Miserable Matrimonio Capítulo 44
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Capítulo 44

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La temporada se acerca peligrosamente a su fin y no puedo evitar preguntarme qué les ocurre a los jóvenes casaderos. Muy pocos compromosios se pactaron esta temporada.

Qué decepción.

¿Acaso Londres ha dejado de creer en el amor? ¿Ya no quedan corazones capaces de estremecerse al otro lado de un salón de baile?

Aunque, pensándolo mejor, quizá el amor nunca haya tenido demasiado que ver con estas cosas.

Después de todo, para enamorarse en nuestra buena sociedad parece bastar con que él posea un título conveniente, ella una dote respetable y belleza llamativa para que ambas familias consideren una unión.

Ah, el romance.

Esperemos que las últimas semanas de la temporada nos concedan algún compromiso inesperado. Al menos uno lo suficientemente interesante.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

Después de esperar a que transcurriera el minuto, siguió en la misma posición, observando la oscuridad.

Pensaba en Liviana y en las ganas que tenía de salir de allí y correr hacia ella.

La idea de perderla lo estaba atormentando.

Si tan solo Emma no hubiera aparecido esa mañana en su casa, todo habría sido diferente.

Habría despedido a su ángel y le habría deseado buen viaje.

Ella lo habría besado, dejándolo con ganas de más.

Y, una vez terminara la misión, iría a Green Hills a reunirse con ella para contárselo todo y disipar de una vez todas las dudas que tenía sobre Emma.

Pero todo se había torcido en cuestión de minutos y ahora el perdón de Liviana parecía casi inalcanzable.

—Vaya. Quién diría que el distinguido nuevo duque de Agnes terminaría traicionando a la nación que tanto defiende.

Marcus se giró lentamente hacia Ravensworth con una expresión seria.

—Lo mismo digo. Aunque usted nunca ha defendido nada más que sus propios intereses. Por eso nunca consiguió un voto por encima de mí —replicó Marcus con un deje burlón.

Aún no podía olvidar cómo había intentado seducir a su esposa en Green Hills, así que restregarle su éxito político era lo de menos. La sonrisa de Ravensworth se desvaneció. Luego bebió todo el contenido de su copa y lo miró con rabia.

—Váyase. Usted no pertenece aquí. Esta es mi organización. Aquí sí me escuchan —exclamó, exaltado.

Marcus continuó con expresión serena.

—Lo escuchan porque son iguales que usted. Sin una visión real del mundo. Y lo pagarán muy caro.

—¿Me está amenazando?

Marcus soltó una carcajada seca y negó.

—Tómelo como quiera. Una advertencia, una amenaza... una revelación del futuro, quizá —respondió Marcus con una media sonrisa antes de darle la espalda—. Disfrute de lo que queda de la reunión, Ravensworth.

Se alejó, dejándolo atrás. Sería cuestión de minutos que los hombres que rodeaban la propiedad irrumpieran en la reunión. Mientras tanto, debía seguir actuando para no alertar a nadie.

Volvió a la mesa de los bocadillos y fingió observarlos para escoger alguno, justo cuando escuchó golpes y pasos fuertes provenientes del vestíbulo.

Sin inmutarse, sonrió y terminó tomando un pastelillo relleno de nata para después darse la vuelta, justo cuando las puertas se abrieron violentamente, creando un gran estruendo que hizo callar de golpe las conversaciones.

Varios hombres irrumpieron en el salón. Los primeros vestían de civil y algunos empuñaban pistolas de chispa, mientras otros llevaban porras cortas. Eran los hombres de Bow Street que Harrington había conseguido para la operación.

—¡Nadie abandone la estancia! —ordenó uno de ellos con voz firme.

Durante un segundo, nadie reaccionó, hasta que los gritos, principalmente femeninos, estallaron.

Varios hombres exigieron saber qué estaba ocurriendo y uno intentó dirigirse hacia otra puerta, pero dos agentes ya la habían bloqueado.

Otro comenzó a protestar a voces, utilizando su título como si este pudiera hacerlo inmune a un arresto ordenado por la Corona.

Marcus mordió tranquilamente su pastelillo. Estaba bastante bueno, así que se giró y tomó otro.

Más hombres entraron en la residencia y comenzaron a distribuirse por las distintas habitaciones. Algunos se dirigieron hacia los despachos y otras estancias en busca de documentos, cartas o cualquier prueba que pudiera relacionar a los presentes con la red.

A través de uno de los ventanales, Marcus distinguió el movimiento de los soldados que habían rodeado la propiedad.

Sus uniformes apenas podían distinguirse en la oscuridad, pero la luz de la residencia se reflejaba sobre algunas bayonetas.

Con ellos vigilando los accesos y la parte posterior de la casa, escapar sería prácticamente imposible.

Blackwell permanecía en medio del salón con una expresión aparentemente tranquila, pero el movimiento involuntario de sus manos detrás de la espalda delataba que no estaba tan sereno como pretendía.

—¡Soy un par del reino! —vociferó Ravensworth cuando uno de los hombres se acercó a él—. ¡Exijo saber bajo qué autoridad se atreven a irrumpir aquí!

El agente le mostró la orden que llevaba consigo.

—Bajo la autoridad de la Corona británica.

