Miserable Matrimonio Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Marcus se quedó callado. No podía creer que su madre hubiera hecho eso. Él... había culpado a Liviana, la había juzgado y llamado calculadora cuando, en realidad, todo había sido un plan de su madre.

—Hamilton acababa de presentarla en sociedad y luego la comprometió con el difunto vizconde de Aldermere.

—¿Estuvo comprometida? —inquirió con un hilo de voz. Su corazón se oprimió aún más e, inevitablemente, los celos al imaginar a Liviana casada con otro hombre lo hicieron apretar los puños con frustración—. Nunca... supe nada de eso —añadió con amargura.

Lillian negó suavemente con la cabeza.

—Ella nunca te importó lo suficiente como para que estuvieras al tanto de todo lo que sufrió antes.

Acudió a mí para que la ayudara a librarse de ese matrimonio.

Y entonces... vi la oportunidad de juntarlos y, como vi lo enamorada que estaba de ti, pensé que quizás, dándoles el empujón necesario, llegarían a ser felices.

Aposté a que tú lograrías verla realmente y olvidarías a la señorita Ashton.

Marcus tuvo que sentarse en el sillón más cercano; de lo contrario, caería de rodillas al suelo. Pasó una mano por su cabello, despeinándolo.

—Liviana aceptó mi plan porque estaba desesperada. Eras tú o Aldermere, y ella eligió al hombre que amaba. Y terminó sufriendo las consecuencias.

Marcus negó varias veces con la cabeza mientras miraba a su madre con los ojos húmedos.

—Yo la amo, mamá —confesó con la voz rota.

Lillian abrió los ojos con sorpresa, dejando escapar un suspiro profundo mientras se acercaba lentamente a él y pasaba una mano por su cabello, abrazándolo.

—Dios mío, hijo —dijo Lillian con dolor en la voz mientras lo consolaba—. Cometiste muchos errores con Liviana, y ella se cansó de esperar que la amaras.

—Pero ella lo sabía —añadió él—. Se lo dije y ella me dio una oportunidad. Estábamos bien, felices y planeando una familia, pero...

Apretó los puños con fuerza, abriendo un poco la herida que se había hecho en la mano esa mañana al golpear la pared.

—¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que sucedió para que Liviana decidiera abandonarte? —preguntó ella, levantando el mentón de su hijo para que la mirara.

Él se apartó y bajó la mirada, avergonzado. No sabía si contarle a su madre sobre su labor como espía, pero debía ser sincero. Ya no importaba si se sabía. Él dejaría de serlo.

—Yo... tenía una misión que cumplir para la Corona —comenzó, haciendo jadear a su madre.

—¿Una misión? —parpadeó, asustada—. No me digas que... eres uno de esos espías secretos del rey, Marcus.

Él asintió despacio, esperando la reprimenda de su madre.

—¡Por Dios, Marcus! —gritó, dándose la vuelta con una mano sobre el pecho—. Sabes lo peligrosas que son esas misiones. ¿Cómo aceptaste tal cosa?

—No importa. La cuestión es que me encomendaron una última misión y tenía que cumplirla. Pero la misión involucraba a Emma —continuó, contándole todo lo demás mientras ella lo miraba con incredulidad.

—Sabía que esa muchacha no era buena para ti —soltó y luego dejó escapar un bufido irónico—. Y pensar que pretendías anular tu matrimonio por ella. Y ahora, por ella, Liviana ya no quiere saber de ti. ¿Cómo piensas arreglar este desastre, Marcus?

Él negó con la cabeza, volviendo a pasar las manos por su cabello.

—No lo sé, pero iré mañana mismo a Green Hills. Necesito hablar con Liviana, contarle la verdad y rezar para que me perdone. No tengo más opción que intentarlo. Yo sé que... Liviana me ama.

—Muchas veces el amor no es suficiente y termina acabándose, hijo. Si Liviana siente que seguir amándote va a destruirla, no volverá contigo.

—Tiene que volver, es... mi esposa —musitó con desesperación.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre sus muslos y ocultando el rostro entre las manos.

—Todo esto acabó. Tengo la esperanza de que, cuando escuche la explicación de todo, pueda considerarla y perdonarme.

—Estás pidiendo mucho.

—Lo sé, pero... no puedo dejarla ir.

Lillian bajó la mirada, sufriendo al ver cómo su hijo se hundía en la desesperación.

—Léelas. Será más desesperante, pero tendrás que resistir mientras la encuentras —Lillian señaló las cartas que tenía en las manos.

Él volvió a abrir la que estaba abierta y comenzó a leer.

Lady Lillian:

Perdóneme por marcharme de esta manera y, sobre todo, por no acompañarla a Green Hills como habíamos planeado.

Han ocurrido algunas cosas que han cambiado mis planes y necesito alejarme de Londres durante un tiempo. No se preocupes por mí. No estaré sola y estaré en un lugar seguro, acompañada por personas en quienes confío.

Sé cuánto necesitaba regresar a Green Hills después de todo lo ocurrido y lamento profundamente no poder estar con usted.

También debo pedirle algo, aunque sé que quizá resulte injusto; por favor, no pregunte dónde estoy y no permita que Marcus intente averiguarlo a través de usted. Necesito tiempo y distancia antes de decidir qué haré con mi matrimonio.

Si Marcus realmente desea divorciarse de mí, puede hacérselo saber a usted. Cuando me sienta preparada, volveré a escribirle.

