duques de Agnes. Quizá solo el tiempo y una nueva temporada puedan darnos finalmente las respuestas.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

Liviana estaba sentada en el sencillo columpio de madera que colgaba de una de las gruesas ramas del viejo roble de Willowmere House, la casa de campo que el hermano de Jayne tenía en Windsor.

Se balanceaba lentamente, apenas impulsándose con los pies mientras las puntas de sus zapatos rozaban de vez en cuando la hierba.

Una de sus manos descansaba sobre la gran curva de su vientre, acariciándola distraídamente.

Su vientre ya estaba bastante grande y, a veces, pensaba que en cualquier momento daría a luz, aunque todavía faltaba un mes y medio para eso. Apenas tenía siete meses de gestación.

Soltó un suspiro, pensando en lo tranquila que había sido su vida durante los últimos seis meses.

Aunque también habían sido los más tristes de su vida.

Ni siquiera podía comparar esos días miserables con los años en que su padre la rechazaba constantemente, o con el tiempo que había pasado en la academia de la señorita Withcombe.

Marcus realmente le había roto el corazón y dudaba de que pudiera repararse algún día.

Lo único que la mantenía cuerda era su bebé por nacer, el único consuelo que le quedaba y la prueba de que lo que había vivido durante aquellas últimas semanas junto a Marcus había sido real para ella. Había sido feliz, aunque al final todo resultó ser una mentira.

A pesar del tiempo, se preguntaba todos los días por qué Marcus había jugado con ella de esa forma, intentando convencerla de que la amaba, de que la deseaba y de que quería formar una familia con ella.

¿Por qué engañarla de esa manera si, al final, lo que quería era casarse con Emma?

Ella le había pedido el divorcio antes. ¿Por qué negarse en lugar de aprovechar esa oportunidad para terminar con su matrimonio?

La única respuesta lógica que encontraba era que él solo había querido hacerla sufrir. Ilusionarla, hacerla pensar que la quería para después romperla y hacerla sufrir todavía más con la noticia del divorcio. Después de todo, él había prometido en sus votos que la haría miserable.

Siguió balanceándose lentamente mientras contemplaba el jardín de Willowmere House.

La residencia de campo de Windsor era preciosa, parecía sacada de un cuento de hadas.

El otoño había teñido los jardines de tonos dorados, rojizos y cobrizos; algunas flores todavía resistían el descenso de las temperaturas entre los inmensos arbustos, mientras las hojas secas cubrían parte de la hierba.

Sentarse todas las tardes en el jardín lateral, donde había un viejo roble con un columpio suspendido de una de sus ramas, se había convertido en su rutina favorita.

Eso le permitía pensar, aunque nunca llegaba demasiado lejos. Siempre terminaba atrapada en el mismo pensamiento que solo aumentaba su sufrimiento en vez de ahuyentarlo: Marcus.

Y era inevitable pensar en él, aunque no quisiera, porque todavía intentaba comprender qué había hecho mal para terminar en esa situación.

Tocó su vientre una vez más al mismo tiempo que una lágrima descendía por su mejilla. Él no sabía que estaba encinta, que tendría un hijo suyo, y quizá tampoco le interesaría. Después de todo, la mujer a la que realmente amaba también le daría un hijo.

Y era entonces cuando volvía a hacerse la misma pregunta: ¿por qué se negaba a concederle el divorcio?

Hacía apenas tres meses había conseguido escribirle a Lillian sin revelar dónde estaba para saber qué decisión había tomado Marcus, si ya había iniciado el proceso de divorcio.

Pero su respuesta la dejó con todavía más dudas.

Marcus se negaba a divorciarse y, para empeorar las cosas, Lillian le rogaba que regresara o que, al menos, dijera dónde estaba.

Le aseguró que Marcus estaba desesperado por encontrarla y que ambos necesitaban hablar.

No volvió a escribirle. Sabía que Lillian aún tenía esperanzas en su hijo, en que podría cambiar, pero ella ya no creía en eso y, por esa razón, prefirió dejar las cosas así.

Le dolía que Lillian no supiera de la existencia de su nieto por nacer, pero todavía no estaba preparada para enfrentarse a Marcus y sabía que, si se lo decía a Lillian, Marcus también lo sabría.

—¡Liviana! —la llamó la señora Parker desde una de las ventanas laterales de la casa.