Marcus tuvo que bajar la mirada hacia su pastelillo para ocultar la sonrisa. A pesar de la seriedad de la situación, le resultaba divertido ver a Ravensworth fuera de sí. Eso estaba resultando mucho más satisfactorio de lo que había imaginado.

Ravensworth levantó la mirada hacia él mientras era arrestado junto con los demás. Marcus siguió masticando con tranquilidad a la vez que se acercaba a Vance, que acababa de entrar en el salón, y le ofreció el otro pastelillo de nata. Vance lo miró un segundo antes de aceptarlo.

—En la próxima misión, yo entro y tú te quedas afuera mirando cómo bebo y como —dijo Vance, dándole una mordida al pastelillo. Marcus rio, negando. Aunque no habría más misiones porque pensaba dejar de ser espía, debía admitir que extrañaría trabajar con él.

—Si te conviertes en duque, tal vez puedas hacerlo —respondió con burla, a lo que Vance soltó un gruñido.

—¡Tú...! —gritó Ravensworth con indignación. Los que estaban siendo arrestados clavaron sus ojos en Marcus—. Él es uno de ellos. Nos delató.

Marcus levantó ligeramente el pastelillo a modo de saludo. La furia que apareció en el rostro de Ravensworth casi consiguió hacerlo reír.

—Ninguno llevaba armas —comentó Marcus, dándose cuenta de ese detalle.

—Nos facilitaron el trabajo.

Marcus arqueó una ceja. Si hubieran tenido armas, estaba seguro de que las balas habrían volado por toda la habitación.

—Demasiado confiados en su discreción. Desde que llegué me di cuenta de eso. Fue el error que nos garantizó el éxito.

Vio cómo todos dejaban de resistirse al comprender que no tenían escapatoria. Estaban rodeados y los superaban en número. Con un suspiro, pensó que todo había terminado demasiado rápido. Pero le había costado la confianza de su mujer.

—Me retiro, mi trabajo aquí está hecho —informó a Vance, que asintió—. Ah, por cierto, Emma está en la sala de retiro. Seguramente se escondió cuando escuchó todo el alboroto.

—Ya están buscando y registrando toda la residencia. Darán con ella.

Marcus asintió y luego se despidió para salir de la residencia, recibiendo varias venias por parte de algunos soldados que conocían su rango y título.

Una vez dentro del carruaje, respiró hondo y se permitió cerrar los ojos.

Si quería abandonar el espionaje, debía presentarse personalmente ante el rey.

Esperaba que entendiera su posición. Pero, por el momento, se concentraría en Liviana y en recuperar su confianza.

Ella lo amaba, pero hasta el amor podía no ser suficiente para quedarse cuando creía que él no la amaba y que la había traicionado con Emma.

Apenas llegó a la residencia, llamó a Collins.

—Sí, milord.

—Prepara todo para salir mañana a primera hora hacia Green Hills —ordenó, pasando por su lado para dirigirse a su despacho.

—Sí, su gracia —asintió Collins—. Eh... su gracia —Marcus se detuvo—. Su madre... lo espera en el salón de té.

Marcus frunció el ceño.

—¿Mi madre? Pero si salió hoy hacia Green Hills —dijo para sí mismo.

Y, sin detenerse, se encaminó hacia el salón de té con paso apresurado. Quería saber qué había pasado para que su madre no hubiera salido hacia Green Hills. Liviana ya debía estar allá y seguramente estaría pensando lo peor al no ver a su madre.

Al abrir las puertas, encontró a su madre sentada en uno de los sillones, vestida de negro y esperando con paciencia.

—Madre —saludó, deteniéndose en medio del salón.

Lillian lo miró con decepción mientras se levantaba del sillón y se acercaba.

—Estabas con tu amante, ¿cierto?

Marcus se tensó y dio un paso atrás.

—No... no es lo que piensas —se apresuró a decir—. ¿Y por qué no estás en Green Hills ahora?

Lillian arqueó una ceja y le lanzó dos sobres. Uno estaba abierto y el otro, sellado.

—No sé en qué te has convertido, Marcus —recriminó ella con la voz dura, mirándolo tan dolida que le partió el corazón—. Creí que, con el paso del tiempo, lograrías ver la buena mujer que es Liviana, pero veo que me equivoqué profundamente. Solo conseguí que sufriera a tu lado.

Marcus tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Revisó las cartas, reconociendo la caligrafía de Liviana. Enseguida frunció el ceño y abrió la que ya estaba abierta, pero su madre continuó con su reprimenda.

—Y pensar que puse todo mi empeño en lograr ese matrimonio. Ahora me doy cuenta de que fue un error. —Marcus sintió que el mundo bajo sus pies se removía, haciéndolo trastabillar y dar un paso hacia atrás mientras miraba a su madre con el ceño fruncido.

—¿Tú... planeaste el encuentro entre Liviana y yo hace dos años en el jardín? —preguntó Marcus, mirándola fijamente.

—¡Sí! Lo hice, Marcus —confesó Lillian, sosteniéndole la mirada—. Lo hice porque Liviana sí merecía ser tu esposa, pero he cometido un gran error al hacerlo —bajó la mirada y hundió los hombros—. Tú no la mereces, y lo siento mucho por ti, hijo.