Capítulo 43 #3
Emma era inteligente y, si comenzaba a relacionar lo que acababa de escuchar con su repentino interés después de haberla ignorado durante casi un año y medio, podía llegar a una conclusión. Así que tenía que actuar rápido.
Marcus se despidió cortésmente de los hombres con los que conversaba y volvió su atención hacia Emma.
—Emma —la llamó con una sonrisa—. Acompáñame a tomar algo.
Ella vaciló un segundo antes de asentir.
—Por supuesto.
Emma tomó nuevamente su brazo y ambos avanzaron hacia una de las mesas donde se habían dispuesto copas, botellas y algunos bocados para los invitados.
Pero, antes de llegar, una pareja se interpuso en su camino.
—Emma, querida —saludó la mujer con una amplia sonrisa—. Estás especialmente hermosa esta noche.
—Lady Marina —respondió Emma con otra sonrisa—. Qué amable.
La mujer sonrió antes de dirigir su atención hacia Marcus. Él, sin embargo, apenas reparó en ella. Toda su atención estaba puesta en el hombre que se encontraba a su lado.
Sir Gregory Blackwell.
Marcus tuvo que controlar hasta el último músculo de su rostro para que su sorpresa no resultara evidente. En vez de eso, hizo una venia discreta.
Jamás habría imaginado encontrarlo allí. Blackwell era uno de los políticos y diplomáticos más importantes de Londres. Tenía contactos, influencia y, sobre todo, acceso a correspondencia e información restringida de la Corona.
—Agnes —lo saludó Blackwell con una sonrisa de medio lado—. No creí verlo nunca en este tipo de reuniones.
—Yo tampoco esperaba encontrarlo a usted —respondió, sosteniéndole la mirada. Y durante unos segundos ninguno dijo nada—. Aunque veo que tenemos algunos ideales en común —añadió Marcus, relajando la tensión.
Blackwell soltó una carcajada, llamando la atención de los presentes.
—Más de los que imagina, Agnes. —Luego se volvió ligeramente hacia el resto de los presentes—.
Todos los hombres que se encuentran aquí han comprendido algo que quienes gobiernan Inglaterra parecen ignorar —dijo un poco más alto, haciendo que las conversaciones cesaran y le prestaran atención como si fuera el rey, algo que llamó bastante la atención de Marcus—.
Inglaterra no puede continuar avanzando mientras las decisiones permanezcan siempre en manos de los mismos hombres, aferrados a las mismas ideas y temerosos de cualquier cambio que amenace sus intereses.
Nos llaman desleales porque nos negamos a aceptar que servir a Inglaterra significa obedecer ciegamente cada decisión tomada en Westminster[1].
Pero algunos creemos que amar a nuestro país también significa estar dispuestos a cambiarlo y construir una Inglaterra más fuerte.
Algunos levantaron sus copas, mostrando su acuerdo con el discurso.
Pero Blackwell hablaba como si quisiera derrocar al rey.
Y se iba a llevar una sorpresa muy agradable.
Al igual que todos los demás, que decían querer una Inglaterra más fuerte cuando, en el fondo, solo buscaban el poder para sí mismos. Hipócritas. Eso eran todos.
—Por el cambio —pronunció Blackwell.
—Por el cambio —repitieron varias voces.
Marcus observó a Blackwell mientras los demás regresaban a sus conversaciones. La forma en que todos habían guardado silencio cuando comenzó a hablar y la atención que le habían prestado revelaban claramente quién era el líder de la red. Tenía que ser él, pero debía estar seguro.
Blackwell y su esposa se alejaron para saludar a otros invitados. Marcus esperó hasta que estuvieron lo bastante lejos antes de mirar a Emma.
—¿Blackwell es el hombre que dirige todo esto? —preguntó, haciendo un discreto movimiento con la cabeza hacia él—. ¿El que los impulsa hacia ese cambio del que acaba de hablar?
Emma no respondió. Desvió la mirada y, unos segundos después, asintió lentamente, como si no hubiera querido responder.
Y esa duda fue suficiente para que Marcus se diera cuenta de que Emma estaba sospechando algo y no pensaba esperar para descubrirlo.
Ahora tenía la certeza de que el líder estaba presente. Tenía que actuar, y rápido.
Llegaron finalmente hasta la mesa. Marcus tomó una copa mientras Emma escogía uno de los pequeños bocados dispuestos sobre una bandeja y, repentinamente, lo dejó caer sobre su vestido.
—¡Oh! —exclamó, mirando la mancha—. Qué torpe soy.
Marcus la observó, entrecerrando los ojos. Emma no era torpe. Ella intentó limpiar la tela con los dedos antes de soltar un suspiro.
—Tendré que ir a la sala de retiro. No tardaré.
Otra señal de alarma de que ya se había dado cuenta.
—Por supuesto. Pero no tardes, preciosa —dijo con una sonrisa, como si no hubiera notado absolutamente nada.
—No lo... haré —respondió, mirándolo fijamente con una expresión triste que ocultó rápidamente tras una sonrisa.
Emma se alejó y él esperó algunos segundos.
Después fingió beber de su copa y comenzó a caminar tranquilamente por el salón hasta llegar a uno de los ventanales.
Todo el exterior estaba oscuro, los faroles estaban apagados y no podía distinguir nada, pero esperaba que Vance estuviera prestando atención.
Solo tenía que permanecer en la misma posición durante un minuto. Esa era la señal.