Liviana levantó la cabeza para mirarla.

—Ven a comer tu merienda de la tarde.

—Ya voy, nana.

Liviana apoyó una mano en el columpio y se impulsó para ponerse de pie.

Con el tamaño que había alcanzado su vientre, levantarse ya no era tan sencillo como antes y necesitó unos segundos para recuperar el equilibrio.

Después caminó despacio de regreso a la casa.

Su nana se empeñaba en que debía comer al menos cinco veces al día y de forma saludable para que su bebé naciera sano y ella tuviera un parto tranquilo y sin complicaciones.

Realmente comía por la salud de su bebé y porque este parecía obligarla a hacerlo, porque muchas veces no conseguía pasar nada por su garganta. Era como si tuviera un nudo atascado que le impedía tragar.

Entró por el salón de arte, que tenía una puerta con acceso directo a su lugar favorito del jardín.

Allí conservaba varias de sus horribles pinturas, la mayoría de sus gatos a medio terminar porque nunca se quedaban quietos, y otras simplemente de sus flores favoritas, como rosas, violetas y lavanda.

También había algunas pinturas de Jayne, que a veces la acompañaba allí en silencio.

Al llegar al comedor encontró a su nana y a su padre.

Sobre la mesa había varios platos con manzanas y peras cortadas, pan recién horneado, un poco de queso y una jarra de leche.

Les sonrió ligeramente y se sentó a la mesa con la ayuda de su nana.

Su padre aún tenía que valerse de la silla de ruedas.

—Tu madre comía muchas manzanas cuando te esperábamos —dijo su padre, señalando la fruta.

Liviana tomó un trozo y le dio un mordisco. Le gustaba y saber que su madre también las había comido mientras la llevaba en el vientre, de alguna manera le supieron mejor.

Algo que sí había cambiado durante los últimos meses había sido su padre.

No era un cambio extraordinario, pero ahora pasaban más tiempo en la misma habitación y hasta conversaban un poco.

Desde hacía un mes, él había comenzado a hablarle de su madre, mencionando algunos de sus gustos o recordando anécdotas de cuando estaba encinta.

Eso la hacía feliz durante algunos minutos.

Que al menos su padre estuviera comenzando a abrirse con ella era un cambio que jamás había esperado.

Y pensaba que se debía un poco a la culpa por lo que estaba pasando.

Aquel día, cuando descubrió que Marcus la engañaba, su padre estaba listo para marcharse a Hamilton House, pero, al verla tan destruida, quiso enfrentarse a Marcus incluso en su condición.

Ella se lo impidió y le dijo que se marcharía lejos. No quería ir a Green Hills.

Él le había dicho que podían ir a Hampshire, a la casa de campo del condado, pero ella se negó.

Marcus la buscaría allí. Había sido Jayne quien se encargó de conseguir un lugar donde Marcus nunca imaginaría encontrarla.

Partieron hacia Windsor House y ella estaba tan rota que simplemente siguió a Jayne, a su padre y a su nana.

El hermano de Jayne enseguida les ofreció la casa y prometió absoluta discreción. Ese mismo día partieron hacia el pueblo de Windsor y, desde entonces, todos vivían allí gracias al duque, que los visitaba cada dos semanas.

A pesar de los sentimientos que el Windsor tenía por ella, nunca había intentado cobrarse su favor insinuándole algo y, mucho menos, después de saber que estaba encinta.

Se había mantenido respetuoso, aunque Liviana podía interpretar la esperanza en su mirada, como si todavía estuviera esperando una oportunidad.

—La partera vendrá esta tarde —dijo la señora Parker mientras observaba a Liviana comer—. Quiero que vuelva a revisarte.

—¿Otra vez? —se quejó ella mirando a su nana.

—Tu vientre está demasiado grande.

Liviana bajó la mirada hacia la pronunciada curva de su vientre y después dejó escapar una pequeña risa.

—Nana, yo soy bastante volumptuosa. Y ya tenía un poco de barriga antes de quedar encinta. Quizá simplemente haya aumentado porque tengo un bebé ocupando un gran espacio —respondió con un tono divertido.

—No digas tonterías —refunfuñó la señora Parker—. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Tu madre era como tú —intervino su padre, que permanecía sentado al otro lado de la mesa, con una taza entre las manos—. Y cuando estaba encinta de ti, su vientre no era tan grande a los siete meses.