Nada de lo ocurrido cambia el cariño que siento por usted. Siempre estaré agradecida por todo el afecto que me ha dado y espero que pueda perdonarme por no despedirme personalmente.

Cuídese mucho, por favor.

Con cariño,

Liviana.

Marcus levantó la mirada hacia su madre y enseguida se levantó del sillón con desesperación.

—Liviana no está en Green Hills —murmuró con la voz quebrada. Se llevó una mano a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, pensando en dónde podría haberse escondido.

—Al parecer, tomó otro destino —dijo su madre con cautela.

Sin esperar más, abrió la otra carta. Esa iba dirigida a él. Tragó saliva con dificultad antes de desplegar el papel.

Marcus:

Cuando te pedí el divorcio, y tú me pediste una oportunidad. Me dijiste que me amabas y yo, a pesar de todo lo que había ocurrido entre nosotros, decidí creerte.

También te advertí de que, si volvías a hacerme daño, me marcharía. Te dije que no importaría si me concedías el divorcio o no; me iría y no volverías a verme.

No imaginé que tendría que cumplir mi palabra tan pronto.

No sé por qué fingiste amarme. No sé qué pretendías conseguir haciendo que creyera que nuestro matrimonio podía ser real. Quizá algún día comprenda tus razones, pero ahora mismo no deseo conocerlas.

He sufrido lo suficiente.

No iré a Green Hills. Tampoco quiero que me busques. Necesito estar lejos de ti y de todo lo que me recuerde las últimas semanas, porque fui verdaderamente feliz y ahora no sé qué parte de eso fue real.

Yo sí te amé, Marcus. Te amé durante tanto tiempo que llegué a pensar que jamás sabría cómo dejar de hacerlo. Quizá ahora tenga que aprender.

Si realmente deseas divorciarte de mí para casarte con la señorita Ashton, comunícaselo a tu madre. Cuando esté preparada, le escribiré y aceptaré tu decisión.

Liviana

Marcus cayó de rodillas, con las lágrimas brotando involuntariamente de sus ojos.

—¡Marcus! —chilló Lillian, arrodillándose junto a su hijo mientras lo abrazaba. Él lloró sobre su hombro sin poder contenerse.

—Me dejó, mamá —musitó—. Ella dejará de amarme. Mi... ángel no puede hacer eso, no puede... no puede...

Lillian cerró los ojos, también con lágrimas, mientras el dolor de su hijo le atravesaba el corazón. Pero ese era el precio de sus errores y, como su madre, solo le quedaba estar ahí para él. Lo abrazó con fuerza mientras sentía cómo los sollozos de Marcus sacudían su cuerpo.

∞∞∞

Una semana. Ese era el tiempo que llevaba sin ver a su esposa, sin saber nada de ella, y lo estaba volviendo loco.

Estaba desesperado por encontrarla, pero parecía imposible.

Ya había revisado Hamilton House y todas las propiedades de su padre.

Tampoco estaba en Devonshire Estate. Ya no sabía dónde buscar.

Ella no tenía a nadie más que pudiera ayudarla a esconderse.

Y la posibilidad de que hubiera abandonado Londres lo desesperaba aún más, porque entonces sería mucho más difícil encontrarla y, si ella se lo proponía, tal vez nunca volvería a verla.

En sus manos tenía una cajita de terciopelo rojo. Le daba vueltas entre los dedos mientras la miraba, pero, en realidad, estaba sumido en sus pensamientos.

Dentro de la cajita había un anillo. Sería un regalo para ella.

Se lo iba a dar en cuanto llegara a Green Hills para pedirle una renovación de votos.

Quería pronunciar una vez más sus votos y borrar aquellas horribles palabras que le había dicho en el altar.

Esos votos llenos de odio ahora le asqueaban, porque solo sentía un amor profundo y desesperado por ella.

La puerta de su despacho se abrió. No se molestó en levantar la mirada.

—Aquí estás —escuchó decir a Beaufort.

—Estás hecho un desastre, amigo —ese era Winchester.

—¿Qué quieren? —preguntó sin ánimos.

—Hace días que no sabemos nada de ti. Has faltado a varias sesiones en el Parlamento —explicó Beaufort, y él se encogió de hombros. No le importaba.

—No tengo ganas de perder el tiempo dando discursos inútiles —respondió con la voz seca.

Beaufort y Winchester se miraron.

—Tienes que recuperarte, Marcus —dijo Winchester, llamándolo por su nombre de pila—. Sé que ahora te sientes como una mierda porque ella no está, pero así no podrás encontrarla.

Marcus miró a Winchester con una ceja arqueada.

—¿Tú qué sabes de cómo me siento, Christian?

El marqués apretó los labios y negó con la cabeza, pero no respondió. Sabía que su amigo estaba dolido, por lo que no tomaría en serio sus palabras.

—Marcus, él tiene razón. En ese estado no conseguirás nada. Debes reponerte y empezar a buscar donde ella no iría.

—Ya he buscado. No está en ninguna parte. Creo que dejó Inglaterra —dijo sin ánimos, volviendo a tomar la botella sobre su escritorio para servirse otro trago, pero Beaufort lo detuvo.

—Para, por favor.

Marcus bufó y se recostó en su silla.

—Déjenme solo. Déjenme ahogarme en mi miseria.